El mensajero de Marte (Primera parte)

EL MENSAJERO DE MARTE

Cedric Allingham

Cuando alguien decida un día que ha llegado el tiempo de escribir la historia de la comunicación interplanetaria desde sus inicios, no hay duda de que George Adamski ocupará un lugar importante en ella. ¡Cedric Allingham no lo hará! No tengo ninguna ilusión al respecto; creo que mi encuentro con el Platillo Marciano no tendrá ninguna oportunidad frente al de Adamski y tal vez el de Stephen Darbishire. En el mejor de los casos seré recordado como un científico aficionado que tuvo la buena fortuna de ser el primer británico en contactar con un hombre de otro planeta.

Cuando estaba en Escocia, poco después de la Navidad, a principios de este año (1954), los platillos no eran algo que me inquietara; ciertamente no tenía ni idea de un avistamiento, mucho menos de un contacto directo. Tenía que estar en Londres por asuntos de negocios durante varias semanas y mis pensamientos estaban en alejarme de las ciudades. Desde que tuve que estar durante dos años en un sanatorio durante la primera parte de la Guerra, yo me sentía más confortable fuera del humo y el bullicio de Londres.

Viviendo en mi camper y viajando a través de Inglaterra, llegué a la ciudad de Elgin. No tenía planes concretos, aparte de la idea de estudiar la vida de los pájaros[1]. Era mi intención dirigirme a Wick, a una parte más al norte de Escocia. Tal como ocurrieron las cosas llegué a Lossiemouth por una semana y regresé directamente a Londres, al Museo Británico.

La mañana del 18 de febrero me encontré paseando a lo largo de la costa, entre Lossiemouth y la distante Buckie. Estaba ensimismado en mis pensamientos sobre los pájaros. El área estaba poco poblada, y por un par de horas estuvo completamente sola. Entonces vi un hombre, caminando sólo en dirección opuesta a la mía. No estábamos tan cerca como para saludarnos, pero noté que estaba vestido como un pescador.

Fue cerca de 10 minutos después, a las 12:35, que vi por primera vez el platillo.

Para ser más precisos, lo oí primero. No era un sonido de un aparato, era un ruido que me hizo pensar en un gran pájaro. Volteé hacia arriba y sobre mí pude ver una manchita parecida a un pájaro. Sin embargo, cuando salgo a caminar siempre cargo una cámara y mis viejos, pero excelentes, binoculares Voigtlander. Rápidamente enfoqué los binoculares y maravillado observé lo que sólo podría ser un platillo volador.

Destellaba bajo el Sol, dando la impresión de estar hecho de metal. Debido a que el domo superior estaba inclinado, se distinguían claramente los engranajes esféricos del tren de aterrizaje. Ahora puedo entender muy bien cómo puede describirse como un “disco” si estaba colocado simétricamente apuntando su base hacia abajo. De su tamaño no soy capaz de dar ninguna conclusión; no creo que las estimaciones del tamaño, en observaciones distantes, sean de gran valor, a menos que se conozca perfectamente la distancia –en el caso de este platillo sería como hacer una adivinanza. Todo lo que puedo decir es que, si estaba cerca de los 1,600 metros, por la altitud de las nubes que estaban en aquel lugar del cielo, su tamaño sería comparable a la de un bombardero.

Me paralicé, y también mi cerebro, y comencé a moverme una vez más –primero lentamente, y luego más rápidamente, hacia el Norte y hacia arriba. Bajé mis binoculares y tomé tres fotografías. Sabía que era algo desesperado –sólo soy un fotógrafo aficionado y una cámara barata no puede hacer maravillas. Todo lo que podía esperar encontrar en el film eran pequeñas manchas. (Que, en efecto, en un caso fue exactamente lo que encontré; el platillo puede verse, pero sólo eso –el original está disponible para cualquiera que quiera verlo. Las otras dos se incluyen en las páginas de este libro).

Recuerdo que registré el tiempo, y seguí el objeto con mis binoculares hasta que desapareció entre las nubes que permanecían cubriendo la parte norte del cielo. Entonces hice un dibujo del aparato –que tendría más valor si fuera un buen dibujante.

Por al menos una hora permanecí en el mismo lugar observando el cielo con mis binoculares esperando ver algo más. Pero nada apareció. Finalmente me rendí, pensando en la oportunidad de haber visto el último de mis platillos voladores.

