Sierra Chica (BA): Una original invitación
SIERRA CHICA (BA): UNA ORIGINAL INVITACIÓN
Roberto Banchs
A unos 2.000 metros del centro de Sierra Chica, población bien conocida por su penal, y en dirección a Tapalqué, vive Heriberto Antonio Iriart, un agricultor de 51 años, que explota sus 72 hectáreas de campo. El martes 2 de julio de 1968, el día se presentó brumoso en esa zona, lo mismo que en
todo el centro y sudeste de la provincia de Buenos Aires. Poco antes de las 11,30 horas, uno de sus tres hijos, Oscar, de 14 años, que trabajaba como tenedor de libros en una panadería, recorría a caballo el campo cerca de una alambrada divisoria. De pronto, al llegar a una curva del camino, detuvo el caballo próximo a unos arbustos. En esos momentos notó la presencia de dos sujetos que le hacían señas, instándolo a que fuera hacia ellos. Creyendo que se trataba de cazadores furtivos, decidió acercarse.
Oscar Iriart, a los 14 años, centro de atención periodística.
Al estar en proximidad de los visitantes, pudo ver que eran hombres de estatura normal, vestidos con una especie de polera roja. Sus cabellos eran blancos, cortos o escasos y sus ojos permanecían inmóviles, hundidos, que miraban fijo sin parpadear. Pero lo que más le impresionó fueron sus piernas, pues parecían transparentes, pudiendo ver a través de ellas el pasto. Sus formas estaban delineadas y caminaban como individuos normales. Y sus pies estaban cubiertos por un calzado negro.
La carta de los extraterrestres y croquis y escritura del presunto testigo.
Como en el primer momento el joven Iriart no se percató del detalle de la transparencia, se acercó confiado y entabló un diálogo en español (castellano), en el que fue invitado a “conocer el mundo”, a lo que respondió: “¡Sí, como no, el día que tenga plata!”. Observando el detalle de las extremidades, Oscar sintió nerviosidad e intentó vanamente emprender veloz regreso a su casa, sintiéndose desganado o falto de voluntad, a lo que se sumó la inmovilidad del equino. “No. Nosotros lo llevaremos. Ahora no
podemos porque tenemos mucha carga”, dijo uno de ellos, señalándole un artefacto posado en el zanjón barroso existente entre la alambrada y el camino, a poca distancia.
Luego le entregaron un sobre blanco, forrado en violeta, dentro del cual había un papel escrito. Enseguida le pidieron que pusiera el sobre en un charco de agua “para demostrarle que no se mojaba”. Al hacerlo, pudo comprobar que tanto el sobre como su mano no se habían mojado.
Los ocupantes subieron después al aparato y, súbitamente, ascendieron en forma vertical y se alejaron. “Como si estuviera dormido” corrió hacia el caballo, el que continuaba paralizado, hasta el instante en que el objeto volador desapareció totalmente. Despavorido galopó hasta su casa, situada a varios centenares de metros, alarmando también a algunos vecinos. Narró a su madre lo que le había ocurrido y le enseñó el testimonio. La carta, manuscrita en media hoja de cuaderno común, dice textualmente: “Uste (sin d al final) va a conocer el mundo”. Y la firma: “P. Volador” (1).
A la familia parece haberles llamado la atención los ojos desorbitados del menor, “como si realmente recién saliera de un estado hipnótico o temiera la extraña visión”, habrían dicho. Con algunos vecinos concurrieron al lugar
donde dijo haberse detenido el objeto desconocido y, en presencia de periodistas del diario El Popular, de Olavarría, se descubrieron tres perforaciones.
Lugar exacto del descenso.
