General Acha (LP): Un accidentado aterrizaje (primera parte)

GENERAL ACHA (LP): UN ACCIDENTADO ATERRIZAJE

Roberto Banchs

Las historias de ovnis accidentados son tan antiguas como las primeras apariciones de platos voladores. Apenas se habló de los primeros discos en 1947, empezaron a circular en los Estados Unidos rumores de que uno de ellos se había estrellado y lo estaban examinando secretamente.

El gran número de platillos que al parecer sobrevolaban el planeta, llevó a pensar que tratándose de objetos sólidos como cualquier aeronave terrestre sería probable que, expuestos a un fallo mecánico o humano, alguno pudiera sufrir un accidente o una avería, o simplemente ser derribado.

scully En 1950 el humorista de una revista de variedades Frank Scully pretendió establecerlo como un hecho real y publicó el libro Behind the flying saucers (Tras los platos voladores). Convertido en un best seller sensacional, afirmaba haberse estrellado tres discos en el desierto de Nueva México y que la Fuerza Aérea tenía en su poder cadáveres de humanoides pequeños de origen extraterrestre. Dos años más tarde, el libro de Scully fue denunciado como una fábula.

Behind the Flying Saucers, de Frank Scully.

La ausencia de pruebas, los datos contradictorios y faltos de base, y las fantásticas especulaciones tejidas con ellos, llevaron a considerar tales versiones como una invención del periodismo sensacionalista o bien la proyección de ideas paranoicas. Pero la leyenda no fue destruida definitivamente y otros relatos semejantes le siguieron. Uno de ellos, que se encuentra entre los primeros informes sobre estrellamientos de ovnis reportados fuera del territorio norteamericano, es el que aquí nos ocuparemos.

¿UFO-CRASH EN ARGENTINA?

El hecho habría ocurrido en proximidades de General Acha, provincia de La Pampa, Argentina. La inusitada observación se produjo cuando un arquitecto italiano viajaba en automóvil por una región desolada, topándose con una nave discoidal posada a 50 m de la ruta y se atrevió a penetrar en ella, descubriendo entonces tres pequeños seres humanoides al parecer sin vida, sentados en torno a los instrumentales del aparato. Al día siguiente, volvió con unos amigos y en su lugar halló un cúmulo de cenizas, al tiempo que divisaron sobrevolando una nave en forma de cigarro de la cual salieron dos platillos, consiguiendo tomar unas fotografías durante el vuelo.

(1a) Gral Acha 1950

La noticia original publicada en El Universal, de Caracas, Venezuela, el sábado 7 de mayo de 1955.

La primera noticia fue publicada cinco años más tarde en el diario El Universal, de Caracas, Venezuela, el 7 de mayo de 1955. En ella no se menciona la fecha ni el lugar (“años atrás…en Bahía Blanca”), ni tampoco la identidad del testigo (“un arquitecto italiano que reside en Venezuela”), aunque da un apartado postal y se lo ve fotografiado con sus gruesos cristales oscuros -de intenso color verde- junto al “reportero especial del Este” que, en apariencias, se trata del ufólogo, astrónomo amateur y personaje central de la televisión venezolana Horacio González Ganteaume, principal investigador del caso, fallecido en 1971.

(1b) Gral Acha 1950 Enrico Carotenuto Bossa entrevistado por el cronista del diario venezolano.

Curiosamente, el episodio no tuvo hasta ahora repercusión alguna en la Argentina, pero fue bastante difundido y comentado en los Estados Unidos y Europa. Inclusive, los informes del caso han sido traducidos en los años cincuenta a varios idiomas (inglés, francés, portugués) y publicados en libros y revistas del tema. Conviene citar especialmente a The APRO Bulletin (Alamogordo, N.M., august 1955), que dedica varias páginas al incidente (el testigo es presentado como el “Dr. B.”), y a Le Courrier Interplanétaire (Laussane, Suisse, nº 15, Paques 1956) editado por Alfred Nahon (m. 1983), el cual ofrece una versión directa y más detallada, pero también más embellecida, señalando que se trata de Enrico Bossa. En diciembre de 1958 Coral E. Lorenzen (m. 1988), de la organización ufológica APRO, en un artículo publicado en la revista de Ray Palmer Flying Saucers, comenta haber hablado con el testigo y que está en condiciones de revelar su verdadero nombre: Enrique Carotenuto Bossa, o más apropiadamente, Enrico Carotenuto Bossa*.

Al parecer, Carotenuto Bossa era de nacionalidad italiana, ex-piloto de guerra, de profesión arquitecto y con un doctorado en ingeniería aeronáutica, que se desempeñaba en una conocida compañía de Caracas.

