Trancas, Tucumán: El Informe Final (2)

Por Roberto Enrique Banchs

TESTIMONIO DE NALLIBE, YOLANDA MORENO EBAICH:

Nació: Trancas, Pcia de Tucumán, 30 octubre 1925.

Estudios: Profesora de inglés; y de corte y confección.

El día había transcurrido normalmente. Pasadas las 21 horas los integrantes de la familia Moreno se encontraban acostándose; algunos leían, descansaban y acomodaban a los niños.

En cierto momento, la doméstica Dora Martina Guzmán apareció en las habitaciones exclamando muy temerosa –tal es su personalidad- que había unas luces afuera cuyo origen desconocía, aunque supone que estarían buscando a alguien. Yolanda cree que podría tratarse de un ómnibus de la empresa donde se desempeña su hermano Antonio, pero ya hacía un par de horas que pasó el último, y le resta importancia al episodio.

Dora lloraba en la cocina e insistía con sus observaciones. Finalmente, Yolanda decide salir de la habitación y dirigirse por detrás de la vivienda pensando que por algún problema hubieron venido a buscar a su hermano, ausente en esos momentos. La puerta del frente se encontraba cerrada siempre por seguridad. Entonces miró hacia las vías distantes unos 200 m, notando la presencia de dos luces.

Se veía entre medio de ellas cruzar unos cuerpos de aspecto humano (11, 12 o 14). Pensó que eran operarios de la cuadrilla ferroviaria, que estarían reparando algún desperfecto vial, de noche, para evitar accidentes. Luego descartó esta posibilidad, sin saber porqué. La noche estaba muy oscura, no había Luna visible y la temperatura cálida.

“Yo he visto bultos de personas que se cruzaban –dice-, las observé durante más de diez minutos, cuando la muchacha me pidió ir a ver las luces en la vía; caminaban permanentemente, eran como personas normales que las ve a 200 metros. Pensaba que transitaban observando las vías, porque se veía movimiento entre ellas, un andar algo lento sin dificultad”. Alertados por Yolanda, todos pudieron ser testigos de las siluetas.

Habían empezado a transpirar y a toser “como si un humito de azufre nos ahogara”, dice. Afuera escuchaba un “ruido raro, como de un taller, así se escuchaba de los aparatos”, afirma Yolanda. Aunque antes que se hiciera de noche, había empezado a escuchar un sonido semejante a una zedilla oscilante que le llamó la atención, pero como entonces se hablaba de nuevos aviones, pensó que de eso se trataba.

Volvió a la casa y regresó con Dora provista de una linterna grande y un revolver 38 largo (n: el detalle del arma no aparece en ninguna de las versiones de la época, que solo citan la linterna). Jolié también había salido, pero regresó con miedo pensando que irían a secuestrar a los niños.

Cuando salieron enfocó con linterna y al instante, se sintió enceguecida por las luces. Pero “ningún daño nos han hecho”, aclara. “Cuando alcancé a ver el vehículo y apunté con mi linterna, quedé ciega. Ya no podía caminar porque estaba enceguecida”. Este aparato situado a unos 6 u 8 metros, tenía una suerte de ‘torre’ cilíndrica y domo. Parecía no tocar tierra y daba la impresión de tener forma redonda con ventanas, expulsando un vapor que desde el suelo lo tapaba. “Lo grave es que yo le veía remaches”, nos dice Yolanda. “Remaches, remaches. Hecho por humanos que uno dice”. Ningún detalle más pudo observar.

Respecto a las siluetas humanas, más distantes, señala: “Las dejé de ver cuando nos han enceguecido. ¡Qué vamos a ver ya, con los reflectores en los ojos, con la desesperación de todos…!”, exclama.

“Yo también tambaleé al prender la luz y enceguecerme, he tambaleado, como si tuviera un poder; puse la mano en el suelo y me levanté, sin alcanzar a caerme. Dora daba cada grito que pudo haberse revolcado, pero no sé lo que le pasó a ella. No iba a atenderla, yo quería atender a los marcianos”.

