Un accidentado viaje con humanoides

PAMPA DE AGNIA (Cht.): UN ACCIDENTADO VIAJE CON HUMANOIDES[1]

ROBERTO BANCHS

Conduciendo dos camionetas pick-up F-100, Alfredo Gianonni y Jorge Castillo, debían realizar un trayecto de 634 kilómetros por la ruta nacional 25, uniendo Trelew con Esquel, localidades situadas en la provincia de Chubut (ver plano, 1).

Habían partido a las 19 horas del jueves 12 de octubre de 1978, desplazándose a una velocidad promedio de 80 Km/h, cuando al llegar al paraje Las Chapas, Castillo se adelanta a su compañero y se mantiene a cercana distancia. Alrededor de las 22 horas y unos 10 o 15 Km después de Las Plumas, en el Valle Los Altares, a éste le llama la atención ver a través del parabrisas una luz pequeña en el cielo que iba creciendo de magnitud, hacia la derecha y corriéndose distante a la izquierda.

Como la fuente de luz plateada crecía en intensidad, del mismo modo en que aumentaba la intranquilidad de Castillo frente al fenómeno, decide detenerse para consultar a Gianonni acerca de lo observado, quien no duda en decirle que se trata de un “plato volador”.

De inmediato Gianonni se anticipa presuroso en su pick-up y llega a la Estación de Servicio Los Altares, cerca de Paso de Indios, bastante antes que Castillo. Cuando este se encuentra allí con Gianonni, a las 0.15 horas (ya en la madrugada del viernes 13 de octubre), le reprocha haberlo dejado solo, a lo que su interlocutor sale al paso respondiéndole que había llegado hacía apenas 10 minutos. Castillo supone que no era verdad y decide consultarle a un empleado conocido de la estación, quien le manifiesta que había llegado en realidad hacía media hora.

La impactante presencia del ovni: Después de cargar nafta, fueron al restaurante de la hostelería del Automóvil Club, donde dicen haber cenado algo de pescado y bebido unas gaseosas, refrigerantes. Ya más calmados, comentan lo sucedido al encargado del lugar -como hemos podido confirmar- y reanudan el viaje aproximadamente a las 2:15 horas. Ahora en el camino iban parando, conversaban un rato para evitar dormirse e iban bastante próximos, a una distancia de 30 metros. Gianonni iba adelante hasta que en un momento se detiene y expresa que tiene un gran dolor en la cabeza y se va a quedar porque no daba más, a lo que Castillo responde que iría a seguir pues estaban prácticamente cerca. En esos momentos va a descender de la camioneta y juntos observan un objeto de unos 3 metros de diámetro, de intensa luminosidad blanca, fosforescente, que parecía emitir un ligero sonido semejante al de un teletipo (“bip-bip-bip”), suspendido a un metro del suelo y a unos 10 m de los azorados testigos. Al ver el portento, Jorge Castillo se introduce en la camioneta, mientras que Alfredo Gianonni -aunque somnoliento y con el dolor de cabeza- logra alejarse primero y rápidamente del lugar. Fue entonces cuando el ovni se elevó hasta dejarse de ver en contados segundos, en tanto que Castillo, imprimiéndole gran velocidad a su vehículo llega a superar a su compañero de ruta.

Los extraños ocupantes: En estas circunstancias Jorge Castillo, vivamente impactado, mira por el espejo retrovisor y observa “una cosa con muchas luces y dos cosas cuadradas en la parte de atrás de la camioneta”, donde transportaba cuatro tambores de tinta destinados al diario Esquel, de la ciudad homónima.

Tras recorrer unos 10 Km más y a eso de las 3 de la madrugada, cerca de Rampa de Agnia -localidad que sólo el mapa la revela-, Castillo vuelve a ver por el espejo y nota en el montacargas unas cuatro figuras “cuadradas” que estaban ‘como’ mirando los tambores. Mientras tanto, continuaba conduciendo muy alterado y atisbaba las figuras sin detenerse. Según una versión[2], al ser entregada la tinta a la imprenta, los operarios la encuentran mucho más fluida que las remesas anteriores de la misma fábrica y partida.

Habían hecho otros 15 Km, antes de subir una cuesta muy larga, cuando insiste en quedarse Gianonni -que venía muy cerca, pero sin advertir nada extraño-, pues se hallaba muy fatigado. Curiosamente, Castillo dice que no obstante seguía viendo a las figuras humanoides por el espejo y también a una nube gris ovalada que parecía acompañar su marcha a un costado. Empero, el testigo da la impresión de contradecirse cuando señala la ubicación de Gianonni respecto a él, y aquí conviene agregar que en ningún momento Gianonni ve o se da por enterado de la presencia de los presuntos ocupantes, pese a que en aquellos momentos hablaban a los gritos desde dentro de las camionetas, apareados en la ruta.

