Las lecciones del Chichonal

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Las lecciones del Chichonal[1]

Juan José Morales

Aquella noche del 28 de marzo de 1982 cenábamos en un restaurante al aire libre de Chetumal cuando empezó a caer un fino polvo blanco, con aspecto de talco. “Ceniza volcánica”, pensé de inmediato, y me pregunté de dónde provendría. Mi primera suposición fue Guatemala, por su proximidad y porque ahí hay numerosos volcanes activos. Pero pronto supimos por los noticiarios nocturnos que en Chiapas, un volcán llamado Chichón o Chichonal, al cual nadie prestaba mayor atención y muchos consideraban apagado, había hecho erupción súbitamente.

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Parece un simple cerro, pero la erupción de este volcán —minúsculo comparado con el Popocatépetl, el Pico de Orizaba, la Malinche y otros famosos volcanes mexicanos— causó la peor catástrofe de su tipo en la historia de México y fue uno de los más importantes eventos volcánicos del siglo XX en todo el mundo.

Durante las semanas siguientes, el fenómeno fue objeto de atención, sobre todo porque las nubes de ceniza obligaron a cerrar carreteras y suspender los vuelos en una amplia zona y porque —como toda catástrofe natural o artificial—, era materia prima para noticias y reportajes.

El interés, empero, no tardó en extinguirse, ya que el suceso había ocurrido en una zona remota, donde existía sólo un puñado de pequeñas poblaciones habitadas por indígenas zoques, tradicionalmente marginados, explotados y sumidos en la extrema pobreza, de quienes nadie se ocupaba. De hecho, después de ser noticia de primera plana por tiempo relativamente breve, el asunto cayó en el olvido y los únicos que siguieron interesados en él fueron los vulcanólogos. A los lugareños afectados por el desastre, simplemente se les trasladó a otros lugares y se les dejó abandonados a su suerte.

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La tragedia humana causada por el Chichonal queda de manifiesto en este par de fotografías. A la izquierda, el poblado de Francisco León (originalmente llamado Magdalena Coalpitan) antes de la erupción. En el óvalo, la iglesia, el mayor edificio del lugar. Foto cortesía de Ricardo Meléndez. A la derecha, el pueblo materialmente borrado del mapa después de la catástrofe. Foto cortesía de Richard Klemetti.

Pero aunque muy poco se habla de ella, la erupción del Chichonal fue la más mortífera en la historia de México y uno de los más importantes eventos volcánicos de todo el siglo XX en el mundo. Superó por su magnitud y consecuencias sobre el clima a otras erupciones famosas de la misma época, como la del monte Santa Elena en el estado norteamericano de Washington en 1980 y la del Pinatubo en Filipinas en 1991, sobre las cuales hay plétora de reportajes y documentales. Y el Chichonal —dicen los científicos— dejó una lección que, afortunadamente, no cayó en saco roto: que un volcán aparentemente extinto, o que no ha dado señales de actividad importante en mucho tiempo, puede resucitar repentinamente casi sin previo aviso.

Pequeño y marginal

En el caso del Chichonal, aunque en las semanas anteriores a la catástrofe hubo algunos temblores de tierra en la zona, no se les dio mayor importancia. Se sabía que era un volcán, pero con sus pocos cientos de metros de altura —incluso otros cerros no volcánicos de los alrededores son más elevados— resultaba un pigmeo en comparación con colosos como el Popocatépetl, el Pico de Orizaba o el Nevado de Toluca. Ni siquiera los vulcanólogos pensaban que podría ocurrir una erupción, pues las condiciones no parecían propicias para ello. Por principio de cuentas, se encuentra muy distante de la zona volcánica por excelencia de México: el llamado Eje Volcánico Transversal o EVT, una larga cadena de volcanes que se extiende de la región de Los Tuxtlas en la costa veracruzana del Golfo, a Nayarit en el litoral del Pacífico al otro lado del país, e incluso se prolonga bajo el mar hasta las islas Revillagigedo, donde en 1952 nació el por ahora más joven volcán de México, el Bárcena. La zona del EVT —dicho sea de paso— abarca diez estados donde habita la mitad de la población mexicana.

