Trancas, Tucumán: El Informe Final (Primera parte)

TRANCAS, TUCUMÁN: EL INFORME FINAL[1]

Roberto Enrique Banchs

El 21 de octubre de 1963, en hora de la tarde, el centro de atracción para el periodismo argentino lo constituía la visita a Buenos Aires de Werner von Braun, genio indiscutible que permitió a los norteamericanos pisar por vez primera la Luna y lanzar naves no tripuladas hacia la inmensidad del espacio. A las 19:30 horas comenzó su conferencia de prensa. Las preguntas de los periodistas llevaron al hombre de ciencia por distintos campos relacionados con su especialidad, hasta que –casi irreverentemente-, se le requirió la opinión sobre los “platos voladores”: “Yo nunca he visto ninguno, aún que las muchas noticias que he leído sobre ellos no me han impresionado tanto como para creer en su existencia…”, sostuvo.

A menos de dos horas de esas declaraciones y a unos 1,400 kilómetros, en Villa de Trancas, provincia de Tucumán, se producía uno de los hitos más importantes en la historia de los no identificados. Se trataba de un episodio que ha sido considerado como “un caso inatacable (y) una prueba irrefutable” dentro del voluminoso y extraño legajo de los OVNIs. “Quizás –también se ha dicho- uno de los hechos más excepcionales del historial del problema OVNI”, debido a la cantidad y calidad testimonial, la prolongada visualización y el hallazgo de residuos físicos en el área, constituyendo “la más poderosa evidencia” a favor de los fenómenos inusuales. Desde entonces, el caso Trancas se convirtió en “el superclásico de la ufología mundial”.

El presente informe consiste en un detenido y pormenorizado análisis de la investigación iniciada en septiembre de 1971 y retomada en profundidad en mayo de 1987, a través de numerosísimas entrevistas y cuidadosos diligenciamientos. Para tal propósito, ha sido preciso confrontar los testimonios actuales con los ofrecidos en aquella época, a través de la primera versión ofrecida por los periodistas de La Gaceta, de Tucumán, Arturo Álvarez Sosa y Ventura Murga, seguida por las del escritor Eduardo A. Azcuy unos días después, el capitán de fragata Omar R. Pagani al año siguiente, y la de Oscar A. Galíndez lograda a siete años de producido el episodio.

Asimismo recurrimos a documentos no susceptibles a deformación alguna, como los registros meteorológicos que nos suministró para esa hora y lugar la Fuerza Aérea, el informe del análisis químico de la Universidad de Tucumán, la compulsa histórica de los diarios de la época referidos a acontecimientos simultáneos a la observación de Trancas, especificaciones técnicas de la Secretaría de Guerra, y otros de carácter objetivo. Todo esto para disponer de datos confiables y fácilmente verificables.

Habida cuenta del inesperado giro que deparó la investigación, procedimos a publicar algunos artículos preliminares en Italia, España y Argentina[2]. Previendo que su contenido iría a generar una agitada polémica, el italiano Pier L. Sani señaló: “Los iluminados de siempre amarán creer, de salvar a cualquier costo el ‘misterio’ de Trancas”, mientras que el belga Wim van Utrecht nos advierte: “Los soñadores no estarán contentos con sus hallazgos, pero para un investigador serio sólo la verdad importa (…); noto que los ufologistas parecieran tener mayor dificultad en aceptar una explicación, que una vocinglería sensacional”. Los acontecimientos lo demostraron.

UNA SÍNTESIS DEL CASO TRANCAS

El lunes 21 de octubre de 1963, Argentina (28) y Jolié (21) Moreno llegaron con sus pequeños hijos Victoria, Nancy y Guillermo, de Rosario, provincia de Santa Fe –donde residían- a San Miguel de Tucumán, y de ahí hasta la finca “Santa Teresa” en Villa de Trancas, donde se reunirían con sus padres, Antonio (72) y Teresa (63), y su otra hermana, Yolanda (30). Un motivo de esta visita era que sus maridos, ambos oficiales del ejército, debían participar en unas importantes maniobras militares previstas para esos días, y en la madrugada partirían en tren desde Tucumán a Salta, pasando por Trancas.