Enceguecida y tambaleante retornó al interior de la vivienda. Fue entonces cuando se levantaron todos. Su padre Antonio quería salir, pero Jolié y Argentina se esforzaron para disuadirlo. Su madre, Teresa, miraba enceguecida a través de la ventana. La luz daba la impresión de atravesar puertas y paredes. Se trataba de una luz sin amplitud, de aproximadamente un metro de diámetro.

Provenía de todos los objetos. “La luz era muy blanca –indica-, encegueciendo de tanta claridad. No se apreciaban otras coloraciones. Era una flota impresionante, más de siete. Tres próximos a la casa y cuatro en las vías, según alcancé a contar. Era tal la cantidad de luces que quizás había más; tanta iluminación que enceguecía, no se podía ver”.

Nallibe continúa con su exposición: “La temperatura aumentó un poquito. No se si será por los nervios o por la venida de los ‘platos voladores’ (…), pero los niños se despertaron por los gritos, la bulla, lloraban y transpiraban al igual que los adultos. Así que sería algo que ocurría realmente en el ambiente”.

Un estado de nervios colectivo se había apoderado de las cinco mujeres. Inclusive, Argentina “le pegó un sopapo a Jolié, algo así, ella sintió un golpe en el rostro; de lo que gritaba le han dado una bofetada”. Mientras tanto, Argentina decía: ‘¡Me van a llevar los marcianos al bebé!’; tenía miedo y lloraba por su hija Victita. “Pero ninguna –dice Yolanda- hemos tenido miedo, la verdad. Si hemos vuelto sin llegar al aparato fue por nuestros padres. Ninguno hemos tenido miedo”.

“Yo enfrentaba a mis hermanas me pedían que no saliera (…). Mi madre lloraba y el papá viejito (n: fallecieron en 1977 y 1965, respectivamente), pedían que no saliéramos. Y mis hermanas llorando recriminándome por mis padres. Pero estaban acá, en la propia casa: en la esquina del jardín, en el gallinero, en la esquina del cerco, en las vías”.

Yolanda expresa su extrañeza porque Dora aparece con el rostro enrojecido, a diferencia de los demás. “¿Será porque ella tenía miedo?”, se responde a modo de pregunta. No obstante, Yolanda le aplica una pomada para quemaduras (‘Pancután’). Según Yolanda, la doméstica no fue, al parecer, trasladada en ningún momento al hospital.

Como en varias partes del mundo se hablaba de platos voladores, se dieron cuenta que de eso se trataba.

Al disponer irse, todos los aparatos habrían procedido a encender sus reflectores, dando vuelta sobre sí mismos y dirigiéndose al cerro medina (situado a unos 20-25 Km hacia el este). “Sin dar vuelta el vehículo, los reflectores hicieron un giro y alumbraron todo”, nos refiere Yolanda. “Unas dos horas hemos estado observando el cerro iluminado como una ciudad a lo lejos; como una luz de un vehículo que se va”.

Los artefactos se marcharon en el mismo momento, “como si fuera ordenado por alguien. Alguien mandaba ahí. Se nota –sostiene Yolanda- que uno solo dominaba todo; cuando giró el que estaba al lado de la casa, todos se han movilizado. Han levantado vuelo y seguido en forma rasante todos juntos, pues, imagínese que los cables del ferrocarril Belgrano (que corren paralelos a las vías) apenas los habrían rozado, porque no había nada cortado. El ruido ya no se sentía tampoco”.

Luego se halló “una ceniza blanca”, donde estaban los aparatos. Yolanda reconoce que, pese a tener ciertas cualidades parapsíquicas, no intuyó la presencia de aquel fenómeno, ni tuvo sueños alegóricos relacionados con su experiencia.

Consultada sobre sus impresiones acerca de lo observado ese 21 de octubre, señala: “Aunque vea yo remaches en las ventanas, es que no son personas de acá, por la precisión del aparato, modo de desplazarse y mantenerse suspendido, marcas, tenga la seguridad que son de otro planeta”.