Cuando veía a esas figuras, Castillo iba a unos 70 Km/h (recordemos que los vehículos estaban en ablande) y al momento de encender la luz de la cabina para ver si aún continuaban los seres atrás, ya que la visión no podía ser nítida, notaba con sobrada sorpresa que no había nada, sólo los cuatro tambores de tinta. En cambio, apagaba la luz, y volvía a verlos.

Visión de las montañas: Alfredo Gianonni no podía seguir y decide detenerse a dormir un rato. Castillo, por su parte, optó por proseguir el viaje con gran temor. Al llegar a una subida muy empinada, advierte que “las montañas de los costados del camino se juntan como si fueran de goma -sostiene Castillo-; se unen, me cierran el camino; quizá yo estaba mal y tomándome de la cabeza me detengo y pienso: pasaré, no pasaré; me llevarán, no me llevarán…” Sin embargo, instantes después apaga las luces y las montañas vuelven a su lugar, cuando -de pronto- ve fugazmente como dos humanoides van aproximándosele, caminando por la desolada ruta patagónica. Tenían un metro y medio de estatura y un aspecto de astronautas con uniformes blancos. Al verlos, enciende nuevamente la luz y se disipa la inquietante visión, que calcula haber durado apenas un segundo (ver imagen 3).

Ante tales imprevistos, intenta en vano ir a buscar a Gianonni, pues se encontraba extenuado y con fuertes dolores de cabeza y del brazo -seguramente por la fuerte tensión nerviosa y muscular- quedando la pick-up atravesada en el camino, con todas las luces encendidas. Se arroja en el asiento cubriéndose con unas alfombras que llevaba de muestra y deja transcurrir un tiempo inestimable, hasta que aparece Gianonni sorpresivamente y le insta a seguir juntos. Desplazándose a una velocidad de 80 Km/h, Castillo va a unos 10 o 20 m atrás observando siempre por el espejo al misterioso objeto de aspecto nuboso.

¿Un vuelco inusitado?: Faltaban menos de 60 Km para arribar a Esquel, cuando en las proximidades de Río Tecka, la camioneta conducida por Gianonni “se deslizó en la banquina y levantó en el aire, cayendo en un zanjón muy profundo”, según la descripción de Castillo, quien no duda en atribuirlo al raro fenómeno que estaba observando, añadiendo que el vehículo “se levantó de adelante, sin voltear ningún ‘guarda-raid’ de cemento, pasando por encima de ellos como levantada; además no tiene nada roto, nada -agregó-; sólo el techo abollado, como si la hubieran levantado y dado vuelta”. Gianonni quedó contra el volante y, aunque algo golpeado y con una pierna aprisionada, exclamó que estaba bien. Bajó entonces Castillo para auxiliarlo y, dejando la luz interior encendida y el motor en marcha, lo introdujo en su camioneta y en ella arribaron, finalmente, pasadas las 6 de la mañana a Esquel (ver foto 7).

UN ANÁLISIS DEL CASO

Al realizar nuestra investigación, aproximadamente un año después de ocurrido el episodio, debimos recorrer los 634 kilómetros que Alfredo Gianonni y Jorge Castillo efectuaron aquellas jornadas del 12 y 13 de octubre de 1978, cubriendo en automóvil las localidades de Trelew, Las Plumas, Paso de Indios, Pampa de Agnia, Río Tecka y Esquel. A excepción de las zonas aledañas a las poblaciones que fueron origen y destino del accidentado viaje, la vasta región patagónica transitada por los testigos tiene una característica desértica y desolada, paso obligado entre aquellas dos localidades sureñas y nexo entre la costa atlántica y la cordillera andina.

Examinando someramente el informe, es fácil notar que los presuntos hechos anómalos descriptos por los testigos son los siguientes:

a) Avistamiento de un fenómeno aéreo inusual.

b) Observación de humanoides que desaparecen fugazmente ante Castillo.

c) Visión de montañas que le cierran el camino.

d) Vuelco inusitado y sin daños de la pick-up de Gianonni.

e) Versión sobre un cambio sugerente en la densidad de la tinta transportada.

Para intentar responder adecuadamente a los interrogantes suscitados, procedimos a reunir valiosos testimonios y antecedentes que permitieran hacer una reconstrucción fidedigna de lo acontecido durante esa madrugada y formular algunas reflexiones.

