Mendoza (Mza.): El caso de los empleados del casino (2)

MENDOZA (Mza.): EL CASO DE LOS EMPLEADOS DEL CASINO

Roberto Banchs

LA INTERVENCION POLICIAL

En la guardia del liceo, un suboficial dio a los exaltados testigos un vaso de agua, y después los hizo trasladar en un vehículo hasta el Hospital Luis Lagomaggiore, veci­no al establecimiento[1].

En esas circunstancias, la policía tomó inmediatamente cartas en el asunto y el personal de la seccional 6ª, con intervención de la Dirección de Investigaciones, comen­zó a instruir el sumario. El médico forense Arnaldo Ferrari revisó enseguida a Peccinetti y Villegas, señalando en su informe que ambos “presentan un agudo cuadro de excitación psicomotríz y tres pequeñas punciones en el pulpejo de los dedos índice y mayor izquierdo”.

Arnaldo Ferrari.

El comisario de la Sexta Sección, Miguel Montoza, dispuso que se realizara inmediatamente un dosaje de alcohol en la sangre, que reveló la absoluta normalidad de los denunciantes. Luego, Peccinetti y Villegas fueron trasladados del hospital al local de la comisaría, donde el comisario Montoya les hizo prestar declaración para el sumario policial. Al promediar la mañana, se hicieron presentes técnicos de la Comisión Nacio­nal de Energía Atómica (CNEA) que, encabezados por Francisco Muñiz, con un contador Geiger, revisaron minuciosamente -junto a peritos de la policía científica- la zona donde dicen haber visto el extraordinario objeto, así como la superficie exterior del automóvil, y luego los objetos metálicos que llevaban los dos presuntos testigos. La inspección reveló que los índices radiactivos eran normales. El técnico Muñiz expresó: “No encontré en ningún momento nada de radiactividad superior a lo normal” (3).

Peritos de la Comisión Nacional de Energía Atómica midiendo la radiación en el lugar del encuentro.

El comisario retuvo, a los efectos de la investigación, el reloj calendario de Peccinetti, un Precisor de 17 rubíes antimagnético, que estaba detenido exactamente a las 3,42 horas del 31[2]. Examinado por tres relojeros, la detención del reloj habría sido provocada -según expuso el juez J. Marzari Céspedes-, por una gotita de parafina en la perilla.

Por otra parte, el gabinete de policía científica envió un laboratorio móvil al lu­gar, para tomar fotografías y efectuar análisis. Los técnicos hallaron en el estribo del automóvil, en el sector donde se hallan inscriptos los raros signos, una sustancia metálica, líquida y de color blanco, que resultó ser mercurio. La misma que contenía un termómetro roto hallado en la casa de Peccinetti.

Asimismo se habría comprobado que el parabrisas del viejo automóvil ocupado por Peccinetti y Villegas, no fue quemado por fuera sino por dentro. Esto se robustece ante vestigios de azufre encontrado en la parte interior del coche. El azufre fue quemado luego que los pretendidos testigos -según se indica- corrieron del lugar en dirección al Liceo Militar, produciendo cierta opacidad en la superficie interior del vidrio (5).

Interior del auto mostrando las marcas en el parabrisas.

No es éste el único indicio que robustece la hipótesis de una patraña imaginada por los empleados del casino[3]. Al llegar a la zona el primer oficial de policía, el sumariante Roberto Palomo Albornoz, declaró haber percibido un fuerte olor parecido al azufre. Resultaría fácil truco haber utilizado este elemento, mezclado con clorato de po­tasio, para provocar la explosión y el resplandor que se atribuye al despegue (regis­trados además por varias personas en la vecindad) (6).

Peccinetti y Villegas fueron también examinados por una Junta Médica, integrada por médicos y psicólogos, durante cuatro horas y media.

