Viaje aVenus en un plato volador. La increíble historia de Salvador Villanueva (8)

VIAJE A VENUS EN UN PLATO VOLADOR

YO ESTUVE EN EL PLANETA VENUS (TERCER ACTO)

Más arriba comentamos que Villanueva había tenido otro encuentro con los extraterrestres. Esta vez se había dado justo en plena Ciudad de México. El siguiente es el relato de ese encuentro poco conocido y nos ocupamos de él aún antes que se haya presentado el Segundo Acto:

“Este negocio lo monté a sólo cien metros de don­de vivía, cuando tuve una nueva experiencia con los espaciales.

“En una ocasión en el mes de agosto de 1965, se paró frente a la entrada del taller un coche Mercedes de color negro brillante. Estaba al volante un individuo que portaba uniforme del ejército mexicano y lle­vaba en el hombro derecho tres pequeñas barras de metal que lo acreditaban como capitán.

“Como era mi costumbre, me acerqué para pre­guntarle si podía servirle en algo. Como el hombre ni siquiera me tomó en cuenta, me puse a observarlo. Sus facciones eran como las de nuestros viejos an­cestros, habitantes naturales de México.

“Era moreno. Su pelo estaba pulcramente recor­tado alrededor de las orejas, su gorra militar colo­cada correctamente y pude observar que las venta­nas de su recta nariz temblaban ligeramente como si estuviera nervioso.

“Observando a este hierático militar, que me re­cordaba a los guardias del Castillo de Chapultepec cuando la disciplina militar era férrea, no se me ha­bía ocurrido mirar al asiento trasero donde dos per­sonajes me miraban curiosos y risueños.

“Eran pequeños y de hermosas facciones. Sus ojos brillantes y el color marfilino de su piel trajeron a mi memoria aquella escena que tuvo lugar años atrás en la carretera a Laredo, donde conocí a dos personas con sus mismas facciones.

“Sólo que en esta ocasión las personas a que me refiero traían el pelo recortado igual que el militar que estaba al volante del Mercedes.

“Vestían elegantes trajes color azul claro, pero haciendo caso omiso de las nuevas características del traje y corte de pelo, las facciones eran las mismas de los dos hombres que me invitaron a la nave en la carretera a Laredo. Por un momento me quedé absorto, contemplándolos como hipnotizado, tratando de reconocerlos, pero como mi familia y yo había­mos sufrido tanto a consecuencia de aquella experiencia, al parecer yo estaba traumado y por un mo­mento sentí un estremecimiento a lo largo de mi co­lumna vertebral.

“Traté de alejarme del coche, pero sólo caminé unos pasos hacia la entrada del taller cuando una fuerza misteriosa me hizo volver al coche, esta mis­ma fuerza ya la había sentido antes, cuando en aque­lla ocasión memorable, caminaba tras ellos, rumbo al lugar donde tenían estacionada su nave.

“Descubrí que a ellos no se les pegaba el lodo del camino en los zapatos. En cambio los míos y hasta las piernas del pantalón, iban sucios de lodo.

“Así que cuando sentí esa sensación, volví, me aso­mé de nuevo al interior del coche y uno de ellos, triunfante, me dijo ¿Nos recibes aquí en tu taller o nos llevas a tu casa?

“Por un momento dudé, pero recordé que entre el taller y mi casa había a esas horas gran cantidad de vagos, de los que se pasaban el día jugando y mo­lestando a todos los que tenían necesidad de pasar cerca de ellos y de paso me recordé que dentro de mi casa estaba mi suegra, una anciana culta, inteli­gente y de mente abierta, que siempre apoyó mi de­cisión de publicar todo lo referente a mi experien­cia, así que les dije a mis visitantes que fuéramos caminando a mi casa. Ellos aceptaron y cuál no sería mi sorpresa al ver que aquellos vagos ni siquiera nos miraron y mi suegra sólo contestó el saludo, sin darles importancia. Empezó a revolotear en mi mente la idea de que estos seres aparecían a los ojos de los demás como querían, pues era curioso que ni mi suegra ni ninguno de los vagos que formaban el grupo hubieran advertido la diferencia física que había en­tre mis acompañantes y yo.

“Los pasé a una pequeña sala donde sólo había dos modestos muebles, un sofá y un viejo sillón.

“Les indiqué el sofá en el que tomaron asiento y yo me senté en el sillón.