Cenaron muy temprano y exhaustos por el viaje, todos se fueron a descansar a sus habitaciones. Cerca de las 21 horas, la doméstica Dora Guzmán (15), que se hallaba en los fondos de la vivienda, aparece una y otra vez insistiendo en que veía luces sobre el terraplén del ferrocarril, situado a 200 metros al frente de la finca. Los padres dormían, mientras que Argentina seguía atenta a su lectura, Jolié le restó importancia –pues debía darle el biberón a Guillermo, de 4 meses-, y Yolanda (Nallibe) al escucharla pensó que sería un ómnibus. Finalmente, persuade a las hermanas para verificar las ‘luces raras’ que estaba viendo. Se trataba de un conjunto de cinco luces, distantes entre sí a no menos de 100 m, tres al frente y dos un poco más al norte (noreste). Se encendían y apagaban con cierta intermitencia, arrojando haces lumínicos en distintas direcciones, iluminando incluso la finca (vivienda, gallinero). No tenían forma discernible, presentando el aspecto de focos de luz. Las asustadas mujeres sospecharon que podría tratarse de un accidente ferroviario (es frecuente que el tren se lleve por delante algún vacuno), o que podría ser una escuadrilla de operarios reparando las vías, pues a unos 500 m, o más, hacia el norte, visualizaron unas siluetas humanas desplazándose en torno a los reflectores.

El temor fue mayúsculo cuando Yolanda arriesga la posibilidad que podrían ser guerrilleros haciendo un sabotaje (levantando las vías, o colocando una bomba), recordando los episodios de la incipiente guerrilla rural de Taco Ralo, al sur de Tucumán, hacia fines de 1962. Es que los maridos de Argentina y Jolié pasarían por allí en cuestión de horas en un tren militar y, además, ellas se encontraban solas, su padre enfermo y sus pequeños hijos desprotegidos. En busca de otra explicación, una de las hermanas recordó haber leído que en varias partes del mundo se habían visto platos voladores, y especialmente el caso del camionero Douglas (quien días antes –en Monte Maíz- había visto un aparato con varios seres que lo habrían quemado con un fino haz de luz), sugiriendo la posibilidad que fueran esas naves.

Entre corridas y encierros, decidieron salir para observar mejor, cuando ven una tenue luminosidad verdosa y pensando que era la camioneta conducida por un peón que trabaja en la finca, van hacia la tranquera.

De pronto, a unos 8 metros de ellas, se encendió una luz que las encandiló, pudiendo notar por un instante, que había un aparato de unos 8 x 3 m, provisto de una torreta, y con gajos y grandes remaches dispuestos en su superficie. El impacto fue tal, que Yolanda trastabilló, tropezó, y en segundos estaban refugiadas nuevamente en la casa. La doméstica, de 15 años, entró exclamando que la habían quemado, pero Argentina y Yolanda comprobaron que sólo estaba asustada. A estas alturas todos estaban levantados. El padre intentando salir, era retenido presa de nervios por sus hijas, pues se hallaba enfermo. Con las puertas trancadas, desde la ventana (los postigos cerrados y por veces entreabiertos), atisbaban el fenómeno. Una de las jóvenes mujeres creyó que los haces de luz atravesaban las paredes, pero otra sostuvo que lo hacían a través de las rendijas. La misma creyó que los haces se extendían y retraían a voluntad, pero resultó que por momentos lo hacían a ras del suelo.

La situación era desesperante. La madre oraba, la doméstica lloraba, las hermanas gritaban y corrían de una habitación a otra, siguiendo las alternativas. Los testigos notaron el ambiente pesado, caluroso. Ese objeto más cercano (‘F’) emitía un ruido de máquina en funcionamiento, pero ya sólo veían de él un espeso y creciente vapor y unas luces, que parecían recortar seis ventanas, impidiéndoles apreciar si se hallaba suspendido a corta altura o posado en tierra (con posterioridad se encontraron allí los vegetales presuntamente aplastados).

