Amante

AMANTE[1]

Por Mauricio-José Shwarz

La mujer sentada sobre la piedra ajena del planeta ajeno soñaba sueños que nadie antes había soñado, que nadie se había atrevido a soñar. Su cabeza se balanceaba lentamente sobre su cuello al ritmo de cantos que nadie jamás se había atrevido a cantar. Sus manos como dos blancos peces muertos sobre sus piernas se crispaban repentinamente y luego volvían a su muerte original. La tela suave de su blusa se pegaba a su cuerpo empapado en sudor.

Un grito. Un grito jamás escuchado la volvió a la realidad, sus uñas enterrándose inmisericordemente en sus muslos, el sudor fluyendo por sus poros, cada pequeño músculo en tensión y una sensación de absoluto vacío en el estómago.

Quizá no había sido nada, pero sus tímpanos aún vibraban después de tan inhumano grito. Hasta la tierra del lugar parecía estar consciente de su presencia allí, donde jamás había estado un ser humano. No. En realidad había habido quince, pero catorce de ellos estaban ahora enterrados junto a la chatarra que había sido la nave interestelar “Von Klaus”.

La “Von Klaus” visitaba un sistema solar inexplorado. Había permanecido en cierto sector espacial durante más de un mes, sin nada especial que reportar, cuando apareció. Un planeta, inexistente, indetectado, apareció súbitamente en los instrumentos de la nave.

Los minutos que transcurrieron después de la aparición resultaron demoniacos. La incredulidad se pintó en los rostros de hombres y mujeres entrenados para vivir en un universo explicado por la ciencia. En tal universo, ciertos fenómenos no podían ocurrir.

Si lo que ocurría era imposible, entonces no estaba ocurriendo, rezaban los cánones.

En cada cerebro se formó una explicación plausible: alucinación colectiva, falla en los instrumentos, proyección holográfica.

Pero resultó ser, simplemente, un planeta. Un planeta que apareció de la nada.

La tripulación reaccionó, primero, con diversión inquieta, después con franco temor y, por último, con un pánico desatado que el propio comandante, quien durante más tiempo conservó la cabeza, fue incapaz de controlar, para terminar uniéndose ruidosamente al caos.

El origen del caos fue el informe de máquinas.

Todo el combustible había desaparecido. La “Von Klaus” empezó a caer hacia la alucinación-falla-proyección.

* * *

Una nave cayendo. Un plateado estilete con una cauda de fuego que crece conforme el gigantesco vehículo va adentrándose en una atmósfera cualquiera. Fricción que derrite y rompe las paredes, fuerzas enormes en contraposición luchando como dos colosos por reventar la frágil estructura que protege la vida de quince trozos de protoplasma pensante, sensible. Dentro de la nave, un silencio enloquecedor que debe llenarse golpeando, aullando en una atávica involución hacia los alaridos del protohombre en la llanura a la vista del leopardo. Un aquelarre prolongado por una eternidad de cinco, quizá seis minutos, dentro de una nave fabricada cuidadosamente por quinientos obreros, ejércitos de mineros, ingenieros, matemáticos, físicos, técnicos. Una nave, el trabajo de tantas manos, tantos cerebros, destruida para todo efecto práctico en menos de siete minutos. El pequeño fracaso dentro del gran fracaso.

Y un choque final, concluyente, rotundo. Tal vez demasiado suave, tal vez no demasiado destructivo. Sólo una masa de metal ardiente y catorce cadáveres en todas las posiciones y una mujer con los ojos nublados por el llanto y el corazón retorcido por el pánico, recorriendo una inerte nave buscando otro sobreviviente. Una mujer saliendo inconscientemente -¿siendo sacada?- hacia un planeta de atmósfera y demás características desconocidas. Cayendo a la tierra amarilla de un planeta sin nombre. La carrera desesperada hasta caer exhausta, sollozando, a veinte metros de la catástrofe y desmayándose mientras soñaba una voz que decía “Duerme, duerme. Lo peor ya ha pasado”. Y la voz podría haber sido de su padre, o del comandante de la “Von Klaus”, su amado.

* * *

La primera mañana comenzó, para ella, con el sorprendente descubrimiento de que estaba viva.

De algún modo se sentía ligera y calculó unas tres cuartas partes dé la gravedad terrestre para el lugar. La atmósfera no le producía ningún efecto notorio, pero apenas se detuvo a pensar en la altísima improbabilidad matemática de hallar un planeta habitable. Empezó a andar directo hacia los restos de la “Von Klaus” con una sola idea en la mente: su comandante.

Porque Gloria había sido la compañera de Ben durante años. Cuando se iniciaron las pruebas a los aspirantes a formar parte de la tripulación de la “Von Klaus”, Ben y Gloria habían jurado ir los dos o quedarse ambos en la Tierra. Y Ben y Gloria habían estado haciendo el amor cuando el planeta apareció.

