Monte Maíz (Cba): La visión fantasmagórica de E. Douglas (Primera parte)

MONTE MAÍZ (Cba): LA VISIÓN FANTASMAGÓRICA DE E. DOUGLAS

Roberto Banchs

Eran horas de la madrugada del viernes 11 de octubre de 1963. Caía una continua llovizna mientras los pobladores de Monte Maíz, en el Departamento Unión, al sudeste de de la provincia de Córdoba, se hallaban al abrigo de sus casas, agradecidos de la benefactora llovizna que mejoraría el sembrado cerealero.

(11) Monte Maíz - Monte Maíz, escenario de un clásico de la ufología argentinaMonte Maíz, escenario de un clásico de la ufología argentina.

Sin embargo, en una de las fincas existentes en el extremo este del pueblo, se lle­vaba a cabo el velatorio del vecino Rivas. De repente las luces de las velas y de la casa, comenzaron a cambiar de color. Las amarillentas luces de la capilla se pusieron rojo-violáceas y luego una coloración verde, a la vez que se producía una especie de gas, por lo cual algunos de los presentes salieron a la calle. Fue entonces que vieron otro extraño suceso. Se trataba de un hombre, con las facciones demudadas por el terror, que corría desesperado, con la cara tapada por una manta y con un revólver en su diestra. El sujeto, jadeante y con entrecortadas voces, demandaba auxilio.

Manifestó que lo “perseguían seres de otros mundos”, que lo habían interceptado des­de un plato volador. Ese hombre era Eugenio Douglas, de 48 años, vecino de Venado Tuer­to, provincia de Santa Fe. Quienes lo escucharon, no se mostraron muy inclinados a confiar en lo que decía. Para peor, el revólver que llevaba inspiraba aún más desconfian­za, pero nadie se atrevió a ponerlo en duda. Quizá por ello alguien sugirió que debía trasladarse hasta la policía y la idea fue aceptada. Minutos después Douglas estaba en el pequeño local que ocupa la subcomisaría de Monte Maíz. Allí pudieron observar que el sujeto presentaba algunas lesiones en el rostro y un singular estado de excitación nerviosa, prueba de que algo inusual le había ocurrido. Además, los asistentes al velatorio irían a confirmar horas después los dichos de Douglas, cuando éste acotó que la lamparita del alumbrado público hacia la cual corrió como un faro salvador, se tornó violeta, luego verde.

A vista de lo ocurrido, se dispuso solicitar la pericia del médico policial Fran­cisco G. Dávolos, quien por la mañana practicó un examen ocular al ocasional testigo, señalando que presentaba “raras lesiones producidas por elementos no determinados”.

Durante el interrogatorio, Eugenio Douglas comenzó diciendo que desde hacía tiempo se dedicaba a trasportar mercaderías. En esa oportunidad, venía de la provincia de Santiago del Estero con una carga de carbón. Decidió tomar por la ruta provincial 11, marchando lentamente, pues el tiempo se encontraba lluvioso y a fin de evitar accidentes, ya que el barro del camino se hallaba muy resbaladizo, jabonoso. Había transpuesto Monte Maíz y continuó su marcha hacia la próxima población distante a unos 19 kilómetros, Isla Verde. Estando cerca, atisbó una pequeña luz roja, en el camino. Casi delante de ella, produjo como un flash. Douglas se sobresaltó, largando el volante. El camión se precipitó hacia la banquina y cayó en un zanjón. Cuando reaccionó intentó vanamente ponerlo en marcha y encender las luces. Munido de un revólver y una manta, bajó del viejo camión Ford, notando -para sorpresa- que la luz del presunto vehículo ya no estaba y que el guardabarros y eje de la rueda se encontraban dañados.

En esos momentos, mirando hacia las vías del ferrocarril, advierte a medio centenar de metros algo que parecía un auto blanco, con dos faros delanteros, del que salen por el frente dos individuos caminando por el camino, paralelo a la ruta y al ferrocarril.