Todas las narraciones ofrecidas durante esos años contienen contradicciones e inconsistencias. Sin embargo, es posible -como señala G. Vanquelef– que algunas de ellas se deban a omisiones o errores de traducción de una lengua a otra, siendo la carta escrita directamente por mano de E. Carotenuto Bossa a la revista suiza la versión que, suponemos, debería tenerse más en cuenta. La misma reproducimos a continuación:

EL RELATO DEL TESTIGO

“En el período abril-mayo 1950, me encontraba en la ciudad de Bahía Blanca, capital de la provincia de La Pampa, para construir un cierto número de casas. Tenía por costumbre, de tanto en tanto, para distraerme hacer largas excursiones con mi vehículo en la provincia en cuestión. Estos paseos eran, en general, viajes de 300 a 400 km. de ida y otros tantos de regreso y que se (2) Gral Acha 1950 hacían en tres días. La ruta era una ruta de verano no utilizable en el invierno (que allí comienza en mayo), en una región casi llana, desértica, con una vegetación magra. Hay algunas piedras graníticas, y en el fondo muchas montañas de unos 1.000 m de altura. El terreno de la ruta se encontraba a alrededor de 300 m sobre el nivel del mar.

Itinerario llevado por los testigos. Plano de época.

“El 15 de mayo de 1950, yo efectuaba uno de esos viajes, y había recorrido 280 km. desde Bahía Blanca; me encontraba cerca de los 68º al oeste de Greenwich y a 37º de latitud sur. Cielo claro, bastante limpio. Yo conducía solo mi coche, algo distraído y pensando en mis asuntos, cuando, de improviso, un objeto plateado sobre el suelo llamó mi atención. No le daba mucha importancia a la cosa, que se veía a la izquierda de la ruta a una distancia de 300 m.

“A medida que me aproximaba, notaba detalles extraños, como de tragaluces y una cúpula translúcida. A 50 m del objeto, me detuve y observé con atención el interior del vehículo, y pensé en los restos de un avión caído. Pero la forma extraña del objeto me hizo abandonar esta idea. Las nubes que pasaban interceptando el Sol producían sobre el objeto un efecto extraño. Pensé en dejar el coche y acercarme a pie. A 10 m de distancia, me di cuenta (20) Gral Acha 1950 detalles de la nave al fin que se trataba de un “plato”. Por un efecto de mi subconsciente, me sentí feliz como un niño y, con el espíritu audaz que se adquiere en esas condiciones, no dudé en aproximarme y entrar al interior del objeto, cuya puerta estaba abierta.

Detalles de la nave. A la derecha, dibujo trazado por el testigo.

“Antes de entrar, comencé a examinar el objeto en detalle. Tenía un diámetro aproximado de 10 m, estaba formado por dos partes: una abajo en forma de platillo invertido (campana), y otra, arriba, cilíndrica (torre) y cubierta por una cúpula. Sobre la cúpula, una extraña linterna redonda. Su altura total sería de unos 4 metros. Un cierto número de ventiluces, que no he contado, de forma rectangular, con los ángulos largamente redondeados. El objeto estaba posado sobre el suelo, con una inclinación de aproximadamente 20º, apoyado en un relieve del terreno. Había un extravagante color cromo de un pulido magnífico en el cual se reflejaba mi imagen y la del cielo. Parecía una cosa muerta: nada de vida, ni de ruido, ni de vibraciones. Busqué la puerta que estaba abierta y precisamente al pie de la torre. Pensaba tener alguna dificultad para subir al borde de la campana, pero me di cuenta que en este lugar esta última estaba fuertemente despulida y rugosa como papel de vidrio (n: de lija). Me di cuenta que el objeto no era nuevo, porque el borde inferior de la campana estaba un poco deteriorado y picado en algunos lugares.

“Puse los pies en el metal rugoso y como desde ese punto hasta la torre había una distancia de dos metros sin punto de apoyo, debí ponerme en cuclillas para trepar hasta la puerta cuyas dimensiones aproximadas eran de 1,20 m por 0,90 m. Puse la cabeza en el interior sin ver gran cosa a causa de una cierta oscuridad que allí reinaba, y sentí un fuerte olor de ozono y de ajo. Salté inmediatamente al interior cuyo piso estaba a una profundidad de alrededor de 60 cm. El espectáculo que vi era tan extraño que sobrepasaba la imaginación.

b “El piso era una plataforma que me dio la sensación de hundirse lentamente bajo mi peso. La cabina era perfectamente circular, de una altura de 2,10 m, de color oscuro. Alrededor de la pared se encontraba una serie de tragaluces, muy gruesos, guarnecidos de un material transparente, pareciendo ser de plexiglás.

