Un llamado de auxilio desde Guatemala

ESCRUTINIO

Un llamado de auxilio desde Guatemala[1]

Juan José Morales

En mi reciente viaje a Estados Unidos pude conocer a un joven sacerdote católico italiano, Angelo Espósito, fundador de la organización Hermana Tierra. Es misionero en Guatemala desde 2008, pero su labor no se limita al aspecto religioso, sino que tiene también un enfoque eminentemente social: combatir la desnutrición, la marginación, la pobreza, la desigualdad, el analfabetismo, la discriminación y el subdesarrollo, a través de “proyectos que puedan hacer digna la vida del pueblo indígena de Guatemala, oprimido, marginado y explotado por un sistema social violento, injusto y dictatorial”.

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El sacerdote Angelo Esposito con un grupo de niños de las comunidades indígenas guatemaltecas en que trabaja. Dejó su cómoda posición en una parroquia de Italia para ir a pasar dificultades y carencias en las montañas de Guatemala, movido por un espíritu de verdadera ayuda a los necesitados.

Y es que —como dicen los documentos de la propia organización— “en el centro de la orientación de la Asociación Hermana Tierra, está la idea de que la pobreza no es una condición natural, ni un fracaso personal, sino la consecuencia de la negación y violación de los derechos humanos, perpetradas por aquellos que tienen poder sobre aquellos que no lo tienen.” Por ello —agregan— “nuestra visión, nuestro sueño es construir un futuro de justicia y prosperidad compartida en Guatemala y en otros países del Sur del mundo. Trabajamos para afirmar el derecho a la justicia social, permitiendo a los pueblos del Sur del mundo convertirse en los protagonistas de la construcción de su futuro.”

En otra ocasión hablaremos con más detalle de los proyectos que Hermana Tierra lleva a cabo. Por ahora lo que nos interesa es señalar que su campo de acción es el departamento guatemalteco de San Marcos, fronterizo con México, que como se sabe fue azotado el pasado 7 de noviembre por un violento terremoto que ocasionó gran cantidad de muertos y heridos y dejó en ruinas los poblados de la zona. De inmediato escribí a Angelo, y en su respuesta —de la cual transcribo algunos párrafos respetando su español traducido del italiano— relata la grave situación por la que atraviesan los moradores de la zona.

El sismo —dice— “ha destruido las casas en ladrillos, las barracas ya en ruina, tiendas pequeñas que eran el apoyo para algunas familias, las escuelas que habían sido construidas con grandes dificultades y las calles han sido literalmente rotas el movimiento de la tierra provocando profundos abismos y vías de agua. Más que 60 personas son los muertos y muchos son los desaparecidos.”

“Acercarse a los hombres sentados sobre las ruinas de sus humildes casas, destruidas con aquellas pocas y pequeñas cosas que tenían es realmente doloroso. No hay palabras que puedan dar consuelo, solo abrazos fuertes y solidarios…”

Y agrega: “La actitud de la gente frente al dolor es grande: nadie grita, nadie condena, nadie pregunta… todos rezan, sumisamente y reunidos en grupos delante de los cúmulos de ruinas, los cúmulos de escombros, el montón de madera, de laminas y de mantilla, levantan a voz alta sus oraciones… a fin que, a través de la Providencia, pueda tocar los corazones de quienes tienen la posibilidad de poder ayudar para poder continuar con su vida.”

Según lo habitual en estos casos, después del torrente de noticias y reportajes, de la reacción inicial y la ayuda inmediata, las víctimas del desastre serán olvidadas. Ahí quedarán, atenidos a su suerte —subraya el joven sacerdote— “los más marginados, los pobres, los que difícilmente lograrán recuperar lo perdido porque son invisibles y sin voz ante la sociedad.”

Por eso de inmediato ha comenzado a trabajar en un proyecto orientado a resolver las necesidades básicas de esa gente, que son las de “enfrentar los riesgos de epidemias, nutrir, vestir y dar de comer a quien ha perdido todo, aquel todo que no era nada pero era la supervivencia”. Y en especial para reparar o reconstruir las viviendas de “los que se quedaron sin hogar, de las familias con muchos hijos que son obligados a estar en la calle entre los escombros”.

Desde luego, para ello se requiere dinero. Y sólo podrá obtenerse mediante la solidaridad internacional. Quienes deseen aportar —con la confianza de que su dinero será bien aplicado—, pueden hacerlo mediante depósito bancario a nombre de la asociación Hermana Tierra, en la cuenta especial Emergencia terremoto San Marcos in Guatemala.

Los datos para la transferencia son:

IBAN IT 44C0760103400001001636107

C/C: 001001636107

BIC / SWIFT: BPPIITRRXXX

O bien, para verificar los datos pueden ingresar en Internet al portal de la agrupación: www.hermanatierra.org.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Miércoles 14 de noviembre de 2012

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