Se encuentra también el Chichonal lejos de otra importante y dinámica zona volcánica, la de Guatemala. Por otro lado, los estudios geológicos indicaban que, salvo por una pequeña explosión en 1850, se había mantenido inactivo desde una gran erupción ocurrida en 1360.

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La cumbre del volcán inmediatamente después de la erupción, que hizo volar el domo de lava que lo taponaba. Este nuevo cráter, mucho mayor que el original, mide un kilómetro de diámetro y varios cientos de metros de profundidad.

Pero ese 28 de marzo, aquel pequeño volcán marginal despertó. Y aunque su primera erupción duró sólo dos o tres horas, fue cuatro veces más intensa que la famosa erupción del Monte Santa Elena y arrojó 0.3 kilómetros cúbicos de rocas y su equivalente en cenizas. Vino luego un período de aparente calma hasta el 4 de abril, durante el cual hubo sólo pequeñas explosiones, algunas de ellas causadas por bolsas de vapor sobrecalentado. Ese día sobrevino una segunda erupción, que arrojó no sólo rocas y ceniza sino lo que los vulcanólogos denominan un flujo piroclástico. Es decir, una gran nube de gases, ceniza y rocas ardientes que corren cuesta abajo por las laderas abrasando todo a su paso. El flujo, que llegó hasta ocho kilómetros del cráter, arrasó el pueblo de Francisco León y mató por lo menos a mil de sus habitantes.

Luego, ocurrió una tercera erupción, explosiva, que lanzó mayores cantidades de rocas y ceniza que la primera. Sobre amplias zonas de los alrededores cayó una lluvia de lo que se conoce como bombas volcánicas, o sea pesados trozos de rocas ardientes de 50 a 60 centímetros de diámetro, que provocaron incendios, destruyeron viviendas, árboles y sembradíos y mataron personas y animales.

Como el Vesubio

Calculan los vulcanólogos que en total el Chichonal arrojó 1.1 kilómetros cúbicos de rocas o su equivalente en cenizas, o sea un volumen igual que el Santa Elena. Las cenizas sepultaron nueve pueblos, ranchos ganaderos y cultivos de café, plátano, maíz, cacao y otros productos. En total, cubrieron 24 mil kilómetros cuadrados con capas de diverso espesor. En Pichucalco, a 20 kilómetros de distancia, cayeron 15 centímetros, y en Villahermosa, 70 kilómetros al norte, cinco centímetros. Para comprender mejor lo que significa 24 mil kilómetros cuadrados, basta decir que es una superficie equivalente a la mitad del estado de Quintana Roo y mayor que la extensión total de El Salvador.

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Este es el desolado aspecto, casi de paisaje lunar, que presentaban los alrededores del volcán en los meses siguientes a la erupción, con el terreno enteramente cubierto de cenizas, sin un solo árbol en pie y sin el menor indicio de vida animal. Obsérvese abajo a la derecha el vehículo de los vulcanólogos.

Hubo también sacudidas sísmicas que cobraron su cuota de muertos y heridos, como en el pueblo de Nicapa, donde al derrumbarse el techo de la iglesia en que se habían refugiado muchos habitantes, murieron diez y resultaron heridos más de 200.

La erupción dejó por lo menos dos mil muertos, aunque hay quienes aseguran que las cifras fueron maquilladas para ocultar la verdadera magnitud de la catástrofe. Muchos miles más tuvieron que abandonar sus viviendas, en su mayoría para siempre.