“Mis ojos se estaban acostumbrando a la iluminación, la escena que vi era horrible. En el centro de la cabina, que medía alrededor de 3,50 m de diámetro, se encontraba un asiento extraño ocupado por un hombre de 1,20 m a 1,40 m de altura, vestido con una combinación gris plomo; su cabeza redonda, con ralos cabellos claros, estaba inclinada sobre su pecho. Las manos, bien formadas, de un color tabaco claro, se apoyaban nerviosamente sobre dos empuñaduras (palancas) que salían de una caja negra que se hallaba a algunos centímetros de su cuerpo. Su rostro, del mismo color que sus manos, la nariz bien formada y derecha, los labios sin bigote, las mejillas sin pelos. Los ojos eran grandes, muy dilatados y vidriosos. Las formas del cuerpo por lo que se podía adivinar eran perfectamente humanas y no se notaba ningún indicio de especie animal. Parecía un adolescente de 15 años, pero con los rasgos de un hombre. No era un enano. Toqué un brazo que estaba rígido y la figura estaba fría. La combinación (over-all) le cerraba el cuello estrechamente y lo mismo en las muñecas. Los pies estaban ligeramente apoyados sobre dos tubos fijados al piso sirviendo de apoyo. La combinación parecía estar hecha de cuero duro y estaba inflada en los hombros, dando al piloto el aspecto de un jugador de rugby. El hombre no estaba sujetado. La butaca era de una forma adecuada a su cuerpo y de un color rojo bermellón. Estaba soportado por un eje central. La caja negra que el piloto tenía delante de él parecía un tablero de a bordo, midiendo alrededor de 1 m de altura por 0,80 m de ancho, en el cual se veían dos ‘ojos de gato’, de esos que se ve en ciertos aparatos de radio. Por debajo de este tablero y un poco más arriba de los pies se veía una ancha banda horizontal con una aguja vertical y ciertos signos extraños que, sin duda, significaban números. A la derecha del piloto, un poco adelante del tablero se encontraba un disco semiopaco como una pantalla de televisión apagada.

(21) Gral Acha 1950 Croquis del interior del plato, según la pluma del testigo E. Carotenuto Bossa.

“El espectáculo más impresionante era otros dos hombres idénticos, que yaciendo sobre dos amplias butacas confortables, de cada lado del piloto y contra la pared, parecían igualmente muertos. Ellos no estaban atados y no se veía ninguna correa.

“Sus ojos estaban abiertos y aterrados, las bocas entreabiertas y un poco infladas. Pero, ¿por qué la tercera butaca estaba vacía?. Yo la toqué y constaté que era de un tejido muy suave. La desaparición del cuarto miembro de la tripulación, evidentemente salido dejando la puerta abierta comenzó a preocuparme. Mi atención fue atraída por dos regletas, de sección rectangular y de 4 cm de altura, colocadas sobre el piso y yendo del centro a la periferia, donde terminaban a cada lado de la puerta. Noté igualmente, encima de la caja de instrumentos de a bordo, una esfera transparente de 25 cm de diámetro rodeada de un anillo plano inclinado a 40º sobre la horizontal y parecido exactamente al planeta Saturno tal como se lo ve con telescopio. ¿Era un calculador automático de latitud o de colatitud?

“Levantando los ojos, noté que la cabina no se continuaba por el techo sino que tenía en la junta con el techo un muy marcado relieve circular, con agujeros rectangulares de 60 cm de ancho y 20 cm de alto. Esta moldura perforada se repetía de la misma manera alrededor del piso. Un plafonnier (n: globo de luz, aplicado al techo) luminoso y parpadeando lentamente emitía una luz blanco-anaranjada. Pensé en ese momento que la energía de la máquina estaba todavía en acción y mil ideas me pasaron por la cabeza… un pánico loco se apoderó de mí y fue necesario un sobresalto de sangre fría para reencontrar mi calma. Di un último vistazo a la cabina y salí deslizándome sobre el borde rugoso de la campana. Apenas en el suelo, sufrí un vértigo y respirando de nuevo nuestro aire, me di cuenta entonces cómo el aire de la cabina era pesado y penoso para respirar.

