Mendoza (Mza.): El caso de los empleados del casino (Primera parte)

MENDOZA (Mza.): EL CASO DE LOS EMPLEADOS DEL CASINO

Roberto Banchs

Los protagonistas del insólito episodio son Juan Carlos Peccinetti, de 26 años, y Fernando José Villegas, de 29, quienes se desempeñan como pagadores en el casino lo­cal. Al regresar a sus domicilios, a las 3,42 horas del sábado 31 de agosto de 1968, afirmaron haber sido sorprendidos por cinco figuras antropomorfas que les transmitieron mensajes inteligibles, les efectuaron punciones en los dedos y extrañas marcas en la puerta del automóvil en que viajaban.

La noticia difundida hacia el mediodía por las radios y emisoras de televisión locales, conmovió a la ciudad de Mendoza y durante toda la tarde, una multitud estimada en más de cinco mil personas transitó por el lugar de la presunta aparición y por la comisaría 6ª, donde se instruyó el sumario y se retuvo el viejo automóvil.

RELATO DE LOS HECHOS

De acuerdo al testimonio que ofrecieron Peccinetti y Villegas en las dos entrevistas que tuvimos ocasión de realizar, apenas cinco días después de ocurrir el original encuentro, y ratificada ante la Policía Provincial de Mendoza, representantes de la Fuerza Aérea Argentina, de la Marina de Guerra, y a una gran cantidad de instituciones de carácter científico e informativo, el día anterior de producirse el caso, Villegas re­tira su automóvil del taller mecánico, lo lleva hasta la estación de servicio de la calle Jorge Calle y Perú, donde carga la batería, habituado a los problemas eléctricos. Regresó a su casa, comió y se acostó a dormir. Cubría el último turno del casino y entraba a las 22,30 horas. Frente al edificio de juego, se encuentra Peccinetti. Este le comenta haber olvidado un abrigo en la casa de su interlocutor y la circunstancia de que su vehículo no funcionaba. Villegas dejó su trabajo temprano, cruza a la confitería Bacará, donde comparte un café con cuatro amigos. Alrededor de las tres de la madrugada sale Peccinetti. Villegas accede a llevarlo hasta su domici­lio, situado en el extremo norte de Mendoza, pero decide pasar antes por su casa a re­tirar el abrigo.

J. Peccinetti y F. Villegas cuentan su historia e R. Banchs.

Salen por la calle Perú y subiendo por Jorge Calle llegan a la morada de Villegas. Sin saber porqué, si aceptó una sugerencia o fue mera intuición, esa noche dobló hacia el sur por Olascoaga. Llegó hasta Huarpes luego de tomar hacia el oeste, y tomando esa vía llegaron a Laprida, hizo una calle y al llegar a Neuquén, dobló nuevamen­te hacia el norte. Anduvo unos 50 metros. De pronto, el Chevrolet 1934 se detuvo bruscamente. Eran las 3,42. También se había quedado sin luces. Los amigos no se extraña­ron, comprendiendo que se trataba de un viejo automóvil con frecuentes dificultades. Ha­bían quedado detenidos frente a unos terrenos baldíos, en una zona muy oscura.

Descendieron del vehículo con el propósito de revisar la instalación eléctrica, pensando en algún fallo, y cuando estaban en esa tarea, se les acercaron tres extraños individuos, pequeños, de aproximadamente 1,40-1,50 metros de estatura, todos iguales, de formas parecidas a las humanas, pero con la cabeza calva y de un tamaño notoriamen­te superior, de piel aparentemente blanca, pues la oscuridad no le permitía notar detalles, así como sus rasgos. Vestían un enterizo similar al que emplean los mecánicos, cuyo color podía ser gris o celeste.

Plano de la ubicación de los testigos.

El lugar donde esto ocurría se encuentra ubicado en el extremo noroeste de la ciudad de Mendoza, a 200 metros del campo de deportes del Liceo Militar General Espejo, y a unos 300 m. del puesto de vigilancia de ese instituto. Se trata de un barrio residen­cial en desarrollo, donde aún quedan amplios baldíos.

Liceo militar General Espejo, adonde acudieron los testigos.

