El kokay y sus falsos ojos

IMPACTO AMBIENTAL

El kokay y sus falsos ojos[1]

Juan José Morales

Como prometimos la semana pasada, hoy hablaremos de otro de los animales que, en la canción de ese nombre, encuentra el Caminante del Mayab: el kokay, cuyos ojos —reza la letra de la canción— ve brillar de noche. Pero realmente, lo que brilla no son sus ojos.

Kokay se llama en maya al cocuyo, a quien muchos confunden con las luciérnagas, ya que también emiten luz. Pero, si bien cocuyos y luciérnagas son escarabajos luminosos, pertenecen a familias zoológicas muy diferentes: los cocuyos a la de los elatéridos, y las segundas a la de los lampíridos. Además, luciérnagas las hay en todo el mundo, excepto en las regiones polares, en tanto que los kokayes o cocuyos únicamente existen en América. Y mientras las luciérnagas tienen los órganos luminiscentes en la parte posterior del cuerpo, al final del abdomen, los cocuyos los tienen en el tórax.

clip_image001La comparación con la mano permite estimar el tamaño del kokay. Los que parecen ser dos brillantes ojos son los órganos luminiscentes. Tienen tres capas: una interna constituida por células llenas de cristales microscópicos de sales de ácido úrico que sirven como reflectores, una media en la cual se produce luz por una reacción química, y finalmente la capa externa, transparente, que actúa a manera de lente.

En ambos casos, tales órganos están constituidos con grasa del cuerpo y en ellos se producen constantemente dos sustancias, una llamada luciferina y la otra luciferasa, que se acumulan en ciertas células denominadas fotocitos. Al combinarse en presencia de oxígeno, se forma un compuesto muy inestable que por ello no puede mantenerse mucho tiempo, y al revertirse la reacción, se libera una gran cantidad de energía en forma de luz.

Pero se trata de un tipo peculiar de luz, totalmente fría, sin radiación infrarroja ni ultravioleta como la solar, y extraordinariamente intensa, sobre todo la de los cocuyos.

En pruebas de laboratorio se encontró que para igualar la potencia luminosa de una vela hacen falta seis mil luciérnagas, pero la misma luminosidad se obtiene con solamente 40 cocuyos de la especie Pyrophorus noctilucus. De hecho, sus órganos luminiscentes emiten más luz por unidad de superficie que cualquier lámpara doméstica ordinaria.

Al Pyrophorus noctilucus lo tenemos en tierras del Mayab y seguramente a él se refirió Antonio Mediz Bolio al escribir la letra del Caminante, ya que no sólo es una de las especies de cocuyos más comunes y abundantes sino que la forma y posición de sus estructuras luminiscentes los hacen parecer ojos.

Tanto a las luciérnagas como a los cocuyos, los destellos luminosos les sirven como señales sexuales, para que machos y hembras puedan encontrarse en la oscuridad, reconocerse y aparearse. La identificación se logra porque cada especie vuela a cierta altura sobre el terreno, y también cada una emite señales distintivas, únicas por la frecuencia de sus ondas luminosas, la duración de los destellos y el lapso entre uno y otro. Además, cada especie tiene un patrón de vuelo característico, de manera que forma una figura luminosa exclusiva e inconfundible. Así, las hembras pueden saber que están ante un macho de su misma especie y responderle con sus propios destellos.

Otra razón por la cual luciérnagas y cocuyos emiten luz es porque tratan de hacerse muy notorios para no ser víctimas de los depredadores, aunque esto pueda parecer contradictorio. Pero resulta que su cuerpo contiene ciertas sustancias químicas de sabor extremadamente desagradable llamadas lucibufágenos. Basta que un depredador se coma a un cocuyo o una luciérnaga, para que aprenda a asociar su luminosidad con el repulsivo sabor, y nunca volverá a hacer tal cosa.

Tan efectivo es poseer lucibufágenos, que algunas especies de luciérnagas que no los producen se las ingenian para obtenerlas —y así gozar de su protección— comiéndose a otras luciérnagas que sí las tienen. Para ello, imitan sus señales luminosas a fin de atraer y devorar a los machos de esa especie.

Cocuyos y luciérnagas no son sólo una curiosidad. Resultan muy útiles, pues sus larvas son voraces e insaciables devoradoras de gusanos, caracoles, babosas, pulgones, orugas y otras plagas agrícolas y forestales.


[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 7 de enero de 2013.

3 pensamientos en “El kokay y sus falsos ojos”

  1. LUCIERNAGA

    “Chispita en tu ser anida, ilumíname . . . la vida.”

    Luciérnaga, luz que vaga,
    en la noche que divaga,
    con luna, con las estrellas,
    te pareces a una de éllas.

    Rayito, bicho, cocuyo,
    de aquel bosque eres orgullo,
    candil que bordas el cielo,
    energía, límpido anhelo.

    Candileja, . . . resplandor,
    alas, cascabel, fulgor,
    fósforo que anda volando,
    rapidito don de mando.

    Lamparita que te prendes,
    fascinante, ¿me comprendes?,
    claridad tienes por manto,
    alúmbrame mientras tanto.

    Bombillita, que cintila,
    el destello que destila,
    brillo nocturno de amor,
    centella, chispa, esplendor.

    Iluminación primaria,
    semáforo, luminaria,
    velita que va, que viene
    que, en el viento, se entretiene.

    Relampaguito del mundo,
    solecito de un segundo,
    quiero prolongues tu foco,
    que me encantes, . . . poco a poco.

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    Guadalajara, Jalisco, México, a 30 de junio del 2016
    Dedicado a mi nieta, Marijose Rodríguez Ramos
    Reg. SEP Indautor No. (en trámite)

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