Debo decir que en ese tiempo no tenía conocimiento del platillo de Coniston que había sido visto por Stephen Darbishire. Probablemente fue reportado en los periódicos de la mañana, pero yo no lo había visto ya que no estaba interesado y sólo quería alejarme del bullicio de la vida citadina.

Originalmente decidí permanecer en la vecindad el mayor tiempo posible, y me senté a comer mi almuerzo. Ya no estaba interesado en los pájaros, lo único que quería era ver de nuevo el platillo –de ser posible de más cerca. Creo que experimenté el mismo sentimiento de Adamski y Stephen después de sus encuentros. Parece altamente improbable que la telepatía pueda tener cualquier valor para mí, es algo extraño para mi tipo de mentalidad. Por lo tanto no hice ningún intento de poner en blanco mi mente para poder captar cualquier clase de impulso mental.

Llegué a la conclusión de que si quería ver un platillo de nuevo, una mancha podría ser tan buena como otra; razoné que era probable que a cientos de millas de ahí, tal vez más allá de la atmósfera, estuviera el platillo. Por lo tanto continué mi camino a lo largo de la costa, lejos de Lossiemouth, manteniendo fija mi atención en el cielo.

Las nubes continuaban ahí pero había una gran porción de cielo azul, y todo era completamente normal tan lejos como podía ver. Comencé a pensar que el platillo había sido un truco de mi imaginación. Vi mi dibujo y no pude dejar de pensar en que realmente lo había visto.

Eran las 3:05 cuando vi de nuevo –más alto que la primera ocasión y moviéndose más rápidamente. Con mis binoculares sólo puede ver lo suficiente para asegurarme que era un platillo y no un globo meteorológico o cualquier otro tipo de aparato convencional. Ahora estaba muy excitado. Aún tengo en mi memoria la escena –pienso que lo puede ver a una distancia de alrededor de ¡1,500 metros! Entonces hice otro intento de fotografiarlo, pero esta foto no muestra su forma. Una vez más la nubes en movimiento bloquearon mi visión y cuando se movieron el platillo había desaparecido.

Comencé a pensar que tal vez tendría la oportunidad de tener contacto; las condiciones eran favorables. Los incidentes pasados parecían indicar que los hombres espaciales evitaban las áreas populosas. Cuando aterrizaban era lejos de pueblos y villas. El contacto de Adamski con el venusino fue en el desierto de California. Yo había supuesto que este platillo era venusino y, como descubrí posteriormente, estaba equivocado. Creo que era un error natural.

De nuevo esperé, lleno de esperanza, pero nuevamente fui defraudado. Esperé hasta las 3:20 y luego me retiré del lugar…

3:30… Las nubes parecen aclararse. Camino lentamente y observo. Cerca de las 3:40 regreso en dirección de Lossiemouth caminando lentamente. No tenía intención de dejar el área hasta ver algo más.

A las 3:45 –no recuerdo el tiempo exacto, pero no pueden ser más de pocos minutos después de que comencé a caminar en dirección opuesta- oí el extraño sonido de nuevo, y ahí, viniendo desde el mar, estaba el platillo. No había duda de sus intenciones. Iba a aterrizar. Cuando estaba a pocos metros de mi, claramente oí un zumbido que supuse sólo podía provenir del aparato. Era la confirmación de mi teoría de que los “platillos voladores” eran operados por medios más o menos convencionales –y no por control mental o algo parecido.

Estaba paralizado por la mancha: luego tomé mi cámara e hice un par de fotos en rápida sucesión, cuando el platillo estaba en su descenso final. Venía directamente hacia mí. El cuerpo metálico parecía brillar, y antes de aterrizar el platillo se mantuvo por un segundo o dos a unos 45 metros de donde estaba con un sonido suave pero audible. Esto era algo nuevo –el platillo de Adamski no aterrizó sino que permaneció sobrevolando a pocos metros de la superficie. No hay ninguna prueba de que el platillo de Darbishire haya tocado el suelo. Yo, por supuesto, no se si el platillo de Lossiemouth era ligeramente diferente de carácter del de Adamski.

Era indudablemente un aparato magnífico y su acabado, seguramente, causaría la envidia de nuestros fabricantes de aviones. Tenía cerca de 50 metros de diámetro y tal vez 18 metros de alto; la carcasa, la pared central y el domo superior parecían haber estado hechos de una sola lámina de metal –no pude detectar juntas ni pernos. No puedo decir de qué metal estaba hecho; su color lustre era parecido al del aluminio pulido (pero por supuesto debería ser mucho más robusto).

