La Caldera (Sa): ¿Implicancia de un contacto?

LA CALDERA (Sa): ¿IMPLICANCIA DE UN CONTACTO?

Roberto Banchs

En la mañana del martes 13 de marzo de 1973, un joven de 23 años, estudiante del primer año de ingeniería en Córdoba, recorría el trayecto que une Salta con San Salvador de Jujuy, cuando ve aterrizar un extraño aparato. De pronto, una entidad antropomórfi­ca apareció a un costado, se desplazó sin mover las extremidades, hasta desvanecerse frente a la mirada absorta del testigo. Después de unos segundos, el aparato plegó sus patas de asentamiento y levantó vuelo hasta perderse en el cielo.

Caldera1

Jorge Roberto Herrera, el joven testigo, había dado unos pasos de aproximación, pero advierte que se halla parado sobre una marca en el suelo, asegurando que se había des­plazado quince metros sin tener conciencia de haberlo hecho. Al reanudar su viaje, tiene un indescriptible malestar general, e ingresaría para su atención médica a un poli­clínico en la ciudad de Salta, donde permanece durante varios días internado.

EL TESTIMONIO DE JORGE R. HERRERA

La difusión del episodio se produce en el ciclo televisivo “Cita Espacial”, dedicado exclusivamente al tema ovni, que se emitió por el Canal 10 de Córdoba, entre junio y septiembre de 1973, siendo uno de sus expositores habituales el ufólogo Dr. Oscar A. Galíndez. Allí se presentó para narrar su experiencia Jorge R. Herrera.

Al siguiente año, la revista Cuarta Dimensión, de Buenos Aires, en su N° 9, correspondiente a mayo de 1974 (ps. 21/23), publica una “transcripción textual” del desarrollo de la grabación realizada al testigo[1], que reproducimos a continuación:

Caldera4 “Desde la provincia de Salta hacia Jujuy, a unos 20 km de la ciudad capital de la primera, diviso por la ruta (nacional 9) a escasos 20 metros del lugar donde yo me encontraba, un objeto que desde una altura apro­ximada a los diez metros, descendía balanceándose siguiendo el sentido de una hoja del viento hasta ubicarse a un metro del suelo para caer entonces en forma recta, como en caída libre.

“Todo esto sucede sin que el aparato emita sonido alguno, seguramente venía desde la provincia de Tucumán hacia Jujuy, circulaba a mis espaldas y me dí vuelta pues sentí una sensación muy extraña. Asombrado, me de­tuve a contemplar el aterrizaje del ovni, el cual lo hizo con un setenta por ciento de su masa sobre la banquina -muy ancha- y el resto sobre el asfalto de la ruta. El objeto presentaba la forma de dos platos super­puestos y había quedado un tanto inclinado, calculo que 20 grados. Su diámetro alcanzaría los cinco metros.

“Como no uso reloj, traté de calcular el tiempo mentalmente. Es así que al cabo de tres minutos más o me­nos, aparecieron del lado más inclinado unas especies de patas que nivelaron al aparato. Lo que en ese instante l1amó mi atención, es que hasta el momento de posarse su contextura parecía ser de aluminio, pero una vez asentado, su tonalidad viró a un cobrizo opaco.

Caldera2 “Yo permanecía absorto mirando todo lo que sucedía; de pronto, sobre uno de los costados alcanzo a ver una entidad (ser antropomorfo) de un metro sesenta de altura, de color blanco, vestido con una especie de enterizo. Tenía una cabeza muy grande, era robusto, de hombros anchos. No tenía manos, los brazos cor­tos y terminaban en nada, como si fuese un guante sin dedos; pero tampoco tenía forma de guante. Las piernas terminaban en pies muy grandes, pies que no estaban calzados, ya que se continuaba la tela del traje.

“En verdad yo no lo vi salir del objeto, no vi ninguna puerta, no escuché ruido alguno, pienso que pudo haber salido de algún otro lado porque cuando tomé mi primer contacto visual con este ser, él miraba hacia los cañaverales que bordean el camino como buscando algún indicio de gente.

“Más tarde, cuando desapareció, sí lo estaba mirando, y desapareció, no se escondió. Además momentos antes de desaparecer, recuerdo que no caminó, sino que se desplazó sin moverse. El no movió las piernas. Cuando yo vi a esta entidad (llevaba conmigo un bolso negro que dejé en el suelo en el instante en que vi al ser), Sí, empecé a caminar en dirección al aparato, acercándome sin temor y con mucha curiosidad.

