Günther (Gral. Pinto): Seres del espacio… terrestre (2)

GÜNTHER (Gral. Pinto): SERES DEL ESPACIO… TERRESTRE

Roberto Banchs

LA INVESTlGACIÓN

Günther11 General Pinto se encuentra ubicado en la provincia de Buenos Aires, a 360 km de la Capital Federal. Su economía se basa en la actividad agrícola y ganadera, teniendo algunas industrias derivadas.

Situada en la Pampa Arenosa, es una región singular cuya característica hídrica dominante es la falta de desagüe, así como de red hidrográfica, lo cual determina que las aguas precipitadas en la misma se acumulen. Desde principios de 1973, se implantó en la mayor parte de su territorio un ciclo de lluvias superiores a los valores históri­cos, de una magnitud de anegamientos inédita para la provincia. Estos excesos se traducen en acumulaciones de agua superficial, que progresivamente han ido saturando la capacidad de almacenaje de bajos y lagunas (3). Este es el paisaje que nos presenta el e­pisodio ocurrido en octubre de ese año.

– Entrevista a Carlos A. Balvidares: Junto a nuestra colaboradora Mónica M. Simonetti, y al investigador de Junín Omar R. Demattei, mantuvimos dos entrevistas con el testigo Carlos Balvidares, quien nació en General Pinto el 30 de mayo de 1930.

Su vida se ha desarrollado en actividades propias de la región. Está casado y tiene nueve hijos. Se muestra como un hombre simple, bien dispuesto al diálogo, que recuerda perfectamente lo sucedido.

La exposición que nos hace se ajusta en líneas generales al informe producido originalmente. No obstante, aporta datos y comentarios que resultan de gran interés. Empieza diciendo que él no trabajaba los fines de semana (el caso ocurrió el lunes), por lo que desconoce si algo se produjo en esos días en el campo “Santa Rosa”.

El objeto “era como de nailon (nylon) que brillaba, dando una luz fuerte que le impresionaba en el rostro”. No sabe cómo era “el aparato”, porque lo encandilaba, aunque calcula que tendría unos 6 u 8 metros, y a unos 50 m de las personas. Supone que entrarían a éste, pero sólo lo conjetura, pues no pudo apreciarlo.

Su hijo Manuel estuvo con él en todo momento. Inclusive, cuando intentaron vanamente atravesar la laguna, a causa del susto que tenía el caballo -según Carlos- por el apa­rato, que no le permitía seguir adelante. Nótese que aquí no hace referencia a ninguna “barrera invisible”, como se indica en otros informes. El motivo era que estaba asustado, según Carlos.

Los individuos fueron vistos primero por su hijo, y parecían andar caminando sobre el agua, como si se tratara de una superficie firme, nunca suspendidos en el aire. Es posible que el testigo haya empleado la palabra “flotando”, y esto indujera a error.

Su caminar era como el nuestro. Él les llamaba, podían verlo, pero no respondían. El traje que usaban era de coloración tostada, “bien peinaditos”, y de porte robusto. Sus rasgos faciales no se les notaba, porque -según nuestro entrevistado- se hallaban le­jos (aquí tampoco coincide con el artículo citado). En un momento dado, “hacían como si midieran, efectuaban rayas”. El olor o, más bien, sabor a azufre, dice provocarle una sensación de náuseas, seguido de somnolencia. Finalmente, los sujetos se fueron hacia el lado de las vías. Y al nailon no lo vio más.

En la segunda entrevista Carlos ofrece algunos elementos significativos. Los sujetos “andaban con los brazos medio juntos y los levantaban como nosotros, igual, pero caminaban dando saltitos, siempre recorriendo, midiendo en el suelo (…), ahora, no se si daban saltos porque había agua, o si…, eran unos pasos largos, tomando impulso”.

Günther4 Carlos Balvidares señala que hablaban entre ellos, pero no saben qué decían. Escuchó “una voz que salía como radio”. También afirma haber oído un estampido, antes de la desaparición. “Hubo un estampido, y después no ví más nada. Cuando se fue. Sentimos ruido de chapa. Yo no se si sería del aparato, o del mismo tumbo del chiquero de chapas, situado a dos metros. Miré enseguida y la chancha había saltado, tumbando las chapas”.

El testigo, Carlos Balvidares

Indagando acerca de cómo se producía esas presuntas súbitas apariciones-desapariciones, según se indica en el informe de marras, el testigo se muestra algo sorprendido y reconoce que, por momentos, desatendía la observación y al volver a mirarlos, se hallaban en otro sitio. Nada de lo supuesto habría ocurrido.

En su comentario acerca de las huellas, confirma que fueron halladas al día siguien­te. “Eran de unos 24 o 25 cm, como un pie, chico, como de la señora; tenía como un taquito así que se hundiera”. El testigo reproduce la huella en la tierra y las medidas coinciden con su estimación. Aquí también hay una diferencia con la indicada en el in­forme de O. Demattei, quien da una menor escala.