CroquisDe pronto se apaga la luz y no los ve más. Su aspecto era normal, con una chaqueti­lla y, al parecer, botas. Pero Douglas queda intrigado por el súbito oscurecimiento, pensando que habrían pasado una tranquera que estaba allí, hacia un monte donde ha­bía notado unos refucilos.

El camionero decide ir para allá cuando ve venir hacia él, lentamente, un fino haz de luz, un rayito, mientras percibe un zumbido. Se horroriza. Aún permanecía junto a su camión, con el pie apoyado en el paragolpes y un cigarrillo en la mano. No advierte el momento ni lugar de dónde provenía el filete luminoso, recién se da cuenta cuando lo ve cruzar iluminando un alambrado de púa del campo, a unos 2 metros de él. De pron­to, siente como un flechazo en el rostro, en el pómulo izquierdo, y al momento, otro pinchazo más fuerte, que le causa dolor. No veía nadie detrás de esa luz.

Douglas salió dando vueltas hacia atrás. Y esa luz lo seguía. Dio vueltas al camión, mientras le hablaba amenazante. Empuñó el arma sin sacarla de la cintura, caminó unos metros, hasta que resolvió disparar le. Al hacerla, notó que en algo había dado, haciendo un chisperío, como si rebotara.

Entonces la ignota fuente del fino haz de luz pareció retraerse unos metros, se en­cendió una luz grande y salió como “un auto chiquito” con dos luces grandes. Le dispa­ró nuevamente, y el objeto partió velozmente alumbrando hacia arriba. Aún con miedo, Eugenio Douglas decidió cruzar el alambrado para ver dónde había estado el aparato, de dónde procedía la luz. Ahí empezó una nueva odisea.

Humanoide Vio a unos tipos al lado suyo, tres o cuatro. Parecían como espejos, con una luz que no alumbraba, sino que la reflejaban. A diferencia de los anteriores, éstos tenían algo así como un triángulo en la mano (o cabeza).

Desconcertado, decidió emprender la fuga, en idas y venidas. Llevándose por delante un alambrado de púa, se metió en pastizales, un potrero, se dirigió finalmente hacia Monte Maíz. Durante horas Douglas estuvo andando a campo traviesa, recordando haberse metido en un sembradío de cebada y dos maizales.

Afirma que, a pesar, eso lo seguía, se le arrimaba de algún lado. Douglas le hablaba, pero sin que le dispensara atención a sus ruegos y amenazas.

La luz lo encandilaba, cegaba. Douglas se cubría con su manta, pero siente un ardor en el cuerpo, como si aquella primera luz -dice- lo hubiese quemado. Envuelto con esa manta, andaba así, agazapado.

Afirma que después de mucho andar, llegando a Monte Maíz, ve encenderse nuevamente ­una luz roja, delante de él, y un coso cuadrado. Nota una cosa, como un vestido de mujer a cuadros negros y blancos, y abajo de la luz los ocupantes. Hacía rato que andaba con esos tipos a su lado. Sin embargo, cuando por fin arriba al pueblo, la luz desapareció, percibiendo un ruido similar al de un motor diesel.

Bordelesa Pero tras apagarse esa luz, se encendió otra todavía más intensa, que iluminó para arriba. Eugenio Douglas dice haber visto entonces “una nave grandísima”, como un zeppelín, “como una bordelesa grande”, color madera. Finalmente, se fue.

En un paso a nivel, se topa con el automóvil de la familia Manocchio, quienes ven al testigo apuntando con el revólver, desesperado, dando vueltas como un autómata, envuelto con una manta. Continuó su deambular, siempre con el acoso de los seres. De ahí ha­bría ingresado al cementerio, desde donde alcanzó a ver las luces del pueblo y, sin explicarse cómo, a través del llamado camino bajo ingresa al pueblo, donde advierte que sus luces oscilaban, tapándose con la gente que asistía al velatorio de Rivas.

