Los niños salvajes (18)

LOS SESENTAS

El niño macaco de Teherán, de 14 años, fue encontrado en 1961.

En 1962, según un informe, los geólogos encontraron a niño de unos siete años que corría con una manada de lobos en una región del desierto de Turkmenistan, en el Asia central, al Sur de Rusia. Los hombres lanzaron una red sobre el muchacho, pero los lobos acometieron para protegerlo, rasgando la red. Al final, todos los lobos fueron asesinados. El niño mordió a uno de sus captores.

Cuatro años antes se había perdido un niño, llamado Djuma (niño salvaje), al que le habían enseñado a pronunciar algunas palabras. Contó a los antropólogos que su familia fue asesinada en una purga política y que su madre se acostó sobre él para protegerlo. Luego escapó y se unió a una manada de lobos. También contó cómo cabalgaba en el lomo de su madre lobo cuando iban de caza, y más tarde aprendió a correr en cuatro patas. Lo cuidaron en el Hospital Republicano en Ashkhabad y fue hasta años después que se acostumbró a dormir en una cama. En un informe de noticias de 1991, se decía que todavía se arrastraba en cuatro patas, comiendo solo carne cruda, y mordiendo cuando esta enojado. En ese entonces el doctor Rufat Kazirbaev, jefe de investigación psiquiátrica en el hospital, dudaba que perdiera sus modales de lobo.

France Press, del 24 de mayo de 1963, reportó a Yves Cheneau de Saint-Brévin, de 7 años, 1963. Se trata de un niño que creció confinado. Su madrastra lo encerró en el sótano de su casa, pero fue descubierto 18 meses más tarde por uno de sus tíos, quien dio aviso a la policía.

EN EL SAHARA OCCIDENTAL

En septiembre de 1961, el poeta, antropólogo, geólogo y explorador francés (de la región vasca), Jean-Claude Auger (alias Jean-Claude Armen), viajaba solo a través del Sahara español (Río de Oro) cuando se reunió con algunos nómadas de la tribu Nemadi, que le informaron sobre un niño salvaje que vivía a unos días de viaje.

Siguiendo la dirección indicada por los nómadas. Descubrió desde lejos, en el horizonte, un niño desnudo. Era “una forma humana desnuda… esbelta y con largo pelo negro, corriendo con saltos enormes entre una larga cabalgata de gacelas blancas”.

Todos los animales, incluyendo el muchacho, corrieron al percibir el olor de Armen. Durante días el explorador intentó acercarse al muchacho, pero siempre obtenía el mismo resultado: la manada corría a refugiarse. Auger encontró un oasis pequeño de arbustos de espinas y palmas datileras y esperó la manada. Tres días más tarde, su paciencia fue recompensada: apareció la manada, pero al darse cuenta de su presencia volvieron a escapar.

Finalmente recordó aquello de “la música amansa a las bestias”. Comenzó a tocar una pequeña galoubet (flauta berebere) y el método pareció dar resultados. El primero en acercarse fue un pequeño cervatillo. Poco a poco fue perdiendo el miedo. Llegó hasta Armen, lo olfateó y lamió sus manos. Instintivamente el explorador lamió el lomo del cervatillo, pensando que era un tipo de saludo. Luego vino una gacela hembra, seguida del macho líder de la manada. En todos los casos hubo olfateos y lamidas. Finalmente se acercó el chico y siguió el mismo protocolo. Mostró “sus ojos animados, oscuros, en forma de almendra y una expresión agradable, abierta… parecía tener cerca de 10 años; sus tobillos son desproporcionadamente gruesos y obviamente poderosos, sus músculos son firmes y temblorosos; una cicatriz, donde un pedazo de carne se debe haber rasgado del brazo, y algunas incisiones profundas mezcladas con rasguños ligeros (¿los arbustos de espinas o las marcas de viejas luchas?) forman un tatuaje extraño”.

