Ciencia viva y ciencia muerta

ESCRUTINIO

 

Ciencia viva y ciencia muerta[1]

 

Juan José Morales

 

Según el programa de estudios de la Secretaría de Educación Pública actualmente en vigor, el objetivo que persigue la enseñanza de las ciencias naturales en la primaria, es «dotar a los alumnos de las competencias necesarias para indagar en la realidad natural de manera objetiva, sistemática y contrastada». Asimismo, el programa indica como uno de sus propósitos que los alumnos «desarrollen habilidades de pensamiento científico y sus niveles de representación e interpretación acerca de los fenómenos y procesos naturales».

clip_image002La enseñanza viva de las ciencias naturales, mediante colectas, observaciones y experimentos, resulta mucho más sólida que la mera acumulación de conocimientos librescos.

Y aunque los libros de texto —en la elaboración de cuyas primeras versiones tuve la satisfacción de participar— fueron concebidos como una guía para que maestros y alumnos realicen actividades tendientes a desarrollar habilidades de observación, experimentación, registro, sistematización y razonamiento, de hecho se les sigue manejando como un compendio básico de información.

La enseñanza que se imparte en la inmensa mayoría de las escuelas —tanto oficiales como privadas— sigue siendo de tipo libresco, limitada a la acumulación y memorización temporal de una serie de conocimientos preestablecidos, y si acaso, cuando se realizan investigaciones, a la simple búsqueda de más información en libros, revistas y en la Internet. En un estudio realizado hace algunos años, se encontró que el 65% de los maestros se limitaban al dictado y el copiado de textos, cuestionarios y dibujos, y que sólo el 30% realizaban las actividades prácticas sugeridas en el libro de texto, las cuales —hay que recalcarlo— son bastante sencillas y requieren sólo materiales comunes y fáciles de conseguir. Para la mayor parte de los maestros, el aprendizaje se reduce a leer y acopiar información elaborada por otros.

Pero a veces es mejor que el alumno —como se dice popularmente— descubra el hilo negro o invente el agua tibia. Es decir, que por sí mismo llegue a un conocimiento ya establecido. Por ejemplo, en vez de simplemente aprender en ocho líneas y en unos minutos que los imanes tienen dos polos y que los de igual signo se repelen en tanto que los de signo opuesto se atraen, es mejor que el alumno lo descubra por sí mismo experimentando con imanes, aunque ello le lleve más tiempo. Ello le permitirá ejercitar su capacidad de observación y razonamiento y aprenderá a registrar, correlacionar e interpretar fenómenos, lo cual es parte del pensamiento científico.

La enseñanza libresca y memorizante es una de las causas del grave rezago educativo. Mientras esa situación no cambie, seguiremos produciendo analfabetas científicos, dicho esto sin ánimo peyorativo sino sólo en el sentido de gente que no tiene auténticos conocimientos científicos ni —mucho menos— una mente analítica sino sólo un barniz de información y por ello cae fácilmente en las redes de timadores y charlatanes.

Independientemente de que las actividades incluidas en los libros de texto tengan algunas deficiencias y puedan mejorarse, el primer paso que hay que dar es tan sólo utilizarlos como se debe. Es decir, no como un mero texto informativo, sino como una guía para aprender a explorar, conocer y comprender el mundo que nos rodea y los fenómenos que en él ocurren. Para ello fueron proyectados, pero por desgracia, la inercia de los viejos métodos de enseñanza ha frenado su aprovechamiento. En lugar de ciencia viva, se sigue enseñanza ciencia muerta.

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[1] Publicado originalmente en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 7 de febrero de 2012. Reproducción autorizada por Juan José Morales.

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