En definitiva, se deduce que todo se trató de una broma tramada para asustar a Villegas, que era conocida por Peccinetti, cuya publicidad y derivaciones posteriores no pudieron preverse, pues nadie pensó que Villegas correría hasta la guardia del Liceo Mi­litar a dar cuenta de lo sucedido, ocasión en que Peccinetti lo corrió sin poder darle alcance. Para la policía, en consecuencia, se trataría de detener por “lesiones leves” a quienes simulando ser extraterrestres pincharon los dedos de los nombrados.

La buena disposición de los funcionarios policiales, facilitando el cumplimiento de la misión periodística, fue seguida a los pocos días del suceso por un comunicado de prensa emanado por la Jefatura de la policía Provincial, que expresa:

“Con motivo de varias denuncias que últimamente se han producido en esta provincia y que han tenido resonancia en los órganos de la prensa escrita, oral y televisiva, relacionadas con la supuesta aparición de ovnis y de seres de apariencia extraña, la Jefatura de Policía de Mendoza, por medio de sus organismos especializados, ha investigado minuciosamente las circunstancias y los hechos relacionados por todas las personas que dicen haber sido testigos o afectados de algún modo por estos fenómenos, llegando a la conclusión, en todos los casos, sin excepción, que no se ha comprobado absolutamente ninguna de las aseveraciones sobre supuestos acontecimientos extraordinarios, resultando de los informes producidos por los técnicos de la Policía Científica, Sanidad Policial, expertos minerólogos de la Dirección Provincial de Mi­nas, científicos de la Delegación Oeste de la Comisión Nacional de Energía Atómica y los profesionales médicos y químicos del Instituto de Criminología y Medicina Legal, que se trata solamente en algunos casos de fenómenos alucinatorios, y en otros, individuos cuya personalidad presenta como rasgos característicos tendencias a la mitomanía, a veces en concurrencia con su nivel cultural y en otros a un deseo de publici­dad con fines no confesables. Se destaca que absolutamente todos los indicios materiales localizados y analizados responden a causas naturales y comunes libres de interpretaciones extraordinarias, siendo perfectamente reproducibles.

Humanoide según Villegas.

“La Policía de la Provincia previene a la población sobre estos hechos tendientes a alterar la tranqui­lidad pública e invita a la serenidad, justeza y mesura en la apreciación y divulgación de tal tipo de noticias. ­

“Asimismo, recuerda que el Código Penal sanciona con pena de prisión a quienes infundieran indebidamen­te un temor público, por lo que se procederá a instaurar los correspondientes procesos a las personas cu­ya conducta encuadrase dentro de la citada disposición legal”.

El Jefe de Policía de Mendoza, Roberto G. Hartkopf, respondió a la inquisitoria pe­riodística sobre el propósito del célebre comunicado: “El objetivo es muy simple. Qui­simos evitar que en Mendoza pasara, por causa del pánico, lo que pasó en los Estados Unidos cuando Orson Wells simuló la Guerra de los Mundos. El pánico fue incontrolable. También en Ecuador, a través de una emisión radiofónica, se simuló la llegada de seres extraterrestres. Las consecuencias fueron graves: éxodo, incendio de la emisora y hasta funcionarios víctimas del pánico”.

Los humanoides y el platillo, según Peccinetti.

En relación al caso de Peccinetti-Villegas, opinó: “Se trata de un hecho bien de la Tierra. Todo tiene su explicación (…). Intervendrá el juez que esté de turno. Creo que se les aplicará el artículo 211 del Código Penal, el relacionado con los Delitos contra la Tranquilidad Pública. Además, se han provocado lesiones a los protagonistas, que recibieron pinchaduras en sus dedos. En el caso de Fernando José Villegas se puede hablar de una lesión psíquica y esto es grave”. En relación a la posibilidad de practicar un examen hipnótico, afirmó: “Villegas, el más atemorizado luego del suceso del Chevrolet escrito, aceptó. Peccinetti, el más tranquilo, el más sereno, no aceptó”. Al preguntársele sobre el posible carácter “intimidatorio y contraproducente” del comunicado, señaló: “No es así. Lo único que hemos querido es refres­car un poquito la memoria, frenar a la imaginación descontrolada. Además todo es rela­tivo. Según ese punto de vista el conocimiento del Código también sería contraproducente…” (7). Sea como fuere, Peccinetti y Villegas jamás fueron sometidos a proceso ni sumariados, siendo sólo citados en calidad de testigos. Tampoco hubo alguna acusación concreta por delito de intimidación pública.

