Nieve rosa de las montañas

Suponga usted que se encuentra de vacaciones esquiando en Aspen, Chamonix, Kitzbühel, Whistler o Zermatt, o tal vez haya escogido escalar alguna montaña en la Sierra Nevada de California o en los Andes sudamericanos. De pronto, mientras camina o se desliza por la nieve ve algunas manchas de nieve “pintadas” de rosa. Se acerca y a medida que camina se da cuenta que va dejando un rastro de huellas color rojo. Levanta las botas y ve que la suela muestra un tinte carmesí. Seguro que será una gran sorpresa para usted.

Obviamente el fenómeno no es nuevo, ni se debe al calentamiento global (al que está de moda echarle la culpa de todo lo raro que ocurre en la naturaleza). Ya en el 350 a. C. El filósofo griego Aristóteles (348-322 a. C.) mencionaba la nieve coloreada.

Durante miles de años esta nieve rosa (las hay de varios colores: roja, amarilla, verde, naranja, gris e incluso púrpura) ha desconcertado a los escaladores, exploradores y naturalistas por igual.

En 1778 el naturalista francés Horace Bénédict De Saussure (1740-1799), el científico que auspició la primera ascensión al Mont Blanc, también descubrió este curioso fenómeno. Él pensó que se trataba de un hongo, otros creían que era causada por depósitos minerales o productos lixiviados de las rocas.

En mayo de 1818, cuando el capitán John Ross (1777-1856) intentaba encontrar el paso del Noroeste para salir “al otro lado del globo”, mientras sus cuatro barcos rodeaban el Kap York (cabo York), de la costa del Noroeste de Groenlandia, vio que los blancos acantilados estaban manchados con algo que parecían corrientes de sangre. Envió una patrulla expedicionaria para examinar el terreno y obtener muestras del mismo.

A su regreso a Inglaterra envió las muestras a un químico de Londres. El London Times, del 4 de diciembre de 1818 publicó esta nota:

“El capitán sir John Ross ha traído de la bahía de Baffin cierta cantidad de nieve roja, o algo de agua-nieve, que se ha sometido al análisis químico en este país, para descubrir la naturaleza de su materia colorante. Nuestra credulidad se pone a prueba extrema en esta ocasión, pero no podemos ver que haya ninguna razón para dudar del hecho según lo indicado. Sir John Ross no vio caer ninguna nieve roja; pero vio grandes zonas cubiertas con ella. El color de los campos de nieve no era uniforme; pero, por el contrario, había parches o rayas más o menos rojas, y de varias intensidades del tinte. El licor, o la nieve disuelta, es de un rojo tan oscuro que asemeja al vino tinto. Se indica, que el licor deposita un sedimento; y que la pregunta no está respondida, si ese sedimento es de naturaleza animal o vegetal. Se sugiere que el color se deriva del suelo en el cual cae la nieve: en este caso, no se pudo haber visto ninguna nieve roja en el hielo”.

Tres días más tarde en otro artículo se concluyó que la coloración era causada por depósitos de hierro meteórico:

“… se encontró que el hierro es el que da color a toda la materia metálica así como a la materia vegetal”.

Solo un año después, el biólogo Ferdinand Bauer (1760-1826) describió las células que vivían en nieve coloreada. Los habitantes de la nieve resultaron ser miembros unicelulares, auténticos cloroplastos de algas. No fue hasta el final del siglo diecinueve que el fenómeno inusual finalmente fue atribuido a las altas concentraciones o “floraciones” de algas microscópicas. Hoy sabemos que la responsable de esta pigmentación característica es una alga microscópica llamada Chlamydomonas nivalis. Estas algas constituyen un verdadero crioplancton o plancton de las zonas gélidas.

Durante años la nieve roja no pasó de ser una curiosidad de la naturaleza hasta que en el siglo veinte la botánica húngara Erzsébet Kol (1897-1980) comenzó a estudiarla y publicar los primeros estudios científicos a mediados de los años veinte. Durante casi 50 años recibió muestras de nieve roja de casi todas partes del mundo. Incluso pudo obtener muestras de países socialistas, como Albania, cuya alga roja describió en 1958.

Durante mucho tiempo no se tuvo noticias de C. nivalis en África y se pensaba que no vivía en ese continente. Pero en 1998 el biólogo Brian Duval en compañía de Edilma Duval y Ronald W. Hoham, organizaron una expedición al monte Neltner en Marruecos y encontraron los primeros especimenes conocidos de C. nivalis en África.

CHLAMYDOMONAS NIVALIS

Las Chlamydomonas nivalis son células eucarióticas. Su clasificación científica completa es:

Reino: Plantae

Phylum: Chlorophyta

Clase: Chlorophyceae

Orden: Volvocales

Familia: Chlamydomonadaceae

Genus: Chlamydomonas

Especie: C. nivalis

Las Chlamydomonas nivalis son algas verdes que se vuelven rojas debido a que su cloroplasto produce una sustancia roja que las protege contra el exceso de rayos UV, de tal modo les permite la fotosíntesis sin ser dañadas. Estos pigmentos son los carotenoides y las xantofilas (como la astaxanthina), cuya función es proteger al alga de la radiación ultravioleta.

