Puertas abiertas para el demonio

IMPACTO AMBIENTAL

Puertas abiertas para el demonio[1]

Juan José Morales

Hace un par de meses, comentamos en esta columna que el acuerdo firmado con el gobierno de Calderón con una treintena de grandes empresas mexicanas y extranjeras en materia de producción de alimentos, equivale a un pacto con el diablo. En particular nos referíamos a la transnacional Monsanto, que va en camino de convertirse en el gran monopolio de las semillas y factótum de la agricultura mundial.

clip_image002El montaje fotográfico indica de manera alegórica que los grandes monocultivos de soya tienen graves y profundas repercusiones sobre el medio ambiente. En el caso de la península de Yucatán, sobre los mantos acuíferos subterráneos y sobre la apicultura.

Pues bien, parece que además de pactar con el diablo, se quiere abrirle las puertas del país al autorizar a esa gran empresa sembrar en la península de Yucatán 30 mil hectáreas más con cultivos de soya transgénica, destinada básicamente a la manufactura de alimentos para animales. Con ello se pondría en serio peligro de contaminación los acuíferos subterráneos de la región «”que son cruciales para el abastecimiento de agua potable y contienen especies animales únicas en el mundo»” y se podrá dañar gravemente la apicultura, una actividad de la que dependen 16 mil familias campesinas en Yucatán, Campeche y Quintana Roo, que aportan el 40% de la producción nacional de miel.

El problema estriba, por un lado, en que los proyectados sembradíos de soya requieren el uso de grandes cantidades de insecticidas y herbicidas, y éstos pueden llegar fácilmente a los mantos de agua subterráneos, ya que como es sabido, el terreno de la península es de tipo cársico. Es decir, formado por un tipo de roca caliza, denominado carso o karst, que es muy permeable y permite la rápida infiltración del agua.

En cuanto a la apicultura, el peligro consiste en que la soya que se planea cultivar es, como decíamos, de tipo transgénico, o sea modificada genéticamente para hacerla resistente al uso de herbicidas, de manera que cuando éstos se aplican en los campos, matan a las malezas sin dañar a la soya. Y resulta que en casi todos los países de la Unión Europea «”que es el principal mercado de la miel peninsular»” hay severas restricciones relativas a los vegetales transgénicos. No se permite su siembra generalizada y se exige que cualquier producto alimenticio importado esté libre de ellos. En el caso de la miel, debe estar libre de polen de cualquier cultivo transgénico. De contenerlo, es rechazada por los compradores europeos.

De hecho, se dice, ya ocurrió tal cosa con un cargamento de miel procedente de Campeche, que no fue aceptado en Alemania por contener polen transgénico.

Por otro lado, según el Instituto de Investigaciones Agropecuarias de Argentina «”uno de los mayores productores mundiales de soya»” el cultivo sistemático y repetido de soya en grandes extensiones termina empobreciendo y dañando el terreno y causando profundas alteraciones ambientales. Desde luego, a una gran transnacional que para sus sembradíos utilice terrenos ejidales rentados «”que es como se planea cultivar esas 30 mil hectáreas en la península»”, esto no le importa. Cuando tales tierras ya no le sirvan, simplemente las abandonará y conseguirá otras en otro lugar. Pero a los propietarios de las tierras, y al país, sí debe preocuparles.

Todo esto explica por qué entre apicultores, campesinos y científicos hay una amplia oposición a los planes de establecer grandes plantaciones de soya en suelo peninsular.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 16 de abril de 2012. Reproducción autorizada por Juan José Morales.

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