Trazos hallados en el automóvil.

En Mendoza se vivía un estado de expectación en el momento en que apareció el supuesto ovni. Toda la gente hablaba de platos voladores. Luego del comunicado del 5 de septiembre, nadie habla. Existe temor. Pero un temor real. El comunicado causó el efecto deseado.

LAS DILIGENCIAS DE LA AERONÁUTICA

El jefe de la IV Brigada Aérea convocó, apenas ocurrido el hecho, a la Junta de Seguridad y destacó al teniente Luis Cunietti para que investigara todas las circunstancias del mismo. Fue así como se trasladó al lugar del suceso y a la seccional policial, en misión oficial, observando los resultados del fenómeno. También se consigna que un miembro de esa fuerza asistió como observador al Instituto de Medicina Legal y Criminología del Hospital Central, el martes 3 de septiembre, cuando los protagonistas del encuentro fueron examinados -en forma conjunta y separada- por dos psicólogos y médicos.

El militar destacado manifestó que todos los antecedentes reunidos se remitirían a la Junta de Investigaciones Espaciales que tiene su sede en Buenos Aires y contactos con organismos similares de carácter oficial en todo el mundo (8).

EN LA JUSTICIA

La repercusión del caso adquirió tal magnitud, que el titular del primer juzgado de instrucción, Jorge Marzari Céspedes, decidió tomar intervención, a pesar de no existir ningún tipo de acusación civil ni criminal contra los atribulados protagonistas de la historia. Según ha informado, el magistrado fue como un ciudadano más a ver el escena­rio del aterrizaje y se interesó por algunos detalles del suceso. Atendiendo que cier­tas averiguaciones y procedimientos son necesarias realizarlas con orden judicial, la Suprema Corte de Justicia -probablemente, a vista del interés del juez- decidió encomendarle la instrucción del correspondiente sumario, cuya insólita carátula rezó: “Fiscal contra N. N. por lesiones leves”.

Al respecto, el periodismo señaló: “Es probable que se trate de la diligencia más extraña que escritorios tribunalicios hayan presenciado en la historia judicial del país” (9). Sin duda fue todo una novedad, muy curiosa.

El juez Marzari Céspedes comenta: “Había que ordenar una pericia psicológica. Quizás una hipnosis de Villegas y Peccinetti, y eso debe ordenarlo un juez. Al día siguiente, los cité a declarar. Ordené una pericia que debía abarcar reacciones ante estímulos lumínicos, auditivos, visuales y sensoriales. Designé dos psicólogos y dos psiquiatras. Pero sobre la propuesta de un examen bajo hipnosis, Peccinetti no quiso saber nada y trató de hacerle cambiar de idea a Villegas”. Aquí estaría la punta de la pista policial y judicial del suceso. “Cuando me dirigí al lugar del supuesto descenso -continúa el juez- iba a ver, en realidad, si encontraba algo humano o no humano. Hice desviar el tránsito y me detuve a observar. En el lugar había una pared al costado, u­na palmera, dos postes de luz, dos sauces y, al frente, hacia el norte, dos baldíos más. ¿Por qué aterrizaron en ese lugar, por qué no eligieron uno más grande?.. Me hago preguntas humanas para encontrar una respuesta no humana. El lunes 2 conversé con ellos, los testigos, por primera vez. Lo hice para saber exactamente sobre qué versa­ría la pericia psicológica, sobre qué elementos iba a ordenar la pericia. Sí. Se habló de mi interrogatorio[4]. Al hacerlo, encontré muchísimas contradicciones, y al reconstruir el hecho también. Ahora, el sumario es secreto. ¿Conclusión? En la reconstrucción no hubo un relato fiel. Villegas, según aprecié, no se acordaba prácticamente de nada. Es más, creo que pudo ver, como no ver nada. Estaba asustado de un susto.