La descripción que sigue es prolijamente coincidente: “Cuando nos vimos rodeados -dicen- por esos individuos, miramos hacia un costado y vimos, sobre un amplio baldío de la calle Neuquén, frente al número 2333 (el terreno señalado tiene, en efecto, más de 4000 metros cuadrados, sin edificación alguna), que estaba suspendido en el aire un ob­jeto lenticular de unos 5 metros de diámetro, del que salía por una abertura de unos 0,50 m. ubicada en su parte inferior, un potente haz de luz dirigido al suelo, con una inclinación de unos 45 grados. El ovni se mostraba como una masa opaca, en la que des­tacaba esa fuerte luz blanca, y estaba situado a 1,70 m. de altura como flotando en el espacio, a unos 30 metros de distancia de nosotros”. Otras versiones, periodísticas, indicaron que estaría situado a 1,20 m del suelo.

EL MENSAJE TELEPATICO, EL MENSAJE ESCRITO Y EL MENSAJE VISUAL

Con el asentimiento de Villegas, Peccinetti nos relata: “Tres de los seres nos rodearon y comenzaron a transmitimos mensajes, mientras otros dos permanecían junto a la nave. Yo no puedo decir que hablasen exactamente como seres humanos, pero lo que sí percibimos, en forma absolutamente clara e indiscutible, fue un mensaje inteligente, como si se nos hubieran introducido en las orejas unos diminutos altavoces a transistores. Era como una voz que resonara en nuestro cráneo. En el fondo resonaban permanentemente dos conceptos: no temer, no temer”.

Dibujo de Antonio D’Aniello.

Luego, y siempre según el testimonio de los dos empleados del casino, los raros visitantes dijeron: Venimos de dar tres vueltas alrededor del Sol, estudiando costumbres y lenguajes de los habitantes del sistema. El Sol alimenta bondadosamente el sistema. Si así no fuese, el sistema no existiría.

Mientras tanto, seguían resonando de manera continua las expresiones no temer, no temer, en un tono persuasivo. La voz parecía ser pronunciada en castellano (español), pero con un acento extranjero. El monólogo de los visitantes terminó con esta expre­sión: La matemática es el idioma universal.

Al mismo tiempo que los perplejos hombres percibían estos mensajes, pudieron ver co­mo uno de los seres trazaba sobre el estribo y la puerta izquierda del automóvil unos signos con un aparato “que daba la misma sensación deslumbrante que una soldadura eléctrica”. En la puerta del vehículo, en efecto, constatamos que estaban grabados por lo menos nueve signos claramente delineados, seis de los cuales parecían guardar cierto orden de escritura vertical dividida en dos series.

Siguiendo con el relato, los testigos pudieron ver delante de la presunta nave espacial y a distancia cercana, a uno de los ocupantes sosteniendo una pantalla “como la de un televisor grande, de forma circular, de unos 0,70 m. de diámetro”, en la que pu­dieron ver primero como una gran cascada de agua, después una imagen parecida a la de una explosión atómica, y luego, corro si apareciera nuevamente la cascada, pero esta vez sin agua, sin vida.

Representación gráfica de Antonio D’Aniello.

FINAL DEL ENCUENTRO

Los dos empleados sostienen que sus interlocutores les tomaron las manos y les hicieron tres punciones a cada uno en el dedo índice y mayor de la mano izquierda. Peccine­tti da una versión más compleja, sosteniendo que “una fuerza” le alzó la mano hasta la altura de los ojos de uno de los humanoides y que fueron emitidos en ese momento unos rayos produciéndole los pinchazos. En cambio, Villegas se limita a explicar que tuvo la sensación de que le fueron punzados los dedos en la misma forma en que se hace en los laboratorios cuando se extrae sangre, es decir por medio de una aguja. “En el con­tacto -dice Villegas- sentí como si me tomara un ser humano, con una mano que no era ni más fría ni más cálida que la nuestra; sintiendo dolor por el pinchazo”.

Croquis de Peccinetti.

Surgió otro pensamiento: Dominio de la gravedad. Después, los ocupantes del ovni se dirigieron a la nave, cruzaron una acequia que separa el baldío de la calle Neuquén que tiene unos 1,45 m. de ancho y llegaron hasta la zona iluminada por el objeto. Ascendieron por el haz de luz, como si fuera una escalera mecánica, uno tras otro, apagándose al subir el último.

Una explosión, que Villegas sintió como un flameo en los pantalones y Peccinetti como un golpe de aire en el cuerpo, hicieron reaccionar a los testigos. En esos momen­tos el ovni, en medio de un resplandor, ascendía con rapidez y se perdía en el espacio. Villegas se recobra y corre velozmente, seguido por Peccinetti, hasta la guardia del Liceo Militar Y denunciaron el hecho.