Los fenómenos aéreos: Aparentemente, el ovni presenta tres fases discernibles que corresponden a distintas situaciones del trayecto: comienza como un elemento puntual de creciente magnitud luminosa; le sigue una aeroforma de arco de circunferencia; y concluye como una pequeña nube ovalada que da la impresión de seguirlos. En rigor, no se ha establecido si se trató de un mismo fenómeno, siendo especialmente muy dudosa la identificación de la última fase como fenómeno inusual, por su notoria semejanza con una formación nubosa de origen natural y por las circunstancias emocionales en que fue observado dicho elemento aéreo. En cambio, la segunda imagen del objeto, más cercana y definida, sugiere otro intento de explicación. Al respecto, la Luna se hallaba en su 11ª fase creciente, con el 89.32% de la fracción iluminada a las 3 horas, al sur (hacia donde presumimos fue avistado el supuesto ovni), en azimut 190° 86’, y con una declinación de -5° 1 min 4 seg, esto es, elevándose apenas sobre el horizonte (fuente: C. Demaría); lo cual coincidiría con la ubicación del “objeto de intensa luminosidad blanca” (demás no está decir que la Luna, cercana al horizonte, aparece de gran tamaño debido a que la atmósfera actúa como una gigantesca lente).

La distante fuente luminosa inicial no permite, por el momento, una interpretación adecuada. Con todo, esta fase es la que produce una real motivación en los testigos, que surge como duda acerca de la naturaleza de lo que estaban viendo (“Gianonni, ¿qué es lo que ves ahí arriba?, ‘Es un plato volador’, me dice” –J. Castillo). La segunda y elocuente fase provoca en ellos un fuerte impacto (shock) que se manifiesta como sensación de terror, en forma inhibitoria en uno, y de pronta huída en el otro (“Le pregunto a Gianonni ¿qué hacemos?; él -sin mediar palabra alguna- salió primero a gran velocidad” –J. Castillo). La tercera imagen vista, sólo por Castillo, resulta muy ambigua (“Mirando a un costado, siempre me acompañaba una forma ovaladita, una nube…” –J. Castillo). Es fundamental señalar que esta fase de la observación -y otras referidas más adelante- ocurren luego de una situación realmente traumática y como subproducto del avistamiento de un fenómeno para ellos perturbador.

Seres en la oscuridad: Es posible convenir que lo indicado habría inducido una fantasmagoría, es decir, la representación de figuras por medio de una ilusión óptica, o deformación de la realidad, creyendo percibir en la oscuridad y siempre a través del espejo retrovisor, a cuatro humanoides en el montacargas de su camioneta, donde hay -precisamente- cuatro tambores de tinta, denotando una ambigüedad semejante.

Cuando el joven testigo de 31 años encendía la luz “para ver si estaban estas cosas atrás, no veía nada”. Es indudable que ‘el temor a la oscuridad’ desempeña también un papel preponderante, dejando irrumpir sus fantasías inconscientes. No es casual que, pese a la falta de luz ambiental, una constante sensación persecutoria u espiatoria lo que más veía eran los ojos de los supuestos seres, como si me estuvieran mirando”. Castillo parece sincero en sus declaraciones, pero incurre inclusive en contradicciones cuando recuerda la ubicación de su compañero, quien no llega jamás a observar a los presuntos humanoides, ni siquiera cuando supuestamente seguían en el montacargas y Gianonni se detiene a un costado del vehículo conducido por Castillo. Reforzando aún más nuestra tesis, cabe agregar que tampoco alcanza a presenciar ninguno de los fenómenos extraordinarios que Castillo afirma haberse producido después de la abrupta e impactante aproximación del ovni. Significativo, pues. Igualmente sospechosa resulta la visión de las figuras “caminando por la ruta”, teniendo en cuenta lo expuesto y la breve duración de la misma, de apenas un segundo.

Los grandes obstáculos: Otro de los hechos que pueden causar asombro ocurre luego de transitar Castillo por una parte tortuosa del camino (recta, zig-zag y pendiente pronunciada), cuando nota aterrorizado como “las dos partes de la montaña de los costados se juntan como si fueran de goma; se unen; me cierran el camino…” La sensación de las montañas que le cierran el paso, nos remite invariablemente al temor hacia los grandes obstáculos, que le impiden seguir e impulsan a reencontrarse con su compañero. Esta experiencia visionaria es interesante, pues, parece obvio agregar que -seguramente- las montañas no se movieron de allí. No obstante, se puede pensar con cierta dote imaginativa que esta ilusión visual pudo haber sido inducida a Castillo por los ocupantes. En cuyo caso cabría suponerse también que las mismas cuatro figuras son ilusiones suscitadas por… cuatro tambores de tinta.