“Cuando los ví, me dí cuenta que no eran gente de acá, que eran gente de otro plane­ta -agrega Carlos Balvidares-; nunca había visto ni tampoco me llamaba la atención. Sentí a la gente cuando comenta, o por radio cuando los dan, de siempre”. Ante nuestra pregunta si en esos días recuerda haber sabido de alguna observación, de otro caso, el testigo responde: “Yo había sentido de otro caso. En esa fecha, claro, la misma (…). Ahora en ese momento, ese día cuando nos tocó a nosotros, a un camionero; antes que nosotros me parece que había salido. Un camionero me parece que era (n: D. Llanca)”.

¿Cómo sería posible que el campesino conociera el episodio, “donde prácticamente no llegan las señales de televisión, del mismo modo que los diarios capitalinos?” La respuesta la ofrece el mismo testigo, quien se reconoce como un habitué radioescucha de todos los días. Momentos antes de ocurrir el caso, había estado escuchando radio Mitre, y otras, en su portátil.

– Entrevista a Manuel A. Balvidares: Nuestra entrevista con el joven Manuel Aroldo Balvidares tiene una característica muy especial, en un caso aparentemente muy contaminado por la información ufológica que le llega a su padre. Se trata de la primera vez que Manuel es concertado a dialogar sobre aquel episodio, por parte de quienes se en­cuentran abocados a la investigación ovni. Con anterioridad, ni Omar Demattei ni Fabio Zerpa (principales responsables de las primeras encuestas), tuvieron ocasión de con­versar con Manuel quien -a resultas- sería un testigo clave del suceso narrado.

Nació el 16 de abril de 1960, al igual que los suyos, en General Pinto, donde constituyó desde muy joven su propia familia.

La versión que irá a ofrecernos Manuel mantiene cierta coherencia con la descripción de su padre, salvo algunos pasajes, pero lo más importante es que abre una perspectiva inédita.

De acuerdo a su testimonio, se encontraban por tomar unos mates, cuando Manuel se dirige a sacar agua de un pequeño molino a unos 150 m. Hallándose en esa tarea, ve a unas “personas” que andaban en el campo. Lejos de asustarse, queda mirándolos, pensando que serían algunos trabajadores. Sin embargo, le llama la atención que cuando corrían, no salpicaba el agua. Sus piernas se movían normalmente, pero parecía que “picaban arriba del agua, como si salieran flotando”. E insiste: “De ahí se fueron, dando pasos comunes, caminando sobre la misma agua”.

En ese momento, salió corriendo y le avisó a Carlos, su padre, lo extraño de su visión. Fue cuando él le dijo ‘eso no es cosa buena’. Recién entonces sintió algo de miedo. Carlos le dijo de ir a ver de qué se trataba, subió a un caballo junto su padre e hicieron unos 100 m dentro del agua. Su temor crecía, y manifestó que no quería conti­nuar. De todas formas, no pudieron hacerlo pues el caballo tampoco quería seguir, a pesar de que el animal estaba acostumbrado a franquear el agua, que llegaba a la panza del equino. Decidieron regresar y desde un puesto -al lado del chiquero- los espiaban. Observaron que se trataba de dos hombres y una mujer. Aquellos tenían una vestimenta que cambiaba de coloración (rosa, verde, amarillo), según la posición que ocupa­ran respecto al Sol. La mujer, en cambio, tenía el cabello largo y estaba vestida de negro, aunque con un calzado y guantes blancos, y también en el pecho, a modo de una prenda con escote en “v”. Ella tenía unos ajustados pantalones, dando la impresión de que se abrían a la altura de los tobillos, confundiéndose con el calzado. Su figura e­ra esbelta.

Günther5 Manuel se anima entonces a ir por la orilla para observarlos mejor. Se aproximó. Pensó que estaban por arriba del alambrado. Pero no. Ocurrió algo realmente sorprendente: “La mujer estaba parada encima de uno de los tipos, de los hombros, así, bien parada, derechita -nos dice el joven testigo- ¡arriba de uno de ellos!”.

Manuel Balvidares, el testigo hasta entonces nunca entrevistado. Su testimonio será revelador.

“Perdón, ¿puedes repetirlo?”, preguntamos, con una sensación terrestre de haber comprendido mal lo que nos estaba diciendo.

“Que yo cuando fui a la orilla del alambre, me puse a mirar, porque me fui caminando, y caminando así llegué para el lado del alambre, y me puse a mirarlos. La mujer esta­ría retirada unos 2 metros. Ella estaba parada arriba del hombro de él”.