Transcurrieron 40 minutos, hasta que el objeto ‘F’ –que parecía comandar las acciones- se desplazó hacia el este y los demás siempre en forma rasante hicieron lo mismo, hasta desaparecer en dirección de las Sierras de Medina, distantes a 20-25 Km.

Luego, corrieron hacia los vecinos para enterarlos del acontecimiento, pero son muy pocos los que vieron algo. El vecino lindero Francisco Tropiano alcanzó a ver pasadas las 22 muy iluminado el sector este del lugar, al frente de su finca.

Nadie durmió esa noche en lo de Moreno. Por la mañana Jolié fue a la estación ferroviaria rogando enviar un telegrama a su hermano Antonio (h), que vive en S.M. de Tucumán, a raíz del episodio. Cuando este recibió el mensaje –debido al procedimiento-, ya lo sabía gran cantidad de personas. Incluido el periodismo, que pronto se hizo presente. Luego, se solicitó la intervención de la policía, labrando un acta, custodiando el lugar durante días sin novedades, y requiriendo al Instituto de Ingeniería Química de la Universidad de Tucumán que examinara el polvillo blanco hallado en el sitio donde fueron observadas las luces, resultando ser carbonato de calcio con impurezas de carbonato de potasio.

Hasta aquí, una apretada síntesis del clamoroso encuentro. A fin de dar precisión al episodio, seguidamente, incluimos las respectivas versiones de las hermanas Moreno.

TESTIMONIO DE JOLIÉ DEL VALLE MORENO DE COLOTTI:

Nació: Trancas, provincia de Tucumán, 17 abril 1940.

Estudios: Secundarios en el Colegio Sagrado Corazón hasta 3er. Año, luego Liceo de Señoritas R. Escalada de S.M.

Jolié había decidido con su hermana Argentina ir a descansar unos días al campo, a la finca ‘Santa Teresa’, que sus padres poseen en la localidad tucumana de Trancas, al norte de la provincia. Así que viajó desde Rosario, SF, donde estaba residiendo, junto con su hermana, los dos pequeños hijos de ésta y el suyo, Guillermo, de apenas cuatro meses. Arribaron a S.M. de Tucumán el día 21, y desde allí se trasladaron en automóvil, en compañía de sus padres –Antonio Moreno (72) y Teresa Kairuz de Moreno (63)- a la citada finca.

Al atardecer no les fue posible poner en funcionamiento el equipo de luz, pues el motor a gasoil del tambo (instalado cinco años antes) se encontraba averiado, y ninguna conocía el sistema. Cenaron temprano y se fueron a descansar, después de un día agotador, cada uno con su lámpara para leer un rato antes de dormir. Sin embargo, Jolié debía quedar despierta porque su hijo tenía que tomar el biberón a las 21 horas.

Momentos después, aparece la mucama Dora Guzmán diciendo que no iría a lavar la vajilla esa noche porque tenía miedo. Su otra hermana, Yolanda (Nallibe Moreno), le inquiere cómo era posible si se ha criado en el campo, a lo que Dora le replica afirmando que hay luces raras. Pero nadie le dio importancia. Unos 20 minutos después regresó decidida a dejar la cocina como estaba y manifestando su deseo de irse a dormir a las habitaciones de las hermanas Moreno, porque tenía miedo. En tales circunstancias, Jolié opta por salir a ver qué pasa, pero nada ocurre. De modo que entra a la vivienda, prepara y le da el biberón a su bebé, quien continúa durmiendo. Al momento Dora retorna desesperada, expresando que las luces eran ahora mucho más intensas. Nuevamente se levantó tomando un abrigo con la intención de permanecer un rato fuera y ver qué ocurría en las vías del ferrocarril, las cuales estaban rodeadas de moreras y gran cantidad de arbustos.

