Una mascota y cuatro cadáveres

IMPACTO AMBIENTAL

Una mascota y cuatro cadáveres[1]

Juan José Morales

Comprar un loro parlanchín o un simpático periquillo de llamativo plumaje verde, rojo y amarillo para dar un toque de color a la sala, puede parecer un acto enteramente inofensivo. Pero con ello se fomenta el comercio ilegal de especies silvestres y se contribuye a poner en grave peligro de desaparición a muchas especies de aves.

En efecto, la mayoría de la gente ignora que de las 22 especies de loros, pericos, papagayos, cotorras y guacamayas —o psitácidos para usar el nombre científico que engloba a los animales de este tipo— nativas de México, todas, excepto una, se encuentran en riesgo: 11 en peligro de extinción, seis amenazadas y cuatro bajo protección especial. Por ello su captura y venta están prohibidas.

Dos son las causas principales por las que se ha llegado a esa situación: la destrucción o la alteración del hábitat de tales aves, y el tráfico ilegal de ejemplares. Y respecto a esto último, puede aplicarse muy bien el viejo dicho de que “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”. Es decir, en última instancia tan culpables son quienes los atrapan y venden ilegalmente como quienes los compran, pues con ello fomentan esa actividad, que diezma las poblaciones silvestres.

clip_image001Uno de los carteles que difunde la agrupación conservacionista Pericos México para concientizar al público sobre las consecuencias de comprar loros, pericos, cotorras y demás psitácidos y la necesidad de denunciar a quienes los capturan y venden, pues tal actividad es ilegal.

El problema estriba en la gran mortalidad ocasionada por las condiciones en que se les atrapa, almacena y transporta. Según estudios de la Semarnat y diversas instituciones, cada año se capturan en México más de 78 mil pericos, loros, cotorras y demás psitácidos. Pero de ellos más de 60 mil mueren antes de llegar a un consumidor. O, para decirlo en otros términos: por cada uno que se convierte en mascota, cuatro se convierten en cadáveres.

Aquello es una verdadera carnicería, y si las cosas continúan así, en plazo relativamente corto podría desaparecer la mitad de las especies mexicanas de psitácidos.

Pero no se puede dejar la solución del problema exclusivamente en manos de las autoridades, pues con los limitados recursos de que disponen están casi maniatadas. La Profepa y la Semarnat, por ejemplo, tienen sólo un puñado de inspectores para combatir la captura y venta de aves en todo el país —sin contar las otras responsabilidades que se les asignan—, y las corporaciones policiacas usualmente desconocen las leyes sobre tráfico de animales y no consideran que los vendedores de loros estén cometiendo un delito, así que rara vez los detienen y consignan.

Sólo con la participación ciudadana se puede poner freno a esta situación. Como señala la organización Pericos México, si se crea conciencia entre la gente y ésta se abstiene de comprar loros, cotorras y demás animales semejantes, el tráfico cesará por falta de demanda.

Y, dicho sea de paso, tampoco hay que comprar psitácidos traídos de otros países. Como señalábamos en esta misma columna en marzo pasado a propósito del caso de la llamada cotorra argentina o perico monje, la introducción de especies exóticas puede afectar severamente a la fauna nativa y ocasionar serias alteraciones ambientales.

De modo que, ya lo sabe: si no quiere que se acaben los loros, no los compre, pues de hacerlo estará contribuyendo a su extinción.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Viernes 15 de febrero de 2013.

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