Hasta aquí, una breve reconstrucción del episodio que rodeó la experiencia de Euge­nio Douglas, que realizamos sobre la base de todos los testimonios recogidos. La misma permitirá dar ilación a las calidoscópicas vicisitudes narradas por el testigo, conforme al relato vivo que se incluye más adelante.

LA INVESTIGACIÓN

El caso de Eugenio Douglas adquirió en la década del sesenta enorme notoriedad. Los motivos se encuentran, quizá, en el espectacular relato que tuvo eco en todos los me­dios periodísticos, la intervención de la policía, de un médico avalando las lesiones, otros testigos que lo respaldaron de algún modo, los supuestos efectos eléctricos, y hasta la presunción de haber hallado extrañas huellas atribuidas a los ocupantes.

(12) Monte Maíz - El cementerioMonte Maíz, el cementerio.

Esto dio el marco para que, con los años, se tejieran diversas historias. Una de e­llas indicó en 1978 que Eugenio Douglas “había fallecido recientemente” (1), con la ul­terior añadidura de que había muerto de leucemia (2), producida por los rayos lanzados desde el ovni. Estas versiones llegaron, incluso, a Monte Maíz y hasta el mismo médico y los miembros de la familia Manocchio, estaban creídos de su muerte ocasionada presuntamente por las lesivas irradiaciones de los objetos, según la clamorosa explicación de los “especialistas” en ovnis.

Sin embargo, fue recién en 1986 que nos llegó un vago comentario indicando que el testigo “muerto prematuramente” aún vivía, en las afueras de su ciudad natal, Venado Tuerto, provincia de Santa Fe. En su antigua casa de la esquina de Chile y Los Andes, donde residía junto a su esposa y sus dos hijos de corta edad, nadie había para damos su paradero. Luego supimos que se mudó en varias ocasiones, pero que era posible ubicarlo en las inmediaciones, al este de la ciudad. Fue así que llegamos a una humilde vivienda, con un discreto negocio de almacén y despacho de bebidas al frente, siendo atendidos por su dueño: Eugenio Chicharra Douglas.

Ahora vive solo, está separado, aunque se lo encuentra habitualmente rodeado de gran número de vecinos de apariencia silenciosa y casi intimidatoria. Se lo reconoce como un líder, con su propio código de ley. Al mostrarle la versión impresa que señala que ha­bía muerto y que tenía “antecedentes de cuchillero y (de) sus peleas agresivas con o­tros ciudadanos”, reacciona con vehemencia, y exalta la generosidad y excelente relación que tiene con sus vecinos y niños del barrio, aunque -sin empacho alguno ni exhibicionismo-, nos habla de sus entreveros y habilidades con el cuchillo y el revólver, a la vez de cementamos los accidentes que sufrió en su propia humanidad con estas ar­mas. Y también, en remarcar: “¡Yo soy un hombre que nunca tuvo miedo!”, pero reconocer el temor que lo embargó aquel 11/12 de octubre de 1963.

Efectivamente, Eugenio Douglas vive y goza de buena salud. Nació el 15 de octubre de 1914 y a pocos días de cumplir 72 años, da muestra de una fortaleza admirable.

EL RELATO DE EUGENIO DOUGLAS

Había salido de Ojo de Agua, en Santiago del Estero, con un tal Leoncio Escobero, ya fallecido, un santiagueño que había ido conmigo, y lo dejé por Chazón -un pueblo que está en la ruta 4, entre La Carlota y Villa María-, ahí lo bajé para que tome el ómnibus para su casa. De allí doblé por la ruta 11, para Isla Verde, hacia W. Escalante. Antes de llegar a Escalante me bañé en un monte; no se cómo será la bañada que me hice, pero… ahí seguí para Escalante. En ese tiempo esta medio en amores y había una muchacha ahí que había quedado. A la ida pasé y quedé en volver al mes para la Fiesta de la Margarita. Y bueno, me bañé y fui para donde estaba ella, con quien estuve, pero después no pude encontrar cama en el hotel para quedarme, y se­guí viaje.

