Crespo (ER): El testimonio de un médico

CRESPO (ER): EL TESTIMONIO DE UN MEDICO

Roberto Banchs

La voz altisonante del locutor Ariel Delgado, de Radio Colonia (Uruguay), permitió que la espectacular noticia cobrara estado público. Rápidamente, la prensa local se hizo eco de ese informativo, aunque con el infortunio de la escueta y contradicto­ria comunicación inicial. Así pues, el vespertino porteño La Razón (1) describe la impresión causada por las declaraciones de “un caracterizado médico” de Paraná, el doctor Gazcúe, quien habría afirmado que viajando en automóvil junto a su esposa desde la localidad entre­rriana de Crespo hacia Paraná, observó un “plato volador” y, más adelante, a la vera del camino, dos personas, de unos dos metros de altura, con largas cabelleras rubias y ojos enormes, los cuales le habrían hecho señas para que se detuviere. En la misma fecha, el diario Córdoba (2), señala que se trata del Dr. Gazúa y su espo­sa, quienes alcanzaron a ver “un enorme plato volador que descendía lentamente hasta posarse” a un lado de la ruta, para avistar en ese momento la salida de “tres seres fantásticos…”. Y amplía que viajando por la misma ruta, un camionero a quien también le habrían hecho señas, “confirmó” lo dicho por el médico. Otras fuentes añadirán que se trataba del médico Héctor Gazúa (3), aunque del camionero jamás volvió a formu­larse comentario alguno.

UN POCO DE CALMA

Tras estas noticias, surgidas del apremio por la primicia, los medios periodísti­cos intervinieron con mayor mesura, pese a que también en esta instancia, no se hallaron desprovistas de contradicciones, sin lograr establecer hasta dónde llega la responsabilidad de los medios de prensa.

Veamos entonces lo publicado por El Diario (4), de Paraná. Advirtiendo que algunos comentarios “agigantaron las proporciones del hecho, agregando detalles inexistentes”, pasa a señalar que el profesional -al que llama “Dr. N. N.”- pidió reserva en cuanto a su identidad, al momento de narrar su presunta experiencia. A ese respecto, manifes­tó que viajaba en compañía de su esposa, procedente de Crespo y con destino a Paraná cuando, alrededor de la 1,15 horas, a la altura de la denominada curva de la muerte -entre las estaciones Las Delicias y Racedo, del F.C. Urquiza[1]-, apareció al frente una fuerte luminosidad que procedía de unos 100 metros adentro del campo de propiedad del Dr. Raúl Aranguren, despertando su interés y estupor al comprobar la presencia de un objeto cónico, con amplios ventanales. “Algo así -dijo- como la cabina de un original helicóptero”.

Sin detener la marcha del automóvil, que por la sinuosidad que el camino presenta en ese lugar no puede tampoco ser elevada, el ocasional espectador del suceso pudo apreciar enseguida que de aquella cabina se abría una puerta de considerable espesor y que descendía a tierra un hombre de gran estatura, vestido con grueso ropaje de to­no gris metálico -similar al color del aparato- y que llevaba cubierta la cabeza con una especie de escafandra. “Algo similar -intenta ilustrar- a la careta que usan los operarios al realizar soldaduras eléctricas”. En el interior del objeto había otro hombre al parecer sentado, que permanecía en esa posición, en tanto el primero aparentaba revisar la parte exterior del artefacto. Sus trajes eran similares y brillantes.

La observación se desarrollaba en absoluto silencio. El automóvil continuó su marcha sin detenerse, mientras atrás quedaba el extraño aparato. El hombre que de él ha­bía descendido continuaba moviéndose lenta y pesadamente.

Según El Diario, al día siguiente del episodio llovió. No obstante, el Dr. N.N. regresó al lugar dos días después, hallando un “extraño aplastamiento”.