Según se comentaba, hasta entonces las dudas sobre el relato del jovencito eran muchas, y la carta no convencía a nadie. Pero ocurrió que un tal Amarante, vinculado al citado periódico y entusiasta por la arqueología, decidió realizar unas mediciones que parece haber causado sorpresa y hacerles variar su juicio sobre el episodio. Las perforaciones, de unos doce centímetros de profundidad, de las que se hicieron calcos en yeso, formaban “un triángulo isósceles perfecto que sólo un experto, con tiempo y elementos, está en condiciones de hacer”. Medido con estacas, escuadras e hilo, el triángulo
tenía 2 metros en el lado base y 1,58 m cada uno de sus otros lados. Con expectativa, los curiosos recordaron que Oscar Iriart sostuvo que “el aparato gris tenía abajo como tres patas”, y esta comprobación coincidía con el hallazgo.
El mismo Amarante -tildado ahora por los diarios como “experto”- creyó descubrir que las voces que Iriart había escuchado fueron realmente “órdenes incrustadas en su cerebro por medios telepáticos” y que el mensaje fue escrito por él mismo mediante un mandato hipnótico ( 2).
En esos días de asombro, publicidad, perplejidad, y más publicidad, la madre del joven, Cesaria Donatti de Iriart, rompiendo en llanto comentó: “¿Se dan cuenta?… ¡Está amenazado! ¡Esos hombres horribles le han dicho que vendrán a buscarlo!” (3).
LA INVESTIGACION
Las primeras indagaciones sobre el caso datan de 1968, época en que la prensa ofreció generosa tinta al fantástico relato de Oscar H. Iriart, y se retomaron en enero de 1987, mediante una paciente investigación de campo. De esta última, se registran los testimonios de la madre del joven y de su protagonista, que consignamos a continuación:
El joven explica a los cronistas su aventura.
- El testimonio de la madre: “Era una mañana temprano, de niebla. Se le ocurrió ir a buscar unas varillas con las que había estado alambrando el padre. Se fue a juntarlas, y se encontró con eso. Vino asustadísimo, transformado. No lo veía bien al chico, estaba sobresaltado, y así pasó unos días. Por casi un año no quiso ir allá, sin pisar el campo. El aparato quedó a orillas del camino. Estaba hundido, se ve que el aparato tenía peso, porque dejó tres marcas.
“El no salía porque la gente lo atacaba, para hacerle el cuento. Tampoco salía a pastar, porque enseguida tenía una cola de autos acá. Había que trabajar y no se podía atender a toda la gente. Después vinieron los comentarios,
incluso dijeron que estaba combinado con el diario El Popular (NdR: fue el corresponsal Heriberto Propatto quien llamó a la redacción del mismo para dar la noticia), pero nada de eso existió. Fue una cosa natural.
Iriart señala el sitio de la extrañ presencia.
“Es un chico que no tiene experiencia, más que la que recibió en su casa y la escuela. Es un chico de campo, no como los del pueblo, que son más vivos, más inteligentes, que sabrían los cuentos de los ovnis. Acá sabían los de Córdoba, pero… hasta que a uno no le pasan las cosas. Nació el 19 de abril, salió del primario, un colegial; iba al colegio de las Hermanas, estudioso, católico. Ahora ya no habla más de esas cosas”.
- El testimonio de Qscar H. Iriart: “Fue el martes 2 de julio. Salí a la mañana a recorrer, y cuando daba la vuelta al fondo del campo, vi que dos tipos me hacen señas; entonces me acerqué y dijeron que bajara del caballo, que me iban a llevar. Así lo hice y me dijeron que andaban con carga. El
aparato estaba posado en la banquina (NdR: cuneta), pasando la alcantarilla del camino. Allí dejó una marca triangular, un isósceles perfecto (NdR: en rigor, tres perforaciones), según la Policía Federal de Azul y el Ejército. Le tomaron las medidas, un triángulo isósceles perfecto. De unos 15 cm. de profundidad.
Identikit del ocupante del platillo.
“Me entregaron un papel, que me hicieron pasar por el agua (de un charco), un papel, un sobre que decía: “Usted va a recorrer (n: conocer) el mundo”. El texto me lo hizo escribir después la Policía para ver si coincidía la letra del papel, y no coincidía ninguna. La letra mía no salía; la escribí arriba de la mano, arriba de un palo, de todas maneras, y no coincidía ninguna.