Las tres erupciones fueron violentas, explosivas, del tipo que los vulcanólogos denominan vesubianas, por comparación con la célebre erupción del Vesubio que sepultó la ciudad de Pompeya en el año 79, o plinianas, por referencia al historiador Plinio el Viejo, quien murió mientras la estudiaba. Como es usual en este tipo de erupciones, el volcán casi no arrojó lava, sino esencialmente grandes cantidades de rocas, cenizas y flujos piroclásticos, que causaron la mayor parte de las muertes.

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Tras la erupción, se formó en el cráter este lago, cuyo nivel varía, pero no debido a las abundantes lluvias que caen en la zona, sino por la actividad de un manantial de agua hirviente, tipo géiser, que periódicamente lanza desde las profundidades agua cargada de sales que le dan su color verde. Para monitorear las variaciones de nivel, se ha pedido a todos quienes visitan el lugar, que tomen una fotografía desde el mismo sitio en que se tomó esta foto, un lugar llamado El mirador, situado en el borde del cráter, justo al llegar a él cuando se asciende desde el poblado de Chapultenango por el lado oriental. La foto, con indicación de fecha y autor, debe ser enviada al vulcanólogo Dmitri Rouwet a la dirección [email protected]

Hubo también una correntada de agua en extremo caliente que causó víctimas adicionales y ocurrió al romperse súbitamente una acumulación de cenizas que obstruyó el río Magdalena, tributario del Grijalva, y formó un embalse de cuatro kilómetros de largo y entre 300 y 400 metros de anchura. Al ceder ese dique natural, 26 millones de metros cúbicos de líquido a más de 80 grados de temperatura se precipitaron por el cauce hasta inundar el pueblo de Ostuacán y llegar, 35 kilómetros río abajo, a la hidroeléctrica de Peñitas, donde un obrero murió y tres más resultaron gravemente escaldados.

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La vida vuelve. Estas imágenes satelitales en falso color, cortesía de la maestra en ciencias Gabriela Gómez Rodríguez, del Instituto de Geografía de la UNAM, muestran en rojo las zonas de vegetación totalmente destruida en torno al Chichonal. La de la izquierda fue tomada en 1982 poco después de la erupción. La de la derecha en 2008, cuando ya se había restablecido considerablemente la cubierta vegetal.

Efectos sobre el clima

Los efectos del Chichonal, por lo demás, no se limitaron a los alrededores. Las enormes nubes de dióxido de azufre —unos siete millones de toneladas— y ceniza que lanzó hasta 29 kilómetros de altura, se extendieron por una amplia región del mundo, donde por varias semanas ocasionaron puestas de sol especialmente hermosas y coloridas y —por el efecto invernadero— e hicieron aumentar la temperatura en la estratósfera en 4 grados. Al mismo tiempo, al bloquear la radiación solar, ocasionaron una reducción de 0.4 grados en la temperatura media del hemisferio norte. De hecho, los especialistas subrayan que aunque el volumen de material expulsado por el Chichonal fue menor que el del Pinatubo, las alteraciones atmosféricas que provocó fueron ligeramente mayores.

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La gráfica, del observatorio de radiación solar de Mauna Loa en Hawai, muestra cómo las nubes de ceniza de varias erupciones hicieron disminuir el porcentaje de radiación que llega a la superficie terrestre. Nótese que la del Chichonal causó la máxima reducción.

Como decíamos, la lección del Chichonal no cayó en saco roto. Los vulcanólogos mexicanos han establecido vigilancia sobre una serie de volcanes que presentan señales de actividad o de los cuales sospechan que podrían reanimarse, y a la fecha tienen detallados mapas de riesgo de varios de ellos, inclusive el propio Chichonal. Esos mapas muestran las zonas donde pueden caer bombas volcánicas, los posibles recorridos de flujos piroclásticos y patrones de dispersión de cenizas, así como las rutas de evacuación más seguras, los puntos de concentración de los evacuados y otros detalles que permitirán reducir las pérdidas de vidas en caso de una explosión.

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[1] Publicado en la revista Educación y Cultura de Cancún. Núm. 11. 2012. Reproducción autorizada por Juan José Morales.

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