Había dos grupos visibles de “ojos de buey”, colocados de 3 en 3 a lo largo de la pared central sobre la que estaba un pequeño bisel. De la parte superior del domo se proyectaba una varilla vertical que me recordaba a un pararrayos. No puedo adivinar su función. El tren de aterrizaje esférico –en tres puntos justo bajo la base de la carcasa- parecía como si estuviera hecho de un material ligeramente rescilente similar en textura al caucho.

Adamski dijo de su primer contacto con un hombre espacial: “Me siento como un pequeño niño en la presencia de una gran sabiduría y mucho amor”. Yo no puedo decir que sentí lo mismo. Sabía que estaba a punto de reunirme con un ser de otro mundo, creí que este ser, quien fuera que fuese, debería tener mayores conocimientos científicos que el hombre más sabio de la Tierra. Pero yo mantuve una actitud calmada ante la experiencia.

Cuando me acerqué al platillo un panel deslizante salio de la parte inferior, y un hombre saltó hacia la tierra ligera y graciosamente. Cuando avanzó para reunirse conmigo, levanté mi brazo y saludé. El hizo lo mismo. Y entonces, por un momento, permanecimos quietos.

Era natural que hiciéramos eso. Él probablemente había visto otros terrícolas; yo nunca había visto un hombre del espacio. En lo esencial, sin embargo, nuestra apariencia era similar. Mi altura es de 5 pies 9.5 pulgadas y la suya era ligeramente mayor; yo podría decir que era de alrededor de 6 pies. Para los estándares terrestres podría decir que éramos de la misma edad (yo tengo 32), y su cabello, como el mío, era café y corto. Pero su piel tenía un color curioso, de un apiñonado profundo. Aún así, si hubiera estado vestido con ropa terrestre, dudo que hubiera tenido dificultad de pasar por un inglés. La única diferencia era que su frente era más alta que la de cualquier hombre que conozca.

Sin embargo, sus ropas eran completamente diferentes de las mías. En esos días de ciencia ficción, la mayoría de nosotros habíamos visto fotografías de trajes de una sola pieza que vestían los héroes mientras saltaban de un mundo a otro. Extrañamente, los escritores de ciencia ficción no estaban lejos de la verdad en este caso. El traje del hombre espacial cae dentro de estos parámetros. Lo cubre completamente desde su cuello hasta los pies, y sólo las manos están libres: no hay zapatos definidos; los pies están dentro del traje. El traje me recuerda algo muy similar a una malla –presumiblemente aislante y ciertamente flexible.

Hubo algo más que llamó mi atención –su nariz, o algo conectado con ella. Uno de los más serios problemas de los vuelos interplanetarios ha sido, si llegamos a otros mundos, cómo podremos respirar. Y cómo pueden respirar los seres de otros mundos que nos visitan. Venus, como sabemos, tiene una atmósfera básicamente de dióxido de carbono[2], mientras que el aire de Marte en su mayoría es nitrógeno y contiene una muy pequeña cantidad de oxígeno libre.

El hombre del espacio tenía un aditamento en su nariz que yo pensé estaba relacionado con la respiración. Parecía un pequeño tubo colocado en cada fosa nasal, pegados por una banda metálica del grosor de un cerillo. Noté que en todo el tiempo que estuvo en la atmósfera, respirando nuestra atmósfera rica en oxígeno, lo hacía a través de su nariz –nunca a través de su boca. Esto nos indica de modo obvio su función. El aditamento de la nariz era algo más o menos que un tipo avanzado de aparato respiratorio.

Las ideas comenzaron a fluir a mi cerebro. Aquí estaba, seguramente, una oportunidad dorada de encontrar algunos de los secretos de los platillos; era una oportunidad que probablemente no ocurriría de nuevo –al menos a mí. Estaba ansioso de no desperdiciar el tiempo preguntando trivialidades y perder la oportunidad de encontrar cosas de mayor interés, no sólo para mí sino para toda la gente que vive en este planeta. Rápidamente pensé en la entrevista de Adamski.

¿Qué era lo más esencial? Indudablemente saber de dónde venía este hombre. Señalé el cielo y tomé una actitud de pregunta. El hombre sonrió y asintió. Era una sonrisa placentera; él sonreía con sus ojos tanto como con sus labios- algo que puede decirse de pocos terrícolas de estos días.