“Yo no tenía nada que preguntar. Ni siquiera sa­bía cómo iniciar una conversación. Fueron ellos los que la iniciaron empezando por felicitarme por haber logrado establecerme por mi cuenta, diciendo que estaban contentos de mi éxito y me aseguraron que se­guiría progresando, pero que debía mantenerme fir­me, ¿Firme, pensé, pero sobre qué? No atiné a pre­guntarles, pues como la vez anterior me mantenía expectante en su presencia y no lograba abrir la bo­ca.

Héctor Escobar Héctor Escobar Sotomayor.

“Por fin, de seguro para confundirme o para ha­cerme sentir su superioridad, o bien para hacerme entender que no me habían llevado a ningún planeta que no fuera este mismo[1], al que llamamos nuestro y que al final vamos a descubrir que es de ellos y que nosotros no somos más que descendientes de huma­nidades venidas de otros mundos, lejanos o cercanos.

“¿Por qué tratar de ignorarlo? Quizá ellos regu­lan la población humana igual que nosotros nos da­mos el lujo de regular la de algunas especies de animales. ¿O no les parece sospechoso que de repente un individuo trastornado en su siquismo, engreído y estúpido, se apodere de la mente de millones de humanos y los lancé unos contra otros en una espan­tosa carnicería y destrucción material?[2]

“Pues bien, de repente uno de ellos me preguntó a quemarropa si recordaba a alguien con cariño, a al­guien que hubiera significado mucho en mi vida. Inmediatamente vino a mí la imagen de mi madre muer­ta hacía diez años y la de mi padre, al que había perdido cuando era niño, pero que dejó su fuerte per­sonalidad saturando todo mi ser. Cuando esto pasó, en vez de mis entrevistadores vi a mi padre y a mi madre frente a mí, tal como yo los había conocido y admirado. Por un momento creía haber dejado de existir, ya que no entendía lo que estaba pasando.

“Caí de rodillas en el mismo momento en que mis padres desaparecían para aparecer otra vez mis hués­pedes, que ante mi consternación se apresuraron a aclararme que sólo querían que viera lo fácil que es retroceder en el tiempo o vivir en el futuro y para volver más mi cerebro en la confusión me dijeron: Ahora te vamos a llevar a dar un paseo por el futuro de tu patria, vamos a ir a zonas que progresarán en poco tiempo y serán el nacimiento de una gran na­ción. Cierra un poco los ojos… Así lo hice y cuan­do los abrí no estábamos en la sala, ni sentados en mis destartalados muebles, estábamos en aquella nave maravillosa en que nos levantamos allá cerca de Ciu­dad Valles. Yo estaba mudo de asombro y tampoco atinaba a comprender lo que estaba pasando ahora, pero mi mente estaba lúcida y empecé a tratar de recordar para encontrar un paralelismo entre esta vi­sión que estaba viviendo y la que viví la vez anterior y encontré que la diferencia era absoluta”.

YO ESTUVE EN EL PLANETA VENUS (SEGUNDO ACTO)

Ahora regresemos al libro de Villanueva y vallamos al Segundo Acto de esta obra. Acto que nos habíamos saltado para conocer un poco más sobre la vida de este contactado. Nuevamente adelantemos algunas páginas y vallamos a la parte medular del relato. La parte en que regresa a la Tierra y desciende del platillo.

“XI

“Bajamos lentamente, hasta sentir que habíamos tocado tierra. Mis amigos me hicieron prometerles que la experiencia que me habían concedido la daría a conocer en todas partes y por todos los medios a mi alcance y fue entonces cuando les advertí que mi preparo intelectual era nulo y ellos me prometieron su ayuda.

Villanueva12MV Dibujo de las calles de Venus, basado en la descripción de Villanueva.

“Momentos después me encontraba corriendo hacia la carretera, pues ellos me dijeron que mientras no me alejara lo suficiente no podrían elevarse porque ponían en peligro mi vida.

“Cuando llegué al borde de tierra dirigí la vista al lugar, esperando ver cómo la nave se elevaba; pero esta se mecía majestuosamente a unos 500 metros de altura, como despidiéndose de mí. Luego dio un tirón tan fuerte que desapareció de mi vista, pudiendo localizarla cuando solo era un pequeño óvalo de seis o siete pulgadas.

“De nuevo mi mente se volvió confusa. Fijé mi vista en las piernas de mi pantalón y estaban completamente limpias, lo contrario de como quedaron al atravesar el lodazal 5 días[3] antes en que atravesamos desde la carretera hasta la nave. Estuve un buen rato reconociendo el terreno y cavilando sobre aquella fantástica aventura y, cosa rara, estaba seguro de que todo el mundo me creería cuando la contara, ya que podría contestar cuanta pregunta me hicieran relacionada con este fantástico viaje. Sólo me intrigaba cuánto tiempo había pasado[4].