(4) Monte Maíz- Representación artística de  una escena

Monte Maíz. Representación artística de una escena.

“No pude vender el carbón que trasportaba, lo ofrecí en una cooperativa de Escalante, pero no me lo quisieron comprar. Lo quería vender barato para descargar el camión; en­tonces decidí ir a saludar a un amigo en Cavanagh, en la ruta 12, que tenía negocio, así voy a descargar, ya que tenía galpón, se lo regalo para no tirarlo en la calle. Pe­ro yo quería volver por la fiesta al otro día. Dormía en su casa, que ya conocía, y me voy al otro día, para atrás, a la fiesta. Me quedaba poco dinero, unos $ 10.000.

“Y bueno. Me salí medio de noche. Eran las 20,20 horas más o menos. Ya había pasado Monte Maíz, mucho ya, como tres leguas (n: 12,24 km) aproximadamente. Estaba cerca de Isla Verde transitando por la ruta provincial 11, por entonces un camino de tierra.

De pronto, vi una luz colorada, adelante. Delante mío, pero la vi como un auto estacionado. Yo venía en segunda marcha. El camino estaba vadoso, y seguía lloviznan­do; estaba pesado el camión, cargado. Un poquito antes de llegar hasta la luz, hizo como un flash de la misma coloración roja, hizo como una máquina de fotografiar. No sé que me dio a mí, me arrollé, yo eso me acuerdo. Y he largado el volante y sentía que me iba a un precipicio hondo, así. Que me iba a un precipicio hondo, pero no sé el tiempo que duró eso. No sé si duró un segundo, un minuto, diez segundos, no sé. Como quien me iba a suceder. Parece que me iba a un precipicio hondo, así. Pero me desperté, justo sentí, no sé si… e-e-eso es, si fue justo cuando he largado el volante, y me estrellé contra el borde del coste de la vía. ­El camino es hondo. Claro, ahí entra el camión solo. No sé si habrá andado 10, 5 o 20 metros, parecía que se me iba el camión lejos para allá y no sé cuándo ha durado, un segundo, dos o diez, o qué se yo. Fue esa luz colorada la que me jodió, recuerdo que me arrollé bien, así. Me arrollé las piernas, y todo. Yo largué todo.

“Me desperté Y vi que el camión estaba ahí. Entonces accioné la llave de contacto, nada; las luces apagadas. Toqué la llave de la luz, y no prendía. Toqué en el asiento, porque llevaba allí el revólver, un 38 corto. Tengo el arma ahí, una manta, y bajé del camión, un Ford 1936 de mi propiedad. Pero lo primero que hice fue tomar el revólver para bajarme, más después de lo que me había pasado, y la luz que vi. Y observé que la luz no estaba más, que yo quería ver. Bajé para ver si estaba el auto o no, y lo que había ocurrido.

“El guardabarros del camión metido hacia aden­tro, el eje de la rueda torcido, no había luz, y ¡buá! Me puse en cuclillas, miré, calculaba que el auto estaría cerquita mío. Pero no había autos, no había, ‘¡qué pasa acá!’, digo. Bueno, entonces me quedo medio pensando, sin saber qué actitud tomar en el momento. Había un faconcito en un cajón de arriba en el camión, junto a una ropa, que saco y también un cigarrillo que en­ciendo. Me ubico con el pie en el paragolpes delantero, porque el eje estaba torcido, en la cu neta lo había roto.

(13) Monte Maíz - Borde del cementerio, trayecto realizado por el testigo Monte Maíz, Borde del cementerio. Trayecto realizado por el testigo.

“Estaba así cuando me da por mirar para el lado de las vías, veo que viene una luz, un auto; parecía un auto; como dos faroles, una luz, por la costa de la vía, pero del otro lado. Venía de Isla Verde, y yo digo: ‘lo voy a parar’. Pero vi iluminado para allá, a unos 300 metros, y digo que no puede haber tan­tas luces como autos. ¿No será que habrá una pipa (NdR: de pipa de vino), alguna timba y estos tipos vienen a timbar? Pero esto más bien lo digo después de que el auto blanco, así como de la pompa fúnebre, se acercó hasta detenerse. Veo que adelante tiene u­na puerta, por la que salen dos tipos que van delante de la luz, caminando ligero.