“La entidad se desplazó un metro también, pero no sé por qué causa se detuvo y desapareció. Transcurrieron unos segundos y luego el ovni recogió sus patas y volvió a quedar inclinado. Para tomar vuelo, en lugar de avanzar en dirección del extremo levantado, lo hizo en sentido contrario. ¡Y se perdió en el cielo!, esta vez no desapareció.

“En el momento de levantar vuelo, yo estaba ubicado a unos 15 m del objeto, y allí me quedé hasta verlo desaparecer. Entonces intento ir hasta el lugar exacto en donde se había posado. Doy sólo un paso y me encuen­tro con que estoy a 20 m del bolso y parado sobre una marca que había en el suelo. Es decir, me había desplazado 15 m sin tener conciencia de haberlo hecho, puedo asegurar que no me había movido en absoluto.

“En el lugar del aterrizaje había siete marcas en un cuadrado de escaso metro y medio, no guardaban, sime­tría alguna entre sí. Por otra parte, el piso (asfalto de la ruta) no estaba hundido, pero parecía como si lo hubiese sopleteado. Vi una piedra que, por lo que se notaba, se había roto en el preciso instante de to­mar el objeto contacto con el suelo. La tomé, busqué el bolso y comencé a caminar.

“A los diez metros de haber comenzado de nuevo mi camino, se me acerca un vehículo estanciera (automóvil tipo rural) conducida por un hombre de unos 46 años; le pregunto si había visto el objeto y me responde que si, a más o menos un kilómetro del lugar donde había sucedido todo, y agrega que en ese momento se detuvo el motor de la camioneta y que la radio produjo una descarga antes de dejar de funcionar. Yo me sentía mal, es decir, tenía un malestar general que no podía describir, por lo que le pedí acercarme hasta la ciudad de Sal­ta. En el camino, a unos 200 m, encontramos un automóvil Fiat 1500 detenido con su conductor esperando nues­tro paso. Le consultamos para ver qué ocurría y respondió que su motor había dejado de andar, pero hizo una nueva tentativa y logró ponerlo en marcha. En el camino encontramos también a una pick-up con el mismo problema.

“A todo esto, yo me sentía cada vez peor y le pedí que me dejara en la terminal de ómnibus. Sentía deseos de vomitar, por lo que entré al baño. Poco después me dirigí caminando hasta el Policlínico.

“Allí me atendió el médico de guardia, le expliqué mi malestar, como consecuencia de lo cual me colocaron una inyección, me realizan análisis y me sacan radiografías. A las 12,30 horas me permiten acostarme y cuan­do despierto a las 19,00 de esa misma tarde, encuentro que me están aplicando suero y sangre. Llamo a una enfermera para preguntar por mi estado y me contesta que irán a operarme.

“Al día siguiente vinieron a verme tres médicos con mi historia clínica y me preguntaron si había bebido mucho, y les expliqué que ni bebía ni fumaba, pero creo que no tomaron muy en serio mi respuesta. En tanto, diariamente me eran aplicadas seis inyecciones y tomaba cuatro pastillas. En ningún momento me suministraron información sobre mi estado de salud y así, luego de ocho días de internación, se me dio de alta.

“Después de tres meses, ya de regreso a Córdoba, vuelvo a hacerme ver. Voy al Hospital de Clínicas y luego de visitar al cardiólogo, éste me dice que todo está normal excepto por un pequeño detalle: mis uñas están azuladas. Esto llama su atención y me solicita una revisación completa. Este chequeo general demoró dos meses al cabo de los cuales regreso con los resultados para ver nuevamente al cardiólogo y me descubren en la san­gre un 20% de una sustancia (no dan el nombre) de la que normalmente debe haber apenas un 8%”.

ALGUNAS INDAGACIONES SOBRE EL CASO

El artículo en cuestión no ahorra conclusiones para expresar la comprobación de que la fuerza de los motores y aún de las radios es absorbida por la presencia de un ovni. Sin embargo, nada se supo en este caso de los vehículos presuntamente afectados, ni de la identidad de sus conductores. El episodio se ciñe exclusivamente al testimo­nio de un único testigo, y de la pretendida “implicancia” física, o fisiológica, que habría tenido el contacto en Jorge R. Herrera.

