Carta al príncipe

CARTA AL PRÍNCIPE[1]

Mario Méndez Acosta

En un discurso pronunciado el 17 de mayo del 2000, en la conferencia Relth, sobre el ambiente, el príncipe Carlos de Inglaterra, seguidor ferviente de la astrología, la homeopatía y otras disciplinas alternativas, y enemigo de la clonación y de los cultivos genéticamente modificados, se lanzó de manera frontal en contra de la ciencia moderna y señaló: “¡Fuera las manos científicos!, la manipulación de la naturaleza es una ofensa contra Dios y será castigada!” La reacción de la comunidad científica fue inmediata y, entre otros, el biólogo británico Richard Dawkins –proponente, entre otras ideas, de la hipótesis del gen egoísta– le dirigió la respetuosa carta, siguiente, respondiendo a sus críticas.

Su alteza Real:

Su discurso en la Conferencia Reith me entristeció. Tengo gran simpatía por sus metas, y una admiración por su sinceridad. Pero su hostilidad contra la ciencia no va a servir a dichos objetivos y su respaldo a una serie de mal elegidas y mutuamente contradictorias opciones le hará perder el respeto que creo usted merece. Me olvido de quién fue el que señaló una vez: “Claro que debemos tener nuestra mente abierta, pero no tanto que dejemos que nuestros cerebros se nos derramen”. Veamos algunas de las visiones filosóficas que usted parece preferir al razonamiento científico. Primero está la intención, “la sabiduría del corazón que murmura como una brisa a través de las hojas”. Desdichadamente, todo depende de la intuición de qué persona elija usted. En los objetivos, aunque no en los medios, sus intuiciones y las mías coinciden, y comparto de corazón su objetivo de mantener una administración a largo plazo de nuestro planeta, con todo y su compleja y diversa biosfera. Pero, ¿qué hay de sabiduría incisiva del negro corazón de Saddam Hussein?, ¿cuál fue el precio del viento wagneriano que murmuraba a través del torcido follaje de la mente de Hitler? El descuartizador de Yorkshire oía voces religiosas en su cabeza, que le impulsaban a asesinar. ¿Cómo decidimos cuáles voces internas e intuitivas escuchar y cuáles no?

Dawkins señala a continuación que sólo el método científico permite tomar esa decisión y prosigue:

Por otro lado, Señor, creo que usted tiene una noción exagerada de la naturalidad y de la agricultura “tradicional” u “orgánica”. La agricultura nunca ha sido natural. Nuestra especie empezó a alejarse del estilo de vida del cazador recolector hace apenas unos diez mil años, plazo muy breve para ser medido en la escala evolutiva. El trigo, aunque sea integral, no es un alimento natural para el Homo Sapiens. Y tampoco lo es la leche, excepto para los niños. Casi todos nuestros alimentos han sido genéticamente modificados, mediante la selección natural –aunque no por mutación artificial–, pero el resultado es el mismo. Un grano de trigo es una semilla de pasto modificada genéticamente, lo mismo que un perro pequinés es un lobo genéticamente modificado. ¿Jugar a ser Dios? ¡Hemos jugado a ser Dios durante siglos!

Las multitudes gigantescas y anónimas entre las que vivimos empezaron la revolución agrícola, y sin la agricultura sólo sobreviviría una pequeña fracción de la actual población humana. Nuestra elevada población es un artefacto agrícola (tecnológico y médico), y esto es más antinatural que los métodos de control natal que condena el Papa por ser antinaturales. Aunque no nos guste, estamos ligados íntimamente con la agricultura y la agricultura, toda la agricultura, es antinatural. Dimos ese paso hace diez mil años.