“Veo que después de apagar las luces, salen antes de apagarse, salen dos, paran el auto, y salen dos tipos que veo que van dos tipos caminando así -nos describe Douglas, algo turbado-, así van, por el medio de la calle delante del auto. En dirección oeste. Me pongo a observarlos y apagan las luces, y ya no los vi más. Los dos faros eran como un auto, igual que un auto. Pero su luz era medio azulada, pero fuerte. No iluminaba al lado mío, sino a la calle por donde iba. Este auto venía de Isla Verde a Monte Maíz.

“Yo los vi a 60 o 50 metros, detrás de las vías del ferrocarril. Los dos tipos pare­cía que llevaban esas chaquetillas de la policía, tanto que yo creí que eran de la po­licía caminera, primero. Parece que iban de botas, y digo: ‘¿no andarán camioneros que andan robando, y anda la policía?, ¡y a mí me pasa este accidente!’. Iba a pegarle un chiflido, y si es la policía, después voy a tener problemas, todavía. Porque esa calle era todavía perdida. Entonces no dije nada. Repentinamente, se apaga la luz y no los veo más a los tipos. Y miraba, y me digo si habrán entrado en esa tranquera al oscuro. Había una luz allá, en el montecito, en los refucilos. Era una luz como de lámpara a kerosene. Este monte según pude comprobar al otro día, eran unos árboles solos.

“Esos tipos que vi eran normales, como nosotros. Sus movimientos eran también norma­les, aunque las manos las movían ligero, como cuando uno va al ejército; yo los veía por las luces del auto. Este tenía dos ventanitas, tal vez tres, que tenían luces tam­bién. Adelante tenía forma de automóvil, pero arriba era redondo. El porte era un poco más alargado, pero arriba redondo. Por eso no era muy grande: era semejante a un auto de fune…, como un auto de éstos… un Dodge, un Farlaine, de ésos.

“Una vez que esa luz se apagó, quise cruzar para allá, porque había una lucecita en el monte. En eso que digo ‘voy para allá’, veo que viene una luz, chiquita, mientras sentía un quejidito que hacía de la trastumba (ultratumba). Y yo quedé medio horrorizado por el quejidito, digamos. Veía que venía y que alumbra un alambrado de púa, al cruzar, ¡y yo estaba ahí al lado, en la cuneta, con el pie todavía en el guardabarro del camión! Noté que se me venía. Por ahí sentí que me pegó un flechazo en el rostro ­señalando en su rostro, el pómulo y sien izquierda-. Y al rato, otro con un pinchazo bárbaro me pegó, me hacía doler. Me clavó 2, 3 o quizá 4 veces allí.

(1) Monte Maíz - El caso es tapa de revistas “Desde que se apagó la luz del auto primero, después que vi aquella luz roja y cuan­do vino el auto, en el que iban los dos, empecé a sentir una especie de murmullo, pero yo no sabía qué era. Sentía como un murmullo, acá en mi cabeza, no sé, un ruidito-; un murmullo, no se qué era.

Monte Maíz. El caso es tpa de revistas.

“La lucecita era medio violeta y muy finita, más que Una aguja. Le dije ‘vení’ y re­sulta que me ha clavado ahí. Me… dolía. Esa molestia me duró bastante, pero después sentí muchos, cuando ese coso hizo como un rayo, un rayo de luces, quemándome por varios lados: en la cara toda, las manos, un poco en el cuerpo también. Eran como pinchazos, que atravesaban incluso la ropa. Igual. Tenía una campera azul, delgada, pero no le pasó nada. La manta me parece que estaba tostadita, pero no sé qué era eso. Pero no estaba quemada, no.