Hasta ese momento, no había -aparentemente- evidencia clínica que indicara que su experiencia hubiera podido ser producto de un síndrome cerebral, epilepsia del lóbulo temporal, enfermedad metabólica (p. ej., diabetes, mellitus, uremia, etc.) u otra condición que ocasionare algún trastorno. Apenas asomaba la sospecha por parte de los mé­dicos de un cuadro de alcoholismo, o tal vez de otros agentes tóxicos. El artículo ce­rraba informando que el asesor Alberto M. Astorga pronto ofrecería “novedades importantes” sobre el estudio realizado en Salta por el equipo médico que atendió al testigo. Novedades que, a la postre, nunca fueron dadas a conocer públicamente (hasta hoy).

Un encuentro que mantuvimos con el Dr. Oscar A. Galíndez nos permitió acceder a una infor­mación más detallada del caso y de su protagonista.

Caldera3Efectivamente, el hecho ocurrió ese 13 de marzo a las 11,30 horas, circunstancia en que Jorge R. Herrera caminaba en un día soleado sobre el costado izquierdo de la ruta, de oeste a este, pensando en llegar hasta la estación de servicio distante 5 km, para almorzar. Fue en esos momentos en que advierte un objeto blanco aluminio cuando descendía y cobrizo cuando estuvo posado y levantó vuelo, de unos 4-5 m de largo por 2 m de alto. El testigo quedó estático por el asombro, pero sintiendo un cosquilleo y calor durante los cinco minutos en que se extendió su observación. Durante la misma, súbita­mente vio un ser de apariencia robusta, como inflado, con una vestimenta totalmente blanca brillante como hule y provisto de un casco con visor como cristal espejado ver­doso, sin que llegara a notar su rostro por la distancia. Luego de llegar a situarse a 15 m de Herrera, y a un metro del objeto, desapareció tan de improviso como fue su aparición. Luego, el aparato levanta vuelo y se pierde. Momentos después, inexplicablemente, se encuentra ante unas cinco huellas, de aspecto irregular (en su forma y disposi­ción), como si la tierra hubiera sido sopleteada. Allí recoge una piedra que supone recién fracturada, que no emite calor, y que termina regalando.

Apenas desaparece el objeto, Herrera se siente indispuesto. Tiene mareos y náuseas. Al llegar a la terminal de ómnibus de Salta, va al baño, y camina doscientos cincuenta metros hasta el Policlínico. Escuchaba los sonidos y ruidos. “Me siento mal -relata-, me duele en todos lados y en ningún lado”. Allí le miran las pupilas y le aplican una inyección intramuscular, le recuestan en una camilla y unas enfermeras lo llevan rápidamente .a una sala, donde le quitan la camisa y aflojan el cinto. Después, despierta vestido en pijama, mientras le están aplicando suero y sangre. Afirma no haberle mani­festado a nadie lo que había visto, empero, le dicen que “no debía beber tanto”.

Coincidente en líneas generales con el relato conocido, esta entrevista aporta un dato que podría ser significativo: antes de su experiencia, el testigo no compró un medicamento que tenía recetado. Aunque, lamentablemente, no pudo precisarse de cuál se trataba.

Habiendo sido solicitado al Policlínico Regional de Salta “San Bernardo” todas las actuaciones de la asistencia médica a Jorge R. Herrera, del 13 al 21 de marzo de 1973, el director del mismo, Dr. Eduardo Moisés, remite copia de la Historia Clínica (HC) de Herrera, donde se informa que el paciente presenta como antecedentes hematemesis (vómito sanguíneo) y melena (defecación con sangre), que registra desde el día 11 de marzo.

El diagnóstico presuntivo es “hemorragia digestiva” (hemorragia gastrointestinal), según el Dr. Núñez Burgos. Una vez internado, se le realizan trasfusiones de sangre y de sueros, presentando una evolución favorable, de acuerdo al Dr. Víctor Canelada. Al día siguiente, 14 de marzo, se le practica un recuento globular, que confirma su recupera­ción (aunque denota una Eritrosedimentación Westergren alta, de 23 mm primera hora, y glóbulos blancos ligeramente elevados), y se le da el alta hasta nuevos estudios.