“Peccinetti es quien ha hablado, quien ha hecho la descripción de lo sucedido. Emo­ciona1mente no está alterado. Villegas ha sido más bien el eco de las palabras de Pec­cinetti. No recuerda nada con precisión.

“Al principio creí que era una broma a la provincia. Después he comprobado que en realidad la broma fue a este muchacho Villegas y sin querer se amplificó y escapó al control de los organizadores. Se trata de un cuento. Entre los responsables está Peccine­tti, naturalmente” (11).

Aunque por secreto sumarial nada se comunicó oficialmente, habrían trascendido por fuentes allegadas al juzgado los detalles que -aparentemente- fundamentarían la opinión del doctor Marzari Céspedes:

Villegas y Peccinetti muestran el lugar en donde recibieron los pinchazos.

a) Marcas de huella de automóvil, observadas por el juez, que demostrarían que un coche modelo nuevo estuvo dentro del baldío, donde esta­ba el haz de luz;

b) Entre la narración del suceso y su reconstrucción, hay una hora de diferencia, que Peccinetti no supo como justificarla;

c) Los pinchazos que recibió Villegas le dolieron y fueron profundos, mientras que en Peccinetti han sido superfi­ciales (efectuados en ambos con cualquier elemento punzante);

d) La broma habría comenzado varios días antes, por ejemplo, cuando el día anterior se le cambiaron los cables de las bujías de su viejo Chevrolet, comenzando a detonar cuando se lo puso en marcha, aprovechando el carácter asustadizo y fácilmente sugestionable de Villegas;

e) La permanente tranquilidad de Peccinetti en contraste con el temor de Vi­llegas, especialmente, durante la reconstrucción del hecho;

Peccinetti mostrando las punciones.

f) Un episodio ocurrido en la misma que ha sugerido que en el episodio habrían estado directamente implicados o­tros compañeros de Peccinetti y Villegas;

g) La madrugada en que ocurrieron los hechos venían y bajaron durante el trayecto otros tres empleados del casino, según lo recordó Villegas en la reconstrucción, pero omitido por Peccinetti;

h) Las inscripciones en la puerta del auto fueron hechas con una punta para realizar pirograbados, empezando con un trazo grueso y terminando con uno fino;

Algunas de las inscripciones en la puerta del auto.

i) El mercurio encontrado en el estribo co­rresponde exactamente al que contiene un termómetro común;

j) El día anterior al hecho Peccinetti dejó olvidado su abrigo, un gabán, en la casa de Villegas y también se le descompuso su vehículo (12).

No podemos asegurar que estos sean todos los elemen­tos del sumario judicial, que fundamentaron la opinión del juez interviniente en la causa. No poseemos los informes de los pormenorizados peritajes técnicos (físicos, químicos y psicológicos, que incluyen pruebas dactiloscópicas, balísti­cas, escopométricos y psicodiagnósticas, muy reveladoras), en razón del secreto de su­mario. Al no hallar culpables, la causa se reserva en secreto hasta que el autor se individualice o se ordene la prescripción (pase a ser archivada). Aún así, será pertinente formular algunos comentarios sobre los puntos recién expuestos, no obstante su ca­rácter provisional:

a) Como se indicó anteriormente, esta evidencia fue accidentalmente destruida y no se llegó a término para ser examinada o fotografiada por los peritos;

Peritos del CNEA en el lote baldío.