Tomé mi libreta y dibujé un diagrama en ella. En el centro coloqué el Sol con rayos, para aclarar lo que quería decir. Rodeándolo dibujé 3 círculos, para representar las órbitas de Mercurio, Venus y la Tierra.

Señalé el tercer círculo y luego a mí. El asintió. Luego señalé el segundo círculo y lo señalé a él.

Para mi sorpresa, movió su cabeza.

¡No era de Venus! Señalé de nuevo y dije: “Venus”. Él repitió: “Venus”. Era la primera vez que oía su voz y no cabía duda que no era nativo de este planeta. Es difícil, sino imposible, explicar su tono, pero tenía una calidad líquida –no como de gorgoreo o de los antiguos hombres de las cavernas, sino de agua clara de una colina en primavera.

Por tercera vez apunté la órbita de Venus. Y por tercera vez el movió la cabeza.

Traté de nuevo. Fuera de la órbita de la Tierra dibujé un cuarto círculo para representar la órbita de Marte. Lo señalé y luego a él, y dije: “Marte”.

Él asintió. E inmediatamente comencé a entender porqué era diferente al visitante de Adamski –y porqué su platillo no era idéntico al de Adamski, aunque aparentemente construido con un patrón similar. El venía de un planeta diferente. Marte, también estaba habitado por seres que habían resuelto los problemas de los viajes interplanetarios.

Pero yo quería estar seguro de que él venía de Marte. Debido a su fuerte color bermejo, Marte siempre fue conocido como el planeta rojo. Mi pluma fuente tenía una tinta roja. La tomé de mi bolsillo y apunté el dibujo de la órbita marciana, y luego la pluma roja, y luego a él. Él entendió rápidamente. “Marte”, repitió después de mi.

¿Qué seguía? Obviamente era imposible descubrir todo lo que quería conocer haciendo signos y dibujando diagramas. Adamski, si leí correctamente su relato, conjuró a imágenes mentales, algo como una suerte de unión telepática con un visitante. Yo estaría maravillado si pudiera hacer lo mismo ya que tengo poca confianza en mi mismo. Era posible, pensé, que si el marciano tenía poderes telepáticos altamente desarrollados era capaz de recibir el mensaje. Decidí probar. Dibujé un platillo volador desplazándose desde Marte hasta la Tierra y pregunté mentalmente: “¿Por qué han venido aquí?”

Hubo una pausa y de nuevo nos miramos mutuamente. Hice otro esfuerzo e comunicación telepática concentrándome y mirándolo pidiéndole ayuda: era claro que mis esfuerzos no tenían éxito. Tuve un repentino deseo de reír. Señalé mis labios, luego mi cerebro, agité mi cabeza y sonreí.

El marciano me miró y luego también sonrió. Debe haber sido un espectáculo lúdico –¡hombres de diferentes planetas necesitados de ayuda en una solitaria parte de la costa escocesa sonriendo de sus esfuerzos para hacerse entender!

Estaba ansioso de hacerle entender que yo era un amigo. Y la única forma que se me ocurrió fue dándole un regalo y lo único que tenía para regalar era mi pluma fuente. Se la extendí haciéndole signos para que la tomara. Le tomó pocos segundos entender, entonces sonrió y levantó sus manos en lo que era un evidente gesto de gratitud. Entonces colocó cuidadosamente la pluma en la bolsa externa de su ropa.

Algo que siempre me había intrigado era la fuente de poder de los platillos. Tengo que repetirlo porque considero que éste punto es muy importante. Yo había oído un sonido sordo que parecía provenir de uno o varios motores; ahora era el momento de aclarar esto. Señalé el platillo a sólo pocos metros de ahí, y traté de imitar el sonido que había escuchado acompañándolo de mímica imitando un platillo en vuelo.

El marciano asintió y apuntó hacia arriba. “Marte”, dijo de nuevo en tono líquido.

Ahora deseaba conocer cómo trabajaban los motores. Dibujé un cohete en mi libreta, tan preciso como pude y se lo mostré.

Esto fue un gran obstáculo. Él trató de entenderme pero se equivocó. Yo hice otro dibujo pero siguió sin entenderme. Es por supuesto posible que los marcianos hayan dejado los cohetes ordinarios y por lo tanto hace mucho tiempo que los olvidaron. El poder atómico parecía una alternativa. Traté de dibujar una serie de puntos cada vez más pequeños y luego señalé el platillo. Pero de nueva cuenta no me hice entender.