J. R. Herrera reconoce haber recibido una buena atención médica. Pero quedó preocupa­do. No sabe qué le ocurrió.

De regreso a Córdoba, donde reside, continúa con los exámenes médicos en el Hospital de Clínicas. El desea comunicarse con los profesionales para conocer su estado de sa­lud o causas de su indisposición, aunque se inquieta cuando -unos 5 meses después- le “descubren en la sangre un 20% de una sustancia (no dan su nombre) de la que normalmente debe haber un 8%”, dirá Herrera.

Resulta sencillo determinar la presumible sustancia aludida. La parte líquida de la sangre o plasma posee alrededor del 91% de agua, y en ella se encuentran diversas sustancias disueltas o en suspensión, entre las cuales el 8% son proteínas.

El grupo de mayor interés es, quizás, el de las gammaglobulinas, que contienen los anticuerpos que inmunizan al ser humano contra ciertas enfermedades infecciosas. Las dosificaciones biológicas tienen gran importancia en los ensayos de interpretación de la patogenia. Por ejemplo, en una psicosis alcohólica las proteínas totales están aumentadas (pudiendo llegar a 90-95 gr.), con aumento electivo de las gammaglobulinas. Una crisis ulcerosa, surgida de un conflicto permanente, es también capaz de llegar a alterar el metabolismo, acelerando la síntesis proteica, esto es, la producción de proteí­nas en la sangre.

CONSIDERACIONES FINALES

Quizás el aspecto más saliente de esta investigación haya sido revelar que la presunta “implicancia” que habría tenido sobre Jorge Roberto Herrera, expuesto en un cuadro de hematemesis y melena, no se debió a la aparición de algún portento pretendidamente extraterrestre, sino a una hemorragia digestiva que se manifiesta el domingo 11 de marzo, es decir, tres días antes del suceso.

La Caldera Del cuadro psicopatológico no puede decirse mucho, o casi nada, por cuanto depende -en principio- de cuánta sangre haya perdido por vómitos y melena durante esos tres días. El análisis globular tampoco ha permitido arrojar algún resultado significativo, ya que le es practicado al día siguiente, tras su recuperación basada en una terapéutica de trasfusión de sangre y sueros. Tampoco se indican los resultados radiológicos para determinar fehacientemente la etiología, o causa de la enfermedad.

De tratarse de una úlcera (la más común de las etiologías), puede suponerse un cua­dro psíquico sometido a fuertes presiones[2], anteriores al episodio narrado. Esta hipótesis no excluye que se trate de una manifestación del síndrome de impregnación alcohólica crónica, como parecieran inclinarse los médicos que lo asistieron en Salta, lo cual revelaría un desequilibrio de personalidad más compleja y profunda.

Es llamativo observar que la experiencia narrada por Jorge Herrera es vivida en una atmósfera de confusión mental. El testigo se encuentra completamente desorientado en el tiempo y en el espacio. Se describe a sí mismo más o menos obnubilado, extraviado, perplejo, ocupado por su extraña visión, que parece expresarla no sólo a través del lenguaje, sino también por todo el cuerpo, como entregado plenamente a ella.

El caso ocurrido en proximidades de La Caldera, Provincia de Salta, muestra además la aparición y súbita desaparición del ser, despertando la sospecha de su naturaleza psíquica. ¿O acaso sería más aceptable suponer, como formulan los ovnílogos, “que sólo se trate de una proyección efectuada desde dentro del VED”? (CD, p.23).

A pesar de la firme creencia inicial de Herrera acerca de la realidad de los hechos narrados, y de ciertos titubeos subsiguientes, cuando expresa no saber qué le ocurrió, puede afirmarse que la experiencia descripta presenta las características de una fantasía esencialmente alucinatoria.


[1] Según reza el artículo, titulado “CASO HERRERA: Implicancia de un contacto”, se trata de “una investiga­ción de Fabio Zerpa, con la colaboración del Dr. Oscar Galíndez y del Sr. Víctor Cerasale” (p.2l).

[2] Los trabajos psicoanalíticos han permitido conocer mejor la personalidad del ulceroso y aportar pruebas de necesidades afectivas regresivas expresadas en el carácter mediante signos opuestos (ej., actividad/pasivi­dad), de lo cual surge un conflicto permanente cuya expresión emocional sería la úlcera. El enfermo termina­ría en la crisis cuando no pudiere ya soportar la tensión bajo la que se fuerza a actuar. Dublineau, Marti­mor, y otros, han señalado la frecuencia de dichas úlceras también en alcohomaníacos, entre quienes se observa incluso alteraciones del metabolismo glúcido y de las proteínas.

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