Los ovnis están ahí…

Reto al racionalismo y la imaginación[1]

LOS OVNIS ESTÁN AHÍ…

Por Héctor Chavarría

Usted, paseante casual por el campo, seguramente con su familia se entretiene jugando con los niños cuando, al levantar la vista, se encuentra de pronto con algo que no debía estar ahí. Se trata de un objeto metálico – por lo menos así le parece a usted – cuya forma recuerda la de dos platos pegados por su parte más ancha. “Aquello” se sostiene misteriosamente en el aire sin que se escuche ruido de motores, se vean hélices, .reactores o cualquier tipo de propulsor conocido… Cuando mucho hay en las partes angostas del objeto una leve distorsión del aire, como si las superficies estuvieran muy calientes; y se advierte un leve balanceo en el objeto… Sí, poniendo atención, se alcanza a escuchar un tenue ruido, como el que producen los cables de alta tensión o un enjambre de abejas.

Usted no sabe qué hacer, se inquieta. Los niños preguntan, su esposa murmura algo que suena como una advertencia. Usted combate internamente entre los deseos de alejarse y de acercarse para ver mejor. De pronto: la radio-grabadora que ameniza su día de campo emite un farfullo y calla. Su mujer grita ante lo que parece un aumento del ruido en “aquello”. ¡Rápido!, usted agarra a los niños y corre, su mujer se le une olvidando el almuerzo campestre. Se meten en el auto… búsqueda frenética de las llaves, los niños lloran y usted siente la urgencia de escapar. Encuentra las llaves ¡al fin!

Entonces lo horrible: el motor de su fiel automóvil no arranca, es como si la batería estuviera muerta. Casi el paroxismo del terror: “aquello” parece acercarse. De pronto: el ruido cambia de tono y el objeto se aleja lentamente. Usted atina a bajarse del auto y sin saber por qué, toma su cámara y trata de tomar fotos sin darse cuenta hasta la tercera de que el lente está tapado. Finalmente logra otro par de fotografías. Recoge las cosas y se va con la familia a otro paraje donde haya gente. Repentinamente le ha entrado aversión por los sitios abiertos y solitarios, necesita la compañía de la manada.

Fin de la historia. ¿Si?, en realidad apenas el principio.

La casuística OVNI, con ligeras variantes, está llena de casos similares. Personas normales, trabajadoras y sanas, que jamás han pensado fuera de las películas o las series de TV en protagonizar una situación de esta naturaleza, se encuentran de pronto ante ella. Conocen la nauseabunda sensación de que hay cosas que uno no se explica incrustadas en lo que parecería la realidad de todos los días. “Cosas” incomprensibles y atemorizadoras, irritantes y molestas, que tienen la virtud de cuestionar lo cotidiano.

Nuestro hipotético padre de familia, esposa e hijos, fueron testigos de lo que se llama un “encuentro cercano” con un Objeto Volador No Identificado: un OVNI.

La casuística OVNI tiene una característica que la identifica de inmediato: es un enredo. Si se desea encontrar una actividad enloquecedora bastará dedicarse por un tiempo a investigar los casos OVNI que se producen en todo el mundo… Si se desea aumentar un poco la propia neurosis entonces se puede ensayar a entrevistar a testigos o, peor aún, contactados. Puede elegirse alguna de las muchas hipótesis de trabajo que ofrece la ovnilogía – nunca nada más que simples hipótesis de trabajo – y tratar de profundizar en ella. Si se aguantan cuatro o cinco meses sin empezar a ver platos voladores hasta en la sopa, o bien se convierte uno en investigador aferrado o en escéptico total. Lo que no se vale es negar a ciegas, como tampoco afirmar igualmente a ciegas.

Los OVNI han sido la pesadilla por igual de investigadores serios, centrados y razonablemente escépticos, como de ovnílatras y seguidores de gurús espaciales y contactados varios.

Posiblemente su mayor atractivo está en que, de una manera sutil y en la medida en que crece la información, enfrenta al observador o investigador a la más pura esencia de lo numinoso. Abisma, aterra y a veces deleita, como las proposiciones imposibles que son los koan de la filosofía zen. Quizá por esa cualidad extraña y casi irreal del fenómeno algunos hayan planteado la dificultad de abordarlo con criterio científico – ¿dónde están las pruebas?, ¿dónde la posibilidad de repetir el experimento?, ¿dónde la fórmula que lo demuestre? – y propongan el desarrollo de la ovnilogía a los filósofos o, aún mejor, a los poetas.