Luego tuve otra idea, arranqué una hoja de mi libreta, señalé los motores del platillo –o más exactamente en donde imaginaba que debían estar los motores- y entonces rasgué la hoja de papel a la mitad, rompiéndola nuevamente a la mitad varias veces y haciendo pedacitos cada vez más pequeños. Yo quería explicar mi idea del átomo. Fallé, y como el marciano no tenía ni idea de lo que trataba de decir, tuve que resignarme a dejar esta cuestión sin resolver.

Estaba tratando de hacer otra serie de preguntas cuando repentinamente él me preguntó. No se por qué me sorprendí; obviamente debía haber muchas cosas que los marcianos no conocían acerca de la vida en la Tierra, pero yo había tomado la postura del entrevistador –me parecía que había muchas más cosas que yo tenía que aprender.

Es necesario decirlo; no pude entender sus palabras, pero sus gestos eran muy claros. Me preguntaba cuándo comenzaría otra guerra la gente de la Tierra.

¿Qué podía decir? Encogí los hombros, moví la cabeza y traté de darle una impresión general de que yo esperaba que no hubiera guerra, aunque no estaba seguro. Pareció entenderme y por un momento su cara se tornó seria.

Yo regresé a mi libreta. Ahora era tiempo de saber de los canales marcianos. Rápidamente dibujé Marte con sus áreas claras y oscuras y sus casquetes polares repitiendo continuamente la palabra “Marte”. Él lo examinó y asintió.

Luego dibujé una larga línea recta desde un área de vegetación a otra. La señalé y luego a él. Nuevamente asintió. Los canales por lo tanto eran artificiales.

Señalé el dibujo del canal y luego el mar. El miró dudoso y parecía imitar el encogimiento de hombros que hice cuando me preguntó sobre la posibilidad de guerra. Entonces señalé el canal y una porción de pasto cercano a donde estábamos. De nuevo encogió los hombros.

Dibujé un gran canal –una banda central negra con bandas pálidas en ambos lados. Señalé la banda central; luego el mar; luego las áreas sombreadas y luego el pasto. Yo deseaba que entendiera esta vez y asintió enfáticamente pronunciando varias palabras en su propia lengua. Claramente había acertado en la verdad. Los canales marcianos estaban hechos de una banda central de agua con vegetación a ambos lados. Más tarde me di cuenta que había olvidado preguntar si el agua era transportada por tubería, aunque esto me parezca que no es de vital importancia[3].

Así que Lowell estaba en lo cierto. Como muchos pioneros él sufrió muchas críticas. La verdad, sin embargo, siempre aparece al final.

Unas últimas palabras acerca del lenguaje marciano. El hombre espacial pronunció pocas de nuestras palabras cuando hablé con él –Venus, Marte, platillo, y quizás 2 o 3 más- con dificultad. Cuando traté de pronunciar una palabra marciana creo que tuve menos éxito. Nuestro alfabeto debe ser inadecuado para expresarnos en sus palabras fonéticamente.

El equivalente marciano para “si” es más corto. He tratado decenas de veces de escribirlo, pero me parece que cada una de ellas está más alejada de la verdad que su precedente. Uno de mis intentos fue “Qul-l”, pero cuando la pronunciaba de esta forma me pareció muy diferente a como la hablaba el marciano.

Guardaré mis esfuerzos para hablar algo acerca de Marte. Señalé mi dibujo del planeta rojo, luego el mar, y dije “agua”. El repitió la palabra. Traté de indicar que sabíamos que Marte era un mundo escaso de agua.

Después de varios intentos tuve éxito. El señaló el mar y luego el dibujo de Marte, movió la cabeza y después encogió los hombros. La impresión que tuve de esto fue: “No, no hay ningún mar en Marte, pero no nos importa”.

Después pensé que lo importante era lo siguiente: hace millones de años, cuando los marcianos estaban menos desarrollados que hoy, la evaporación del agua en todo el planeta era un problema muy serio para ellos, así que construyeron los canales para utilizar el remanente localizado en los casquetes polares. Entonces, a través del desarrollo científico, descubrieron cómo fabricar agua –o posiblemente de la misma manera que aprendieron a hacer madera sintética para reemplazar la naturaleza. También fue algo fácil para ellos construir los canales (entubados o no) e irrigar tanta tierra como les plazca. No tengo, por supuesto, duda de que el suministro de los polos tampoco les causó problemas. Esto es sólo una teoría pero creo que es básicamente cierta.