Intentando corregir las informaciones originales, también Córdoba (5) publica un extenso artículo de su enviado especial Alberto Ramallo Ratti, señalando que ahora ha llegado hasta sus protagonistas y ofrece “sus declaraciones ajustadas en cuanto a re­dacción lo más posible a sus propias palabras”. Más adelante dirá: “lógicos errores, en cuanto a tiempo y nombres, derivados de la deficiencia en la grabación de nuestra crónica de la víspera transmitida telefónicamente desde Paraná, nos imponen la aclara­ción de que, los de hoy, son los detalles exactos sobre este raro hecho.. .”.

Pasemos entonces al testimonio publicado por el dia­rio Córdoba, sobre el curioso episodio ocurrido el domingo 3 de junio:

“Fue una escena silenciosa. El hecho concreto se limita a esto: un objeto lumino­so, sumamente luminoso y una escena contemplada en el mayor silencio. La distancia más cercana a que estuvimos del objeto, fue de unos 80 a 100 metros. Durante todo el tiempo estuvimos mi esposa y yo dentro del automóvil en que veníamos hacia Paraná.

“El vehículo no se detuvo en ningún momento; la marcha, eso sí, fue lenta y lo que vimos, lo pudimos observar bien. Pudimos apreciar un objeto luminoso; la luz parecía i­rradiar de su interior. Tenía forma circular y una altura de unos 3 o 4 metros. Esta­ba posado sobre el suelo, entre los pastos (días más tarde visité el lugar aproximado: es una melga -o surco- de alfalfa, no muy crecida por la sequía que hubo en la zona, y las plantas parecían haber sido aplastadas, pero no quemadas)…”, apunta el médico.

“El objeto presentaba forma cilíndrica, algo alargada, casi como un cono truncado. Tenía aberturas o ventanas alargadas, con ángulos curvos, pudiendo apreciarse por la luminosidad que salía de ellas que el objeto tenía paredes gruesas. La luz de su interior tenía un brillo metálico. Por una puerta de forma similar a la de los a­viones, también de grueso espesor, que en determinado momento observamos abierta, mientras íbamos casi girando en torno al objeto, debido a la propia curva del camino, descendió un individuo con la estatura de un hombre normal, ni bajo, ni desmesurada­mente alto. Este personaje vestía indumentaria comparable a la de un buzo, con una especie de gorro o casco, parecido a un pasamontañas. Este gorro o cubierta tenía una ventana o mirilla delante, alargada, como las máscaras que utilizan los obreros para soldar. Sus movimientos eran lentos, y daba la impresión de que esta­ba preocupado por algo del aparato, a cuyo lado caminaba, sin apartarse mucho de él. Pudimos apreciar que, dentro de la cabina había otro individuo que movía la cabeza -que era la única parte del cuerpo que se le veía- y que debía estar sentado; esa era la impresión que daba, por lo menos. Reitero que solamente le vimos la cabeza, cubierta con idéntica indumentaria que el otro. Nosotros seguimos nuestro camino y el objeto quedó en tierra. Eso es todo.

“En ningún momento creí, ni creo -afirmó el médico paranaense- haber visto algo ajeno a todas las inquietudes que pueden tener los seres humanos en esta tierra… Ahora, después de mucho reflexionar, pensando en lo que puede y no puede ser, creo que pude haber visto algún vehículo espacial que todavía se ensaya en silencio”.

La lectura de ambos relatos permite advertir aún la subsistencia de algunos deta­lles discordantes: Para el diario de Paraná, el matrimonio observó que del aparato “se abría una puerta (…) y que descendía a tierra un hombre de gran estatura”, mien­tras que para el de Córdoba, el médico declaró que “por una puerta (…) que en determinado momento observamos abierta (…) descendió un individuo con la estatura de un hombre normal, ni bajo, ni desmesuradamente alto”.

Asimismo, podrá notarse en las respectivas versiones datos que se complementan. Sin embargo, su importancia será relativizada por la investigación.

