La dorada mediocridad

LA DORADA MEDIOCRIDAD[1]

Mario Méndez Acosta

Una de las recetas más efectivas en el ámbito científico es l llamado principio de la mediocridad usado sobre todo en las ciencias naturales. No pretende, a pesar de su nombre, hacer juicio alguno de valor sobre lo que se aplique; el término “mediocridad”, en el lenguaje ordinario, implica un enjuiciamiento negativo, ya que denota una falta de deseo de superarse en las acciones o en el comportamiento de aquel o aquellos a quienes se aplica; pero en el mundo natural, mediocridad implica sobre todo falta de elementos que permitan destacar o distinguir una situación como algo especial o extraordinario.

El principio de mediocridad ha permitido obtener información importante de la naturaleza del universo. En el caso de la astronomía, permite decidir, por ejemplo, que la situación de la Tierra en nuestro sistema solar, y a su vez la de éste en nuestra galaxia, no tienen nada de particular y que, por lo tanto, es posible esperar que en otros lugares existan otros planetas similares y otros sistemas planetario equivalentes. Brevemente, el principio de la mediocridad señala que no vivimos ni en un lugar especial ni en un tiempo especial y así podemos esperar que en el pasado, en el futuro y en las regiones más lejanas del cosmos, prevalezcan condiciones equivalentes a las que nos rodean, y rijan ahí las mismas leyes naturales con las mismas constantes físicas.

El principio de mediocridad es tal vez el argumento más convincente que hay para seguir adelante con los programas de búsqueda de inteligencia extraterrestre. Estos programas intentan detectar, en los millones de estrellas situadas cerca de nuestro Sol, alguna evidencia de que alguien use señales de radio de origen artificial, lo cual revelaría la existencia de alguna civilización extraterrestre avanzada. El principio de la mediocridad nos dice que nuestra existencia no tiene nada de especial y que por lo tanto debería haber infinidad de civilizaciones tecnológicas en cualquier lugar del cosmos tal como ocurre en nuestra galaxia en condiciones de habitabilidad y de disponibilidad de tiempo para que funciones el proceso evolutivo.

No obstante, aunque los programas de búsqueda han funcionado ya por más de cuarenta años, no se ha podido encontrar ningún indicio de que, en otro sitio de nuestra galaxia, la Vía Láctea, alguien esté utilizando señales electromagnéticas como las de radio para comunicarse, y ello entra en aparente contradicción con el principio de la mediocridad que permitió establecer las bases de la física contemporánea. ¿Por qué la esfera celeste no se ve pletórica de señales de radio de los millones de civilizaciones que deberían ya haber evolucionado en la Vía Láctea o en las galaxias más cercanas? La clave está en considerar con cuidado lo que implica en verdad el principio de la mediocridad. Si señalamos que en cualquier otro lugar, en donde se presenten las condiciones que rigen aquí en la Tierra, debería surgir pronto una civilización tecnológica capaz de usar el radio, el meollo del asunto está en definir bien esas condiciones.

El surgimiento de nuestra especie tomó aproximadamente cuatro mil millones de años desde que la vida apareció en el planeta. La vida en sí apareció más o menos rápidamente después del enfriamiento de la Tierra, pero todo indica que ello fue facilitado por la existencia de mareas causadas por el hecho de que tenemos una luna de gran tamaño, en comparación con el tamaño de la Tierra o bien porque existe en nuestro planeta un mecanismo llamado tectónica de placas, causante de que las placas continentales se desplacen y así surjan fisuras en el fondo del mar, donde propician una fuente de calor muy favorable al surgimiento de la vida.

La vida ya era lo suficientemente compleja como para que hubiera surgido una especie inteligente hace uno 300 millones de años; sin embargo, ello no sucedió sino después de presentarse varios acontecimientos fortuitos, como por ejemplo, la extinción de los dinosaurios por causa del impacto en la Tierra de un gigantesco meteorito. Si ello no hubiera ocurrido, los mamíferos no se hubieran convertido en el orden zoológico dominante.

Una serie de cambios climático fortuitos, y quizá difíciles de repetir, propiciaron que un cierto tipo de primates, alejados del medio ambiente para el que estaban perfectamente adaptados, tuvieran que desarrollar algo llamado inteligencia para sobrevivir en condiciones muy cambiantes y hostiles.

Si el planeta hubiera mantenido las agradables condiciones que mostraba hace unos treinta millones de años, nosotros todavía viviríamos en las copas de los árboles, alimentándonos de sabrosos frutos, sin necesidad de bajar al suelo a enfrentarnos con depredadores y sin vernos obligados a cambiar nuestra dieta para incluir la proteína de la carne, lo que nos obligó a aprender a cazar con armas y herramientas.

El principio de la mediocridad, para el caso de nuestra evolución, debe entonces expresarse de esta manera: “en todos los mundos situados en una órbita adecuada alrededor de su estrella, en los cuales exista una luna que cause mareas en los océanos, donde haya además tectónica de placas, causante de que se modifiquen los continentes a lo largo del tiempo geológico, en donde regularmente desaparezcan –por causa de desastres naturales- las especies dominantes demasiado especializadas, y en donde, finalmente, surja un ser con la capacidad de manipular objetos y comunicarse entre su grupo, transmitiendo conceptos complejos, en esos planetas surgirá, tarde o temprano, una civilización tecnológica capaz de desarrollar la comunicación por radio”.

Este nuevo conjunto de condiciones hace que el número esperado de civilizaciones en la galaxia, o en el mismo universo, sea extremadamente reducido. Prácticamente, según los más severos analistas, ese número en la galaxia, y tal vez en el cosmos visible, sea, en este momento, de cero. Resulta así que sí somos algo especial, por lo que debemos tomar medidas para no arruinar nuestras perspectivas como un factor de cambio en el cosmos futuro.


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 175. México, marzo-abril 2004. Págs 54-55.

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