Alta Gracia (Cba.): O las vueltas del humor

ALTA GRACIA (Cba.): O LAS VUELTAS DEL HUMOR

Roberto Banchs

AltaGracia La noticia descollaba las entintadas páginas del diario Crónica, de Buenos Aires, en sus ediciones vespertina y de la noche del 12 de setiembre de 1995. Su primera página lo anunciaba con letras de molde: “Un cordobés afirmó que viajó en plato volador: Extraordinaria experiencia de un técnico, en la provincia de Córdoba”. Al desplegar el periódico, conocido por la habitual espectacularidad de sus notas, un título de cincuenta centímetros de longitud reza: “Un cordobés estuvo de visita en un ovni” (ps.4 y 5).

El presunto afortunado se llama José Antonio Basílico, tiene 65 años y es jubilado de la Dirección de Arquitectura de Córdoba, donde se desempeñó como electricista. Vivió los primeros años de su vida en el interior provincial y luego se estableció en la capital. Está casado y tiene dos hijos.

La increíble aventura habría ocurrido diez años atrás, el viernes 24 de mayo de 1985, viniendo en automóvil desde Alta Gracia hacia la ciudad de Córdoba, distantes 37 kilómetros.

De acuerdo al relato inédito ofrecido por el diario en carácter de primicia (sic), José A. Basílico había estado trabajando en la localidad de La Bolsa, a unos 15 km al sur de Alta Gracia. Lo hizo hasta las 19 horas, emprendiendo el regreso en automóvil momentos después en compañía de un tal Sr. Mansilla, también empleado de aquella repartición. Al pasar el autódromo y llegando a unos montes situados a la derecha de la ruta (provincial nº 5), imprevistamente, el motor del Fiat 125 conducido por Basílico se detiene, y lo deja deslizar hacia la banquina. En esos instantes advierten “un resplandor grande, una luz muy fuerte, una luz intensa hacia nuestra derecha”.

Según habría declarado al cronista, la misma “estuvo suspendida en el aire unos instantes y se asentó a unos 50 metros de la ruta, en los campos. La luz era muy intensa, casi encandilaba, cuando observamos a ambos lados de nuestro coche dos seres altos que nos invitan a bajar, haciéndolo con gestos y señas. Eran delgados, de un metro noventa o más, con ropa brillosa dorada, muy ajustada al cuerpo. Sus rostros parecían como si no tuvieren mentón. Esas personas se ubican frente a ambas puertas delanteras. Mansilla me dijo que no quería saber nada. Me llamó la atención la sombra de los cuerpos en los yuyos (pastizales), debida a la intensa luminosidad que provenía de ese campo donde se había estacionado la luz. Me bajé y caminé hacia ella”.

De pronto, sin saber cómo, ni recordar siquiera haber cruzado las alambradas o subido por escaleras, se encuentra en un recinto circular de unos quince metros de diámetro, muy iluminado, rodeado de consolas y controles. Había unos individuos trabajando, que parecían no reparar en su presencia. Instantes después, con gesto amistoso, advirtió que algo le querían preguntar mentalmente y todos juntos descendieron a un piso anterior, donde había una sala para descanso y esparcimiento. En unas cómodas butacas en forma de “v” se hallaban descansando varios sujetos. “Allí es como si hubiese querido transmitirles -diría Basilio- que tenía una hora de viaje a mi casa, que no podía demorarme y, repentinamente, me encuentro llegando al automóvil, siendo acompañado por una persona”.

El virtual protagonista lo siente como algo real, rechazando la idea de un sueño. “Al llegar al vehículo -continúa con su relato- le pregunto a Mansilla qué le había pasado a él y me dijo simplemente: nada. No quería saber nada. Le dije que había subido a una nave y no me creyó, lo negó porque habían transcurrido cuatro minutos entre que me fui y retorné al automóvil”. Antes de llegar a darle marcha, la luz fue perdiendo intensidad hasta desaparecer. Siguiendo la versión periodística, al día siguiente sus comentarios causaron un gran alboroto entre sus compañeros de trabajo, aunque Mansilla continuó negando la proverbial experiencia narrada, “como si quisiera encerrarse y no participar en nada, como si quisiera olvidar…”.

Un relato… fabuloso

A pocos meses de publicada la noticia, logramos ponernos en contacto telefónico con el protagonista de la historia. José Antonio Basílico se muestra como una persona amable, dispuesta a referirnos ciertos pormenores del episodio.

Sin embargo, contrariamente a lo previsto, nos ofrece un relato diferente y esclarecedor: “Eso fue una ficción, un cuento -señala sin rodeos-. Estábamos en una reunión, comiendo un asado, y nos propusimos hacer escenas ingeniosas, joviales, mientras grabábamos y las reproducíamos ahí mismo. Yo canto. Como había escuchado algún tiempo atrás un relato semejante por LV 2 de Córdoba, leído por Claudio Salinas, se me ocurrió recrearlo. Un muchacho, un chico joven presente en la reunión hacía de periodista. Hice todo ese relato, pero resulta que la grabación se la robó un señor de Córdoba que dice ser periodista, Alfredo G., y se la envió a Crónica. No se si estafó al diario, pero… A mí -dice indignado- me ha costado muchos malos momentos con mi familia. Teniendo esa grabación en su poder, mandó a un fotógrafo para que me siguiera por el centro de la ciudad y obtener las fotografías que aparecen en el artículo”.

Pese a lo obvio, le preguntamos buscando ratificar sus dichos: ¿De modo que este hecho nunca ocurrió? “¡No, de ninguna manera existió! -responde enfáticamente-. Tanto es así que había otros cuentos que yo tenía y que fueron publicados, pero de tono subido, por las cosas que digo. Yo soy…, de estas cosas soy escéptico, je-je, por eso me río, discúlpeme. Me río de esas cosas, y esas cosas las dije como una cosa jocosa”.

Mostrando deliberadamente igual escepticismo, nos aventuramos a preguntarle si acaso su negativa se debía al deseo de ocultar algún hecho real. “¡No. De ninguna manera! -insiste-, porque es un relato que yo escuché. Salió en un asado que se hizo hace tiempo en una casa de familia. Y me interesa decirle estas palabras para terminar con esto”.

Desde aquí complacemos su requerimiento, en la seguridad de que José A. Basílico ha expuesto todo cuanto tenía por decir. Su categórica desmentida no da lugar a más comentarios.

Pero, ¿cuál ha sido el relato que J. A. Basílico habría escuchado por radio y que parece haber recreado alegremente? Sin demasiados márgenes de duda, el episodio mendaz de Alta Gracia del 24 de mayo de 1985 (que sitúa un día antes del aniversario nacional, fecha de la junta patriótica) habría sido inspirado en el caso ocurrido en Ituzaingó, Ctes., el 24 de agosto de 1985, circunstancia en la que un matrimonio -según la inventiva de una corresponsal periodística-, transitando con su automóvil por la ruta 12, fue interceptado por unos extraterrestres provenientes del planeta Mait (vse. Los Identificados IV, diciembre 1993, ps. 25/28).-

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