“Un vuelco común”: Brindándonos una amplia colaboración, dialogamos con Salim Bestene, gerente de la concesionaria de automotores Ford en Esquel, quien nos informó que ambas camionetas eran traídas a su agencia desde Buenos Aires, siendo Gianonni y Castillo los responsables de conducirlas desde Trelew hasta su destino. Estos datos surgidos de la indagatoria resultan de singular importancia, pues aún quedaban por develar algunos aspectos aparentemente extraños del episodio, como ser el vuelco inusitado narrado por Castillo y la presunta inmunidad de la camioneta tras el accidente. Disipando cualquier duda al respecto, contradice lo manifestado por Castillo indicando que la misma presentaba numerosos daños: el techo de la cabina, en todo el lateral izquierdo y en la parte delantera del rodado. Como la pick-up fue prontamente reparada y para confirmar su declaración, nos entregó las únicas copias fotográficas que disponía de las consecuencias del accidente, las cuales muestran al vehículo desde varios ángulos con fuertes abolladuras en los lugares indicados (ver fotos 4, 5 y 6). Acotemos que las pericias efectuadas por la compañía de seguros señalan que se trató de un “vuelco común”. Aunque Bestene afirma creer en la existencia de los ovnis y en la probabilidad de que Gianonni y Castillo hayan sido realmente testigos de uno de estos fenómenos, opina que se trató de “un accidente ordinario debido a un desplazamiento lateral de la camioneta por la banquina, al quedarse su conductor dormido al volante”. A la clarísima explicación, cabe recordar la continua fatiga y somnolencia que tenía durante el largo trayecto.

Asimismo, Bestene confirma los rumores de que Gianonni no conducía desde bastante tiempo atrás y de que esto pudo haber contribuido para que se produjera el accidente. Sin embargo, en una de las entrevistas que mantuvimos con Gianonni, afirma -por el contrario- haber estado conduciendo durante los tres años en que estuvo residiendo en Esquel, habiéndose mudado poco tiempo después a Buenos Aires para desempeñarse como encargado de aprovisionamiento para el personal de una compañía aérea. Alfredo Gianonni intentó posponer en varias ocasiones una entrevista, pero algo renuente a hablar en profundidad del asunto, reconoció que la camioneta había sido seriamente dañada, remarcando la vívida impresión causada por el tumbo y remitiéndose permanentemente a la descripción de Castillo para explicar las características del vuelco (“Según Castillo, mi vehículo voló literalmente en el aire a 2 m del pavimento”). No obstante, para él lo más inexplicable del suceso es cómo resultó ileso del accidente, el cual se produjo de improviso y sin darse cuenta cómo ocurrió.

Finalmente, sobre la versión que la tinta transportada en tanques de veinte litros se halló en días posteriores más fluida que la habitual -lo que añadiría un nuevo ingrediente extraño al episodio-, consultamos a Oreste Massacese, secretario de redacción del diario Esquel, y a varios operarios, asegurando que “no se advirtió ningún cambio” en la tinta respecto a otras partidas recibidas.

CONSIDERACIONES FINALES

En suma, la fatiga propia del viaje, la acentuada somnolencia y cefalalgia, la fuerte y constante tensión nerviosa a la que se sometieron -en particular, Castillo-, y la percepción de variados estímulos externos, ha dado lugar en una personalidad aparentemente vulnerable a esta clase de sucesos, un conjunto de visiones extraordinarias, que no han sido esta vez la manifestación directa de un fenómeno anómalo, y sí –quizá- de lo que alguien llamó ese “gran temor por lo desconocido”. Y Jorge Castillo lo sabe. Al menos, con la serenidad del tiempo ha dejado entrever una duda y reflexionando: “Tal vez lo mío fueron sólo visiones…”

REFERENCIAS

Zerpa Fabio, Los hombres de negro y los ovnis, Plaza & Janes, E. de Llobregat, Barcelona, España, 1979, paginas 113/123.


[1] Este artículo fue publicado originalmente en Los Identificados. Casuística ovni con ocupantes en Argentina, N° III, Buenos Aires, julio de 1993, páginas 17-22. Agradecemos al doctor Banchs su autorización para publicarlo en Marcianitos verdes.

[2] Cuarta Dimensión, Buenos Aires, No. 66 (agosto 1979), Págs. 36/42.

0 pensamientos en “Un accidentado viaje con humanoides”

  1. EL TRAYECTO QUE REALIZARON GIANONNI Y CASTILLOS SON LOS MISMOS QUE SE USAN HOY , ES DECIR ES LA MISMA RUTA QUE SE USA EN LA ACTUALIDAD DIGO POR QUE EN EL MAPA NUMERO 1 EL PUEBLITO DE TECKA QUEDA FUERA DE LA RUTA HOY EN LA ACTUALIDAD ES PARTE DE LA RUTA ASFALTADA QUE VA DE TRELEW A ESQUEL .

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