En una modesta vivienda ubicada detrás de los galpones de la finca, se encontraba el peón Huanca (fallecido en 1986). Sus hijos habían salido. Uno de ellos, ‘Cucha’, es quien debía llegar en camioneta. Según Yolanda, su padre también observó el fenómeno, pero le manifestó su deseo de no declarar. Junto con el jardinero José Acosta se levantaron ante los gritos de las mujeres, pero afirma que no han salido por temor.

EL TESTIMONIO DE ARGENTINA DE JESÚS MORENO DE CHAVEZ

Nació: Trancas, Pcia. De Tucumán, 10 junio 1929.

Estudios: Magisterio. Cursó el primer año de Derecho, y abandonó.

Aquel 21 de octubre había viajado de Rosario a San Miguel de Tucumán, y desde allí lo hizo hasta Trancas. Le acompañaban sus dos pequeñas hijas Victoria y Nancy, estando grávida de su tercera niña, Cristina.

Llegó muy cansada, cenaron a temprana hora algo liviano, y se recostó a leer unas revistas, mientras sus hijas dormían en la misma habitación. De pronto, apareció Dora requiriéndola para ver lo que estaba pasando, pero no le hizo caso, pues estaba interesada en su lectura y cansada. Pero ella insistía, ingresando reiteradas veces en la habitación, a lo que Argentina le respondió que se marchara, pues iría a despertar a sus padres, quienes dormían profundamente desde hacía más de una hora. Dora le explica entonces que Yolanda no sabe qué están haciendo en las vías.

“Yo pensé que iba a ver gente y que habría un vehículo del ferrocarril, porque eso me había dicho Dora: ‘Ahí hay gente que va y viene por las luces de la vía’, dijo. Y le pregunté, ¿cuántas personas?: ‘¡Ah, muchísimas personas –dice Dora-, son como doscientos que van y vienen!, y cree la niña Yolanda que están levantando las vías, haciendo sabotaje’. Ella veía sólo las siluetas –continúa Argentina-, sin poder apreciar detalle alguno; entonces recién me preocupé y me levanté”.

Cuando lo hizo, según la testigo, tanto su hermana como la doméstica se habían ido a sus respectivos dormitorios. Dio la vuelta por detrás de la casa, y al salir observó un fenómeno que no pudo comprender. Muy asustada retrocedió sin dar las espaldas hasta quedar a resguardo y entró corriendo a los gritos. Despertó a sus padres, y alertó a todos diciendo estar rodeada de platos voladores. “¡Oh, Dios mío!, estos son OVNIs, me asusté mucho, quédense todos tranquilos y quietos, nadie salga porque estamos rodeados de platos voladores, les digo”.

Se trata de cinco luces que estaban sobre la tierra. “No sé si estaban apoyados o qué, pero estaban ahí”, señala.

“Cuando salí y me volví, vi uno solo. Pero cuando fui a buscar a mi pare noté que había cinco. Uno al frente, otro estaba para tras en el monte y había tres sobre las vías. Vale decir tres juntos y uno. Ya tras de la casa en el monte, el quinto, que alcancé a ver cuando fui a buscar a mi padre. Ese tiene que haber estado en el aire”.

Argentina muestra curiosidad por la intensa oscuridad de la noche, tenebrosa, sin Luna ni viento, ni humedad. “Había una tranquilidad impresionante”.

Durante unos momentos permanecieron en el interior de la finca, hasta que salió el padre hasta el portón, pero su hija tras él, le tomó firmemente de la mano, mientras observaba con mayor atención, y le pidió regresar, pues tenía angina de pecho: “No papi, no sabemos qué es eso, ¿si son de otro planeta?… no sabemos si son buenos o malos, le dije, volvamos por favor”, y su padre atendió sus ruegos y razones.

Al ingresar nuevamente, Argentina cerró todas las puertas y ventanas, permaneciendo allí, expectantes de lo que ocurría. A través de los postigos observaban el desarrollo de las acciones.