b) Prescindiendo de las interpretaciones abduccionistas, es probable que en una situación mental y e­mocionalmente singular como la expuesta, resulte difícil una medición exacta, aunque una hora es un período excesivamente prolongado (esto haría supo­ner que en ese tiempo se encendió el azufre en el interior del auto, se arrojó el mer­curio encontrado y se levantó el escenario);

c) Nosotros pudimos verificar cinco dí­as después una ligera punzadura en Peccinetti;

d) El viernes 30 de agosto, confiesa Villegas, “tuve un problema, cambio de cables en las bujías del auto; es el coche más viejo, el que más se presta a bromas, sí, era una de tantas. Era la broma clásica de los compañeros volcarme basura o colocar los tachos en el techo del auto. La noche del jueves, cuando fui a arrancar, escuché explosiones. Decidido a regresar por otros medios, vi en ese momento a Peccinetti y un amigo que se iban…”;

Peccinetti señalando el lugar en el que recibió la punzadura.

e) La actitud de los involucrados puede reflejar, sino, la personalidad de cada uno;

f) El juez se refiere aquí a la corrección que le hace un compañero de Peccinetti y Villegas, duran­te la reconstrucción del hecho, respecto a la precisa ubicación de uno de los humanoi­des;

g) La presencia de otros acompañantes ha sido sistemáticamente omitida en todas las entrevistas, incluida la nuestra;

h) Posibles rayas hechas por la policía, simila­res a las encontradas, demostraron que humanamente se pueden hacer. Empero, tras­cendió otra versión que indica que el coche no estaría rayado, sino marcado por un instrumento que dejó una sustancia formando los extraños dibujos (esta respaldaría de mejor modo el comentario de que, al tiempo, las marcas fueron borrándose misteriosa­mente). Aunque así no fuera, el daño es fácilmente reparable en el viejo automóvil (se trata, en rigor, de un modelo Whippet 1929, con carrocería Chevrolet 1934);

i) Al parecer, son varias las personas que habrían recogido muestras del mercurio hallado en el estribo del auto (sabemos que el comisario M. Montoya, el vecino Jorge Arturo, y el meteorólogo Bernardo Razquin, tomaron de allí un material similar);

El auto de Villegas.

j) No queda claro porqué Peccinetti, siendo una noche no excesiva­mente fría (la temperatura era cercana a los 12 C° y la humedad del 62%, con cielo despejado en Mendoza), insistió en ir a buscar el abrigo, sin esperar al otro día.

La conclusión del doctor Jorge Marzari Céspedes puede sintetizarse en esta declaración: “Es una broma de mal gusto, con un móvil detrás. No es nada del otro mundo…” Sus impresiones, coincidentes con las de la policía, hacen caer sus sospechas sobre Juan Carlos Peccinetti.

A pesar, los hechos trascendidos no aclaran del todo el episodio. Por ejemplo: Los bromistas ¿eran niños?, se interroga un cronista. Porque se habló de cinco enanos cabezudos. ¿Es posible que el mercurio recogido correspondiera a un termómetro común, cuando varios son los testigos que se habrían llevado cierta cantidad?

Aún con los limitados elementos, la hipótesis expuesta por la justicia y la policía mendocina suscita otros interrogantes. Veamos:

Los enanos cabezudos que atraparon a Villegas y Peccinetti.

¿Cómo se entienden las palabras del comisario Montoya, cuando dice que “montar una escenografía así y hacerla desaparecer en unos minutos antes de que llegara la policía y sin dejar rastros, hubiera implicado una inversión acaso sólo al alcance de Holly­wood”? ¿De qué manera se hicieron, finalmente, las inscripciones en el automóvil? ¿De qué manera, “con una sábana y un reflector” -como indica la policía-, se pudo proyectar en colores las tres escenas (catarata-hongo atómico-catarata sin agua) que vio Villegas? ¿Dónde están los cinco integrantes del equipo de bromistas que Villegas vio a menos de un metro de distancia? ¿Cómo pudo Peccinetti contratar a cinco individuos -niños o adultos- de 1,40-1,50 m. de estatura, calvos y vestidos con enterizos? ¿Cómo ascendieron los cinco enanos por la luz? ¿Dónde está la larga madera, o tablón, utilizado por un automóvil para penetrar en el terreno baldío sin dejar huellas y sí hacerlas justa­mente donde se requería más cuidado, es decir, en el presunto lugar del descenso? Si el sorprendido debía ser Villegas y él mismo manejaba el auto, ¿qué sistema utilizó su compañero para que el rodado dejase de funcionar en el lugar indicado para la representación? Además, el propio Villegas obró por su cuenta cuando afirma: “Sin saber por­qué y aunque no lo hago nunca, doblé por la calle Neuquén hacia el norte”. De esto se desprende que si Villegas hubiera tomado el camino habitual toda la broma habría fracasado. ¿Quién es la persona que habría testimoniado que su coche se detuvo en otra ca­lle, cercana al lugar y a la misma hora?

