El soldado filipino (y 2)

RASTREANDO EL ORIGEN DE LA HISTORIA

Valle Arizpe, con su estilo recargado imitando la forma de escribir de la colonia, no nos proporciona mayor información, pero su antecesor, don Luis González, sí. Este cronista menciona a don Antonio de Morga Alcalde de las Causas Criminales de la Real Audiencia de la Nueva España y Consultor del Santo Oficio, y a su libro, Sucesos de las islas Filipinas. Esta obra fue publicada en México en 1609 (“En casa de Geronymo Balli. Ano 1609. Por Cornelio Adriano Cesar). El libro fue dedicado a don Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas, Duque de Cea.

Zaragoza hizo una reimpresión en Madrid, 1887 (No. 2658, del Catalogo de la librería del Padre Vindel); Rizal la tradujo al francés, Paris, 1890; y Lord Stanley al inglés, Londres, Hakluyt Society edition, 1868. Fue reeditado en 1907 por Emma H. Blair y James Alexander Robertson en su The Philippine Islands, 1493-1898, una enciclopedia en la que publican 55 volúmenes de obras dedicadas a la historia de las Filipinas. El libro del doctor Morga constituye los volúmenes 15 y 16 de la obra de Blair y Robertson.

El libro es importante porque Morga era un observador agudo que describe los asuntos diarios y comunes en las islas. Al ser un funcionario real, no tiene limitaciones y comenta las fuerzas y debilidades de los gobernadores de las islas.

En su introducción escribe Morga:

Pasé ocho años en las Islas Filipinas, los mejores años de mi vida, sirviendo continuamente como teniente del gobernador y capitán general, y, tan pronto como se estableció la Audiencia Real de Manila, en la oficina del interventor, la cual fui el primero en ocupar. Y deseoso que los asuntos de esas islas sean conocidos, especialmente los que ocurrieron durante mi estancia en ellas, he escrito estos temas en un libro de ocho capítulos, remontándolos hasta su origen cuando fue necesario. Los primeros siete capítulos contienen una descripción de los descubrimientos, las conquistas, y de otros acontecimientos en las islas y los reinos y provincias vecinos, que ocurrieron durante la época de cada uno de los gobernadores hasta que la muerte de don Pedro de Acuña. El octavo y último capítulo contiene un breve resumen de la naturaleza de estas regiones, de sus habitantes, de la manera de gobernarlos y convertirlos, y de otros detalles…

La obra, como ya se ha dicho, consta de ocho capítulos. Los primeros siete capítulos del libro se ocupan de los “descubrimientos, conquistas, y de otros acontecimientos… hasta la muerte de don Pedro de Acuña”. El octavo, de los naturales, del gobierno, de la conversión, y de otros detalles.

Los títulos de cada capítulo son:

CAPÍTULO PRIMERO

De los primeros descubrimientos de las islas Occidentales; del viaje del Adelantado Miguel López de Legazpi; la conquista y el pacificación de las Filipinas durante su gobierno, y de Guido de Labazarris, quien ayudó al gobierno.

CAPÍTULO SEGUNDO

La administración del doctor Francisco de Sande, y los acontecimientos de las Islas Filipinas durante su mandato.

CAPÍTULO TERCERO

De la administración de don Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, y de Diego Ronquillo, quien tomó el mando debido a la muerte del anterior.

CAPÍTULO CUARTO

De la administración del doctor Santiago de Vera, y del establecimiento de la Audiencia de Manila, hasta su supresión; y de los acontecimientos durante este periodo.

CAPÍTULO QUINTO

De la administración de Gómez Pérez Das Mariñas, y del Licenciado Pedro de Rojas, quien fue elegido por la ciudad de Manila para actuar como gobernador, a causa de la muerte del anterior, hasta que don Luis Das Mariñas fue recibido como el sucesor de Gómez Pérez, su padre.

CAPÍTULO SEXTO

De la administración de don Francisco Tello, y del segundo establecimiento de la Audiencia de Manila; y lo ocurrido durante el período de esta administración.

CAPÍTULO SÉPTIMO

Del gobierno de don Pedro de Acuña, gobernador y presidente de las Filipinas, y de lo que ocurrió durante su administración, hasta su muerte en junio del año mil seiscientos seis, después de su regreso a Manila desde Molucas, donde conquistó las islas del rey de Terrenate.

