Cerro de las Rosas (Cba): Con la voz del interior

CERRO DE LAS ROSAS (Cba.): CON LA VOZ DEL INTERIOR

Roberto Banchs

– “Sí señor. ¿Qué desea?

– “Se trata de algo curioso… Habla un lector, de nombre Rosales Soria. Me domici­lio en el Cerro de las Rosas… No se si les puede interesar, pero como se que uste­des son de un diario serio, me he decidido a contarles lo ocurrido. Se trata de un plato volador, que ha sido visto por un nietito mío. Si quiere puede venir por aquí y conversar con el niño y dos compañeritos que también han sido testigos del curioso he­cho”.

De este modo, el matutino fundado en Córdoba en 1904, La Voz del Interior, tomó conocimiento del sensacional encuentro con un “plato volador” y extraños seres en las proximidades del Río Primero, en la zona residencial del barrio Cerro de las Ro­sas, al noroeste de la ciudad de Córdoba.

La noticia fue rápidamente publicada y reproducida en numerosos diarios de la Argentina y el extranjero (l). Luego, revistas especializadas y libros se harían eco del relato de los tres niños (2).

Volviendo a las circunstancias que rodearon a tan desusada denuncia, los perio­distas se trasladaron minutos después del llamado telefónico a la finca del abuelo, y de allí a la de su hija, en la seguridad de encontrar a los niños. Atendidos por la citada, Martha de Crespo, mostró cierto desagrado y expuso su deseo por evitar la difusión del caso: “Nadie cree en esto -señaló-. Ni yo, pero sucede que ahora se tra­ta de mi propio hijo”.

Cuando en mayo de 1986 logramos entrevistarla, agregó: “Pudo ser una broma, puede ser, pero los chicos han dicho lo mismo ante los periodistas y todo eso, puede ser verdad, yo no sé…”. Después de aquel episodio “no quiso jamás volver hablar del asunto, ni con la familia, hasta hoy día”.

Todo habría comenzado el jueves 27 de junio de 1968, cuando su hijo Oscar Toni Crespo regresa a su hogar “alrededor de las 18,30 o 19,00 horas -evoca la Sra. M. de Crespo-, sin hablar y sube a su habitación. Esa noche Toni no quiso cenar. No dice nada, hasta recién al otro día, cuando el padre de Víctor B. (otro de los niños, cuya identidad fue reservada, pero que se trataría del hijo del gerente del Banco de Córdoba) aparece en casa, muy nervioso, por lo ocurrido en el barranco el día anterior. Pensé de inmediato que les habría pasado algo malo, que su hijo les ocultó, pues allí hay muchos vagabundos”, nos informa la madre de Oscar Toni, y es recién entonces cuando se entera de la historia del plato volador y los dos seres.

El periódico indicará, por su parte, que el padre de Víctor expresó que su hijo se había mostrado muy alterado ese jueves, y que al día siguiente, al despertarlo para que fuera a la escuela, produjo un sobresalto en la cama y quedó postrado víctima de una crisis nerviosa. Al interrogarle sobre lo que le ocurría, supo en aquel momento que ¡había visto un plato volador! Fue entonces cuando decidió ir a visitar a la familia Crespo, y allí, Rosales Soria -quien se culpó de haber sido el autor de la travesura de telefonear al diario- iría a facilitar la propagación de la noticia.

A poco de llegar los cronistas de La Voz del Interior, se hizo presente en la ca­sa Oscar Crespo, de 10 años, quien sorprendido se dirigió directamente a su dormito­rio y llorando dijo que no quería conversar con ellos. También se hallaba Víctor B., “un despierto muchachito de 13 años” -según el diario-, que con el padre pidiendo el anonimato, se mostró bien dispuesto a responder las preguntas “con convincentes ademanes lo que vio”.

EL RELATO

Tímidamente y aún con los ojos llorosos se sumó Oscar Crespo, y compartió el diá­logo junto a Víctor B. y el tercer niño, Hugo César Messina, de 12 años. Víctor, comenzó diciéndoles con vivacidad a los cronistas que, como acostumbra hacerlo, en la tarde del jueves último fue a jugar a la casa de su amigo Toni: “Con nuestras bicicletas salimos a recorrer el barrio. Eran alrededor de las 17,30. Nos dirigimos hacia la bajada del karting, la calle Salta (y Belgrano) en su descenso hacia el río. Los chicos del barrio la utilizan para probar sus karting y por eso la llamamos así”. “Nosotros -prosiguió Toni- la usamos para correr en bicicleta”. “Yo también iba -interrumpe Hugo C. Messina-, pero no me animé a seguirlos por­que iban muy ligero y tuve miedo. Por eso me quedé en la parte superior de la cuesta”.