¿Significa lo anterior que no podemos elegir entre los diversos tipos de agricultura en lo que se refiere a mantener el bienestar del planeta? Claro que no significa eso. Hay sistemas mucho más dañinos que otros, pero no tiene sentido apelar a “lo natural” o al “instinto” para tomar decisiones. Hay que estudiar la evidencia, ponderada y razonada científicamente. El arrasamiento y la quema de selvas (que por coincidencia es el sistema agrícola más cercano a lo “tradicional”) destruyen nuestros bosques más antiguos. El sobrepastoreo (también ampliamente practicado por culturas “tradicionales”) erosiona el suelo y convierte las praderas fértiles en desiertos. Yéndonos a nuestra propia tribu moderna, el monocultivo, alimentado por fertilizantes en polvo y venenos contra plagas, es muy malo para el futuro, y el uso indiscriminado de antibióticos para hacer crecer y engordar al ganado es algo peor.

Dawkins señala que existen riesgos claros en la manipulación genética que no son tomados en cuenta por quienes se oponen a la misma, pero los peligros que señalan quienes están en contra de toda acción de este tipo no se han materializado, ni lo harán, ya que son manifestaciones de un profundo desconocimiento sobre lo que pretende la manipulación transgénica. No hará daño su consumo al ser humano, pero sí puede propiciar la aparición de cepas de plagas mucho más resistentes en el futuro.

Y el científico prosigue:

Pero aun si la agricultura pudiera ser natural y fuera posible establecer una relación instintiva con la naturaleza, ¿es en realidad la naturaleza un buen modelo a seguir? Esto hay que pensarlo con cuidado. Efectivamente en un sentido, los economistas están en equilibrio armónico, y algunas de sus especies se hacen mutuamente dependientes, y esta es una de las razones por las que resulta criminal la acción de las empresas depredadoras, que destruyen la selva lluviosa tropical.

La naturaleza no favorece la planeación a largo plazo, sino que propicia la ganancia a corto plazo. Los madereros, los balleneros y otros buscadores de ganancias rápidas, que derrochan el futuro en beneficio de la codicia actual, hacen sólo lo que las criaturas salvajes han hecho a lo largo de tres mil millones de años.

El cerebro del ser humano es el primer fruto de la evolución que puede ver a largo plazo y tomar provisiones; planear un camino que lo aleje de la extinción y lo lleve a nuevas alturas distantes. La planeación a largo plazo y la posibilidad de administrar del planeta son algo nuevo en el mismo, existen sólo en los cerebros de las persona El futuro es un nuevo invento en la evolución, que resulta algo precioso… y frágil. Debemos usar todo nuestro arsenal científico para protegerlo. Puede ser paradójico, pero si queremos sustentar al planeta en el futuro, lo primero que tenemos que hacer es dejar de pedirle consejos a la naturaleza, una gran especuladora darwiniana a corto plazo.

Claro que lo anterior suena deprimente, pero no hay ley alguna que diga que la verdad debe ser optimista, y de nada sirve matar al mensajero –la ciencia–. No tiene sentido preferir una visión alternativa del mundo sólo porque se considera más cómoda; de todas formas, la ciencia no es todo pesimismo, ni es un ente sabelotodo arrogante. Cualquier científico que merezca ese nombre se adherirá a la cita de Sócrates: “La sabiduría es la conciencia de que

uno no sabe”.

Lo que me entristece. Señor, es lo mucho que usted se estaría perdiendo al darle la espalda a la ciencia. Yo he tratado de escribir sobre la maravilla poética de la ciencia pero ¿podría tomarme la libertad de recomendarle un libro de otro autor? Se llama El mundo y sus demonios escrito por el llorado Carl Sagan, y me permito llamarle la atención sobre su subtítulo: “La ciencia como una vela en la oscuridad”.

El príncipe Carlos no ha respondido a la masiva de su leal súbdito, Richard Dawkins, biólogo evolucionista y profesor de la cátedra Charles Simonyl para el entendimiento de la ciencia en la Universidad de Oxford.

Referencias

El discurso del Príncipe se puede encontrar en esta dirección:

http://news.bbc.com.uk/hi/english/static/events/reith_2000/lecture6.stm

La carta de Dawkins puede encontrarse en la siguiente dirección:

http://digerati.edge.org/3rd_culture/prince/prince_index.html


[1] Publicado originalmente como Méndez Acosta Mario, Carta al príncipe, Ciencia y Desarrollo, Vol. XXVII, No. 158, México, Mayo/Junio 2001. Págs. 94-95.

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