San Rafael, Mza: Una Tournée con Humanoides (Primera parte)
SAN RAFAEL, MZA: UNA TOURNÉE CON HUMANOIDES
Roberto Banchs
El caso que se expone a continuación se remonta a mediados de la década del cincuenta, casi en coincidencia con la gran oleada de 1954, y ha permanecido inédito durante unos veinte años, hasta que una circunstancia fortuita permitió que el ufólogo Oscar A. Uriondo[1] accediera a su conocimiento y tomara contacto con María Luisa García Holgado de Amaya, testigo del aterrizaje de un ovni, asociado con entidades.
Fue así que en dos oportunidades, con un intervalo de casi un año entre ambas, ha sido reporteada por el citado y dispusiera su publicación en la CEFAI Revista (l), debido al atrayente relato y la probidad de la testigo. Muy pronto el artículo sería reproducido en libros, revistas y boletines especializados (2).
La testigo es casada y madre de una niña. Según Uriondo, nació en España y se halla radicada desde hace tiempo en la Argentina, habiendo egresado como profesora de historia de la Universidad de Buenos Aires; y es además concertista de piano. Sus intereses han sido siempre ajenos a los platos voladores, y “su carácter no es nada proclive al misticismo y sí realista y sano sentido del humor. Impresiona como una persona sincera, responsable, equilibrada y culta”.
EL RELATO
“En la madrugada del 28 de diciembre de 1954, María Luisa García Holgado de Amaya, viajaba con un grupo de artistas españoles por la ruta n° 143, que une San Rafael con Mendoza. Todos ellos habían participado de la inauguración de una estación de radio en la primera de las ciudades mencionadas y se dirigían a la capital de la provincia para una nueva actuación (n. de r.: “en televisión” indica esta fuente, omitido en otras). Eran siete personas en total, ubicadas en un automóvil Packard, de gran capacidad”[2].
Estado actual de la ruta San Rafael – Mendoza. Escenario del avistamiento del 28 de diciembre de 1954.
“Habían cenado muy tarde (más de las dos de la madrugada) y hablaban de temas diversos, en nada concernientes a los ovnis o a lo sobrenatural. Serían aproximadamente las 3,30 cuando, de pronto, uno de los viajeros llamó la atención sobre un resplandor que se veía al costado del camino, a mano derecha. Pensaron inicialmente que se trataba de un fogón, pero enseguida comprendieron que no era ese el caso.
“Posado en un campo próximo, a unos 150 ó 200 metros de distancia de la ruta, se hallaba un objeto luminoso que irradiaba una luz azul intensa, pero no deslumbrante, que semejaba por su color la llama del alcohol muy puro o la de una soldadura autógena. Tenía la forma de dos platos hondos superpuestos, unidos por el borde. De su franja ecuatorial surgía la luminosidad azulada y también una especie de neblina. Impresionaba como algo sólido, aunque no se advertían en él detalles de estructura (ni puertas ni ventanas). Era de grandes dimensiones, ‘como un ómnibus’. La luz que emanaba del mismo en ningún momento encegueció a los testigos, de modo que pudieron observarlo sin dificultades.
“Los testigos, muy intrigados -continúa el ufólogo, siguiendo el relato de la declarante-, detuvieron el automóvil, descendieron de él y se acercaron al extraño objeto, caminando por los sembradíos de vid. Cuando se hallaron a una distancia de media cuadra (50 metros), aproximadamente, notaron que junto al objeto había dos figuras humanas. Una de ellas estaba de pie; la otra de cuclillas. Su vestimenta consistía en un buzo enterizo, oscuro, que se prolongaba cubriendo la cabeza con una especie de capuchón o casco, similar al que usan los operarios en las fundiciones; incluso les pareció que la cara estaba protegida por un material transparente, como mica. No pudieron en cambio distinguir detalles del rostro.
“El individuo que estaba en cuclillas[3] se incorporó y ambos seres ingresaron en el ovni por una suerte de puerta corrediza que, como un rectángulo oscuro, se abrió contra el fondo luminoso. Para transponerla levantaron mucho los pies, como si debieran superar un umbral o como si la puerta estuviera a cierta altura. La talla de los dos tripulantes era la de un hombre de estatura media y su apariencia esbelta. No se les alcanzaba a divisar los pies y se movían con rigidez.
“Al cerrarse la puerta, el objeto empezó a echar humo, gas o vapor por la zona ecuatorial, a la vez que en completo silencio se elevaba verticalmente -como un ascensor- para detenerse a unos dos metros del suelo. Entonces se encendieron dos luces rojas -una arriba, otra abajo- a cierta distancia del cuerpo del ovni. Dichas luces se encendían y apagaban alternativamente y los testigos supusieron que debían estar en la extremidad de sendas antenas; aunque éstas no eran visibles.