“El haz provenía de unos 60-70 m, tocando el alambre, pero despacio y haciendo un ruidito, un quejidito. Vendrá alguno detrás de esa luz, digo; pero no era una luz que alumbraba para encandilarme, sino que no veía más que esos rayitos. No había ningún aparato, ni personas. Como eso me pinchaba, salí dando vueltas Para atrás. Y la luz me seguía. Di vueltas y otra vez detrás del camión. Le hablaba, le decía: ‘¡Hable, que si no disparo, quién es!’. Tenía el revólver en la cintura, y no lo sacaba. Volví a dar vueltas al camión, y yo que me… ya tiro en caso de… saco el revólver de manga, así nomás, y tiré. Cuando arrojé un tiro sentí que en algo había pegado, pero hizo un chisperío, como si le hubiera arrimado un hierro a una piedra eléctrica. E hizo ‘rrrr’, para atrás, como una flecha, una frenada grande. Entonces prendió una luz grande y salió como un auto chiquitito, así. Un auto redondito chiquito, así se veía, o lo vi yo, no se. Chiquito. Como si se hubiera espantado. Y al cruce le volví a tirar. Pero con dos luces grandotas, se elevó y voló al diablo.

“Y bueno, acá te jodiste, dije entre mí, je-je. Habré sentido un poco de miedo, asustado, yo soy un hombre que nunca tuvo miedo. Nunca. Donde decían que salían estas co­sas, aquí y allá, yo iba a ver. Pero esa vuelta tuve miedo, porque no veía a nadie. Y crucé el alambre para ver dónde había estado eso, dónde veía esa luz. Ya cuando crucé la vía para esa luz, ahí se me armó el lío. Ahí sí.

“Ahí vi a unos tipos al lado mío, tres o cuatro. Parecían como espejos, como una luz que no alumbraba, sino que reflejaba como un espejo nomás. Quería ir para el lado de Isla Verde, pero de allá volvía, igual. ¡Hay!, bueno, ya tuve, hay. Ahí me dejó senta­do. Me llevé un alambrado de púa por delante, también. Ya no me gustó. En un pastizal, y en un potrero, me metí igual. No sé hasta qué hora anduve, pero después de mucho andar, eso me seguía, se me arrimaba de algún lado, y yo siempre iba…, los conversaba, pero no me llevaban el apunte. Y yo siempre con el revólver en la mano. No me dieron tiempo a sacar el cuchillo, porque los atropello. No sé que hubiera hecho, pero. Y bueno, seguí así, y más allá, después de mucho caminar, pues de esto ya transcurrió un rato largo… Cruce un terreno arado y otro sembrado. Me acuerdo haber atravesado en la larga caminata tres campos uno de cebada y dos de maíz. Estaba agotado y bastante desorientado. Pero seguí.

“De pronto, se enciende una luz colorada, adelante, y vi un coso, cuadrado, como de cuadros negros y blancos, como si fuera un vestido de mujer, abajo de la luz. Esa luz me encandilaba, me cegaba. Tenía la manta y me envolvía y me ardía todo. Iba así, y miraba medio agazapado a estos tipos, con los hacía rato que andaba al lado. Tal vez los disparos que hice los detenía.

(2) Monte Maíz - Imágenes de la época-Douglas entrevistado junto a su camión Monte Maíz. Imágenes de la época. Douglas entrevistado junto a su camión.

“En un momento, la luz desapareció y sentí un ruido, como de un motor, semejante al de una máquina diesel de ferrocarril. Ahora se prendió una luz que alumbró como de día para arriba. Y vi una nave grandísima, que estaba parada, hizo ‘rruuu’ y voló, en un segundo. Sentí el ruido, encendió la luz y ese bicho como un zeppelín, o más grande aún, como una bordelesa grande, redonda, pero inmensamente grande, altísima y larga. Como una bordelesa de vino de 200 litros, pero grandísima. Así lo vi y así se fue, para arriba. Era como un barril, de color madera, con unas patas. Me parece haberle visto tres patas acá y no sé si dos allá. Estaba parada sobre unos caños. Esta nave grande tenía unos 8-10 m de alto, o más, y 10-12 m de lar­go. Eso tenía ventanillas (0,60-0,80 m, separadas a un metro), con luces adentro me­dio violetas, medio azuladas. No sé cuántas, pero eran varias.

