San Lorenzo (Sa). En los cerros de Salta (Final)

SAN LORENZO (Sa): EN LOS CERROS DE SALTA

LA INVESTIGACION DEL CASO

En mayo de 1987 efectuamos las oportunas encuestas y el reconocimiento del lugar. Llegados a San Lorenzo, procuramos -no sin dificultad- ubicar el solar desde donde se realizó la observación. El mismo se encuentra sobre una de las arterias principales del pueblo, en la esquina de 9 de Julio y Joaquín Castellanos. Se trata de una vivienda construida en dos plantas, rodeada de jardines y a espaldas de la precordillera, dando su frente al este con la visión de la ruta provincial 38 (9 de Julio), el río San Lo­renzo, y las lomas de Medeiro, cuyas tierras de zona militar se extienden hasta la ciudad de Salta, distante a unos 9 kilómetros de la casa.

En esa fecha la misma se hallaba arrendada, por lo que debimos posponer varios días una entrevista con la testigo. De buen abolengo y modales refinados, Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies nos recibió bien dispuesta a narrar su experiencia, la que recordaba vivamente. Estos son algunos tramos de su relato:

“Este hecho ocurrió en la noche, alrededor de las 20,00 horas. Había un temporal, esa lluvia muy fina que cae muchas veces durante el verano en determinados lugares de montaña, con nubes muy bajas. No es que llueva un momento, sino que son días y noches que sigue esa llovizna persistente. Estaba en la parte baja de la casa, y una chiquilina amiga de mi hija, Juanita Flemming, de once años, llegó y dijo: ‘¡Suban, suban, hay una cosa iluminada!’. Entonces subimos y yo no vi absolutamente nada. Le dije ¿Donde?; y en ese momento sentimos un zumbido -que siempre lo recuerdo- como de desplazamiento, que hacía fúuú (NdR: como de viento, oscilante y constante). Y cuando seguí con el oí­do el zumbido, de oeste a este, yo no lo encontré. Porque al llegar la chica me dijo: ‘Toti, mirá’, yo miré, pero no vi nada, y entonces seguí el zumbido y ahí lo vi. Sería un zumbido… diríamos… cuando se larga el aire que se está inflando una goma, pero con menos suavidad, sería una cosa así: ufff. El sonido fue grande al momento en que la chica dijo ‘mirá’ y que yo no vi, y más débil cuando pasó.

“Estaba en la parte de la precordillera, en los cerros. Sobrevoló la casa de un vecino, y ahí lo vi. Era oval, una opalina blanca metalizada con forma oval y un arco alrededor. No giraba ni se balanceaba. Hizo una pérdida de altura cuando se dirigía allí, cerca de la ruta. El zumbido era ya muy débil, pero emitía desde la parte baja, porque tenía posiblemente una cúpula y otra abajo con ese aro, en la dirección de la marcha, hacia atrás, en recta, un haz de luz de gran intensidad. Creo que si hubiera girado, podría haber cegado a una persona. Es que cuando yo miré, no la tenía encendido, ha­bría apagado sus luces. Y la volvió a encender. Era tan increíble, quedaban las gotas de agua como si fueran cristales transparentes y el paisaje iluminado. Pero fue sólo un instante. Iluminó con mayor intensidad donde no había casas en ese momento, había árboles, sin acusar su presencia. Su tránsito siguió el cerro de la quebrada, lo hizo muy lentamente y al verlo dije: ‘¡Una máquina, una máquina, Dios mío líbranos, una má­quina desconocida!’. Llegó a perder un poquito de altura, desplazándose muy lentamen­te. Tenía una especie de aro, rodeando la cúpula, y visualizaba ya que era totalmente oval. Lo veía muy cerca, a unos 200 metros, pero se apreciaba mucho más grande que la Luna’.

Zona por donde sobrevoló el raro portento.

“Ahí, en la parte como de arco, diríamos, se formaron unas manchas lechosas, mien­tras el aparato perdía altura y de un modo inexplicable desapareció entre los árboles, entre el paisaje, porque ya no tenía ni luz. La apagó y desapareció. Habrán sido ¡se­gundos! de observación. La máquina sería de un tamaño, según lo que yo apreciaba, de unos 5 x 3 m, calculo, visualizando así, porque iba muy bajo, casi rozando los árboles, desplazándose de oeste a este, de la cordillera a la ciudad de Salta, hasta que desapareció a no sé dónde.