CAPÍTULO OCTAVO

Relación de las Islas Filipinas y sus nativos, antigüedad, costumbres y gobierno, tanto en su periodo de paganismo como después de ser conquistados por los españoles, y otros detalles.

Para los fines de este artículo sólo el capítulo V es importante. En él, Morga se ocupa del fallecimiento de Gómez Pérez Das Mariñas y los interinatos de Pedro de Rojas y Luis Pérez Das Mariñas.

La administración de Das Mariñas se caracterizó por su gran energía y entusiasmo. La construcción del muro de Manila y otras fortificaciones, el edificio de galeras, la regulación del comercio, las diferentes pacificaciones, la reconstrucción de Manila, y el inicio de negociaciones con Japón, son todas parte de su administración.

Después de su muerte, comenzó la competencia por su puesto, ya que el gobernador había asegurado a varias personas que las designaría en caso de su muerte. Especialmente a Estevan Rodríguez de Figueroa, hombre rico de Pintados, al que le “había mostrado una declaración firmada en su favor”. En Manila, Pedro de Rojas, teniente y asesor, es elegido gobernador en el ínterin, pero después de cuarenta días Luis Pérez Das Mariñas toma la oficina en virtud de un documento firmado a su favor. La noticia de la muerte de Das Mariñas fue conocida en España a través de la India.

Las partes más sobresalientes de ese quinto capítulo son:

CAPÍTULO QUINTO

De la administración de Gómez Pérez Das Mariñas, y del Licenciado Pedro de Rojas, quien fue elegido por la ciudad de Manila para actuar como gobernador, a causa de la muerte anterior, hasta que don Luis Das Mariñas fue recibido como el sucesor de Gómez Pérez, su padre.

Tan pronto como Gómez Pérez Das Mariñas llega a las Filipinas, lo reciben como gobernador por aclamación popular. Suprimió la Audiencia, y las residencias de su presidente, interventores, fiscales, y otros funcionarios fueron tomadas por Licenciado Herver del Coral, a quien el Virrey don Luys de Velasco[1] había enviado para ese propósito, en virtud de un decreto real recibido a ese efecto. El nuevo gobernador inauguró su mandato estableciendo la paga de la guarnición, y ejecutando, con gran entusiasmo y celo, muchas y varias cosas, para las cuales poseía órdenes e instrucciones reales, sin retraerse de otro tipo de trabajos, y tomándolos a su cargo. Su primer trabajo fue el amurallado de la ciudad, lo cual atendió de forma asidua, que casi fue terminada antes de su muerte. También construyó una caballeriza sobre el promontorio de Manila en donde estaba la vieja fortaleza de madera, a la que llamó Santiago, y la fortificó con artillería. Destruyó los cimientos del fuerte de Nuestra Señora de Guía, que su precursor había construido; construyó de piedra la catedral de Manila, y animó a los habitantes de la ciudad que poco antes habían comenzado a construir, a que perseveraran en la construcción de sus casas de la piedra, un trabajo que el obispo fue el primer en comenzar al edificar su casa. Durante su mandato aumentó el comercio con China, y reguló mejor la navegación con Nueva España, y despachó navíos en esa línea. Construyó algunas galeras para la defensa de la costa, pacificó a los Zambales, que se habían rebelado, y ordenó a su hijo don Luys Das Mariñas, de la orden de Alcántara, que hiciera una incursión con las tropas de Manila al interior de la isla de Luzón, cruzando el río Ytui y otras provincias todavía no exploradas o vistas por los españoles, hasta llegar a Cagayan. Construyó también una fundición de artillería en Manila, con fundidores expertos, pero resultaron pocas piezas mayores.

En el primer año de su administración, envió al presidente y a los interventores de la recién suprimida Audiencia a España. El Licenciado Pedro de Rojas, el interventor mayor, permaneció con el gobernador por orden de su majestad, como teniente-asesor en materias de justicia, hasta que algunos años más tarde fue designado alcalde en México.

Durante la administración de Gómez Pérez, las relaciones y la paz que existía entre los japoneses y los españoles de las Filipinas comenzaron a fracturarse; hasta entonces los barcos japoneses que salían del puerto de Nangasaqui hacia Manila, desembarcaban con su harina y otras mercancías, y eran recibidos amablemente. Pero Taicosama, señor de todo el Xapon, fue incitado por las insidias de Farandaquiemon -un japonés de extracción baja, uno de los que vinieron a Manila- para escribir de una manera bárbara y arrogante al gobernador, demandando sumisión y tributo, y amenazando con venir con una flota y para devastar el país. Pero, entre las demandas y las contestaciones, pasaron varios años, hasta que Taico murió.