Repentinamente me di cuenta que no había preguntado la cuestión más vital de todas: ¿tenían los marcianos relaciones con los venusinos?

Regresé a mi dibujo de las órbitas planetarias, señalando la Tierra y luego Marte, indicando primero a mí mismo y luego a él. Él asintió. Luego señalé la órbita de Venus y al platillo. Cuando hice eso dije, “platillo”, y él repitió. Evidentemente él sabía que ese era nuestro nombre para su nave espacial.

Dije: “platillo”, señalándolo al momento de hablar.

El asintió de nuevo. Esto fue un paso adelante, pensé que era obvio que tanto los marcianos como los venusinos estaban más avanzados que nosotros científicamente así que probablemente estaban familiarizados entre ellos.

Señalé a Venus y luego a él, con mímica para representar el vuelo del platillo, con esto quería decir: ¿Has estado en Venus?, también lo dije verbalmente, y él pareció entender porque asintió y repitió la palabra que yo había tomado como “si”.

Señalé Mercurio y luego el platillo. El movió la cabeza confirmando lo que yo sospechaba –que Mercurio es un mundo inhabitado e inhabitable para cualquier tipo de vida.

Dibujé otro círculo alrededor de la Tierra e indiqué la Luna. Señalé sucesivamente las órbitas de Marte y Venus y luego al platillo repitiendo cada palabra cuando lo hacía, y luego el dibujo de la órbita de la Luna. Lo que quería dar a entender era: “¿Han aterrizado en la Luna los marcianos y los venusinos?”

Su respuesta necesita un poco de explicación. Tuve que redibujar el diagrama completo antes de que me entendiera, pero cuando lo hizo su respuesta fue un enfático “si”. Aquí hay otro punto interesante que aclarar. Me estaba metiendo en problemas en mis esfuerzos por preguntarle si ellos estaban visitando principalmente el lado oscuro de la Luna. Sin embargo creo que eventualmente me entendió y contestó afirmativamente aunque no estoy completamente seguro –y es por lo tanto una suposición mía y admito que puedo estar prejuiciado.

Continuará…


[1] Note la similitud entre las intenciones de Stephen Darbishire. Sin embargo, esto no es ninguna coincidencia. El interés de Stephen en los pájaros es probablemente un pasatiempo juvenil; mientras que yo he sido ornitólogo durante muchos años. (Nota de Allingham)[2] Es más exacto decir que las capas superiores de la atmósfera venusina están formadas de dióxido de carbono. Como no podemos ver las capas inferiores, entonces podría ser posible que hubiera ahí mucho oxígeno libre. Adamski no menciona que el hombre espacial de Venus vistiera nada como una mascarilla para respirar, así que debe suponerse que los venusinos no tienen dificultad de respirar nuestro aire. Debe recordarse que yo entonces aún no sabía que el platillo de Lossiemouth proviniera de Marte. (Nota de Allingham).

[3] Como las pérdidas por evaporación pueden ser colosales, considero que el agua debe de estar entubada. (Nota de Allingham).

5 pensamientos en “El mensajero de Marte (Primera parte)”

  1. Perdón pero no pude evitar una sonora carcajada al leer esto «Era indudablemente un aparato magnífico y su acabado, seguramente, causaría la envidia de nuestros fabricantes de aviones…» jajajajajaja me pregunto que diran ahora los ingenieros en aeronautica al mostrarseles las naves de adamski o billy meier???, porque yo sin conocimientos de esta indole, dudo que esos cacharros horrendos hayan surcado el espacio, en fin…

  2. Este artículo es una joya del humor involuntario, claro visto ahora al paso del tiempo, aunque en aquellos años, y si Maussan ya se hubiese encontrado dedicado a la «investigación» sería mucho más recordado, y como ya sabemos sería «una prueba irrefutable de la existencia de vida Extraterrestre».

  3. simplemente fantastico me gusta mucho lo q he leido todavia yo no he visto a ninguno de nuestros hermanos mayores espero hacerlo pronto mi esposa si ha visto dos platillos aqui en el panecilloen quito ecuador a eso de las seis de tarde paz inverencial

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