“Pero estos bichos siempre me seguían. Estaba solo. Tampoco he visto animales en el campo. Busqué orientarme, caminando hacia la vía, para así llegar al pueblo, siempre mirando para todos lados, pero esos espejitos nunca se despegaban de mí. Parecían ha­cer señas y la luz colorada otra vez delante de mí. Yo me aproximaba y ellas se retira­ban. Cada 400 o 500 metros otra vez se ponía firme. Después me agachaba porque… me metí en un potrero con un pasto alto. Me agachaba así, y una luz como un espejo, como si habría un tipo con una lupa en la mano. Que hace así para abajo que yo me agachaba, me parece que les decía a los otros que yo me agachaba. Me volvía para atrás, y acá una luz como un espejo, pero no alumbraba. Era como una luna de espejos, delante mío, que a uno lo hacía volver para allá. Hasta que me encaminaron para allá. Cuando iba para allá, no vi nada hasta que caminé mucho, y por ahí fue cuando vi esa nave grande.

“La verdad que yo medio me había perdido. Si para acá o para allá. Al último yo encaré para Monte Maíz. Pero por ahí me sentaba, para ver qué hacía, y resulta que una luz parecía que les decía a los otros que yo me había sentado, ahí me había escondido.

“La luz no proyectaba, era como una luna de espejo. Hasta que venía a mí, y los tipos medio retirados.

“Esa gente parecía que tenía unas cosas arriba, como unas antenas, en la cabeza, pe­ro con forma de triángulo. Como un casco, que no sé si sería un capuchón o qué. La no­che estaba oscura. Y lloviznaba. Y después que a uno le pasa una cosa así; ya… Esto se veía como una antena -triangular- tejida, tenía como una cuerda (perimetral), y con unos hilos[1]. Como casco estaba esto.

(3) Monte Maíz Monte Maíz. El testigo señala la rotura de la punta de eje del vehículo, producida en ocasión del extraordinario encuentro.

“Eran tipos como nosotros, de 1,80-1,70 m. Por ahí dijeron 2,50 m, pero no. Eran cuatro. Por ahí cuatro, por ahí tres. Se perdía alguno, o quizá yo no lo veía, o se dis­tanciaba, porque parecía que siempre quería quedar alguno adelante. Caminaban rápido, y no contestaban cuando les hablaba. No se les veía la cara y esas cosas, porque anda­ban medio encapuchados. Esa antena no dejaba ver bien, me parece que esto me molestaba también un poco.

“Vestían, según les notaba, como con breche (NdR: tipo bombacha de campo) y botas, o polainas (n: botín o calza de paño o cuero que cubre la pierna hasta la rodilla). Pe­ro los dos que vi saliendo del auto, al principio, no llevaban esa porquería arriba.

“Las manos eran normales, como las nuestras, más o menos. Pero la verdad que era de noche y no puedo… Yo veía las manos, que hacían, pero no sé si tenían cinco dedos, cuatro. No estaba para…, veía personas pero no estaba tampoco para andar observando mucho. Esa fue una experiencia que yo viví y que no sé si los volviera a ver que ellos me quieren tomar, yo los tomo a ellos. Me abrazo a ellos a ver qué pasa.