“Yo me bajé del caballo, y fue entonces cuando me dieron el papel y me lo hicieron pasar por el agua de un charco. Ellos caminaron detrás mío, los dos.
Y yo creo que lo pasé por el agua, a mi modo de ver lo pasé por el agua, y el papel no se mojó lo puse dentro del agua y no se mojó. Después acá, el diario El Popular lo llevó con la policía, lo pusieron dentro del agua y se mojó todo, jo-jo-jo. Yo perdí todo el papel, no sé adónde fue a parar tampoco, porque a mí me lo sacaron.
“Pisadas mías están las del charco, quedaron todas. Según investigó la policía, quedaron todas. Y las de ellos ninguna.
“El aparato era ovalado, con tres patas. Y la tapa (NdR: puerta) tendría alguna bisagra, supongo. No veía nada adentro. Carga. Decían que venían cargados. Estaba a 20 m de esta gente, a la que vi primero, después vi al aparato. Estaba posado en la cuneta, sobre el lado de la calle, y yo del lado del campo. Pero cuando vi a los tipos, estaban en el campo.
“De la cintura para abajo, la forma de las piernas, se las notaba, pero yo veía la alambrada atrás. No sé si del susto, o que eran transparentes. Se encontraban justo en la punta. Eran dos sujetos iguales. Llevaban guantes claros, una remera, zapatos negros. Sus ojos eran hundidos, parecían medio
pelados y eran de estatura más o menos normal, 1,70 m aproximadamente. Caminaban, pero no sé con qué rapidez, porque no le hice caso, en eso no me fijé. Las pisadas de ellos no quedaron, las mías sí. Hablaban en castellano, porque yo les entendí. Y, cuando me dijeron que iba a recorrer el mundo, y todavía les contesté que sí, cuando tuviera dinero, creí…, que se yo, gente que viene a cazar pajaritos, alguna cosa a cazar. Tenían voz gruesa, medio fuerte; y movían los labios al hablar.
“No sentí nada raro. Me hablaban y les contestaba. No sentí nada. Dicen los que estudian que me hablaron por telepatía, pero yo vi que me hablaban, como me está hablando usted ahora. Lo hacían cerca, a unos 3 m de distancia. Después, claro, ese día quedé nervioso, como a cualquiera que le pasa algo.
“Por último, cuando se fueron, me dijeron que no me llevaban porque llevaban carga. El aparato se abrió como una gallina, para arriba, y los dos
tipos se metieron así, parados adentro. No sentí ruido, ni nada. Y se fue derechito hacia arriba, sin ruido alguno, hasta perderse. Yo no miré para arriba, con tanto…, cuando recién se movió el caballo -porque había estado quieto- se levantó una polvorera y salió corriendo. Fueron unos cinco minutos, y de inmediato me fui para la casa asustado, junto a un perrito mascota que tenía.
“En mi familia todos me creyeron, porque me conocen de chiquito como soy. Soy católico, pero mire, je-je, en contadas ocasiones voy a misa. Ya había salido de la escuela, 14 años tenía por entonces. Casi tenedor de libros, ando por el campo, no me gustan los papeles. Con mis vecinos nunca hablé, algunas bromas nomás. Pero al principio fue bravo, no por los vecinos, sino por la gente del pueblo, de la ciudad. Precisamente, cuando mi papá fue al pueblo a buscar a mi hermano al ómnibus e hizo el comentario de lo que había pasado acá, ahí se armó todo el lío”.
ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE EL CASO
El episodio de Sierra Chica se inscribe dentro de un conjunto de narraciones fantásticas producidas durante la oleada de 1968, sobre las cuales el periodismo ingenuo dispensó grandes espacios y una buena cuota de credibilidad, sin mediar una investigación responsable.
