Dos papas y una cruzada fallida

ESCRUTINIO

Dos papas y una cruzada fallida[1]

Juan José Morales

Una de las acusaciones recurrentes contra la Iglesia Católica, es su afinidad con las dictaduras. De ella se dice que, si bien hay sacerdotes e incluso obispos y arzobispos que se identifican con los grupos oprimidos, en casi todos los países y en El Vaticano el alto clero tradicionalmente ha respaldado a los tiranos y dictadores, abiertamente —como en el caso de Franco en España— o callando ante sus tropelías.

clip_image001Pío XII, fastuosamente ataviado, sobre el suntuoso trono en que acostumbraba ser llevado en andas. Como papa, impidió que se publicara una encíclica que condenaba las atrocidades de Hitler, con cuyo gobierno había firmado —en su calidad de nuncio papal en Alemania— un concordato que garantizaba un gran flujo de dinero para el Vaticano.

Ahora, han salido a la luz dos interesantes revelaciones al respecto: por un lado, el libro The Pope’s Last Crusade (La última cruzada del Papa), en el cual su autor, el periodista y escritor norteamericano Peter Eisner, relata cómo el papa Pío XII detuvo la campaña de denuncias de los crímenes de Hitler y Mussolini que su antecesor, Pío XI, estaba a punto de iniciar cuando lo sorprendió la muerte. Por el otro, las filtraciones de documentos de Wikileaks acerca del respaldo del alto clero chileno a la dictadura de Pinochet y la manera en que trató de encubrir los asesinatos en masa que cometía.

Por ahora, dadas las limitaciones de espacio, comentaremos sólo el libro de Eisner. Sobre las wikifiltraciones y Pinochet hablaremos en otra ocasión.

De acuerdo con el autor, Pío XI ya había preparado una encíclica en la cual condenaba las atrocidades del régimen nazi en Alemania y del fascismo en Italia. Con ese documento, dirigido a todos los católicos y al mundo entero, el papa iniciaría una campaña contra las ideologías racistas y nacionalistas de Hitler y Mussolini y la persecución de que eran víctimas los judíos, los gitanos y otros grupos por parte de sus gobiernos. Había decidido hacerlo, agrega Eisner, no obstante los riesgos de represalias que ello implicaba, y a pesar también de que un grupo de cardenales y otros altos jerarcas católicos se oponían a las intenciones del pontífice.

Aunque ferviente anticomunista, Pío XI veía con preocupación los intentos de Hitler de manipular los sentimientos religiosos, por cuanto podían debilitar a la Iglesia, e incluso en una encíclica de 1937 los criticó diciendo que “solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios”.

La encíclica que nunca llegó a publicar, fue nombrada provisionalmente Societatis Unio y condenaba abierta y explícitamente a las dictaduras nazifascistas. Su redacción la encargó a fines de 1938 al jesuita norteamericano John LaFarge, quien se había distinguido en Estados Unidos por su defensa de la minoría negra y su oposición a las doctrinas de superioridad racial. Para evitar las presiones de quienes en El Vaticano trataban de impedir que se condenara a Hitler y Mussolini, dice Eisner en su obra, LaFarge se trasladó a París para escribir el documento y cuando tuvo listo el borrador lo envió al papa.

Pero Pío XI murió repentinamente el 10 de febrero de 1939, y no han faltado versiones —por supuesto muy difíciles de comprobar— en el sentido de que fue asesinado mediante una inyección de veneno por un miembro de su círculo más cercano.

Sea como sea, su sucesor, el cardenal Eugenio Pacelli, quien adoptó el nombre de Pío XII, bloqueó de inmediato la encíclica. Pacelli —hay que recordarlo— había sido secretario de estado del Vaticano y nuncio papal en Alemania, donde negoció con Hitler un concordato que, entre otras cosas, estableció un impuesto especial que obligatoriamente debían pagar todos los católicos alemanes y que se enviaba al Vaticano. El dinero de ese impuesto —que, según tengo entendido, nunca fue anulado— fluyó ininterrumpidamente de Berlín a Roma hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Se dice también, según Eisner, que Pío XII mandó quemar correspondencia entre LaFarge y Pío XI, y ordenó que la congelada encíclica se mantuviera oculta en los archivos del Vaticano. Así permaneció por más de 60 años, hasta que en 2001, ya bajo el pontificado de Juan Pablo XII, pudo ser conocida al desclasificarse cierta cantidad de documentos papales secretos.

Pero ya se sabía de ella, y en 1972 la revista religiosa norteamericana National Catholic Reporter comentó que de haberse publicado oportunamente, se habría fortalecido la oposición al nazifascismo y seguramente se habrían salvado cientos de miles, quizá millones de vidas.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 16 de abril de 2013

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