“Alarmados, los testigos volvieron apresuradamente al automóvil, en tanto que el ovni comenzaba a realizar una serie de maniobras en zigzag, con detenciones bruscas, quedando detenido en el aire a veces, y moviéndose en ángulos agudos (de 30° en un caso, según calcularon). Subieron todos en el coche y emprendieron la marcha a gran velocidad. El ovni se puso a seguirlos, colocándose a uno y otro costado del vehículo, o bien directamente por encima de él. Los movimientos eran tan rápidos que los cambios de posición parecían instantáneos.
“Con las primeras horas del amanecer y la tenue neblina que se levanta en ese momento, dejaron de verlo. Por un rato creyeron que el planeta Venus, que brillaba intensamente, era el objeto que continuaba siguiéndolos.
“Cuando llegaron a la ciudad de Mendoza, el empresario del grupo de artistas españoles, Sr. Gaeta, sugirió que para descartar la remota posibilidad de una alucinación, descansaran todos un rato y se reunieran luego para dar, de manera independiente, la propia versión de la experiencia vivida. Así lo hicieron, y todas las descripciones fueron esencialmente idénticas, salvo en el lenguaje utilizado. Dado el carácter profesional de los testigos, se decidió no dar a conocer a la prensa el episodio, a fin de evitar que se pensara en un truco publicitario. Sin embargo, la Sra. de Amaya llamó por teléfono a su madre, ese mismo día, para comunicarle el caso. Tal ha sido la impresión recibida, comparable -según expresó la testigo- “con la que le produjo el nacimiento de su primer hijo”.
EVALUACION DE LA PRIMERA ENCUESTA
Tras la narración del caso, Oscar Uriondo ensaya una prudente evaluación, que aquí consignamos:
“Este avistamiento posee un alto coeficiente de extrañeza. Por la proximidad de los observadores al objeto inusual descrito, la riqueza de detalles percibidos y las favorables condiciones de visibilidad existentes (noche muy clara, cielo despejado y topografía llana y abierta); así como por la prolongada duración del avistaje (entre media hora y una hora), resultan mínimas las probabilidades de que los testigos hayan malinterpretado un fenómeno natural conocido o algún objeto fabricado por el hombre.
“En lo que respecta al índice de confiabilidad, es nuestra opinión que el relato de la Sra. de Amaya merece fe, no sólo en cuanto a veracidad (no hay realmente motivos fundados para sospechar un fraude, porque ello no concuerda con la personalidad de la testigo (sic) ni con el hecho significativo de que la misma, durante muchos años, mantuviera su observación dentro del más íntimo círculo familiar) sino también en lo referente a exactitud, al menos en los datos esenciales, ratificados al investigador después de casi un año de la primera entrevista. En cambio, quedan como aspectos, negativos, por un lado, el largo tiempo transcurrido desde que ocurriera el incidente hasta el registro del relato (1972), lo cual puede haber distorsionado los pormenores del caso, por un natural debilitamiento de los recuerdos; y por otro, la imposibilidad de confrontar la narración de la Sra. de Amaya con la de los otros testigos, pues ninguno se encuentra actualmente en el país”.
SE INICIA NUESTRA INVESTIGACION
En junio de 1985 dimos comienzo a una difícil tarea de encuesta que iría a extenderse por más de dos años. María Luisa había fallecido hacía unos diez años (tres después de la primera entrevista), de manera que debimos disponer del ceñido informe de Uriondo y del detallado testimonio de la madre, a quien la testigo fue a llamar apenas ocurrió el episodio. A partir de allí, desafiamos la “imposibilidad” de confrontar su narración con la de los demás testigos, presuntamente ausentes en el país.
El empresario A. Romano Gaeta, primero en ver el fenómeno, entrevistado.
Una odisea siguió por determinar quiénes eran los integrantes del grupo artístico, y lograr localizarlos (máxime cuando se hallaban diseminados por el mundo, y alejados de la actividad que los nucleaba)[4]. Sin embargo, la firmeza dio sus frutos.
El grupo estaba compuesto por el empresario artístico Agustín Romano Gaeta, el productor Enrique Kotliarenco, esposo de la cancionista y vedette María Antinea, también presente, y la pareja de baile flamenco Sol y Terremoto, Soraida Escudero de Fernández y Francisco Fernández.
La cancionista y vedette María Antinea, en el camarín (foto más reciente).