Imaginando el extraño malabarismo de la supuesta extraterrestre, dando muestras ca­si arrogantes de su habilidad, destreza y equilibrio, volvimos a preguntar: “¿Arriba del hombro, haciendo caballito?”: “Sí, de uno de ellos”, contestó Manuel, despejando nuestras dudas y prejuicios acerca de los “seres del espacio”.

A nuestro lado, Omar Demattei enrojecía sin poder disimular sus pudores.

“Seguimos viendo todo eso -continúa Manuel-, cuando estaba parada arriba de los hom­bros de él. Mi padre se acercó a mi lado, porque lo llamé, y también lo vio”. La figura femenina estuvo allí unos tres minutos. Al preguntarle cómo hizo para bajar, nues­tro entrevistado dijo: “Bajó, de la manera más sonsa (zonza, tonta) ¡lo hizo pegando un saltito!”.

Manuel Balvidares continúa con su relato, pasando a describir la “nave extraterrestre”, como la han llamado los ovnílogos. “Y vi una cosa fija que brillaba, a la orilla de la alambrada (…). Era como una bolsa de nailon, redonda, grande, a unos 20 m de la tranquera de alambre. Yo lo único que digo es que era una bolsa de nailon, que brilla­ba como un vidrio, más fuerte…”. El hallazgo se produjo a las 16,45 horas, en esa tarde soleada de primavera.

Los extraños continuaban allí, sin mostrar interés alguno por comunicarse con ellos. “Solamente se sentía un chillido -comenta- ¡yo en ese momento le dije a mi viejo ‘voy a hacerles un gol’!. El milico (por militar; refiriéndose al dueño del campo, el Gene­ral Urricariet), le digo, se quiere traer algunos presos para practicar entre los…’, y me dice: ‘¡no, eso no creo!’; y bueno, por ahí…, quién sabe. Y por ahí escucho que gritan: ¡Viva Perón!”.

“Él sentía ‘ui-ui-ui-ui-ui’, nada más, y yo sentía otra cosa. Mi viejo sentía todo diferente y yo escuchaba como si hablaran, como si gritaran. Pero no entendía todo lo que gritaban. Pero ya le digo, lo que yo sentí. Como ‘¡Viva Perón!’[1], así, claro”.

Azorados por la peculiar proclamación política de los extraterrestres, algo chirrió en nuestros oídos. Quizá sea mejor creer -pensamos- que era más lógico que sólo hayan querido decir: ‘ui -ui -ui -ui -ui’ en su lengua de origen.

Günther6 La habilidad femenina tampoco estuvo ausente entre los forasteros. “La mujer parece que era quien mandaba a ellos -dice Manuel-, porque cada movimiento que hacía, ellos corrían, siguiéndola. La mujer volvía, agitaba la mano levantada, y se volvían adonde ella se hallara”. Sin dar lugar a dudas, el joven Balvidares expresa: “A mí lo que me llamaba la atención de la mujer era cómo andaba, porque todo señas, y va, y ese grito que sentí yo. Para mí fue ella, porque cada movimiento que hacía era un grito y ellos corrían”.

Manuel Balvidares señala e lugar de la presencia.

Imprevistamente, aparecieron otras dos personas, juntas, del lado de la parte honda de la laguna, de un campo lindero. La mujer -señala Manuel- estaba mandándolos a los dos primeros, cuando estos otros aparecen. Se juntan casi cuando van a pasar la tran­quera, y los cinco se alejan en grupo. Primero los que ya estaban, y más atrás los que recién habían llegado. Estos personajes tendrían no menos de un metro setenta de altu­ra, o más. Los otros dos hombres, vistos inicialmente, eran bastante más bajos y robustos. La mujer continuaba gesticulando, como dirigiéndolos por detrás.

“Cruzaron la vía, un campo y, por la orilla del alambrado, se fueron derecho hacia un molino, a unos 500 m. Nos volvimos a la costa del alambre para mirar los mejor. Y en el molino se perdieron de vista, caminando con pasos iguales a nosotros. No los vimos más. No regresaron, no volvieron…”, comenta Manuel Balvidares.

Después, miraron nuevamente hacia donde estaba el “coso”, o “bolsa de nailon”, y ya no se la veía más, pese a que en todo momento se mantuvo en el mismo sitio.

Hubo una cáustica sospecha: en vez de ser el objeto quien transportara a los extraños, parece que éstos habríanse llevado a pie la misteriosa “nave”. La cual, dicho sea de paso, nunca fue vista descender o remontar vuelo por nuestros entrevistados.

Finalmente, le preguntamos si con anterioridad al episodio tuvo noticias de algún o­tro caso similar. Su respuesta fue inmediata: “Sí, supe de un jornalero de Bahía Blanca (D. Llanca), por la radio”.

– Observaciones sobre los testigos: Durante las encuestas, Carlos Balvidares demuestra una personalidad influenciable, maleable, propensa a la sugestión. Esto quedó a las claras, especialmente, frente a las ansiedades puestas de manifiesto por O. Demattei, en sus intervenciones (no obstante, nos acompañaría como veedor).