Era una noche algo fresca y sumamente oscura. No veía nada inusual, cuando de pronto advierte sobre las vías como un tubo de luz fluorescente por donde transitan “personas”. A la distancia sólo nota las siluetas de gente que camina, siluetas de semejanza humana. Diez o veinte. “Parecía gente que caminaba a paso normal, simplemente. Era como ver gente maniobrando en algo, caminando, a 200 metros, justo al frente, como si se desplazara dentro de la luz; se veían siluetas nada más”, afirma Jolié.

Piensa de inmediato que esas eran las luces vistas por Dora, pero la doméstica le expresa que había visto otras. “No, esa es la cuadrilla del ferrocarril –le responde Jolié-, debe ser que alguna vaca que atropelló el tren esté siendo sacad de las vías”.

Creyendo una cosa así, regresan a la casa y le comenta a Yolanda la novedad, quien desea salir muy dispuesta a unírseles y comprobar lo que ocurría. Yolanda se ve entonces sorprendida por la potencia de la luz de la supuesta cuadrilla del ferrocarril, pero resuelve regresar en silencio, pues sus padres dormían, y pedirle a Argentina que cuidara de su niño, porque querían ir hasta las vías pensando que se trataba de un accidente.

Argentina les ruega que no vayan, convencida que se trata de un sabotaje y que estarían colocando algún explosivo en las vías. A raíz de ello, Yolanda (Nallibe) sacó un Colt 38 que tenía debajo de la cama y una linterna, saliendo al patio con la intención de dirigirse por el camino de acceso a la finca, donde hay un portón.

Cuando las tres se fueron aproximando, notaron una luz verdosa que pensaron se trataría de la luz de posición de la camioneta pick-up que tenía la familia, conducida por un peón, Huanta, y que empleaba para llevar los elementos rurales al pueblo. Dora dice: “Ahí está Huanta, le voy a abrir el portón”. Casi al decir eso, estaban sobre la tranquera. Nallibe enciende la linterna en dirección a la misma para abrirla, cuando advierten que la camioneta no era tal. La respuesta que se obtiene al pulsar la linterna es un haz de luz, que supone sería sólido, porque tiene la sensación que las voltea como un chorro de agua, arrojándolas al suelo. La doméstica, que estaba más adelantada dispuesta a abrir la tranquera, o portón, siente repentinamente una quemazón en el rostro.

Jolié señala: “Nosotras lo único que alcanzamos a ver en ese momento fue la parte de arriba del aparato, metálico, con gajos remachados, dándome la impresión que era un remache hecho por el hombre, es decir, por las manos humanas. Y de abajo no se podía ver absolutamente nada porque salía niebla, como un humo”.

El aparato descrito por Jolié daba la sensación de balancearse casi a ras del suelo, aunque no se veía nada debido a la abundante niebla, tanta que impregnaron los árboles de un fino polvillo.

Más adelante insiste: “Tenía 6 gajos y 6 tirantes. Esa fue mi primera impresión. Hecho por la mano del hombre. Los distinguimos cuando encendimos la luz. Después lo vimos más. En esa fracción de segundos fue cuando vimos los gajos”.

La reacción de las mujeres no se hizo esperar. Salieron corriendo, introduciéndose en la casa donde estaba Argentina, la segundogénita, quien a los gritos alertó estar rodeados de ‘platos voladores’. Fue entonces cuando desde el interior pudieron notar en el aparato una suerte de serpentina de colores (verde, anaranjado, rojo), a modo de muchas ventanillas, girando velozmente. La testigo calcula que tendría unos 8 o 10 m de diámetro con forma de sopera invertida, aunque lo único que se veía eran las luces y la niebla.

Siguiendo el relato de Jolié, este aparato estuvo allí lanzando haces de luz hacia la casa, sin darse cuenta cómo las lámparas que tenían encendidas iluminaron con tanta intensidad el interior de la vivienda. “Todos los objetos tenían su haz de luz, todos iluminaban como si fueran reflectores que necesitaban analizar la casa como si una inteligencia los estuviera dirigiendo”, a decir de Jolié.