“Ahora, cuando yo llamo a la chica y le digo: ‘¿que has visto?’, ella me da la descripción, y advierto que ha visto primero que yo la parte de abajo, y que después vio lo mismo. Nada más, eso es lo que vimos. Todo lo que vimos. Eso es todo lo que yo vi de esta máquina…”.

IMPRESIONES DE LA TESTIGO

Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies, tenía por entonces 32 años (nació el 27 de mayo de 1924) y está casada con Julio S. Jovanovies, quien se desempeñaba como 2do. Jefe del Regimiento 7 de Caballería de Salta, con el que compartimos también el diálo­go. “A mí me dio la sensación de una cosa irreal… extraña -continúa Dora-, me dio un poco de miedo; además, a la velocidad que esto se pudo desplazar. Porque la chica lo vio muy hacia la izquierda y cuando yo subí, lo vio ella hacia arriba, al llegar me dijo ‘mirá’, y cuando yo miré no vi, y después recién lo vi, otro desplazamiento hacia la derecha. Es decir que la velocidad fue, para mí, inmensa… y no porque haya estado impresionada, pero al subir la escalera, yo grité ‘¡debe ser algún avión que se viene en picada!’, o bien perdido, ‘¡enciendan las luces de la terraza y todas!’, para ubicarlo, para darle un sentido de orientación y que no se nos venga en­cima, pensando en un avión. Nunca en este aparato extraño.

“Ah, sí. Yo dormí con el revólver entre las manos. Realmente ahí le da la pauta que yo pensé siempre que era una máquina. Una máquina muy rara, para mí desconocida. Ahora, similar con los dibujos y comentarios que hacen de los platos voladores, cierta similitud. Tiene aro y las dos cúpulas, pero ninguna con los que lo hacen redondo. Porque este es oval. Y acá la luz sale entre la cúpula del aro, hacia atrás.

“Cuando se hicieron las manchas en el aro, en ese momento ya no tenía ese brillo tan intenso. Yo nunca he pensado que pudieran ser personas; no sé qué pueda ser, no podría decirle. El aparato desaparece no porque se vaya. Justamente, yo pensé, se alejaba un poco, pero no tanto como para desaparecer, sino porque empiezan a formarse esas manchas, a opacar, tornarse el aro menos lechoso. En fracción de segundos ha pasado así. Ahora, el desplazamiento en ese tramo en que yo lo veo era muy lento. A una velocidad diría… no puede ser más de 2 o 3 km, casi suspendido.

Río San Lorenzo, amplio escenario del fenómeno del 25 Nov 1956.

“Se trataba de dos manchas bastante marcadas, y la tercera un poco menos. No se movían, y se hallaban en el aro. Pero no totalmente marcadas. Eran unas manchitas vivas, nada más. Nada más.

“La noticia tomó estado público porque estábamos todos ese día, y entonces un periodista de El Tribuno, resolvió preguntar cómo era la cosa, yo le comenté y él sacó lo que se le dio la gana. Entonces directamente escribió que habíamos dicho que había luces multicolores, que nunca hubieron; indicó que había habitantes, hombres o seres, que tampoco nunca hemos dicho que hubiese; que había aterrizado, que se quedó en el lugar…, aunque sí se habría quedado y hasta muy tarde, calculo que hasta las 2 de la mañana. Dicen que en distintas partes apareció. A medianoche, a unos 3 km, una luz asustó a los caballos, y en otra casa se pararon los aparatos eléctricos. Pudo ha­berse quedado toda la noche, sin la luz, aterrizando, o en tierra o en las nubes, no sabría decirle.

“Qué pudieren haber sido esas manchas, o que (la máquina) tenga personas como… que no conocemos; quizá pudiera tener ventanas, o que no existan, que sea de una cosa que esté enmascarado. Las manchas se hicieron en el momento en que perdió altura, ahora, la altura nunca fue alta.

“En cuanto a las noticias periodísticas que dicen que el plato volador se asentó sobre el lecho del río, ¡es un cuento! Nadie sabe. Nadie vio que se haya asentado en alguna parte y nadie vio personas. Y yo nunca vi hombres ni luces de co­lores. Ni nada parecido. El plato al principio estaba estático, o casi, andando muy lento. Cuando empieza a deslizarse, a bajar, ahí es cuando pierde un poco lo metalizado, y comienzan a verse unas manchas. Apenas lo vi recorrer unos 300 m nada más”.