Fachada del Casino de Mendoza.

Citando a una investigación realizada por un periódico de esa ciudad (1), de acuerdo a lo relatado por fuentes responsables, las pericias policiales resultaron contunden­tes y niegan la presunta experiencia tenida por los empleados del Casino de Mendoza. Entre otros hallazgos, se citan los siguientes: a) el mercurio encontrado sobre uno de los estribos del automóvil, es la cantidad exacta de un termómetro arrojado desde 1,20 metros de altura; b) en el lugar del hecho se encontraron dos pequeñas huellas de automó­vil (presunto plato volador), que fue introducido en esos terrenos con la utilización de una larga madera, que hizo de puente, según la noticia[1]; c) el aparato relatado por las víctimas, parecido a “un televisor”, no habría sido sino una sábana sostenida por dos terráqueos, sobre la cual se proyectaban imágenes; y, c) la luz enceguecedora sería la del auto, dirigida a los ojos de las víctimas.

Otro detalle que no había sido revelado y que cobra significativa importancia, es el siguiente: Peccinetti y Villegas no partieron solos desde el casino la noche del suce­so. También iban con ellos otros tres empleados, quienes fueron bajando en sus respectivos domicilios. Este dato ha sido utilizado por los investigadores. Asimismo se ha­bría probado que la luz del vehículo no se apagó en la zona del episodio, sino una cuadra antes.

Croquis de Villegas.

En relación a las extrañas marcas, se destaca que fueron empleados -entre otros-, peritos calígrafos, pudiendo establecer que no fueron seres extraterrestres los que las efectuaron (que algunos atribuyeron a un código espacial: tres vueltas al Sol), sino ciertos bromistas, que utilizaron un instrumento especial (pirograbador).

Se indica que hay otro hecho muy sugerente: el automóvil estaba estacionado en la calle Sarmiento, hacia el oeste. Los presuntos bromistas -según la versión- no marcaron el auto en la parte derecha. Lo hicieron a la izquierda momentos antes; los investiga­dores sostienen que los extraños no podían haber hecho las marcas en el costado dere­cho, porque el volante se halla en ese lado (conducía Villegas). De ser así, Villegas, un muchacho muy sugestionable, habría notado tales inscripciones y el plan no hubiera resultado.

En cuanto a la publicidad que adquiere el episodio, los investigadores explican que el propósito consistía en una simple broma, muy privada. Cuando Villegas queda inmóvil por la presunta broma de los desconocidos, aquellos pueden efectuarle las punciones, pero cuando sale de la conmoción (shock), comienza a correr a toda velocidad, seguido a varios metros por Peccinetti y al llegar al Liceo Militar y proporcionar la versión, el suceso no se puede parar. Ahí entonces toma estado público, sin que estuviera en el ánimo de los presuntos bromistas que trascendiera.

Según las fuentes, hay otro detalle muy singular: la hora de la explosión no coincide con la aparición contada por las víctimas. Se indica que en la guardia del Liceo Militar está asentada la hora exacta del disparo (se presume que se habría utilizado una escopeta cargada con pólvora). Cuando llegaron Villegas y Peccinetti, había pasado más de una hora.

Desde un primer momento, los investigadores fueron a esclarecer un episodio creado por la mentalidad humana, y no a buscar un hecho pensado por extraterrestres.

Un baldío, escenario del fenomenal encuentro.

Es así que llegaron a la siguiente conclusión: ¿Cómo es posible -se preguntan- ­que los presuntos seres de Ganímedes hayan aterrizado en un baldío de reducidas dimensiones, si enfrente tenían otros mucho más grandes? Es fácil advertir -indican- que a esa hora el tránsito del centro hacia el Barrio Cano, se realiza por la calle Boulogne Sur Mer, es decir, de sur a norte (teniendo en cuenta la ubicación del Barrio Cano). Los bromistas eligieron ese lugar porque hay un muro que los resguardaba de la vista de los transeúntes. De ese modo -manifiestan- es fácil llevar a cabo un operativo de esta naturaleza.

Continuará…


[1] El juez Jorge Marzari Céspedes sostuvo, empero, que al llegar al lugar del supuesto ovni, “vi en el centro donde debió aparecer el objeto, dos huellas frescas, de rodado 15 o 16. Lamentablemente, cuando llamé al oficial que me acompañaba, éste las pisó, borrándolas” (2).

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