Argentina tuvo la impresión de que había algo descompuesto, pues se escuchaba por momentos una suerte de golpeteo (un ‘trac… tac…’). Sostiene la testigo que “era un ruido como de una máquina, un sonido suave: ‘trun-ca-tr’; era como una cosa que daba vueltas, algo así. ¡Era el de una máquina que estaba en funcionamiento! No era ensordecedor y solamente lo hacía el aparato que estaba cerca. No lo hacían los otros, de los que sólo se veían las luces”. Argentina intenta precisar: “Eran luces grandes que se veían de lejos. Luces nada más, blancas”.

En cierto momento Yolanda salió con la doméstica y desde un artefacto situado más próximo a la vivienda, fueron encandiladas sorpresivamente, recibiendo “un golpe de luz”. Ahí se volvieron corriendo y no salieron. Tenía las luces apagadas y sólo se advertía la forma de unas ventanas de apariencia cuadrangular, oscuras en su interior. No se podía observar si tenía algún tipo de anillo que lo rodeare, u otros colores. “Lo que sí vi –dice la testigo-, era una especie de fuego que uno prende, que arde. De a ratos lo veía y de a ratos no. Eso sí, llegué a ver más llama en los que estaban más distantes”, afirma resueltamente.

“Lo que yo vi –prosigue la testigo- era un aparato. Ahora podría ser un aparato de acá también, pero me dio miedo porque dije: ‘¡qué aparato raro está ahí!, ¿quién está usando ese aparato? No sabemos quiénes son”.

Sin embargo, Argentina no sabe precisar la forma que tendría ese artefacto cercano, porque era tanto el vapor blanco que arrojaba por abajo y de a ratos una llama, que no permitía distinguirlo. Lo que notaba estando fuera –insiste- fue “ese ruido como una máquina suave, como un motor; como algo que daba vueltas en aquel momento (‘chiqui-chiqui-chi’, algo así)”, sin lograr acertar con su onomatopeya, aunque advertido por todos los azorados testigos.

Al preguntarle si podría tratarse de un artefacto de manufactura terrestre, Argentina Moreno respondió: “… Puede ser. Se ve que era un elemento material. ¡Podría ser!, es muy factible”.

Cuando la luz las envolvió, Dora exclamó: ‘¡Hay, me quemaron!’, llevándose las manos al rostro. Argentina se asustó, creyendo que efectivamente la habían quemado y le pidió que retirara sus manos para inspeccionar qué tenía, pero la doméstica se negaba y Argentina debió retirárselas. “Entonces le pregunté: ‘¿Me mirás bien, me mirás a mí, sí?, ¿pues qué te pasa?’ ‘Nada’, me responde. ¡Es que el calor le hizo asustar! Se ve que la luz daba mucho calor. Cuando ellos enfocaban se nota que esa luz producía un calor impresionante”. Esto parece haber sido corroborado por su hermana Yolanda. Argentina también afirma que Dora no fue tumbada por la luz, ni tampoco atendida en el hospital por presuntas quemaduras, como indica una versión, aunque había quedado vivamente impresionada.

En esas circunstancias, ninguno de los perros que solían andar sueltos por los patios, en la galería, ladró. Es más, no recuerda haberlos visto. Pero sí escuchó a un animal (vacuno o caballar) que se inquietó, así como las aves del corral, en particular las gallinas, que se despertaron y empezaron a cacarear cuando desde el aparato más cercano se dirigió un haz de luz blanca, sin bifurcación y de unos dos metros de diámetro, hacia el corral. Cuando retiraron la luz, no se las escuchó más. Fue un haz directo, instantáneo, que se mantuvo un rato alumbrando.

“Todas lo vimos, porque estuvimos por las ventanas observando a través del vidrio, ¡y no sé de dónde salió que atravesaban las paredes! ¡No!, no es cierto. Nunca las atravesó”.

RB- Pero, ¿Entonces no se iluminó el interior de la casa, como se dijo?, preguntamos.