El marido de la testigo, Julio Jovanovies, que seguía atentamente la detallada descripción, interviene para hacer sus propios comentarios: “Yo me acuerdo, porque redac­té el informe para el Ejército: no era un avión, pero nunca hablé de plato volador. Yo no estaba en la casa, aunque después ella me llamó, telefoneó asustadísima. Me hallaba en el Regimiento 5, a 8 km, en el cuartel. Allí no se observó nada, nada. Claro, porque entre la ciudad de Salta y San Lorenzo no hay edificación. Todas esas lomas, el casco, es zona militar, campo de tiro. Cuando me telefoneó de una casa vecina para contarme, me alarmé. En esa época había un poco menos de casas, nomás. Lo demás exactamente igual. Caminos pavimentados… Las casas de los alrededores así, las 3 o 4 que están en la actualidad”.

Área hacia donde la máquina desapareció.

Así concluyen las exposiciones, para dar paso siguiente a un análisis del testimonio y de las condiciones que rodearon al singular episodio ufológico.

UN ANALISIS POSIBLE

La entrevista ha permitido que la testigo pudiera expresarse conforme a como ella percibió el fenómeno, y disponer de un conjunto de datos que, de otro modo, quedarían velados o llanamente distorsionados, ceñidos a la información periodística de aquella época.

Al respecto, Dora Aráoz Castellanos de Jovanovies es muy concreta en su descripción: la aeroforma jamás fue vista descender hasta aterrizar, tampoco observó alguna mirilla o portezuela en su estructura y, aún menos, la presencia de ocupantes, como podría interpretarse del ambiguo artículo periodístico. Por estas razones, el episodio no podría ser evaluado como un encuentro cercano de máxima extrañeza.

Por otra parte, la testigo agrega que no se registraron huellas, rastros u otro tipo de evidencia física que pudiera relacionarse. Inclusive, variaciones climáticas o trastornos fisiológicos que recuerde, más allá de la vívida impresión recibida por la desusada aparición, que le impidió -por temor- conciliar el sueño durante dos días.

El testimonio de la señora, desprovisto de un inocultable aditamento interpretativo (por ejemplo, le atribuye una fantástica velocidad cuando ve al ovni en otro sitio del esperado; o la decidida atribución de significado como máquina, cúpula, etc.) y de las imprecisiones propias del lenguaje y el recuerdo (por ejemplo, la hora y duración, o la brillantez que le adjudica al fenómeno, los cuales difieren con la versión que posee su marido), en líneas generales, resulta convincente. Al menos, pone en juego un discurso de convicción, persuasivo, pero sin demasiadas estridencias ni fisuras que pudieren denotar alguna posible incongruencia.

Croquis del objeto según la testigo.

No obstante, creemos que la testigo no se hallaría ajena a los recientes sucesos producidos en esa provincia, y de los que un importante diario salteño se ocupo de informar, y estimular a la sensibilizada pobla­ción.

En cuanto a las condiciones meteorológicas, los datos facilitados por el Servicio Meteorológico Nacional (dependiente del Comando de Regiones Aéreas, Fuerza Aérea Argentina), para esas horas (20:00 y 21:00 horas) y lugar, según registros de la Estación Salta Aero, se consigna que al momento de la observación, la temperatura oscilaba entre los 19,4-18,4°C, la humedad entre 48-60%, el viento ­de superficie era de 10-7 km/h, la presión de 883,8-885,0 hPa, el cielo estaba nublado y no se registraron fenóme­nos significativos. La información agrega que se produjeron lluvias en los alrededores de la estación -no en la estación meteorológica- de 20,05 a 22,15 horas.

Con respecto a los datos astronómicos, será de interés conocer la ubicación del Sol aquel 25 de noviembre de 1956, a las 20,00 horas. Utilizando coordenadas geográficas (aprox.) latitud 24,5° S; longitud 65,5° O, y considerando hora legal argentina = GMT – 3h: 23h00m GMT, el Sol se hallaba en azimut: 245,9°, y elevación: -0,8° (ocaso reciente, a las 22h53m GMT). Vale decir que el Sol se ocultó a las 19h53m, minutos antes de la observación. Dato a tener en cuenta por los efectos lumínicos que suelen producirse durante el crepúsculo. En otro orden, la Luna se encontraba bajo el horizonte y no era visible (fuente: C. Demaría).