Los carotenoides son pigmentos que producen una gran variedad de colores. Son los que le dan el rojo a los jitomates y los pimientos rojos; el naranja de las zanahorias; el verde amarillento de los aguacates; el amarillo de la yema de los huevos; el rojo de los exoesqueletos del camarón, el cangrejo y las langostas; el rosa de los flamingos; etc.

En las algas de la nieve, la astaxanthina parece bloquear la radiación UV, mientras que dejar pasar otras longitudes de onda necesarias para la fotosíntesis. Es decir el carotinoide actúa como un buen filtro solar. De hecho los carotenoides son la base de los filtros solares.

Las condiciones ambientales en la nieve son extremas. La temperatura fluctúa en el día alrededor de -8 a 1°C. Además, la cantidad de luz visible en la nieve es muy alta. La nieve es altamente reflexiva a la radiación visible y en combinación con las propiedades de la luz, puede crear uno de los mayores flujos de fotones de la tierra. La óptica de la nieve también puede aumentar el flujo de radiación UV-B, que de por sí ya es grande a esas alturas. Los altos flujos simultáneos de radiación visible y de UV-B combinados con la baja temperatura pueden generar una de las condiciones ambientales más extremas para los organismos fotosintéticos encontradas en la tierra.

Los pigmentos carotenoides ayudan a proteger las delicadas células de las algas contra la radiación solar. Cuando están expuestas a los UV, las C. nivalis también producen flavonoides que aparecen funcionar como antioxidantes, previniendo el daño a la clorofila del alga. Los flavonoides reducen el nivel de radicales libres celulares que dañan las moléculas de la clorofila. Esto se debe a que los flavonoides son compuestos con tres anillos fenólicos que consisten de un anillo doble unido por un solo enlace a un tercer anillo. En las hojas bloquean la luz ultravioleta lejana (que es altamente destructiva de los ácidos nucleicos y de las proteínas), mientras que selectivamente admiten la luz de longitudes de onda azules y rojas que son cruciales para la fotosíntesis. El estudio de estos flavonoides (como el famoso resveratrol) puede ser valioso en el tratamiento de ciertos cánceres de piel.

EL CICLO DE CHLAMYDOMONAS NIVALIS

Durante la temporada más fría del invierno C. nivalis permanece inactiva, enterrada bajo las capas de nieve. Al comienzo de la primavera y en algunas zonas incluso en verano, cuando la nieve se comienza derretir y los niveles de luz se empiezan a intensificar, C. nivalis lanza unas células verdes con flagelos que viajan a la superficie de la nieve. Al llegar arriba pierden sus flagelos y parte de ellos forman una pared gruesa de células en reposo (aplanosporas) que contienen el pigmento rojo protector y la reserva de alimentos. Otras pueden funcionar como gametos (células sexuales), fundiéndose en pares para formar zigotos.

Vista al microscopio C. nivalis parece un caramelo duro. Es criofílica (le gusta el frío) y prospera en aguas congeladas. Su tamaño va de 10 a 35 µm de diámetro, por lo que su viaje de sólo algunos centímetros a través de la aguanieve para llegar a la superficie es tan épico como el viaje del salmón. C. nivalis vive a grandes alturas (2,500 a 3,000 metros) en condiciones extremas de bajas temperaturas y altos índices de radiación. Sin embargo hay poco más de 300 especies de algas de la nieve; 60 de ellas son naturales de América. Bajo condiciones favorables, las C. nivalis forman densas floraciones de algas, que producen un color rosa en la nieve, dando lugar a la llamada “nieve de sandía”. Se ha estimado que una cucharilla de nieve derretida puede contener más de un millón de células de C. nivalis.

Las algas se pueden extender hasta una profundidad de 25 centímetros. Las algas se acumulan a veces en depresiones en la nieve llamada tazas de sol. Ya que el pigmento rojo oscuro absorbe el calor, la nieve se derrite y acumula las células, aumentando las tazas de sol y acelerando el índice de fusión de los bancos de nieve y de los glaciares.

C. nivalis se alimenta de los minerales lixiviados de los cantos rodados y del suelo subyacente que viene con la nieve, y de detritus de diversos materiales (especialmente polen) que cae sobre la nieve de árboles y de arbustos de los bosques a alturas más bajas y que llegan trasportados por el viento. También aprovechan los restos de plantas, algas muertas, protozoarios, rotoríferos, nematodos, gusanos de la nieve y pequeños insectos que son descompuestos por las bacterias y los hongos.

Este organismo utiliza los contaminantes de la nieve como alimento y reduce la acidez del aguanieve. C. nivalis aprovecha el bióxido de carbono (el gas de invernadero) para utilizarlo en el proceso de fotosíntesis.

Al caminar sobre la nieve rosada se comprime la capa y aumenta la densidad de la población de C. nivalis, produciendo un color tan intenso como el de la pulpa de sandía.

La nieve incluso tiene un olor fresco de sandía y es por eso que a veces se llama “nieve de sandía”. Hay informes sin confirmar que afirman que consumir “cantidades abundantes” de nieve rosada puede causar diarrea.

Los poderosos vientos de la montaña que traen los alimentos al banco de nieve pueden también servir para dispersar las células encapsuladas inactivas a las montañas distantes. De esa manera C. nivalis continúa con su ciclo de vida.

REFERENCIAS

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