Mientras que Xapon causaba al gobernador una cierta ansiedad, el rey de Camboja le envió una embajada con el portugués Diego Belloso, quien trajo un presente de dos elefantes y oferta de la amistad y comercio con su reino, e imploró la ayuda contra Sian -que amenazaba Camboja. El gobernador contestó al rey, y le envió un caballo, con algunas esmeraldas y otros objetos, pero pospuso para después lo relacionado con la ayuda, y agradeció su amistad. Éste fue el origen de los acontecimientos y las expediciones que se hicieron más adelante desde Manila a los reinos de Sian y de Camboja, en el continente de Asia.

A partir del momento que Gómez Pérez recibió su carga de España, él había acariciado el deseo de conducir a una expedición de Manila para conquistar la fortaleza de Terrenate en Molucas, a causa de la gran importancia de esta empresa, y los resultados, en los cuales no se había logrado ningún éxito en otras ocasiones. Constantemente tomaba las medidas necesarias para emprender esta expedición, pero tan secretamente que no lo dijo a nadie, hasta, el año noventa y tres, viendo que los preparativos para su expedición parecían suficientes, declaró su propósito, y estuvo listo, con más de novecientos españoles y doscientos navíos, contando galeras, galeones, fragatas, virreyes, y otros aparatos. Dejó los asuntos de guerra de Manila y de las islas, con algunas tropas -aunque escasas para la defensa de la ciudad- a cargo de Diego Ronquillo, su maestro-de-campo; y los de la administración y de la justicia al Licenciado Pedro de Rojas. También envió a su hijo, don Luys Das Mariñas, a la retaguardia con el resto de la flota, como su teniente en la oficina del capitán-general, a las provincias de Pintados, de dónde debía navegar; mientras que él mismo permanecía en Manila y hacía sus preparativos finales y que armaba una galera de veintiocho bancos, en la cual debía navegar. Esta galera contaba con buenos remeros chinos[2], a sueldo, que, para ganar su buena voluntad, él no permitiría que fueran encadenados, e incluso se les permitiría llevar ciertas armas. Cerca de cuarenta españoles se embarcaron en la galera, y la galera misma era acompañada por algunas fragatas y barcos más pequeños, en los cuales se embarcaron los civiles. El gobernador salió del puerto de Cabit, en el mes de octubre, mil quinientos noventa y tres, para las provincias de Pintados, donde esperaba reunirse con la flota que los aguardaba allí, y proceder a Molucas. Por la tarde del segundo día de viaje, alcanzaron la isla de Caca, a veinticuatro leguas de Manila, y cerca de la costa de la misma isla de Luzón, en un lugar llamado Punta del Acufre, donde hay un viento principal fuerte. La galera intentó rodear este punto remando, pero no pudieron hacer ningún progreso hasta que el viento amainara, anclaron bajaron una vela, y permanecieron allí esa noche. Algunos de los barcos que navegaban con la galera se acercaron más a la costa a la vista de la galera, y la aguardaron allí.