“Vi venir un coche en dirección al sur, crucé la carretera y sin atreverme a pararlo éste se detuvo frente a mí. Dicho coche traía placas del Estado de México y estaba ocupado al parecer por una familia. Venía al volante un señor gordo; a su lado una señora bien vestida y atrás dos jovencitos[5].

“El señor me preguntó que sí iba al pueblo subiera, que me traería. Pensó el hombre que yo sería de por allí, y como traía dificultades con el motor creyó que le podía indicar algún taller mecánico; pero yo desconocía el pueblo y sus moradores. Me limité a aconsejarle que nos paráramos en la primera gasolinera[6]. Allí tuvimos la suerte de encontrar un mecánico petulante y medio ebrio, que inmediatamente pronosticó el desperfecto, engatusando al dueño del coche para que lo siguiera, puesto que éste manejaba una carcacha. Yo me quedé en la gasolinera. Poco después llegó en la misma dirección un gran camión de carga a cuyo chofer le pedí que me trajera. El hombre que lo manejaba accedió a traerme pues se dirigía a la Ciudad de México. Por mi parte me sentía rebosante de optimismo. Recordaba perfectamente todos los incidentes del viaje y estaba seguro de que nadie me confundiría. Le pregunté al compañero qué día era. Al contestar me dirigió una mirada, con cierta mezcla de extrañeza y de burla; pero venía yo tan optimista que no le di importancia. Hice cuentas de los días que llevaba fuera de mi casa y me dispuse a contarle a mi compañero mi aventura.

“Me oyó calmadamente, sin dejar de dirigirme miradas de desconfianza, quizá pensando que estaba loco; pero que era un loco pasivo, sin peligro. Por fin, cuando estuve seguro de que no corría ningún peligro en mi compañía y que le había inspirado la confianza necesaria, me dijo:

“-Mira, hermano, la hierba es mala cuando uno la fuma pura. Ya verás cuando la guisas[7]. Si te contara lo que he visto, te quedarías maravillado. Aquello me apenó. ¿Sería verdad que aquel hombre pensaba que yo estaba mariguano? Así que todo el trayecto me lo pasé dormido[8], pues de repente vi con claridad la magnitud de mi experiencia y perdí todo deseo de hacerla pública. Pero recordaba la promesa que había hecho a mis amigos de hacer pública la oportunidad que ellos me habían proporcionado, así que de allí en adelante tenía que luchar para vencer aquel complejo que echó profundas raíces cuando se la conté al compañero chofer que me trajo. Fue por esta causa que durante año y medio no lo conté a nadie y solo me arriesgué cuando se empezaron a leer con frecuencia en los periódicos relaciones de personas que aseguraban haber tenido oportunidad de admirar estas fantásticas naves espaciales.

“Como decía al principio de este libro, he pasado tantos sinsabores desde que me decidí a contarlo que he acabado por considerar increíble la aventura y justificar a las personas que se burlan de mí, pues tienen derecho a no creer lo que ellos no hayan visto o vivido. Así, cuando me topo con una persona que me pregunta en son de guasa, acabo por decirle, que solo fue un viaje que hizo mi mente en alas de la imaginación, y con eso lo dejo satisfecho, pues casi siempre infla el pecho y dice:

“-Ya decía yo que esto era imposible. A mí nadie me engaña. Así los dos quedamos tan contentos.

“Ahora, cuando encuentro a una persona exenta de petulancia y de ‘sabiduría’, casi siempre lo cuento todo y con mucho gusto nos ponemos a discutir lo factible y lo no factible y, pongamos que no lo crea, pero queda con la duda y, además, se divirtió, cosa que a mí me satisface.

“Muchísimas personas me asediaban preguntándome de qué planeta procedían aquellos hombres y esto me mortificaba a tal grado que acabó obsesionándome, pues resultaba estúpido no habérseme ocurrido preguntarlo a los que me hubieran sacado de la duda.

“Uno de esos días en que más me mortificaba esta pena, empecé a sentir una presión mental insoportable que por momentos se hacía más pesada al grado de que tuve que dejar de trabajar, pues me resultaba peligroso.

“Me dirigí a mi casa a eso de las tres de la madrugada y, aunque no tenía sueño, me tendí en la cama.