Otro detalle observado a través de la ventana es que de los aparatos que estaban sobre las vías, fueron lanzadas dos luces por el camino de acceso a la casa, como inspeccionando las tejas. El carácter de las luces era cilíndrico y paralelo, sin penumbras. Fue avanzando hacia la casa, demorando en llegar. “Era una luz dirigida por seres inteligentes, como si una gran ‘aspirina’ avanzara y llegara hasta cierto lugar. Yo llegué a tocarla y querer tomarla, porque era como un tubo”, pero se replegó en ese momento sin sentir nada en especial.

La testigo no puede precisar la cantidad de tubos de luz que salía de cada objeto, que están presenciando. Estaba desesperada y sus hijas, aterradas, corrían por las habitaciones. La desesperación del padre, Antonio, por querer abrir la puerta y lanzarse hacia uno de los aparatos, pese a su robustez, era impedida por su familia.

Cuando se puso en movimiento la máquina que se hallaba en el jardín, a pocos metros de la casa, en la oscuridad, lanzó un haz de luz que hizo un giro de 180 grados, dando la impresión de haber sido “una señal de ajuste de cinco aparatos que estaban sobre la vía”.

El pequeño ‘Güilli’ y los niños de Argentina habían transpirado profusamente, sin despertarse. Hacía un calor insoportable dentro de la casa.

Se percibía un leve zumbido, pero con el barullo y la desesperación, no se escuchaba.

Luego de aquel giro del haz luminoso, empezaron a desplazarse todos juntos. “Se alejaron –dice Jolié- respetando los accidentes del terreno, su geografía, en forma rasante”, hasta perderse hacia las Sierras de Medina, situadas al frente de la finca, quedando un fuerte resplandor en el cielo.

Como las Sierras son muy altas –deduce-, han tenido que elevarse para sobrepasar esa zona, pero siempre en vuelo rasante.

En ese momento, detrás de la casa, hacia la zona donde hay montes (esto es, en dirección aproximada a San Pedro de Colalao), salió otro aparato más que no había visto hasta entonces, alejándose por un camino lateral a la finca, paulatinamente, iluminando el terreno.

Notó que su hermana Nallibe (Yolanda) tenía los cabellos impregnados de una suerte de niebla blanca que le resultó extraña. Luego de lo ocurrido fue a buscar al vecino Acosta, pues su casa está muy cerca de las vías, pero estaba profundamente dormido, al igual que sus perros. Empero, alcanzó a notar el ambiente iluminado.

Posteriormente Jolié pudo comprobar, al igual que los demás, la existencia de algunos residuos, como bolitas que se deshacían en forma de cenizas al presionarlas suavemente.

Al día siguiente, muy temprano, estuvieron periodistas del diario La Gaceta, de Tucumán. Según Jolié, quien avisó fue la médica René Vera de Kairuz (ya fallecida, y familiar de las nombradas), del Hospital de Trancas, quien habría visto pasar sobre esa localidad un conjunto numeroso de luces. Fue precisamente ella quien, al otro día, atendió en primer lugar a Dora de las presuntas quemaduras. Su tío, esposo de la médica Vera de Kairuz, luego de una inspección ocular opinó que se trataba de una alergia mutante con una componente nerviosa.


[1] Este artículo fue publicado originalmente en Los Identificados. Casuística ovni con ocupantes en Argentina, N° VI, Buenos Aires, marzo de 1994, páginas 1-27.

[2] Ver: Il Giornale dei Misteri, Firenze, IT. (Nro. 218, dic, 1989; Nro. 231, ene. 1991; y Nro. 255, ene. 1993), Cuadernos de Ufología, Santander, ESP. (Nro. 14, 2ª. Época, 1993), e Investigando, El Palomar, ARG. (Nro. 41, nov. 1992).

Texto y fotos propiedad de Roberto Enrique Banchs. Prohibida la reproducción. Agradecemos al doctor Banchs su autorización para publicar este artículo.

5 pensamientos en “Trancas, Tucumán: El Informe Final (Primera parte)”

  1. dejen de mentir… aki no aparese nada… no pueden ser mas mentirosos. son lo menos…jaja yo fui al lugar de los hechos con 7 amigos y no paso nada…si no existen MENTIROSOSSSSSSSSSSSSS….

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