El gobernador y los que lo acompañaron pasaron la noche jugando en la popa, hasta el final de la primera hora. Después de que el gobernador hubiera entrado en su cabina para descansar, los otros españoles fueron también a sus ballesteras para el mismo propósito, dejando a los guardias en la pasarela del barco, en el arco y la popa. Los remeros chinos, que desde hacía tres días que conspiraron para apoderarse de la galera al momento en que se presentara una oportunidad favorable -para evitar el trabajo de remar en esta expedición, y apoderarse del dinero, de las joyas, y de otros artículos del valor a bordo del barco- pensado que no debían perder su oportunidad. Los jefes designados para su ejecución proporcionaron velas, y camisas blancas con las cuales vestirse, para realizar su plan esa misma noche, en la última hora antes del amanecer, cuando percibieron que los españoles estaban dormidos. A una señal que dio uno de ellos, todos a la misma hora se pusieron sus camisas, encendieron sus velas, y dispusieron de su catana, y atacaron a vigilantes y a los hombres que dormían en las ballesteras, e hiriéndolos y matándolos, tomaron la galera. Algunos de los españoles se escaparon, algunos nadando a tierra, otros por medio de la tienda de la galera, que estaba en la popa. Cuando el gobernador oyó el ruido desde su cabina, pensó que la galera era arrastrada por la corriente y que el equipo bajaba la vela y llevaba los remos, él se apresuró a salir de la cabina sin tomar cuidado. Varios chinos lo aguardaban allí y le partieron la cabeza con una catana. Así herido cayó abajo de las escaleras en su cabina, y los dos criados que estaban allí, le llevaron a su cama, donde murió inmediatamente. Los criados tuvieron el mismo destino al recibir puñaladas a través de la portilla. Los únicos españoles que sobrevivieron en la galera fueron Juan de Cuellar, secretario del gobernador, y el padre Montilla de la orden franciscana, que dormían en la cabina, y que permanecieron allí sin salir; ni los chinos, pensaron que había más españoles, por lo que entraron hasta el día siguiente, y sacaron a los dos hombres y los pusieron en tierra en la costa de Ylocos, en la misma isla de Luzón, para que los naturales les pudieran permitir tomar agua de la orilla, que necesitaban urgentemente.

Aunque los españoles que estaban en los otros barcos, cerca de la tierra, percibieron las luces y oyeron el ruido hecho en la galera desde sus naves, pensaron que se hacía algún trabajo; y cuando luego, supieron lo qué sucedía por los que se habían escapado nadando, ya no podían proporcionar ninguna ayuda y aguardaron, pues todo estaba perdido, y había pocas e insuficientes fuerzas. Esperaron hasta la mañana, y cuando comenzó a amanecer, vieron que la galera ya había fijado su bastardo, y navegaba, viento en popa hacia China, y no podían perseguirla.

La galera navegó con un viento favorable todo a lo largo de la costa de la isla hasta abandonarla. Tomó un poco de agua en Ylocos, donde abandonaron al secretario y el religioso. Los chinos intentaron llegar a China, pero no pudieron llegar, viraron hacia el lado de babor al reino de Cochinchina, en donde el rey de Tunquin tomó su carga y dos piezas grandes de artillería que fueron fabricadas para la expedición de Molucas, todas las joyas, dinero, y artículos del valor; la galera fue dejada a la deriva en la costa, y los chinos se dispersaron y huyeron a diversas provincias. El gobernador Gómez Pérez tuvo esta muerte desafortunada, con lo cual la expedición y la empresa a Molucas, que el gobernador había emprendido, cesaron también. Así terminó su administración, después de que hubiera gobernado algo más de tres años.

¿Y EN DÓNDE ESTÁ EL SOLDADO?

Luego se hace un recuento de las luchas políticas por ocupar el poder vacante, y de los problemas que se generaron debido a que Das Mariñas había prometido a varios ser su sucesor. Más adelante el doctor Antonio de Mora escribe:

Ese año no se envió ninguna nave a la Nueva España desde las Filipinas, porque el gobernador Gómez Pérez, antes de comenzar la expedición a las Molucas, había enviado allí los barcos el “San Felipe” y el “San Francisco,” que, a causa de las grandes tormentas, tuvieron que regresar, el “San Felipe” al puerto de Sebu y el “San Francisco” a Manila, y no podrían reembarcarse hasta el año siguiente. En Nueva España se sospechó que había problemas en las islas debido al no arribo de las naves, y las personas no sabían lo que realmente había sucedido; ni era posible en la misma época -en la ciudad de México- comprobar de dónde habían emanado las noticias. Esto se supo muy pronto en España, a través de la India, fueron enviadas cartas a Venecia, a través de Persia; e inmediatamente se designó un nuevo gobernador.

Más adelante Morga comenta la forma en que llegó a tener contacto con las Filipinas.