“Furioso por no haber llevado conmigo mi máquina fotográfica, pensé en ir rápidamente a General Acha, localidad situada a cerca de 200 km. del lugar, para buscar algunos amigos ingenieros que allí se encontraban. Me apuré hacia mi coche y constaté que, contrariamente a lo habitual, el motor arrancó con mucha dificultad, funcionando apenas y dando la impresión que las baterías estaban descargadas a pesar de que estaba seguro que ése no era el caso. Una vez en marcha, todo comenzó poco a poco a volver a la normalidad a medida que me alejaba del aparato.

(22) Gral Acha 1950 Dibujo de un PV con ocupantes. Las caídas y aterrizajes de platos voladores eran comunes en esa época.

“Llegado a General Acha, me puse en contacto con mis amigos, a los cuales les conté la aventura. Después de haber sido convencidos con mucha dificultad, aceptaron acompañarme y nos decidimos a partir el día siguiente a la mañana temprano, porque era ya demasiado tarde para llegar de día. Partimos entonces al alba llevando una máquina Kodak Retina 2 con telémetro, pero, a causa de una violenta tormenta llegamos al lugar a las 12,45 horas. El cielo estaba cubierto a medias con cúmulos-nimbos sobre las montañas. Buscamos el aparato y no pudimos encontrarlo.

“Las expresiones irónicas comenzaban a mostrarse en el rostro de mis amigos, cuando llamó nuestra atención un montón de cenizas de aproximadamente 2 m de altura y 5 m de diámetro que se hallaba exactamente en el lugar donde había visto el platillo. Las cenizas tenían un color rojo plateado y humeaban ligeramente. Puse la mano y noté que la temperatura era de unos 40º C.

(1c) Gral Acha 1950 Una de las dos fotografías tomadas por los testigos. Aquí la reproducida por el diario caraqueño.

“En este momento uno de nosotros levantó los ojos al cielo y observó un plato idéntico al que yo había visto, que nos sobrevolaba a una altura estimada en 600 m. Saqué inmediatamente una foto, en el momento preciso en que tomó altura. Sobre la nave se veía otro objeto en vuelo idéntico al primero. Y todavía más arriba, se veía un cigarro inmóvil a una cierta distancia de nosotros. Los dos platos se dirigieron hacia el cigarro en subida oblicua, inclinados hacia adelante en el sentido de su desplazamiento. En el transcurso de su aceleración los platos pasaron del color plata al color rosa. En algunos segundos los dos platos se reunieron con el cigarro, en el cual ellos desaparecieron e inmediatamente el cigarro arrancó a una velocidad fulminante que nosotros estimamos en 12.000 km./h.

“Caracas, 1º de noviembre de 1955.

Enrico Bossa”.

(1d) Gral Acha 1950 Detalle de la imagen. Modelo ‘50.

El artículo aparecido en Le Courrier Interplanétaire, en abril de 1956, finaliza con una nota al pie indicando que el autor de este informe, el arquitecto italiano de 44 años que firma como Enrico Bossa, pidió en esa ocasión no dar su nombre principal (Carotenuto) porque su vida ha sido muy dura en Argentina y Venezuela, y ha perdido uno de sus empleos “por haber creído en los platos voladores” (sic).

Según las otras versiones, durante una entrevista personal que mantuvieron el “Dr. B.” con González Ganteaume, durante algunas semanas el testigo presentó un estado febril o de alta temperatura y su piel estaba cubierta con ampollas. Aún cuando dice haber consultado a varios especialistas, ninguno fue capaz de formular un diagnóstico, ni aliviarlo, y esos síntomas se fueron después de un tiempo. También, habiendo usado anteojos al entrar al disco, le apareció alrededor de los ojos, en el contorno de las lentes, una marca roja. Un médico lo habría testeado con un contador para determinar si estuvo expuesto a radiación, pero no encontró vestigio alguno. No obstante -continúa- eran visibles en su piel manchas verdosas, las cuales desaparecieron con la aplicación de un medicamento.

Continuará…


* En la década del setenta, Leonard H. Stringfield, un veterano investigador de Cincinnati dedicado a reunir pruebas de que el gobierno norteamericano tiene ovnis y ocupantes en su poder, fallecido en 1994, publica en su libro Situation Red: The UFO Siege (eds. 1977, 1978) que el testigo se llamaba Enrique Caretenuto Botta, pero -acostumbrado a proteger la identidad de los testigos- hizo una variación del verdadero, sin mencionar que se trataba de un seudónimo, trayendo cierta confusión. Además, su versión basada en los informes que le habrían proporcionado H. González Ganteaume y el mismo testigo, en una carta de 1955 (ambos documentos extraviados en vida del ufólogo) no deja tampoco de introducir errores, imprecisiones y discrepancias.

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