Godoy Cruz (Mza.): ¿Sueño o realidad? (Final)

GODOY CRUZ (Mza.): ¿SUEÑO O REALIDAD?

Roberto Banchs[1]

ANALISIS DEL CASO

De la investigación practicada, la hipótesis de considerar al episodio descripto como producto de una experiencia real, existente en el plano perceptual (lo cual concierne a la naturaleza física o a la naturaleza psíquica del fenómeno), es nuestra opinión que la misma resulta endeble, en base a las evidencias fácticas y testimoniales:

lro. La ausencia de otras personas que avalen simultáneamente la observación de Aníbal Petracini en el lugar de los hechos.

2do. La falta de huellas o rastros en el sitio del presunto aterrizaje, que sugiere la inmaterialidad del fenómeno, como su fantasmal aspecto.

3ro. Ciertos ítems del testimonio que no condicen con un hecho perceptual, tales como:

a) El testigo no distingue ningún elemento reconocible en las cercanías, pues “es todo oscuridad”. Sin embargo, nin­gún desperfecto se habría producido en el alumbrado público distante a 50 metros.

b) En esas condiciones y a través de la ventana distingue una tonalidad verde, opaca (calculamos de unos 0,04 x 0,12 m, a una distancia de 20 o 25 m, en la estimación del testigo), que tampoco él llega a explicar cómo ha podido distinguir.

c) Retira la cortina para mirar afuera, quedando plegada, pero cuando se levanta por la mañana, ésta se encuentra en su lugar, desplegada y cubriendo totalmente la ventana de la cocina.

d) Tampoco recuerda haber regresado a la cama, ni haber apagado la luz. Duda que aún permanece en el testigo.

4to. Nada sugiere, finalmente, el presunto hallazgo de la colilla del cigarrillo que habría tirado al suelo momentos antes de la observación, pues como el joven suboficial declara, era su costumbre fumar en el dormitorio y arrojar las colillas, hallando al día siguiente, 4 o 5 de ellas en ese lugar.

Habiendo expuesto la disyuntiva que desde un principio plantea el mismo testigo, respecto de que si el fenómeno posee una existencia perceptual o bien se trata de una imagen psíquica y, por otra parte, las inconsistencias de las posibles evidencias físicas, nuestro estudio se inclina indefectiblemente hacia la presunción de hallarnos an­te un hecho de naturaleza psicológica.

UN ENSAYO INTERPRETATIVO

Teniendo en cuenta que, de acuerdo a los estudios clínicos del Lic. J. C. Torcivia (que dicho sea de paso, se desempeña como psicólogo en una institución policial), Aníbal Petracini es un sujeto “de caracteres psíquicos normales”, el marco de posibilida­des explicativas se ajusta a abocamos al análisis contextual y motivacional que pudieran haber desencadenado semejante visión, si es que en el ámbito de la psique se encuentra.

Con este propósito, ha sido preciso considerar todas las situaciones posibles vivenciadas por Aníbal Petracini antes del caso, ese día y tiempo atrás, y en particular aquellas consignadas como conflictivas, generadoras de estados de angustia, ansiedad o nerviosismo.

Poco nos revelará en sí la investigación de los estados normales y estables del testigo. Sólo podemos aprovechar los estados de conflicto y fuertemente emocionales, que son -precisamente- cuando los contenidos del inconsciente tienen perspectivas de irrumpir a la conciencia. En estas circunstancias podemos realizar las observaciones que confirmen o no la participación de ciertos mecanismos psicológicos. En el estado en que se encontraba Petracini, el del reposo nocturno -donde se desarrolla una rica actividad psíquica-, constituye nuestro más favorable objeto de estudio.

Dos clases de motivos existen para la formación onírica, tal cual pudieren haberse producido en nuestro ocasional testigo: a) un impulso o deseo inconsciente adquirido durante el reposo, que tomó la fuerza necesaria para manifestarse en un estado preconciente; b) un impulso insatisfecho proveniente de la vida diurna, un pensamiento preconciente, con todos los conflictos que lo animan. En ambos rige el mismo mecanismo de formación onírica, mediante la condensación y el desplazamiento (metáfora y metonimia), con el cumplimiento del deseo insatisfecho.

El inconsciente permite crear visiones fantásticas que pueden pasar al sistema conciente, creyendo el sujeto haber vivido realmente estas situaciones extraordinarias, no pocas veces relacionadas con los ovnis. “Y ya que el inconsciente es mucho más capaz de lo que podemos creer -sostiene S. Robiou Lamarche-, es de esperar que los sue­ños tengan gran importancia en su relación con los ovnis”.