En el mismo año de noventa y tres en el cual Gómez Pérez murió en las Filipinas, el consejo después de consultar con su majestad, resolvió que la oficina del teniente-asesor en materias judiciales, que habían sido ocupada por Licenciado Pedro de Roxas desde la supresión de la Audiencia, se debía hacer más importante que antes para facilitar las materias; que el título de la oficina después de esto debía ser del teniente-general; y en materias judiciales su ayudante debía tener autoridad para oír casos con apelaciones que no excedieran del valor de mil ducados castellanos. Para esto promovieron al Licenciado Pedro de Rojas de la oficina del alcalde de México, y su majestad designó al doctor Antonio de Morga para tomar la última residencia, y la oficina del teniente-general de las Filipinas. En el curso de su viaje el último llegó a Nueva España en el principio del año noventa y cuatro, y encontró que no habían llegado las naves que, como arriba se dijo, no habían podido venir de las Filipinas. Además de la muerte de Gómez Pérez, otros acontecimientos que habían ocurrido, eran desconocidos hasta que la llegada de don Juan de Velasco, en el mes de noviembre del mismo año, en el galeón “Santiago,” que había sido enviado a las islas un año antes por el Virrey Don Luys de Velasco, con los suministros necesarios. Él trajo las noticias de la muerte del gobernador y de la sucesión a la oficina del hijo del finado, don Luys Das Mariñas. De inmediato se prepararon los hombres y las provisiones frescas para las islas y junto con muchos pasajeros y religioso de España, el doctor Antonio de Morga se embarcó en el puerto de Acapulco, en los galeones “San Felipe” y “Santiago,” con todo bajo su cargo. Él fijó la salida el veintidós de marzo del noventa y cinco, y llegó bajo buen tiempo al puerto de Cabit, el once de junio del mismo año. Él entró a su oficina de teniente-general, y comenzó a ocuparse de sus deberes y las otras materias a su cargo.

Hasta aquí lo más sobresaliente y que atañe a nuestra historia del soldado Filipino. Como se ve no hay ninguna referencia a tal soldado.

EL TESTAMENTO DE GÓMEZ PÉREZ DAS MARIÑAS

Tratando de salir de ese callejón sigamos el otro hilo conductor que nos proporciona Luis González Obregón. El cronista de la ciudad de México habla de la muerte del gobernador de Filipinas: don Gómez Pérez das Marinas Ribadeneira (que era su nombre completo). Este caballero era uno de los favoritos del rey Juan II. Señor de A Coruña y de As Mariñas y poseedor de una torre en Mesía.

El rey Felipe II le nombró sucesor del doctor don Santiago de Vera, quien había administrado la Audiencia de Manila desde 1584 y que, a su vez, fuera sucesor de don Diego Ronquillo (1580). Das Mariñas fue gobernador de Filipinas de 1590 a 1593, año de su muerte. Su hijo, don Luis Pérez das Marinas le sucedió en el cargo de 1593 a 1596.

Dato interesante. Algo poco común para su época, el Gobernador y Capitán General de las Filipinas escribió de su propio puño y letra su testamento registrado en Manila el 30 de septiembre de 1592, un año antes de su muerte. Escribe:

“… disponer de lo que en este mundo (Dios) me encomendó que fue mucho más de lo que yo meresco dexandolo en la orden de placer concierto”

“Si Dios nuestro señor fuese serbido de llebarme de esta presente bida en esta ciudad de Manila mi cuerpo se deposite en el conbento de Santo Domingo della en lo alto de la capilla mayor al lado derecho del altar mayor”.

“… si me llevare Dios fuera del reyno de Galicia, después de gastado mi cuerpo se lleven mis huesos a Galicia y se entierren el conbento de San Francisco de la Villa de Vivero en la capilla mayor… que si Dios me llevare en estas Islas y don Luys mi hijo fuere a España sin poder llevar mis huesos por no estar el cuerpo gastado o por otra causa, que dexe persona de cuydado e confianca que los aga de llebar de secreto por escusar costas y con costas o sin ellas quiero que se llieven”.

También establece las honras fúnebres que le tributarán:

“… ábito de Santiago y que allí esté depositado y sobre del una tumba cubierta e un paño de raso negro… y que las fiestas principales este paño sea de terciopelo negro… todas las misas cantadas e recadas que sea posible e por ellas se de la limosna ordinaria

“… que el día de mi entierro y de las onras se bistan doce pobres a onra de los doce apostoles de la manera que pareciere a mis albaceas”.

“… primeramente nombro y señalo por heredero y sucecor en el dho. Vinculo a don Luys Pérez das Mariñas… mi hijo legítimo… para que lo aya e goce y herede todos los días de su vida e después de ella su hijo mayor varon siendo legitimo abido de legitimo matrimonio”.