LAS ENCUESTAS REALIZADAS

Las mismas se iniciaron en el Círculo Médico de Paraná, consultando al doctor Raspini sobre la presunta existencia de (Héctor) Gazúa, o Gazcúe, según pudiere obrar en los registros de esa institución. Fue así que se nos indicó que por aquella época, se hallaba la Federación Médica de Entre Ríos. No obstan­te, practicada la verificación, no hubo hasta la fecha -junio de 1987­- médico alguno inscripto bajo esos nombres.

Vivienda del matrimonio, adonde se dirigían antes del espectacular encuentro.

A pesar de ello, y en la presunción que se trataba de un apellido irreal, sugeri­do originalmente quizá por algún medio periodístico, acudimos a los diarios locales, donde se nos proporcionó información de interés.

Después de otras varias tentativas, los indicios reunidos hasta ese momento nos llevaron a hablar con los que aparecían como supuestos testigos: el médico ginecólogo Luis Tabuenca, y su esposa, la obstetra Margarita Webster, profesionales residentes en Paraná. En diálogo con el primero, de inmediato reconoció haber sido el protagonista de esta historia, pero nos manifestó no querer saber nada del asunto. “Para mí eso murió hace 25 años”, arriesga a decimos, negándose a proporcionar detalles. Y como justificando su desatención, agrega: “Hubo quien ha venido con la recomendación de un médico amigo, pero no lo he querido atender. Ha venido mu­cha gente, se han dicho muchas cosas, se han deformado…”.

Con posterioridad, visitamos el lugar donde se habría producido la observación y el asentamiento del extraño portento. Se trata de un campo de la estancia del Dr. Ra­úl Aranguren, ubicada junto al paso a nivel llamado vulgarmente “Curva de la Muerte”, por sus características de doble “s” con una elevación en el centro, que se encuentra a media distancia entre las estaciones ferroviarias Racedo y Las Delicias.

Esta circunstancia nos llevó a entrevistar al propietario del campo, el citado Dr. Aranguren, un hombre de abolengo en la zona. Para nuestra sorpresa, apenas le preguntamos sobre el episodio, nos responde que “fue un bolazo”. (Arg. disparate; Fig. y fam. mentira), remarcándolo una y otra vez. Y anticipándose a cualquier comentario que pudiéremos hacer, nos revela el nombre verdadero del protagonista de esta historia. “Primero él hizo la declaración al diario, pero después se rectificó y, como yo era su amigo, al tiempo me dijo que todo era un bolazo”.

Ahora adquirió un sentido la poca afabilidad puesta de manifiesto por el médico, supuesto testigo, renuente a comentar lo ocurrido veinticuatro años antes. Tiempos en que hiciera el siguiente comentario: “Todavía sigue siendo para mí una incógnita la forma en que esto se propaló. Entre las muy pocas personas con la que hablé del hecho, figura un colega, hijo del propietario del campo donde vi el extraño objeto, a quien le pregunté si para esa fecha habían comprado alguna maquinaria o algún grupo elec­trógeno capaz de producir el efecto que vimos con mi esposa” (6) .

De lo que no quedaron dudas, es del efecto periodístico que el ginecólogo produjo con su audaz testimonio, una fábula originada -quizás- en una broma que por alguna causa debió continuar sosteniendo, o tal vez, por la presencia o versiones de algo que despertaron su curiosidad. Motivo o inspiración, el episodio ocurrido en Crespo se inscribe hoy entre los más conocidos de la década.

Referencias:

(1) La Razón, Buenos Aires, 18 julio 1962.

(2) Córdoba, Córdoba, 18 julio 1962.

(3) Anganuzzi, Héctor P., Historia de los platos voladores en la Argentina, Plus Ultra, Buenos Aires, 1976, p. 175.

(4) El Diario, Paraná, 19 julio 1962.

(5) Córdoba, Córdoba, 20 julio 1962.

(6) ibíd.


[1] Las Delicias de encuentra en el Km. 33,260, mientras que Racedo se halla en el km. 39,504 y Crespo en el km. 44,804 del Ferrocarril Gral. Urquiza.

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