Esta impresión queda ratificada en sus apreciaciones y comentarios sobre el caso… Veamos algunos ejemplos: Carlos manifestó que el caballo en que se hallaba montado cuando se sucedieron los acontecimientos ya no era manso y confiado como antes. Tiempo después, notaría que al animal le ocurría algo en su pelaje. Se le empezó a caer el pelo. Consultado un veterinario de la zona, Ramón Diz, éste no notó nada fuera de lo común, opinando que estaba cambiando el pelaje en razón de un proceso normal.

Precisamente, una superstición muy arraigada entre el paisanaje, es la de que: quien desea conservar un buen caballo, no debe dejarlo montar e incluso acercarlo a mujer alguna, y mucho menos en cierta época, pues suponen que, por ese hecho, se le cae el pe­lo o pierde sus condiciones de resistencia (5). Esta coincidencia, si la hubo, hace que aún cuando la enfermedad del caballo hubiera sido sarna, su dueño crea en la sabiduría de su superstición.

También él mismo notó que en la piel de su rostro aparecían pequeñas manchas que fueron desapareciendo con el correr de los días. Inclusive, destaca que su estado de ánimo no era el mismo que antes de su experiencia. Carlos parece no poner reparos en que este cuadro se debe a la presencia de “esto (que) no es cosa buena”, vaticinando de algún modo lo prescripto en sus tradiciones.

Günther7 Su relato está articulado con la concepción cultural de la zona y su propia cosmovisión, bajo las influencias del medio urbano, de naves y extraterrestres.

De izquierda a derecha, el ufólogo creyente O. Demattei, el joven testigo M. Balvidares y R. Banchs, quien emprendió la re-encuesta en Gûnther, escenario de los acontecimientos.

Manuel Balvidares, su hijo, conserva la misma simpleza y espontaneidad. Es también sincero en sus palabras. Pero se lo observa menos propenso a la fantasía, o a formular lucubraciones demasiado fantásticas o floridas en torno a una determinada creencia. El ha visto extrañado cómo esas personas parecían caminar y saltar por el agua sin salpi­car, y lo demás pierde importancia. Aún cuando acusa el temor infundido por su padre.

Su versión no está impregnada de contenidos ufológicos: ha visto un “coso” (una “bolsa de nailón”) por objeto, y una “mujer” y unos “tipos”, por entidades. Cuando se le pregunta qué sería eso que vio, responde sin astucia ni especulaciones…[2]. Podríase decir que se trata de un testigo casi no contaminado. Su padre, en cambio, nos hablará de un “aparato” y de “gente de otro planeta” desde el momento en que los vio, pareciendo -incluso- querer satisfacer a su interlocutor en cada respuesta.

Manuel no ha notado las apariciones y súbitas desapariciones atribuidas a la versión de su padre, tampoco barreras invisibles que impedían que el caballo avanzara. Ni sujetos extraños suspendidos como flotando en el aire. Aunque, en rigor, todo esto nunca lo escuchamos en boca de ninguno de los dos testigos. Quedará, pues, “flotando en el aire” hasta qué punto habrán incidido las primeras encuestas en la reconstrucción de los hechos, no obstante la buena fe que nos merece su responsable. Y quedará planteado también el interrogante de porqué Carlos Balvidares no mencionó jamás haber visto a e­sos otros dos personajes que aparecieron en escena momentos después, ni tampoco el ma­labarismo y cabriola de la mujer, montada sobre el hombro del petiso y fornido acompa­ñante.

Continuará…


[1] Aquí surge una llamativa coincidencia. Doce días antes del caso, se recuerda emotivamente el histórico 17 de octubre de 1945, fecha fundaciona1 en que comienza a gestarse un movimiento de masas desde que el Cnel. Juan Domingo Perón protagonizara uno de los episodios políticos y sociales más importantes de la Argentina. A partir de su presidencia, el 17 fue el “Día de la Lealtad” al ideario de Perón y Evita (4).

[2] La percepción, aunque real, posee un trasfondo mitológico que excita la fantasía conciente e inconsciente, provocando ciertas conjeturas como intento de elaboración. En las leyendas guaraníes existe un fantasma o duende negro denominado Y-Póra, que se aparece en los dos, arroyos y lagunas, llevándose a los niños incautos a su guarida. También en el Brasil hallamos una leyenda, de indudable parentesco con aquél. Los Pretos d Agua suelen andar en grupos, lo que es muy raro entre los seres sobrenaturales, y en las siestas ardientes ahogan a los niños que se acercan al agua. Se los ve con frecuencia emerger de una laguna, pero al percatar­se que son observados se ocultan de inmediato. Su hábitat es el N.O. argentino, Paraguay y sur del Brasil (6).

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