El escribano Jerónimo de Messa elaboró el protocolo notarial:

“En la Muy Noble y Siempre Leal ciudad de Manila de las yslas felipinas del Poniente; a treynta días del mes de septiembre de mill y quis.° e nobenta y dos años en presencia de los testigos aquí contenidos Gomez das Mariñas Caballero profeso de la Orden de Sant.° Gobernador e Capitan General en estas yslas por el Rey nuestro Señor, dio y entrogo a mi el presente escribano esta escriptura cerrada… la cual dicho y declaro su testamento ultima e postrimera boluntad y herederos nombrados y donde a de ser enterrado y questa escriptura tiene trece foxas y al cabo firmado de su nombre…”

Dejemos por un momento a don Gómez Pérez e investiguemos otra fuente citada por González Obregón.

FRAY GASPAR DE SAN AGUSTÍN

Gaspar de San Agustín, nacido en 1650 y muerto en 1724 escribió las crónicas más duras, despreciables y críticas de la sociedad filipina. Para el religioso los habitantes de aquellas islas eran poco menos que animales. Critica su sociedad, tradiciones y costumbres, y el propio carácter del pueblo filipino. Su obra se publicaría en España hasta 1698.

Fundó varios monasterios de la orden de San Agustín, como el de Santo Cristo Milagroso en Apo Lakay; Sinaí, Ilocos Sur; La Virjen Milagrosa (Apo Baket) en Badoc, Ilocos Norte. También rigió varias parroquias, pero como era lógico y debido a su espíritu antifilipino, no duró mucho en ninguna.

Fray Gaspar de San Agustín escribió poesía e historia. Se le considera el primer estudioso de la gramática filipina. Escribió el Compendio de la Arte de la Lengua Tagala.

Como historiador, se le debe la obra Conquestas de las Islas Philipinas (1565 – 1615). En esta obra sigue los pasos del doctor Antonio de Morga, y cuenta de esta manera la llegada de los embajadores de Camboya:

“Casi por el mismo tiempo llegaron a Manila por parte del rey de Camboxa Embaxadores, el vno Portugués, nombrado Diego Belloso, y el otro Castellano, llamado Antonio Barrientos, que truxeron de regalo al Gobernador dos hermosos elefantes, que fueron los primeros que se vieron en Manila. El motivo de esta Embaxada se reducía a pedirle su amistad, y alianza, para que les diese socorro contra el Rey de Siam su vezino, que pretendía invadirle. Recibió el Gobernador Gómez Pérez Das Mariñas la embaxada con agrado, y el regalo que le traía; y como no se hallase con bastante gente para el socorro que se le pedía, despachó los Embaxadores, dándole al Rey de Camboxa buenas esperanzas: y correspondiéndole con otro regalo, se estableció buena correspondencia para el comercio entrambas naciones”.

Pero en donde se aparta de la versión del citado Morga es cuando menciona, por primera vez, al soldado filipino:

“Es digno de ponderación que el mismo día que sucedió la tragedia de Gómez Pérez, se supo en México por arte de Satanás; de quien valiéndose algunas mujeres inclinadas a semejantes agilidades, transplantaron a la plaza de México a un soldado que estaba haziendo posta vna noche en vna Garita de la Muralla de Manila, y fue executado tan sin sentirlo el soldado, que por la mañana lo hallaron paseándose con sus armas en la plaza de México, preguntando el nombre de cuantos pasaban. Pero el Santo Oficio de la Inquisición de aquella ciudad le mando bolber a estas islas, donde lo conocieron muchos, que me aseguraron la certeza de este suceso…”

Esta es la primera y única versión original que menciona la extraña aparición en la Plaza Mayor de la ciudad de México. Fue escrita por un monje racista que nació 53 años después de que hubiesen ocurrido los supuestos hechos. No existe ninguna confirmación de otros cronistas españoles residentes en las Filipinas contemporáneos a la muerte de Das Mariñas. Mucho menos hay constancia en los historiadores de la Nueva España. Un suceso así debió cimbrar las entrañas de una sociedad colonial temerosa de la iglesia. No podía pasar inadvertido. Mucho menos por quienes guardaban de la pureza de las costumbres.

Continuará…


[1] Se refiere a don Luis de Velasco II, quien fuera el octavo Virrey de la Nueva España de 1590 a 1595.

[2] San Agustín y Argensola dicen que eran 250 chinos.

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