Al momento de nuestra búsqueda, María Antinea -o María Kotliarenco- vivía en Texas (Estados Unidos), Soraida Escudero de Fernández en Sevilla (España), y Agustín Romano Gaeta en Rosario (Argentina). Los demás habían fallecido.
Con inimaginables dificultades obtuvimos sus direcciones y requerimos de la cooperación de los ufólogos William Smith y José Ruesga Montiel para realizar las encuestas en Estados Unidos y en España. Sin duda, un ejemplo de investigación mancomunada sin precedentes.
LA MADRE DE LA TESTIGO MARIA LUISA
“Yo soy grafóloga, pero no grafóloga de ahora, sino de antes”, nos dice Mauricia Holgado y Barrio, extendiendo su mano anciana para alcanzarnos una tarjeta, a modo de presentación. “El plato volador según lo vio mi hija era así, como dos platos (unidos por sus bordes) sin que se junten. Entre ellos, una serie de ventanas perpendiculares de esas que se abren y cierran, persianas, celosías. Era como los trompos de los chicos, con la púa de la cual tirarse; pues eso tenía, una en la base y otra arriba. Ellos venían por la carretera, en Mendoza, después de dar un concierto, cuando apareció eso a unos 500 m, en el campo. El marido de Antinea y mi hija vieron el aparato y dijeron: ‘¡No, si es un plato volador!…’. De la parte superior echaba un humito, como en Morse. Emitía una 1ucesita, verde otras veces roja. La parte de abajo estaba como anclada, pero tenía un ligero balanceo pues, claro, era más pequeña para mantener estable semejante volumen. También escuchaba un suave zumbido.
“Pararon el coche -no por que los detuviera el plato volador, no- y vieron a un individuo vestido de buzo, con una escafandra de esas que tienen un cuello rígido. Eran dos figuras, de aspecto humano, más bien bajos… Los pianistas saben música y manejan el tiempo y la distancia, y mi hija era una gran pianista y ella calculó que estarían a 500 m; en el campo se aprecia mejor. Y había uno con una rodilla en tierra, y otro de pie. El que estaba de pie ponía las manos, y el otro tomaba tierra y la depositaba en las manos de aquel. Eso fue, objetivamente. De pronto, esa especie de persiana se abrió y estos individuos desaparecieron.
“Entonces el marido de Antinea y mi hija quedaron en salir del coche y encaminarse hacia allí, pero el gitano y su mujer -la pareja de bailarines-, comenzaron a dar gritos y echarse en el fondo del coche, ¡y que no! Y María Antinea lo mismo. Quedaron inmóviles… Todos los camiones que venían por la ruta, según me contó mi hija, también se detuvieron para verlo. No fueron ellos solos.
María Antinea.
“Mi hija pudo percatarse que el movimiento de las dos figuras eran como en cámara lenta. Dieron como tres pasos y desaparecieron. No llegaron a ver cómo ingresaron, no. Vieron las varillas de aquello que giraron, y desaparecieron. ¡Y desapareció el globo también! Pero de repente lo vieron encima del camino. Notaban sólo la parte de abajo, que continuaba echando humo. Y así estuvieron como media hora de camino, apareciendo y desapareciendo.
“Se nota que la velocidad que llevan no está hecha para el ojo humano. Hay cosas que no todos podemos ver ni percibir… Hay ojos que ven más, y la gente dice que ven visiones, pero no, ellos lo ven”, reflexiona la señora. “Lo que pasa es que la inmensa mayoría de los ojos humanos no captan muchas cosas.
“Bueno, cuando llegaron a destino se dijeron unos a otros: ‘sin decirnos nada, vamos a dibujar cada cual como pueda lo que hemos visto’. Y coincidieron todos. Yo le explico y le cuento como si lo hubiera visto, porque así me lo describió mi hija (reproduciendo la imagen del ovni y las figuras en un papel).
“Después ella me llamó alborozada. A la pobre no le creyó nadie. Le creyó su madre. Es que las madres nos creemos todo, gracias a Dios. ¿Por qué no le voy a creer si puedo hacerlo? Además, se refugió en mí, por que yo le hacía preguntas, y más preguntas, me interesaba. Que no la daba por… visionaria. Por eso sé más cosas…
“Ella pensaba que no eran terráqueos. Pero, claro, era el pensamiento de una profana. Ella había nacido en Buenos Aires, el 25 de marzo de 1917, o 18, y falleció a. los 58 años de cáncer. Luego del encuentro su vida fue normal, siguió con su piano. Sólo que después adoptó una nena (n: alrededor de 1964) y mi yerno se volvió a casar”.