“Los tipos siempre me seguían. Hasta me metí en el cementerio, porque era Monte Maíz, ¡dónde m… anduve! Al último estuve tan perdido. Tan perdido, tan desconcertado. Caí al pueblo. No sé cómo, alcancé a ver que las luces del pueblo oscilaban, llegándose a apagar. Después, anduve por ahí, encontré a un muchacho del sur que le dije, eran dos o tres muchachos. Serían como las cuatro de la mañana del sábado 12. Esto era ya den­tro del pueblo. Estaba todo embarrado, mojado, qué iba hacer. Encima, seguía viendo, nublado desde que me quemaron. Había perdido en esa vuelta todo: documentos, anteojos, la… plata. Les digo, ‘muchachos, a mí me ha pasado esto, ¿creen que estoy mamado, borracho?’, algo así digo. ‘Denme una mano, acompáñenme, porque me siento mal, acalambrado’. Pero no, qué se creerían. No sé qué me dicen, que hace un rato se apagaron las luces. Y paré en un portón, y vi a un hombre que era de la usina y algo le expliqué al hombre, y me dijo que no sabía qué ocurrió, que se pararon los rotores…, no sé qué me dijo el hombre. Finalmente, dando vuelta, encontré la (sub)-comisaría y fui atendido por un agente que estaría de guardia, a quien le expliqué lo ocurrido. Era un gordo, pero me atendió muy bien. Me convidó un poco de café, y me dice de ir a hablar con el oficial. Me llevó enfrente, el oficial estaba durmiendo, y me dice de ir mañana, y al otro día fuimos, a ver, a dar vueltas por ahí. Ése fue el caso que me pasó a mí”…

Efectivamente, una comisión policial encabezada por el oficial Darío Domínguez, dos agentes y el médico cirujano Francisco G. Dávolos, se trasladó hacia el lugar de los hechos, comprobando la veracidad del relato en lo referente al accionar de Douglas. Se encontró el camión, las huellas de sus idas y venidas, y las dejadas por éste en un campo arado en su dramática y extraña fuga (3).


[1] Una versión de la época, curiosamente, recoge en supuestas palabras de Douglas ese detalle: “…tenía algo así como un triángulo en la mano, tuve miedo que me lo pusiera en la cabeza y le disparé un tiro” (informe del Circulo Enciclopédico Mundial, de San Vicente, SF). Otro aspecto que no guarda relación es que, según el testigo, sólo habría disparado dos tiros, a los primeros, aunque las versiones que se tienen del episodio resultan bastante insuficientes y contradictorias, por la complejidad del encuentro.

4 Comments

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  1. MARTIN
    MARTIN agosto 16, 2008 at 10:58 pm .

    La verdad me parece una mentira muy grande no coincide con ningun relato de encuentros sercanos de ningun tipo ademas de la descripcion de los ocupantes.Para empesar en ningun caso los seres acompañan a las personas grandes distancias y mucho menosa pie. si lo quisieran estudiar lo hacen de alguna manera mas productiva
    Me parece una mentira mas como la de un pescador o cualquier viejo borracho
    sin intencion de ofender
    suerte

  2. santiago
    santiago octubre 1, 2009 at 12:51 am .

    soy de monte maiz, esta historia es muy conocida en el pueblo y personalmente, le creo a douglas…

  3. susana
    susana enero 19, 2010 at 8:45 pm .

    En esos años ,60 hubo muchos casos de platos voladores en la Argentina. Como el caso Douglas fue el mas popular porque llego a la prensa, ero tambien hubo otros como la persecusion de un auto Chevrolet con una familia a bordo, desde Saa pereyra hasta Angelica, (iban a San Vicente) que tal vez no tuvo mucha difusion de los diarios. Lo que se que hay cosas que todavia a pesar de la tecnologia no se saben como aparecen estos OVNIS y porque,etc.
    Tal vez algun dias se sepan.

  4. Roberto Banchs
    Roberto Banchs abril 15, 2014 at 11:13 pm .

    Martín, le ruego no desacreditar la memoria ni el relato de don Eugenio Douglas. La naturaleza de lo observado o la producción de los sucesos puede estar en discusión (lea todo el informe), pero yo lo he conocido e investigué su caso, puedo asegurarle que no ha mentido. Muy lejos de ello. Él era un hombre sincero que ha tenido una experiencia extraordinaria.

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