El casco de la nave estaba tibio aún, y Gloria subió por un agujero, quemándose una mano. En su interior todo era cuerpos y sangre, destrucción, olor a quemado. Recorrió los pasillos que habían representado seguridad en el espacio y en el hiperespacio, los camarotes donde los, miembros de la tripulación habían dormido y cantado y hecho el amor. Llegó al puente de mando y encontró los cadáveres de tres jóvenes ingenieros. Habían sido bien parecidos, pero ahora sólo se les podía reconocer por las placas de aluminio que colgaban de lo que habían sido sus cuellos. Gloria avanzó hacia el control de máquinas, sin saber si estaba aturdida, o enloquecida, volteando cuerpos sin ningún sentimiento de asco ni dolor, buscando tan solo una placa que dijera “Comandante” en algún cuello. Entró al cuarto de máquinas y lo supo al verlo.

Ben no estaba muy desfigurado. Una barra del inutilizado reactor había saltado atravesándolo y colgándolo en la pared. Gloria gritó y nuevamente salió de la nave sin intenciones de volver.

Después de caer al suelo, empezó a correr hacia un pequeño bosque que estaba muy cerca. Apenas pudo dudar si dicho bosque había estado allí esa mañana. Cayó antes de llegar al primer árbol y nuevamente quedó inconsciente.

Despertó como una hora después, con el recuerdo de Ben latiéndole en el cerebro y volvió la cabeza para ver el cadáver de la “Von Klaus”. Un árbol le impedía verla del todo y, cuando empezó a moverse para lograr hacerlo, se dio cuenta.

La nave estaba a unos cincuenta metros. El bosque había estado a unos cien metros de la nave y ella había perdido el conocimiento a medio camino.

“¿Qué está pasando?”, se interrogó Gloria. Estaba segura de que el bosque había avanzado durante su desmayo. Se puso de pie violentamente y vio, a la altura de sus ojos, una fruta, la única que colgaba del árbol, una especie de híbrido entre pera y manzana.

¿UN ARBOL CON UNA SOLA FRUTA?

Miró a su alrededor. Un típico bosque de pinos la circundaba. El único árbol frutal a la vista era el que estaba frente a ella. Su cerebro de bióloga empezó a hacerse preguntas, olvidando de pronto su anterior desgracia, tensándose al enfrentar nuevos enigmas. ¿Un frutal tropical en medio de un bosque de pinos? Imposible. ¿Un frutal con una sola fruta? Misma respuesta. Y entonces Gloria se percató de otro inquietante hecho: El silencio.

Todo bosque tiene animales. Animales para toda hora del día ruidos diferentes que cubren las veinticuatro horas (en la Tierra). Luego, Gloria miró el piso: ni una sola piña sobre la tierra. ¿Alguien ha oído de un pinar que no arroje sus semillas al suelo? Contuvo el aliento buscando un sonido. Un paisaje terrestre debía tener características terrestres también en su fauna.

Nada.

Desesperada, dispuesta a aceptar ya casi cualquier cosa, estiró una mano y tomó el fruto. Era suave y se veía jugoso. Lo mordió y recibió un néctar suave y el sabor más agradable que hubiese probado. En ese momento se dio cuenta de que llevaba casi veinticuatro horas sin probar bocado. Comió ávidamente, sin pensar en nada más. Cuando terminó, descubrió, sorprendida, que el fruto era del tamaño exacto para saciar su hambre y su sed. Un poco menos la hubiese dejado insatisfecha. Un poco más y no hubiese podido terminarlo. Miró a su alrededor.

Piñas.

De pronto la tierra se veía cubierta de piñas, como si una mano gigante hubiese sacudido los pinos silenciosamente y éstos hubiesen caído de igual manera mientras ella comía. Un ave empezó a cantar y Gloria huyó de nuevo hacia el yermo, alejándose del bosque hasta pasar junto a la “Von Klaus” y seguir su camino. Anochecía en el extraño planeta cuando Gloria se sentó a descansar, tratando de ordenar la extraña sucesión de hechos. En síntesis, se trataba de una colección de imposibilidades que debían tener una explicación. Pero, fuese cual fuese la explicación y la causa, olían a peligro.

Esa noche vino el grito que despertó a Gloria.

Y al mirar hacia el frente, tratando de ajustar sus ojos a la oscuridad, vio a un hombre caminando hacia ella. La incipiente luz del alba, que surgía a espaldas de Gloria, tocó la cara del hombre y ella lanzó un grito.

– ¡Ben! -en su cerebro empezaron a chocar las ideas. De pronto sintió frío-. ¡Pero estás muerto!

– Depende de la definición -dijo el hombre, con el mismo tono oscuro de voz que Ben usaba para ordenar-. Ben, el Ben que tú conociste, está muerto. Pero yo soy igual a él. Una copia genética exacta, el depositario de su memoria.

– ¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -chilló Gloria- ¡No se acerque!

– Sólo quiero volver a ti, Gloria. Podremos pasar nuestra vida aquí y todo será como antes. Tú y yo.