Durante quince días siguió esta rutina hasta ganarse la confianza de los animales. Comprobó que el niño se había adaptado totalmente a la vida del rebaño. Iba desnudo sin resentir, aparentemente, los cambios de temperatura. Podía correr muy rápido y mantenerse con las gacelas, desplazándose tanto cuadrúpeda como bípedamente. La adaptación llegaba hasta el punto de olisquear y lamer a las gacelas como hacían estas entre sí. La adaptación era tan notable que Armen se preguntaba:

“¿Cómo pudo un niño atrasado, aún “ayudado” por los animales, seguir existiendo en un medio tan duro como el desierto?”

Armen cuenta en su libro El niño salvaje del desierto, que estuvo con él varias veces. Pastaba en la hierba, extraía raíces, y parecía ser aceptado a fondo por las gacelas como miembro de la manada. En sus huellas se podía apreciar que “el peso descansa sobre la parte delantera del pie y apenas deja impresión en la arena, lo que revela una rara flexibilidad”.

Habitualmente crispaba sus músculos, cuero cabelludo, nariz y oídos, como el resto de la manada, en respuesta al ruido más leve. Incluso en el sueño más profundo parecía constantemente alerta, levantando su cabeza con los ruidos inusuales, aunque débiles, y oliendo alrededor de él como las gacelas.

El lenguaje de las gacelas no se limitaba a olfateos y lamidas. Había murmullos, rumores, resoplos y otros sonidos. También se comunicaban moviendo la cabeza, las orejas, el rabo y las pezuñas. El muchacho actuaba como cualquier otra gacela. Estiraba el cuello para olfatear; comía hojas y hierba sin utilizar las manos; olfateaba los rastros de orina y estiércol; crispaba los vellos y levantaba las cejas y orejas ante el más leve ruido. Otros signos le era imposible reproducirlos: algunos sonidos o los movimientos de la cola, que trataba de imitar colocando la mano en esa posición y moviendo los dedos. Por el contrario el joven, a diferencia de las gacelas, podía trepar a los árboles.

Auger describe cómo aprendió gradualmente a descifrar el significado de cada gesto y movimiento de las gacelas, que el muchacho compartía con la manada. Había un código complejo para indicar la distancia de las fuentes de alimento; y la interacción social con intercambios de lamidas y olisqueos. Todos los miembros lo olfateaban, pasaban sus morros entre sus cabellos e incluso le tironeaban con sus dientes. El niño estaba plenamente integrado al rebaño. Comía raíces del desierto con sus dientes, abría las ventanas de su nariz como las gacelas. Parecía ser herbívoro aparte de comer lagartos o gusanos ocasionales cuando no había plantas. El borde de sus dientes era plano como los de un animal herbívoro.

Había una gacela, una hembra mayor, que parecía tener una particular predilección por el niño. Quizá se trataba de la madre adoptiva.

El muchacho emitía una clase de grito mudo desde la parte posterior de su garganta con su boca cerrada, también pronunciaba una palabra: kal (khah), que al parecer significaba piedra o roca.

Como el muchacho de vez en cuando asumía un paso vertical, Auger supuso era hijo de un Nemadi, una tribu nómada, y que pudo haberse perdido durante alguno de los traslados o lo habían abandonado aproximadamente a los siete u ocho meses, cuando ya había aprendido a estar parado. Los nemadis son conocidos por su habilidad para correr rápido. Los niños comienzan a caminar a muy temprana edad. De esa manera se podía explicar que pudiera caminar como los humanos.

Armen comprobó que el niño sentía verdadero terror por el fuego, como las gacelas, y cuando oía tocar una flauta, su mirada se perdía y quedaba inmóvil. La música fue el medio que utilizó el profesor Armen para ganarse la confianza del niño.