Oscar Crespo se muestra más callado, pero puede describir las circunstancias del encuentro más o menos en estas palabras: “Íbamos rápido en nuestras bici­cletas. Víctor me estaba ganando y yo trataba de alcanzarlo. Así llegamos hasta donde finaliza el pavimento y doblamos por una prolongación de tierra que termina en la costa del río. Cuando dimos vuelta, nos llamó la atención un gran resplandor”. Hugo Me­ssina, ubicado en los altos de la cuesta, afirmó haber visto también “una gran luz”, pero pensó que se trataba sólo de eso, una luz.

Víctor indica haber llegado primero y quedar paralizado por el terror. Había allí, como suspendido sobre los árboles que bordean al río, una especie de huevo. Debajo tenía algo así como una hélice con luces de color blanco y celeste que giraba. Cuando los haces los iluminaban -siguiendo el relato de los niños-, quedaban deslumbrados y debían cubrir sus rostros. Oscar Crespo explica que, en esos momentos, “sentía algo así como lo que produce la electricidad; un cosquilleo principalmente en las piernas”.

“Allí, sobre esa cosa había dos personas. También éstas parecían flotar en el aire. Estaban a unos 13 metros de nosotros”, sostiene Víctor. Subían lentamente pero sin hacer movimiento alguno. Ambos eran casi de la misma estatura, pero de talla enorme.

Una de estas personas, de apariencia masculina, tenía una especie de traje blan­co, con botas del mismo color. En su diestra llevaba un objeto, semejante a una pistola, que despedía intensos fulgores rojizos. Con la otra mano sujetaba la de una mu­chacha. El color de la piel de ambos era blanca, y la ropa casi idéntica, con la di­ferencia que la usada por la mujer era de un color anaranjado intenso, y también como la de su compañero, luminosa.

Es pertinente indicar que en la entrevista que mantuvimos con Martha, la madre de Oscar, nos refirió curiosamente que al momento de enterarse del singular epi­sodio, se hallaba de visita una amiga, teniendo puesto sendos abrigos o tapados del mismo color que “la joven mujer del espacio”. Incluso, le pregunta a su hijo de qué tono era, mostrándole ambos abrigos, a lo que responde indicándo­le el de la otra señora.

También los niños han dicho que les llamó la atención el cabello de estos seres: los tenían sueltos y eran largos y muy blancos. Sus miradas parecían perdidas en el infinito. Y así permanecieron inmóviles hasta que de improviso, lentamente y sin movimiento alguno, comenzaron a descender, perdiéndose dentro de la cosa sin que se abriera puerta alguna.

De inmediato las luces que giraban como si fueran hélices, se tornaron de un color azul intenso y rojas, y el aparato se elevó perdiéndose en la distancia. Todo terminó allí. “Nos quedamos un rato mudos -concluyen los niños-, mirándonos unos a otros y lue­go tomamos nuestras bicicletas y retornamos a nuestras casas”.

Por su parte, el extenso e ilustrado artículo de La Voz del Interior finaliza con estas palabras: “… de esta manera queda escrita una historia más sobre estos extraños objetos y visitantes, que el tiempo dirá si son reales o ficción”.

“EL TIEMPO DIRÁ…”, 18 AÑOS DESPUÉS

Octubre de 1986. Fue una no muy prolongada, pero sustancial entrevista con Os­car Toni Crespo, el menor de aquellos niños que por entonces tenía 10 años. Ahora nos hallábamos con un testigo que tenía dieciocho años más, ya adulto.

El destino de los tres amiguitos unidos por un recuerdo más de su niñez, fue el haber tomado distintos caminos, sin poder reunirlos como en aquel momento. Sin embargo, contábamos -por varios motivos- con uno de los principales protagonistas de esa extraña observación.