A pesar de lo anterior, el fenómeno tiene visos de realidad: por lo menos para quienes se topan con él y sienten de pronto que el sólido andamiaje racional se hunde bajo sus pies. Porque si algo tiene el fenómeno OVNI es la capacidad de confundir, por eso aterra y se presta a ser negado a la posible brevedad. Hacerlo así es cómodo. Sin embargo es real como algo ajeno al hombre, olvidando – ¡por favor! – las hipótesis extraterrestres, dimensionales, folclóricas y otras, mucho mejor tratadas por la literatura de ciencia ficción y de horror que, entre paréntesis, nada tienen que ver con la ovnilogía.

El verdadero estudio de los OVNI, en el más estricto sentido del método, consiste en una actividad de lo más aburrida: recabar información, integrar estadística… sin precipitarse a buscar soluciones que tienen mucho más que ver con la imaginación y el deseo de creer, en el sentido religioso, que con la realidad. Desgraciadamente muy pocos entienden así la ovnilogía, pues la mayor parte de quienes se dicen ovnílogos merecerían más el calificativo de “ovnílocos”: carentes de método y tendiendo siempre a la solución fácil… se tienen bien merecido el desprecio de quienes creen en el método científico y que, comprensible mente, los miran con asco.

Agréguese a esto la “mala publicidad” de quienes, contra viento y marea, tratan de hacer encajar los datos insuficientes de la casuística OVNI a sus hipótesis particulares, especialmente la extraterrestre, que es la más trillada y vulnerable, y se tendrá un cuadro más completo. En realidad, ningún ovnílogo que se respete, pretende tener la respuesta al enigma OVNI, pues de tenerla ya no existiría el enigma: si – como algunos acelerados pretenden – los OVNI fueran “naves” extraterrestres, serían precisamente eso y quizá pudieran definirse con el término inventado por Antonio Las Heras extraterrestólogo bonaerense: VED (vehículo extraterrestre dirigido) pero no OVNI pues ya estaría identificado.

Cualquier ovnílogo que se respete tendrá que admitir que hay demasiada basura mezclada con los OVNI, como también tendrá que admitir que desentrañar el enigma seguramente no cambiaría el curso de las cosas en este vapuleado planeta pues, si hacemos caso a vagas referencias históricas, los OVNI han estado apareciendo desde tiempo inmemorial y, que se sepa, nunca han interferido manifiestamente en el destino humano más que a niveles particulares o de pequeños grupos, como generadores – no ellos en sí, sino quienes los ven – de sistemas de creencia más o menos exóticos.

Así pues, el fenómeno OVNI es interesante – a nivel de análisis sociológico. Por lo menos sería interesante si los sociólogos se plantearan la necesidad de estudiar los sistemas de creencias generados a partir de la observación de fenómenos aéreos no identificados.

Desgraciadamente a los sociólogos, como a la mayoría de la comunidad científica – quizá por esos razonamientos circulares en los que a veces caen las personas inteligentes -, el fenómeno carece de seriedad. La tendría, si ellos se interesaran pero no se interesan porque no parece un asunto serio.

Es de locos, es el mundo de los OVNI… donde entre el fanático total y el escéptico profesional media una línea tan tenue que suele borrarse con alarmante frecuencia. Un cínico saludable que aplique el principio de mantener la mente abierta a todo sin creer en nada, diría que, en ambos extremos, el asunto se reduce a una cuestión de fe.

Queda la posibilidad de la mente abierta.

Pero, volvamos, con nuestra aterrada familia del principio. Después de que “aquello” se fue, arrancó el motor del auto y la radio-grabadora volvió a funcionar. Los pobres testigos quedaron como lelos. Una semana después, transparencias en mano, el fotógrafo improvisado mira y vuelve a mirar el objeto incomprensible que captó su cámara. No lo imaginó entonces, pues las cámaras tienen pésima imaginación. ¿Y qué? Tiene unas bonitas fotos que posiblemente serán vistas por algún ovnílogo serio que fruncirá el ceño, o por una caterva de locos que gritarán: ¡venusinos! En resumen, está como antes o peor, pues nadie le dará una respuesta adecuada.

¡Pobre Juan Pérez o Pedro García!, testigo inocente de lo que Aimé Michel, ovnílogo francés, llamó alguna vez: “el enigma más grande del siglo XX”.

Reto al racionalismo y a la imaginación, ¿enigma o burla? Sin embargo, vuelan, se pasean y se dejan fotografiar, adorar u odiar. Los OVNI simplemente están ahí…


[1] Publicado originalmente en Revista de revistas No. 3906, México, 7 de diciembre de 1984. Págs. 24-25.

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