“El cuarto estaba a obscuras. No quería despertar a mi esposa y por lo tanto me abstuve de prender la luz. Estaba, lo recuerdo perfectamente, despierto y en actitud pensativa y revoloteaba en mi mente el reproche que me hacía de no habérseme ocurrido hacer tan importante pregunta. De repente el lugar se iluminó inundándose de luz, pero la luz que yo había visto en aquel planeta. Traté de incorporarme sin lograrlo y ante mi asombro desapareció todo lo que de familiar había a mi alrededor y me ví participando en una escena en que aparecían mis dos amigos dándome una conferencia de astronomía.

“Pintaban en algo colocado en una de las paredes, lo que debía ser un diagrama de nuestro sistema solar.

“Reconocí el sol y nueve planetas de diferentes diámetros, habiendo treinta y siete lunas en total, distribuidas treinta de ellas entre los cinco últimos planetas y las siete restantes entre el nuestro y el sol.

“Cuando estuvo todo distribuido, simplemente trazó el que hacía de profesor, que no era otro que el hombre más delgado de los dos primeros, una cruz sobre el segundo planeta a partir del sol.

“Luego, el mismo hombre volvió la cara a donde me encontraba y me dijo en su reconocible voz: -¿Te acuerdas cuando entrábamos en nuestro planeta, que preguntaste si era el sol lo que veías y te contestó uno de nuestros superiores que no pero que sí estábamos entrando en nuestro planeta por la puerta del sol, o sea por la parte en que siempre está alumbrando nuestro astro rey?

“Y a fe mía que no recordaba aquellas palabras, pues entonces estaba yo tan asustado ante lo que tenía a mi vista, que no se me grabaron.

“Terminado este interrogatorio, desapareció la luz, mis amigos y todo lo que acababa de ver, y de paso ya no pude conciliar el sueño hasta el nuevo día…”

Continuará…


[1] Aquí se ve que Villanueva, ya enterado de los nuevos conocimientos sobre el planeta Venus, comienza a cambiar su versión sobre su “viaje espacial”. En ese sentido Héctor Escobar Sotomayor comentaba:

“Desgraciadamente para Adamski, Villanueva, Menger y demás cuartes de los venusinos, pocos años después las sondas soviéticas Venera descubrirían que Venus era un infierno de azufre y gas carbónico y no el paraíso tropical pletórico de mares y plantas que la ciencia ficción -barata- de la época planteaba. Hoy en día Villanueva -nada tonto- niega haber estado en Venus ofreciendo una versión más acorde, en la que aduce que seguramente fue hipnotizado por los seres extraterrestres para hacerle creer que viajó a otro planeta”.

(Escobar Sotomayor Héctor, 500 años de ovnis en México, Vol II, Corporativo Mina S.A. de C.V., México, 1995.)

[2] Hasta me parece estar leyendo algún libro de Salvador Freixedo, pero recordemos que Villanueva publicó esto en 1976 y aunque el exsacerdote publicó sus primeros libros sobre el tema ovni en 1971 y 1973 (Extraterrestres y creencias religiosas y El diabólico inconciente, respectivamente), sus “ideas” más delirantes vendrían años después (La amenaza extraterrestre, 1982, y ¡Defendámonos de los dioses!, 1983) En estos últimos libros las ideas de los dos Salvador confluyen en un mismo cauce. Freixedo no menciona a Villanueva en los dos primeros libros, pero en los siguientes se ocupa tangencialmente del contactado mexicano. Yo creo que el ufólogo español tomó estas ideas del contactado mexicano (entre otros).

[3] Aquí Salvador sabe perfectamente cuántos días han transcurrido desde que subió a la nave. Nuevamente entra la duda de por qué preguntó al chofer sobre el día y el mes en curso. Pero en el mismo párrafo vuelve sobre la cuestión del tiempo transcurrido. Al parecer no se da cuenta de la incongruencia.

[4] Han pasado 5 días. Lo acaba de decir tan sólo unas líneas más arriba. Si eso no es una muestra de que estaba mintiendo, entonces no se que pueda ser.

[5] Esto no concuerda con sus otras versiones, en las que Villanueva regresa a la Ciudad de México a bordo de un camión de carga. El lector nos podrá decir que más adelante aparece el citado camión, pero el hecho es que las versiones son diferentes.

[6] En la otra versión es al camión de carga al que deja justo en una gasolinera.

[7] Nuevamente en la otra versión el chofer le dice que la mariguana es mala cuando está “guisada”, y aquí ocurre todo lo contrario.

[8] Había dicho que el trayecto lo había pasado con un terrible dolor de cabeza, pero claro, eso fue en la otra versión.

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