Es muy probable que la experiencia se encuentre en una de las fases del sueño. En nuestra opinión, esto se ha dado en un estado de vigilia, en el nivel preconciente, donde se producen las llamadas visiones o alucinaciones hipnopompas, producidas por un enturbamiento de la lucidez de conciencia. En los sujetos normales -tal como es nuestro testigo-, estas imágenes intermedias que aparecen entre los estados concientes e inconscientes, ocurren en el momento de entrar al sueño (hipnagógicas) o próximas al despertarse (hipnopompas).

Deberemos reconocer que, con frecuencia, estas visiones son tan vivas, tan claras y se imponen tanto como la percepción. Para Roustan, sólo una suerte de trabajo lógico hace rechazar una imagen entre otras.

Evidentemente, como sostenía Carl Jung, “es cosa obvia que los ovnis no sólo se vean, sino que además se sueñen”. Cobra ahí un estatuto alucinatorio, esto es, el de una percepción sin objeto real.

Bajo el enfoque de la psicología compleja, el caso tratado se constituye en un pa­radigma de la difundida angustia existencial y de la inseguridad actual del hombre inteligente, e indicaría de manera ejemplar la compensación que procede del inconsciente trascendiendo su forma de vida corriente y agobiante.

En aquella jornada, la preocupación de Petracini se acentúa debido a los imprevistos económicos que le ocasiona la reparación de su automóvil (depositario de su angus­tia), a los que no halla solución, reactualizando dicha angustia e insatisfacción, en­fatizado por el problema de salud de su mujer (presenta fuertes dolores de columna) y de relación conyugal (había reñido con ella). En esas condiciones, y sin cenar, se va a dormir, tras haber orado como de costumbre. En tal sentido, la oración es un suspi­ro que expresa cierta impotencia, una actitud que compensa la superstición en el que­rer y el poder humano.

Un hecho significativo contenido en el relato de Petracini, es el hábito que tiene de despertarse a la hora en que su visión fue interrumpida por el reloj despertador, alcanzando recién entonces su total lucidez de conciencia. El hábito -definido como una disposición adquirida y duradera-, actúa como una especie de memoria que tiende a la reproducción involuntaria de ciertos actos, como por ejemplo, despertarse a de terminada hora. Mediante esta disposición podemos señalar que Petracini -con su sueño liviano, es decir, en un umbral cercano a ambos estados de conciencia-, alcanzó próximo a la hora de despertarse un nivel preconciente, donde se funden sus hábitos cotidianos (levantarse, ir a la cocina) con sus deseos latentes recientemente adquiridos, que concierta -pues- en estados afectivos y representaciones (la tenencia del automóvil, que a la vez estaciona ¿curiosamente? a pocos metros de donde ocu­rrió la aparición del ovni y que -no sin motivo- muestra una notoria seme­janza en cuanto a su forma), con los contenidos simbólicos de la figura humanizada.

Llama la atención que el ovni esté representado en el sueño bajo el aspecto de su pequeño automóvil. Esto puede deberse, en parte, porque siendo el testigo un individuo joven, suele simbolizarse con un objeto de su experiencia personal, algo trivial, pero que compensa sus elevadas aspiraciones. No obstante, el ovni es concebido de este modo como un vehículo, de su energía y dinamismo, al parecer portador de un ser superior, representante de las cualidades psíquicas del propio soñante. Tratase aquí sin duda de un ejemplo de modificación, sobre una antigua representación por adquisiciones recientes, de sustitución automóvil-ovni.

El ovni correspondería, entonces, a una proyección del testigo, en la cual el símbolo (cuerpo circular), indica que lo que se proyecta tiene por contenido una totalidad -de la psique- en todos sus aspectos. Se ha dicho incluso que la contemplación de dicha forma en los sueños, aporta la sensación de que la vida ha vuelto a encontrar un significado diferente.

La imagen de características humanoides adquiere también importancia. El sí mismo con frecuencia se personifica en los sueños como una figura humana superior. General­mente aparece en momentos cruciales de la vida del sujeto, crisis en que cambian su actitud básica y su forma de vida, esperando una solución creadora para su conflicto. Todo el ser se condensa entonces en unicidad con el fin de vencer las dificultades (“ahora espero mis problemas con una solución…”, etc.). Esta visión del ocupante aparece en una forma simbólica, y con ella, renovaciones de la vida, un élam vital creador, y una nueva orientación.