Iriart nunca se bajó del caballo…
Un ejemplo de lo mencionado son las marcas halladas, que parecieran haber convencido a no pocos de la autenticidad del relato del joven Oscar Heriberto Iriart. Pero prueba también cómo algunos periodistas olvidan las enseñanzas escolares acerca de la construcción de triángulos isósceles y para dar fin al argumento de que “sólo un experto, con tiempo y elementos” podría haberlo realizado, recuérdese que si unimos dos puntos cualesquiera sobre un plano, y considerado como vértice a uno de ellos, se traza desde allí con un hilo un
arco de circunferencia, y luego se hace lo mismo con el otro punto de la recta hasta cortar el arco anterior, se obtendrán tres puntos que determinan exactamente el triángulo isósceles de Iriart. Muy fácil, pocos elementos, ¡hasta un niño puede hacerlo!
Oscar Iriart, 19 años después.
Tampoco puede pasar desapercibido que el joven se encontraba en el primer año de la escuela secundaria (julio de 1968), cuando los programas de geometría ya habían incluido la construcción de los triángulos isósceles, y que seguramente conservaba fresco en su memoria.
Es interesante notar, además, que los tres orificios atribuidos a las patas de asentamiento del aparato, de unos 12-15 cm. de profundidad, coinciden con la presión ejercida sin demasiado esfuerzo por una persona sobre el terreno.
Hecho que verificamos directamente en el lugar del “aterrizaje”.
Camino hacia el encuentro.
Ahora bien, ¿con qué elemento podría haberse efectuado? Si nos atenemos al testimonio de la madre del joven Iriart, éste había regresado sin necesidad al campo a buscar unas varillas con las que su padre estuvo alambrando. Esas varillas, que las hallamos en la alambrada de los campos, y a escasísimos metros de las perforaciones, coinciden exactamente con el grosor de las pretendidas “patas de asentamiento” del aparato.
En cuanto a la supuesta prueba que mostró a su madre (y al periodismo), es decir, la carta entregada por los alienígenas y que, por arte de magia, no se
mojó al ser sumergida en un charco, fue escrita en media hoja de cuaderno común, con letra torpe y propia de un niño de corta edad, incluyendo una falta de ortografía, imperdonable para cualquier superinteligencia extraterrestre capaz de visitarnos.
Vivienda de los Iriart. De aquí salió como todas las mañanas.
Advirtiéndonos durante las encuestas haber extraviado el papel, y desconociendo quizá que poseíamos copia del documento, Iriart no vaciló en decirnos que el texto que le hicieron escribir posteriormente las autoridades policiales, no admitía comparación alguna: “la letra mía no salía (…); no coincidía ninguna”. Atentos a ello, requerimos a Iriart que escribiera para nosotros el texto de aquella nota. No parece necesario recurrir a un perito calígrafo para advertir la notable semejanza entre ambas, la construcción de
todas sus letras y alineación de palabras.
Ubicación del plato volador y su ocupante.
A sus 32 años de edad, Oscar H. Iriart nos impresiona como un sujeto muy diferente al que nos describe su madre, de característica encubridora y dominante. Lejos de la imagen de un joven campesino, poco avezado, nos parece un muchacho despierto, egocéntrico, con rasgos psicopáticos. Que no duda en continuar sosteniendo, con cierto placer de ser requerido y escuchado, aquella vieja historia que le dio alguna sospechosa notoriedad.
REFERENCIAS
(1) La Tribuna, Rosario, 3 julio 1968; La Razón, Buenos Aires, 3 julio 1968; Ecos Diarios, Necochea, 4 julio
1968; Río Negro, General Roca, 6 julio 1968; Así, 3a., Buenos Aires, Año III, N° 138, 13 julio 1968, ps. 12/15; Gente y la Actualidad, Buenos Aires, Año III, N° 158, 1 agosto 1968, p. 40; et. al.
(2) La Razón, Buenos Aires, 4 julio 1968, p. 14.
(3) Crónica, Buenos Aires, 4 julio 1968, ps. 12/13.
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