Muere de cáncer en clínica de medicina alternativa de terrorista

Paciente con cáncer muere en clínica terrorista

17 de mayo 2012

Sanaa, Yemen, 17 de mayo (UPI) – Un paciente femenino de 23 años de edad, murió de cáncer en Yemen después de registrarse en una clínica de medicina alternativa a cargo de un prominente clérigo y buscado terrorista.

La mujer, identificada sólo como Fátima, fue diagnosticada con cáncer de mama en fase 2 y se le aconsejó someterse a cirugía y quimioterapia, cuando un amigo de la familia informó a su padre que el jeque Abdel-Mageed al-Zindani, un clérigo prominente y buscado terrorista, estaba dirigiendo un programa contra el cáncer en su clínica, de forma gratuita.

Tras un mes de hierbas medicinales y tratamientos alternativos, la salud de Fatma se deterioró a tal punto que su madre decidió regresar a su médico habitual, sólo para que les dijera que el cáncer se había extendido a todos los órganos de Fatma, informó bikyamasr.com.

El padre de la mujer dijo que se siente responsable de la muerte de su hija y desearía no haberla puesto en la fe de la medicina alternativa.

“¡Si tan sólo hubiera escuchado a mi médico! Tal vez todavía estaría con nosotros”, dijo.

http://www.upi.com/m/story/UPI-27341337257515/

Vía Mundo loco mundo

Claroscuros de los biocombustibles

IMPACTO AMBIENTAL

Claroscuros de los biocombustibles[1]

Juan José Morales

De los biocombustibles —esto es, los combustibles para vehículos obtenidos a partir de caña de azúcar, maíz, soya y otras plantas— se dice que tienen una doble ventaja: por un lado, reducen la dependencia del petróleo, y por el otro producen menos contaminantes, en particular los que provocan el calentamiento global.

Los biocombustibles, sin embargo, tienen un inconveniente nada desdeñable: para producirlos hay que establecer plantaciones, y ello implica devastar grandes extensiones de selva y otros tipos de vegetación natural que absorben dióxido de carbono o CO2, el más importante de los llamados gases de invernadero, causantes del calentamiento global. O, para decirlo en otros términos, al intentar resolver un problema, se podría agravarlo.

clip_image002Frutos del árbol de sikil-té, Jatropha curcas, también llamado piñón o jatrofa. Cada uno contiene tres semillas muy ricas en aceite que es tóxico pero puede usarse con fines industriales, incluso para producir biodiesel.

De esto se habla en un artículo publicado en la revista Ecology and Society por Wouter M. J. Achten, de la universidad de Lovaina, Bélgica, y Louis V. Verchot, del Centro Internacional de Investigaciones Forestales, que tiene su sede en Bogor, Indonesia.

En el estudio se examinan los efectos de la producción de biocombustibles en plantaciones de soya, palmas oleaginosas y piñón o jatrofa en cuanto a la pérdida de vegetación natural que actúa como sumidero de CO2. En particular, se calculó el balance costos-beneficios, estimado según el tiempo que la pérdida de cobertura forestal —y por tanto de la capacidad natural del medio ambiente para absorber CO2— tardaría en ser compensada por la ganancia derivada de la menor emisión de gases de invernadero gracias al uso de biocombustibles.

En total, se estudiaron 12 proyectos de producción de biocombustibles establecidos en Brasil, Ghana, Zambia, Indonesia, Malasia y México. En nuestro país —y esto es lo que nos interesa especialmente—, dos pequeñas plantaciones en Chiapas y una gran plantación comercial en el oriente de Yucatán.

El estudio llevó a la conclusión de que el lapso en el cual los cultivos para producir biocombustibles comienzan a rendir beneficios que compensen la deforestación, oscila entre 30 años en el caso de una plantación de soya, hasta más de tres siglos en el caso de un sembradío de piñón, o jatrofa como también se le llama. En el nivel medio se encuentra el cultivo de palmas oleaginosas, con un lapso de hasta 220 años.

Los anteriores —hay que subrayarlo— son períodos máximos. Pueden ser bastante menores, según el tipo de suelo, el clima y la extensión de los sembradíos. Pero vayamos al caso concreto de Yucatán.

Aquí se ha establecido una plantación de piñón de la especie Jatropha curcas, llamado sikil-té en maya. Este árbol, nativo de la península, ha sido llevado a muchos lugares del mundo, principalmente para usarlo como cerca viva ya que por su contenido de sustancias tóxicas, el ganado no come las hojas ni los frutos. Y últimamente se ha popularizado como fuente de biocombustibles.

Pues bien, de acuerdo con los investigadores, en el caso de cultivos de este árbol, pasarán entre 76 y 310 años antes de que comiencen a obtenerse beneficios ambientales que compensen la pérdida de vegetación. Mientras tanto, habrá perjuicios.

No vamos a entrar en detalles sobre la metodología de la investigación, pero sus resultados demuestran —como señalan los autores del estudio— que debe analizarse cuidadosamente si vale la pena arrasar grandes extensiones de selva —que absorbe dióxido de carbono y por tanto ayuda a mitigar el calentamiento global y el cambio climático— para usar el terreno en la producción de biocombustibles. El daño ambiental —concretamente sobre el contenido de gases de invernadero en la atmósfera— podría resultar mayor que los beneficios. En todo caso, añaden, habría que establecer esas plantaciones sólo en ciertas zonas donde las condiciones naturales minimicen los problemas que ocasionan.

Comentarios: [email protected]


[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 21 de mayo de 2012. Reproducción autorizada por Juan José Morales.

El misterio de las centellas (693)

El misterio de las centellas (693)

Kugelblitz

Ayer (3 de junio de 2005) vi una centella en mi habitación.

Afuera estaba relampagueando y yo tocaba la guitarra, cuando un rayo golpeó la casa. Hubo una explosión muy fuerte. En el mismo momento vi a 50 cm de mí en la zona a la altura de los ojos, una centella moviéndose. Tomó un segundo y miré, como si un núcleo explotara y una onda de choque alrededor del núcleo se diseminó aproximadamente en un diámetro de 40 cm. Líneas blancas salieron del núcleo hasta la onda de choque.

La centella no dejó daños, salvo el temor que sentí.

Stefan

Adelboden, Switzerland