Así pasó dos meses con la manada y ya que el muchacho parecía feliz, Armen lo dejó con su familia de gacelas, sin tomar ninguna fotografía para protegerlo de la interferencia humana, según dijo. El contacto de Armen con la manada fue intermitente. Tres años después en 1963, en su segunda visita, el explorador encontró que el chico había escalado en el rango del rebaño. Ahora ocupaba una segunda posición inmediatamente después del macho líder. Parece que la “madre sustituta” ya había muerto. En esta ocasión Armen tomó algunas fotografías.

En esta segunda visita, Auger volvió con un capitán del Cercle Militaire Française d’El Aioudj-Idjil y su ayuda de campo, guardando su distancia para evitar espantar la manada. La curiosidad los superó y el capitán no se contentó con sólo mirar, eventualmente y persiguieron al muchacho en un jeep para ver qué tan rápidamente podía correr. Esto lo asustó, aunque alcanzó una velocidad de 54 kilómetros por hora, con saltos continuos de cerca de 4 metros.

Sus perseguidores no pudieron continuar a través del terreno áspero, y la manada desapareció mientras que el jeep sufría una ponchadura. En 1966 los soldados americanos de la base de la OTAN en Villa Cisneros, intentaron atrapar al muchacho con una red suspendida de un helicóptero, pero fracasaron. Lo mismo ocurrió en junio y julio de 1970.

En 1971, al publicarse el libro de Armen en Inglaterra, The Daily Mirror envió uno de sus periodistas al Sahara para verificar la historia de primera mano. En su edición del 1 de febrero mencionaba que el niño que se desplazaba a saltos entre una manda de gacelas y que nunca fue capturado.

PARA HACERSE AMIGO DE LAS GACELAS

¿Cómo pudo el niño tener éxito en volverse animal con los animales? ¿Cómo dos especies aprendieron a comunicarse una con la otra y a comprender los significados de la otra, considerando que nacieron con diferentes medios de comunicación?

El etnólogo Vitus B. Dröscher describe un “truco” para hacerse amigo de los rebaños de cebras y antílopes (y que tal vez funcione con las gacelas):

“En las últimas horas del atardecer se coloca en una tienda de campaña móvil, “una roca caminante”, que poco a poco se desliza hasta colocarse en medio del rebaño. Por la noche, cuando ya reina la oscuridad, se sale de la tienda de campaña y se sitúa entre los animales que duermen. Al día siguiente, cuando el rebaño despierta, ya es uno de ellos. Quien ha dormido con las cebras y los antílopes demostró ya que no es un enemigo y, por lo tanto, se acepta su compañía.

“El investigador tiene que prestar atención a no quedar dormido a la salida del Sol, cuando despierta el resto del rebaño, pues si siguiera durmiendo sería despertado con una buena coz, cariñosa, de algún miembro del rebaño, que en realidad sería el equivalente de despertar cariñoso de un amigo a otro, que vendría a decir: “¡Venga, despierta! Ahora vamos todos a beber y a desayunar, y te podría pasar algo malo si te quedas aquí solo”. Pero una coz así, que nada representaría para una cebra, podría resultar muy dolorosa para el débil ser humano”.

Es más que probable que esa coz “cariñosa” fuese mortal para un bebé de un año. Podríamos conceder que, de alguna “extraña” manera, el niño encontrado por Armen apareció un buen día en medio del rebaño de gacelas y que por ello fue aceptado por los animales; pero lo difícil es aceptar que haya sobrevivido despertando puntualmente todas las mañanas para seguir al rebaño.

También podríamos aceptar que los lobos lleguen a alimentar con carne a un bebe, pero sería más que difícil que éste se alimente de hojas y pasto. Finalmente, las fotografías que mostró Armen presentan a un niño básicamente europeo (¿francés?) y no a un descendiente de africanos que se mueven en caravanas. El caso es altamente sospechoso y más bien parece haber sido inventado por Armen para vender su libro, tomando como base la historia, también ficticia, del niño gacela de Siria.

Continuará…