La señora Mauricia, madre de María Luisa García Holgado, nos sorprende por su lucidez y asombrosa memoria. Pero especialmente por la viveza de los detalles y el encarnamiento que hace del relato de su hija, motivos por los cuales estimamos conveniente incluir su narración. Mujer culta, con un buen sentido del humor, hay en sus palabras cierta mística, un halo de misterio cultivado por los años.
EL TESTIMONIO DE MARIA ANTINEA (M. KOTLIARENCO)
En noviembre de 1985 ubicamos a Ana M. Arregui, productora de TV y nuera de la popular cancionista española de los años cincuenta. A través de ella, logramos dialogar con Félix Rodríguez, hijo de Antinea, radicado en los Estados Unidos. Durante la entrevista personal recordó en líneas generales el episodio del ovni, por el relato que le hiciera su madre hace muchos años, y enfáticamente negó que le refiriere haber visto seres o entidades, excluyendo tal posibilidad.
No obstante, en junio de 1986 solicitamos al Dr. Willy Smith, ingeniero uruguayo del CUFOS que reside en Florida, pudiera entrevistar a María Kotliarenco, de Texas, para lo cual le proporcionamos su dirección y teléfono, a fin de confrontar las versiones del ovni y sus ocupantes. Smith extendió el pedido a sus colaboradores y asociados (July 15, 1986), pero sin obtener una respuesta favorable. Debido a la demora y al estado de salud en que se encontraba la señora, insistimos en que procediera -al menos- a realizar una compulsa telefónica. Recién el 2 de mayo de 1987, W. Smith logró conversar con la testigo:
“El incidente ocurrió cuando un grupo de varias personas (7 u
iban hacia Mendoza, o Córdoba, a la inauguración de una estación de radio. Una de esas personas era el empresario Gaeta, posiblemente viviendo ahora en Rosario. Lo primero que vieron fue como un fuego, y pensaron que algo se estaría quemando.
“El objeto era redondo, como un trompo, de unos 20 metros, con una luz azulada arriba y rojo (¿luces?) en la parte inferior. Fue percibido a una distancia considerable, más de 100 m con seguridad, posado en el suelo. No hubo oportunidad de preguntarle si se habían bajado del coche -continúa W. Smith-, pero me parece que no, en vista de la distancia. Me recalcó por lo menos dos veces que lo habían visto de lejos.
“Contrario a los relatos conocidos, el incidente ocurrió a la caída de la tarde, aunque todavía no estaba totalmente oscuro[5].
“Los artistas estaban sobrecogidos, pues el objeto se elevó verticalmente a una velocidad vertiginosa. Durante el resto del camino decidieron no mencionar el incidente, por el temor de que los sospecharan de querer hacerse propaganda como artistas. Pero cuando llegaron a la radio, oyeron a otros dos señores comentar que habían visto algo, lo que en sus mentes les verificó la realidad de la experiencia”.
Nuestro colaborador concluye que no hay dudas de que un incidente tuvo lugar, y que hubo otros testigos además del grupo artístico. Asimismo, señala que no mencionó haber visto entidades, ni atinó a preguntarle, previendo la posibilidad -aunque dudosa- de una entrevista personal. Y por otra parte, cierta renuencia inicial a comentar el episodio y la hipoacusia que aquejaba a la testigo.
A mediados de 1991 María Kotliarenco, o María Antinea -tal su nombre artístico-, fallece en Texas.
Continuará…
[1] Osear Uriondo es profesor de enseñanza secundaria en Geografía, y co-fundador del CEFAI (Centro de Estudios de Fenómenos Aéreos Inusuales). Autor de varios libros y artículos ufológicos.
[2] La revista del CEFAI indica que en sus archivos se guarda la nómina completa de esas personas. Sin embargo, en STENDEK: 39 dice que con la Sra. de Amaya viajaban la cancionista María Antinea, su esposo Sr. Kollarenco (n: error por Kotliarenco), el empresario Gaeta (n: el apellido es Romano Gaeta), y otros tres artistas no consignados.
[3] Según nos comentó Uriondo, la testigo tenía la impresión de que ese individuo en cuclillas parecía estar orinando.
[4] Una verdadera cadena de relaciones establecimos con la Asociación Productores Teatrales Argentina (APTA), Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES), Unión Argentina de Artistas de Variedades, amigos y productores, Ana M. Arregui, José López Díaz, y Rosita de Cocca. A ellos vale nuestro agradecimiento.
Asimismo, la orientación que nos diera Arialdo Giménez (Museo del Cine) y Carlos Inzillo (Centro Cultural Gral. San Martín).
[5] De haber sucedido por la tarde, se modifican las efemérides. En particular, del planeta Venus, que ese año brillaba intensamente.
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