Como puede notarse, el problema resulta demasiado complejo para aceptar dicha hipótesis con proverbial ligereza. La versión oficial parece tan difícil de probar como la ­realidad del episodio. Quizás, el error haya sido haber adoptado -supuestamente- la hipótesis de la broma y no de la fabulación.

Portada de El Andino del 4 de septiembre de 1968.

Si los dos protagonistas fueran acusados de fabuladores, sería simplemente la palabra de ellos contra la de toda la maquinaria oficial que intenta defenestrar el caso. Peccinetti y Villegas habrían abandonado el automóvil ya escrito, se habrían producido las punciones en los dedos y, luego de derramar mercurio (elemento que se obtiene sin dificultad), detener el reloj pulsera de Peccinetti, y producir la explosión, habrían salido corriendo a pedir auxilio al Liceo Militar.

Esto es posible y más que nada barato, pues no existirían enanos, ni televisor, ni artefacto volador, ni pirograbadores.

Sin embargo, el juez adoptó el temperamento de insistir en la hipótesis de la broma, quizá por prudencia, por una estratagema de la investigación, o -ciñéndonos al texto- ­por su propia convicción. En este último caso, para aceptar esa hipótesis, ha de ser imprescindible que el juez presente numerosos elementos de probanza. En otras palabras, si Peccinetti participaba en la broma en perjuicio de Villegas, y éste vio todo lo que narró -como acepta el juez, con ciertas reservas- (“Es más, creo que pudo ver, como no ver nada”), la justicia para probar su aserto tendrá que mostrar y/o explicar el conjunto de las preguntas que hemos planteado párrafos atrás. Una tarea que, lejos de simplificar y lograr una adecuación, parece complicar las cosas.

Peccinetti.

Continuará…


[1] Sin embargo, los dos testigos dicen que en la guardia del liceo ni siquiera se los atendió y que simplemente se limitaron a echarlos (presumiendo que eran ebrios).

[2] Un agente de policía notificó del episodio a la seccional 33ª, cuyo oficial de servicio, el inspector Albornoz, partió de inmediato al hospital junto al oficial Carioni. Allí Peccinetti le entregó su reloj, detenido a las 3,42. Albornoz se lanzó a una pericia: “Al no funcionar, fue movido en distintas formas y no a­rrojaba sonido alguno, pasándoselo al oficial Carioni a su pedido, quien lo retuvo también examinándolo y en un momento (…) mostrándome el citado reloj destapado, me exhibía la máquina del mismo al tiempo que con una punta de metal revolvía la máquina en busca del pelito que le faltaba”. Este hurgueteo del reloj desató las iras de Albornoz (4).

[3] Se podría pensar que la supuesta broma tuvo por motivación, además del carácter impresionable de Villegas, la ola de observaciones de ovnis y el estreno cinematográfico días antes de la comedia argentina “Che, Ovni”.

[4] El abogado y ufólogo creyente Ignacio Correa Llano, quien asumió espontáneamente la defensa de Peccinetti y Villegas, arguye que “hubo presión psicológica por la forma del interrogatorio y falta de objetividad de Marzari Céspedes, quien prejuzgó”. Para agregar: “El error es de carácter procesal, a un asunto que necesitaba un tratamiento a otro nivel” (10).

Post Comment