El misterio de las centellas (19)

El misterio de las centellas (19)

Tenía unos 6 u 8 años de edad. Estaba en la cama una noche de tormenta de verano. Eran, tal vez, las dos o tres de la mañana. Estaba despierto, por la actividad de relámpagos y truenos. Compartía la recámara con mi hermana, y tenía una ventana hacia un jardín y una puerta que comunicaba a la recámara de mis padres. Mi cama y la de mi hermana estaban alineadas una detrás de la otra en contra de una de las paredes de la habitación, formando así un largo camino a lo largo de las dos camas, en dirección a la puerta de la habitación y la habitación de mis padres.

Con mi cabeza en la almohada, tenía una vista despejada en mi habitación y la de mis padres y a través de la ventana hacia el jardín.

Repentinamente hubo la explosión de un relámpago y un brillante flash de luz emanó de la caja eléctrica situada en el techo de la habitación de mis padres, donde cayó el relámpago.

El relámpago cayó verticalmente a los pies de la cama de mis padres.

El flash de la luz descendió a lo largo del cable y rompió los contactos de la luz, se deslizó sobre la cama de mis padres, llegó al piso y se dirigió a mi habitación a través de la puerta que describí anteriormente.

La bola de luz era alrededor del tamaño de una sandía (aproximadamente 6 pulgadas) tenía un núcleo brillante violeta, y se hacía rosa en los bordes.

Lo más impresionante era el hecho de que salían chispas desde el interior de la esfera y se extinguían cuando dejaban la superficie de la esfera.

La pelota se trasladaba alrededor de 5 a 10 centímetros sobre el suelo en una línea recta y cierto zigzag asociado al principal movimiento rectilíneo.

Hubo ruido asociado a su presencia. El ruido puede ser descrito como el producido por un soldador eléctrico.

El fenómeno se propagó por el suelo hasta que se puso muy cerca de la cabecera de mi cama en donde terminó por extinguirse.

El evento pudo haber durado unos 3 a 5 segundos.

No recuerdo haber tenido pánico en el momento ni incluso haberlo comentado con mis padres a la mañana siguiente.

Tal vez yo fui el único testigo del suceso porque mis padres y mi hermana nunca dijeron una palabra sobre ello.

Hoy tengo 49 años. Esta historia está viva en mi memoria, como si hubiera ocurrido ayer y mientras escribo estas líneas, sigo teniendo la piel de gallina.

Alberto Collazo

Montreal, QC Canada

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