Manifestándole nuestro propósito por saber qué había ocurrido en esa oportu­nidad, más allá de lo que se hicieron eco los diarios de la época, Oscar Crespo nos respondió en estos términos:

“Fue una travesura. Ya es un tema pasado. Fue una broma de chicos, nada más que eso. Una broma de chicos de diez años. Fue en un momento en que (los platos voladores) estaban muy de auge. Había pasado en Villa Carlos Paz, y bueno, se nos ocurrió decir eso.

“Este es un enigma… más o menos como los crímenes de Landrú, ¿vio?, que hasta el último momento nadie supo, bueno, es así. Porque nadie supo nada, ni yo… Entonces de allí que (en estos días) yo quería recordar eso, lo que había pasado, fui a los diarios y leí la nota, y bueno, me reía por el sensacionalismo de… eran revistas Superman lo que habían escrito…”.

Esta declaración totalmente espontánea de Oscar Crespo daría por concluida la investigación del resonado caso. No obstante, quedaría por confrontar este testimonio con el que ahora pudieren ofrecer sus amigos de la niñez, Hugo Messina y Víctor B., si se deseare ubicarlos para continuar con la indagación.

No obstante, cabe otra perspectiva muy valiosa que sirve para comprender los aspectos sociales e incluso psicológicos involucrados.

PARADIGMA DE UNA ÉPOCA

La descripción que los niños realizan del fabuloso prodigio no es ajena al momento en que se presenta. En efecto, el señalamiento de Oscar Crespo en cuanto a la popularidad de las revistas mexicanas Superman, mostrando al héroe extraterrestre de Kriptón y a Superniña, ambos antropomorfizados, unidos y levitando, es una imagen muy frecuente ofrecida al público infantil de la época.

De igual manera, los platos voladores -expresión pretérita de ovnis- eran un tema “que estaba muy de auge” y despertaba enorme expectación. Incluso, el 14 de ese mismo mes se produce en Villa Carlos Paz, Provincia de Córdoba, un muy difundido episodio en el que se presenta una presunta entidad antropomorfa en una hostería, provocando el des­vanecimiento de la joven testigo.

El aspecto de la pareja también aparece acorde con la “nueva moda espacial”, don­de triunfan los enterizos, las fibras sintéticas brillantes, prominencia del color anaranjado en la mujer, cabellos largos y sueltos, etc., según puede comprobarse consultando las colecciones de revistas (3).

Respecto a la actividad espacial, en ese año de 1968 los soviéticos realizan va­rias expediciones lunares. “La ingravidez y sus posibles efectos sobre el organismo humano durante un vuelo prolongado -dirá el cosmonauta Boris Yegorov– continúa siendo el problema principal” (4). Por su parte, los estadounidenses inician la serie Apolo, con lo que se acelera la puja espacial entre las dos grandes naciones. Es en este mo­mento previo al salto lunar, fomentado por la amplia difusión y propaganda que acom­paña dicho acontecimiento, cuando se produce una de las mayores oleadas de ovnis en el mundo. La prensa argentina registra, sugestivamente, casi un 10% de informes sobre “aterrizajes con ocupantes” (5).

El hombre es espectador, pero también se siente protagonista de todo cuanto ocu­rre en el espacio. Las caminatas o maniobras espaciales iniciadas en 1965, se convirtieron en imágenes exitistas del hombre capaz de superar velocidades, la barrera casi infranqueable de la acción terrestre, las dificultades de permanencia en el cosmos. Acaso ha aprendido a dominar y expandirse en él. La Luna está próxima. Aumen­ta la esperanza de otros mundos habitados…

LOS NIÑOS DESCUBREN EL COSMOS

Un artículo publicado por aquellos años, cuya autora es Angelia Mirey (6), escri­to con motivo a la Feria Exposición “El niño y su mundo”, nos da la oportunidad de acceder en el pensamiento infantil de esa década. Por su interés, hemos de reproducir algunos párrafos que estimamos muy relacionados con el caso aquí tratado:

“Las historietas, la televisión, el cine, y ahora la Feria exposición inaugurada en el predio de la Rural, han puesto los espacios cósmicos al alcance de nuestros ni­ños. ¿Cómo reaccionan? ¿Cómo responden ante la apertura escalofriante del espacio, frente a la posibilidad de seres de otros planetas, tal vez superiores al hombre, ca­paces de invadir la Tierra?… De una sola manera: incorporando a su propio mundo, con naturalidad, las nuevas experiencias. Es que el niño no se enajena frente a lo fantástico como ocurre con los adultos: lo traspone todo, hasta lo monstruoso y cruel, al lenguaje de sus intereses, conflictos y angustias. Por eso un marciano puede tener cara de papá, una cápsula espacial referirse al vientre materno, un cohete aludir simbólicamente al sexo del varón. A los niños les interesa ante todo papá, mamá, lo que éstos les dan o les prohíben; les interesa saber qué es ser nena o nene, cómo se na­ce, qué es la vida aquí, en la Tierra. Si fantasean con marcianos y satélites es como proyección de sus intereses inmediatos.

“Los marcianos suelen ser usados por los niños como proyecciones de sus propios conflictos e inquietudes. Uno de los maestros encuestados relata su experiencia durante una clase sobre las investigaciones espaciales dada a los chicos de sexto grado (edad promedio, 12 años). Cuando llegó al tema de los marcianos, muy pronto surgió la pregunta clave: ¿Cómo se reproducirán?…

“La llegada de los marcianos parece señalar el ocaso de las brujas y los diablos en la mitología infantil; la función de depositarios de terrores y aversiones que es­ tos últimos desempeñaron tradicionalmente, está quedando a cargo de las habitantes de Marte. Psicólogos y maestros coinciden en señalar que los dibujos infantiles presen­tan con cierta frecuencia a los marcianos como monstruos horripilantes; lo notable es que cuando se preguntó a los niños: ¿A quién se parece tu marciano?, más del 50% de las respuestas alude directa o indirectamente a los padres”.

Efectivamente, aludiendo al título de nuestro artículo: “la voz del interior” de los niños cordobeses se hizo escuchar, dando lugar a un informe ovni cuya génesis salió a la luz sólo transcurrido los años. Producto de una travesura infantil, o quizá de un episodio traumático, lo cierto es que determinadas circunstancias actuaron de estímulo para la fantasía.­

REFERENCIAS

(1) La Voz del Interior, Córdoba; Crónica, La Razón, Buenos Aires, 30 de junio, 1968; Crónica, Buenos Aires, Ecos Diarios, Necochea, 1° de julio, 1968; Los Andes, Mendoza, 14 de agosto, 1968; Correio do Povo, Porto Alegre-Br., 3 de julio, 1968; et. al.

(2) Boletín EDOVNI, Rosario, n° 1, 1968, p.9; Flying Saucer Review, London, 14:5, Sep.-Oct. 1968, ps. 25/26, y FSR, Maidstone, Kent, 26:3, Sep. 1980, p. 9; 2001, Buenos Aires, n° 9, 28 de marzo, 1969, p. 49; Cuarta Dimensión, Buenos Aires, n° 51, Febrero o Marzo 1978, p. 37; Enigmas de la vida y del Universo, San Miguel, 1:3, diciembre 1978, p.7.

Tucci, Eduardo y Alberto Giordano, Los platos voladores y sus tripulantes, G1em, Buenos Aires, 1969, ps. 186/187.

Anganuzzi, Héctor P., Historia de los platos voladores en la Argentina, Plus Ultra, Buenos Aires, 1976, ps. 159/160.

Zerpa, Fabio, Los hombres de negro y los ovnis, Plaza & Janés, Esplugas de L1obregat, Barcelona-España, 1979, ps. 200/201.

(3) Colecciones de revistas Vosotras, Para Tí, Radiolandia 2000, 7 Días, Buenos Aires.

(4) Crónica, Buenos Aires, 19 de noviembre, 1968.

(5) Banchs, Roberto E., Fenómenos Aéreos Inusuales- Catálogo de observaciones de ovnis en la Argentina, CEFAI, Buenos Aires, 1973.

Banchs, Roberto E., Los ovnis y sus ocupantes, Tres Tiempos, Buenos Aires, 1980.

(6) 7 Días (rev. Supl. La Razón), n° 58, 11 de enero, 1966, ps. 2-7.

Un pensamiento en “Cerro de las Rosas (Cba): Con la voz del interior”

  1. es muy interesante y espero que sigan poniendo cosa tan interesantes y tan curisas como esto de “Cerro de las Rosas (Cba): Con la voz del interior” es algo interesante que me llamo la atencion

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