Dispuesto el conjunto de datos, consideramos factible ensayar una hipótesis acerca de la naturaleza de lo observado. Es oportuno señalar previamente que existe una diversidad de fenómenos meteorológicos que son causa de curiosos informes sobre avistamientos de ovnis. En zonas próximas a las cadenas montañosas de elevaciones desiguales, por ejemplo, suelen producirse formaciones de nubes muy densas y de perfiles definidos, que resultan para el observador poco avezado un ovni, o mejor, un auténtico plato volador de aquellos que la literatura y el periodismo tanto han difundido. Quizá porque al margen de su aspecto, las dimensiones, los contornos, la nitidez del color y su apariencia material, son muy estables. Siendo ésta sólo una de las múltiples configuraciones nubosas, existen innumerables fotografías que se muestran como si se tratara de legítimos documentos gráficos de naves extraterrestres (15).

A FIN DE CUENTAS…

Resulta aceptable que el plato volador de Dora Araoz Castellanos de Jovanovies pueda ser explicado en estos términos. Si repasamos su pormenorizado relato, ella se refiere a una aeroforma discoidal blanco-lechosa, con un lento desplazamiento (en el mismo sentido de las nubes, o desde la cordillera), acompañado de un zumbido (como “cuando se larga el aire…”, dice) y una suerte de haz de luz, en dirección al poniente Sol del crepúsculo, que iría a atenuarse y desaparecer -al igual que el ovni, que asemejaba una “opalina blanca”- a medida que se movía hacia el este, en dirección contraria a la cordillera y a la puesta del Sol, que arrojaba sus últimos fulgores tras el horizonte, iluminando las nubes del encapotado cielo.

Formaciones nubosas en Cruz del Palmarillo – Mza., Argentina, 7 de diciembre de 1966.

Abajo, en una ladera de la precordillera, al abrigo de la montaña, la testigo, junto a la niña que le dio aviso. Presenciando cómo la máquina descendía hacia el llano (es decir, siguiendo los accidentes del terreno), perdiendo luminosidad y dejando ver entonces unas manchas que, como un Rorcharch, estimularon la imagina­ción, sea de la testigo o del periodista que creyó ver en éstas una suerte de mirillas, portezuelas u ocupantes.

Decía Leonardo da Vinci: “No os resultaría difícil deteneros algunas veces y mirar las manchas de las paredes o las cenizas de un fuego o nubes o barro o sitios análo­gos en los que… podéis encontrar auténticas ideas maravillosas”.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

(1) La Razón, Buenos Aires, 10 julio 1956.

(2) Ibíd., 1 agosto 1956.

(3) Ibíd., 23 julio 1956 y 1 agosto 1956.

(4) Ibíd., 30 julio 1956.

(5) Vogt, Cristian: “¿Qué pasa en Salta?”, conferencia, 1956.

(6) La Razón, Buenos Aires, 13 agosto 1956.

(7) Vogt, C. Conf. cit.

(8) La Razón, Buenos Aires, 5 noviembre 1956; et.al.

(9) Orbe 8 En la Actualidad Mundial, semanario, Buenos Aires, 29 octubre 1956.

(10) La Razón, Buenos Aires, 4 diciembre 1956, p.6, citando a El Tribuno, Salta, de la misma fecha; rev. Era Nuclear, Buenos Aires, julio 1957; La Razón, 3 marzo 1960 y 24 setiembre 1961, p.9; et.al.

(11) Orbe 8…, 10 diciembre 1956.

(12) La Razón, Buenos Aires, 13 febrero 1957.

(13) Ibíd., 15 diciembre 1957.

(14) El Meridiano, Córdoba, 12 julio 1958.

(15) Fouére, R. “Leurres et réalités”, en: Phénomènes Spatiaux, Paris, 11, mars 1967, ps. 13/17; Gran Enciclopedia de los Temas Ocultos, “Fenómeno ovni”, Ed. UVE, Madrid, 1982, ps. 63 y 65.

2 pensamientos en “San Lorenzo (Sa). En los cerros de Salta (Final)”

  1. Un placer haber encontrado por este medio a quien me firmo como Jefe del Regimiento de Cabslleria Escuela de Campo de Mayo mi libreta de enrolamiento del año 1959

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