– ¡Ben está muerto!

– ¿Qué más da? Ben y yo somos idénticos.

– ¡No! -el grito de Gloria fue seguido por una nueva huida. Las piernas le dolían a causa de las tensiones de los dos días anteriores, y la aparición empezó a correr tras ella, llamándola.

– ¡Gloria! ¡Escucha, no quiero mentirte! ¡Espera, no me acercaré más, lo juro!

Al escuchar esto, Gloria se volvió y miró al hombre, de pie. Ella se detuvo, manteniendo una buena distancia entre ellos. Lo estudió: los mismos rasgos, el oscuro cabello ensortijado, la mirada inescrutable, sí, pero faltaba la cicatriz que Ben había sufrido en una pelea en el Village. Mientras Gloria pensaba esto, la cicatriz empezó a tomar forma en la frente del hombre, hasta quedar tal y como ella la recordaba. Señaló la frente del hombre con un dedo tembloroso.

– No huyas más -dijo él-, es verdad que soy grande, pero hasta para mí es difícil controlar tantas variables a la vez.

– ¿Quién es?

-No lo sé. Sólo sé que soy, Gloria. Soy y, hasta que ustedes llegaron a esta zona del universo, el tiempo no tenía significado para mí, ni el espacio. La materia era un simple accidente en la infinitud del espacio. Andaba entre las estrellas, vagando, hasta que sentí una tremenda fuerza atraerme, llamarme. Percibí -vi- la nave, y entré en ella hace días.

– ¡Usted tiene la culpa de la muerte de mi gente! -era una afirmación, una pregunta y un reto.

– Escucha. Los miré a todos, aprendiendo, comprendiendo. Descubrí que, pese a los millones de años que he existido, era un niño en muchas cosas. Pero, de entre todas las experiencias que tuve, la más maravillosa fue cuando vi que los “hombres” y. las “mujeres” se introducían en una… un cama- rote, eso, y entonces se quitaban la ropa y…

– ¡Nos ha estado espiando! -gritó Gloria enfurecida.

– Espiar… espiar… -meditó brevemente la copia de Ben-, bien, creo que sí, lo siento, pero… cuando los vi, cuando los sentí, tuve el deseo inmediato de poder experimentarlo… una idea me vino a la mente, en realidad, yo era pura mente entonces, y me materialicé de pronto.

– ¿Usted es este planeta?

– Sí, Gloria, soy el planeta y los árboles y la fruta y el ave y el propio Ben que estás viendo.

– ¡Pero asesinó a todos!

– Bueno… sí, pero no a todos, Gloria, te salvé a ti, te hice un bosque, te di de comer porque te amo, Gloria, y quiero… hacer esto, el amor, eso, contigo, para siempre.

Gloria gritó desgarradamente, empezando a comprender la monstruosidad del asunto. El ser continuó.

– No llores, eso… es malo, ¿no? Yo… por eso soy igual que Ben. Es lo mismo, recuerdo todo lo que él… digamos, el brazalete de plata que te traje de la India cuando fui a meditar…

– Eso lo hizo Ben, no usted… ¡usted… es una… cosa!

-Bien, sí. ¿No te gusta Ben ya más?, -diciendo esto el ser empezó de pronto a transformarse, tomando el cuerpo del más hermoso Apolo que mujer alguna haya visto jamás-. Puedo ser un ideal físico con el cerebro de un genio… ¿me querrás así?

Gloria empezó a correr, incapaz de seguir viendo y escuchando a tan satánico ser. Gritó en su carrera y de pronto, de la arena amarilla el Apolo surgió nuevamente casi frente a ella. Se paró para no caer en sus brazos y, antes de dar la vuelta, sintió que dos manos la aprisionaban por los tobillos.

– ¿Qué deseas? Dime, Gloria. Yo puedo hacer palacios, jardines, música. Hasta puedo poner a tu servicio a un ejército de hombres. Claro… eso tomaría tiempo, yo… aún no tengo práctica…

Gloria pateó hasta librarse y empezó a correr de nuevo. El hombre la miró alejarse tristemente. Treinta metros más allá, Gloria resbaló y cayó. Dos manos frenéticas tomaron sus muslos, subiendo. En la arena apareció la cara sonriente del ser.

– Mi amor -dijo él.

Un grito.

En un planeta desconocido, ignorado, una hermosa mujer recorre las calles de las más bellas ciudades, camina por las veredas de los jardines más perfectos y se sienta en bancos que de inmediato se transforman en insaciables sementales de todas las formas y colores. Se recuesta en árboles y muros de los que salen brazos prontos a rodearla, se viste con ropas que aprietan su hermoso cuerpo y sólo su mirada perdida y sus carcajadas enloquecidas desentonan con tal paraíso.


[1] Publicado originalmente en Contactos Extraterrestres No. 41, México 19 de julio de 1978. Págs. 44-47 y 50.

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