En los sueños del hombre, este núcleo está generalmente personificado como figura femenina. En su manifestación individual, por regla, adopta la forma de la madre (“supongo que -la figura- tiene que tener sexo; supongo que puede ser femenino… en este momento se me ocurre que puede ser de unos 50 años de joven apariencia”). Personifica­ción de ciertas tendencias psicológicas tales como sospechas proféticas, captación de lo irracional, sensibilidad por la naturaleza y una mayor relación con el inconsciente (“… y hasta me pareció haber adquirido, como quien dice, un cierto poder mental, por ejemplo: predecir mis problemas y esperarlos ya con una solución…”).

El sueño toma en cuenta su vivienda y aparece cerca de la ventana de su cocina, que es el tradicional lugar de transformación -transformación psíquica en este caso- o el supuesto aterrizaje o descenso del ovni y su ocupante, ocurre en un terreno frente a su casa y al alcance de su visión, lo que parece un hecho importante y urgente, pues esa manifestación superior (impresión compartida por el testigo), ha acudido en su ayuda y guía, en momentos críticos en la vida del joven Petracini. El mensaje críptico es elocuente en su contenido.

El descenso se produce en la negrura de la noche, a causa de su origen en el inconsciente. No hay fondo visible, sólo oscuridad (aunque en el lugar existe realmente un poste de alumbrado), donde resalta en primer plano la figura blanca, delante del objeto gris. La figura blanca representa para el testigo la criatura superior, la imagen más sobresaliente y pura de la visión (“… el blanco me sugiere algo puro y santo, no se por qué, pero es algo puro”, apunta Petracini ante nuestra pregunta).

Lo que él llama “visera” del ocupante (llamémosle visión) de color verde, tiene un significado muy especial: “El color verde -dice-, el de la naturaleza, es para mí al­go que renueva la vida”. Se convierte en un hecho trascendente, esperanzador. A su vez, esta franja que aparece a la altura de los ojos del ocupante, expresa la acción e intención de ver.

La figura quiere influir en su vida e indicarle de algún modo el camino que con­duce al mundo interior, o sea al conocimiento de uno mismo. En el sueño espera que ese conocimiento le permita hacer una vida más positiva. La figura representa, una vez más, un salvador que exhorta y lleva mensajes benéficos. A partir de entonces, se opera en él una clara sustitución de ‘la imagen ayudadora (“la imagen me ayudó al darme seguridad, en cambio Dios no me ayudó a solucionar mis problemas…”). Aparece aquí un llamamiento a la conciencia individual, en un sentido eminentemente práctico. El mal atestiguado en el mundo externo, en el contorno, parecen haberse hecho concientes, de manera tal que hay un primer paso hacia un cambio radical de su actitud frente al medio.

Cambio significa que todo se mueve, y que caigan algunas cosas. Ver qué estaba flojo y qué se hace con esto, lo que supone un paulatino proceso de elaboración. Aquí está el nudo de un problema, por sus impredecibles consecuencias. Un cambio que no tenga estrategia que lo organice, siempre será un cambio de movilización solamente, sin el carácter adaptativo y de crecimiento.

Podríamos extendemos todavía más, pero estimamos que lo expuesto es suficiente para acceder al caso y comprender algunos de los principales aspectos involucrados en el problema de los ovnis y sus ocupantes. Al fin, tomados estos conceptos como simples instrumentos o hipótesis heurísticas, podrían ayudarnos a explorar la vasta y nueva zona de la realidad abierta por el inconsciente e insinuada por el ineludible fenómeno de los ovnis.

REFERENCIAS

(1) C1arín, Buenos Aires, 15 diciembre 1979; Río Negro, General Roca, 17 diciembre 1979, citando al matutino Los Andes, Mendoza; Radiolandia 2000, Buenos Aires, 11 enero 1980, ps.14/17; Los Andes, Mendoza, 29 ene­ro 1980; Bo1etín CEFAI, Buenos Aires, N° 9, marzo 1980, ps.1/12; Contactos Extraterrestres, México, N° 80, 23 enero 1980, p.8; El libro de los misterios del hombre, ediciones de Semanario, Buenos Aires, no­viembre 1980, ps.64/71; Roberto E. Banchs, en El Universo de Jung, ed. comp. A. Las Heras, Editorial Trama, Buenos Aires, 1982, ps. 84/94.


[1] Nota: Co-participó en este artículo la Lic. en Psicopedagogía Mónica M. Simonetti.

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