AM- “Ah, por supuesto, se aclaró cuando vimos eso. El haz de luz fue impresionante. Nosotros teníamos las ventanas vidriadas y por ahí estuvimos observando. De a ratos alumbraban. Será para saber si habían…, es cuando resolví que cerraran todo, los postigos. ¡Todo! Pero nunca la luz traspasó las paredes. El calor sí”.

Después la familia continuó atisbando, y saliendo, pero Argentina se fue a su dormitorio y de a ratos, entreabriendo las ventanas, observaba el fenómeno esperando que se retirara.

Aunque ese día no había sido caluroso, la temperatura resultó agradable. En cambio, durante el prolongado avistaje –según relata- parece haber sido muy elevada, pues las criaturas estaban transpiradas. Argentina reconoce no haberse percatado por sí misma del aumento térmico, debido a su estado de nervios y temor que la embargaba, pero lo advirtió al ver que los pequeños transpiraban profusamente. Les secaba las cabezas y les mudaba de ropa, cuando sus hermanas exclamaron: ‘¡Bueno, se han ido!’ Les pidió entonces que se quedaran tranquilas, pues ya no tenían porqué temer. Los niños habían dejado de transpirar y continuaron durmiendo apaciblemente. Algo que la testigo no pudo hacer durante una semana después del acontecimiento.

Desde que vio el reloj hasta que desaparecieron pasaron 40 minutos, aunque supone que pudieron haber estado desde hacía más tiempo. No sabe cómo se alejaron, porque simplemente no los observó, pero pudo comprobar que después “quedó todo tranquilo, nos tranquilizamos todos y así pasó”.

Una vez que se marcharon, Jolié, Nallibe y Dora decidieron salir en dirección a las vías, notando una suerte de ligera neblina, flotando baja en el lugar y un olor raro en el ambiente. Menos animada, Argentina dispuso permanecer en la casa, al cuidado de sus padres y niños, mientras que en los fondos de la finca, dos familias de peones que habitan allí dicen no haber visto ni escuchado nada.

“Lo que vi me impactó muchísimo –nos comenta Argentina-, y ahí nació mi curiosidad por saber qué pasa con esto. Y me preocupa mucho. Como yo lo he mirado en ese momento, dije ‘ese aparato está hecho acá, y de alguna potencia’. Cuando lo vi pensé que nos podía pasar algo porque habíamos visto un aparato de alguna potencia extranjera, que nos podría causar daño, a la familia[1]. Eso pensé primero. Después me puse a analizar y cómo esa luz, y cómo el calor, y porqué esa noche estaba tan tenebrosa, y porqué no vinieron otra noche clara. Y así empecé a analizar esas cosas…” También reconoce haber leído por ese entonces de otras experiencias similares ocurridas en el país (por ejemplo, el caso de Monte Maíz, Cba., el 11/12 de ese mismo mes) y en el extranjero.

“Todos quedamos de acuerdo en no contarlo a nadie –señala-, porque era una cosa muy rara. Mi hermana ‘Porota’ (por Jolié) envió por la mañana un telegrama, alegando que tenía miedo de dormirse. Hizo un telegrama por ferrocarril a mi hermano, el abogado (Antonio), que estaba en Tucumán. El ferrocarril lo pasó –como es su modalidad- de estación en estación. Cuando el telegrama llegó a la ciudad, medio mundo ya conocía la noticia. ¡Mi hermano se enteró antes que le llegara el telegrama a su casa! Supe que iría a tener problemas, y así fue. Además, nunca perdonaré que nuestros maridos, hasta el día de hoy, se mostraran escépticos de lo que vimos”.

Continuará…


[1] Deseosa de contárnoslo, agrega: “Si ve el libro de denuncias sobre OVNIs, va a ver el caso de una señora que dice haber sido secuestrada y la dejaron en un cementerio, paraguaya creo que era. ¿Sabe cómo se llama?: Yo me acuerdo por la sigla “A.M.”, y dije Argentina Moreno. ¡Me buscaban a mí, se han equivocado! Bueno, me encierro en la oración”. La testigo se refiere a Adela Martínez de Pascucci, Quilmas (2 julio 1968).

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