Colas aeroportuarias

ESCRUTINIO

Colas aeroportuarias

o

En todas partes se cuecen habas[1]

Juan José Morales

Muchas quejas se escuchan en Cancún sobre las largas filas de viajeros extranjeros que se forman en el aeropuerto debido a la insuficiencia de personal de migración y aduanas y a la lentitud con que trabajan. Pero no se crea que esa problemática es exclusiva de este centro turístico. Se da en otros muchos lugares y parece haberse convertido en una especie de problema universal.

imageCiertamente, se necesitó una gran dosis de paciencia para soportar de pie más de dos horas y cuarto (más de la mitad del tiempo de vuelo), en una fila que avanzaba con exasperante lentitud, tan solo para llegar a la ventanilla de migración en el aeropuerto de Chicago.

Hace unos días, por ejemplo, en el aeropuerto de Chicago pasé —contaditos reloj en mano— dos horas y 17 minutos formado (no tan) pacientemente en una larguísima y serpenteante fila que avanzaba solo uno o dos metros a pequeños y muy esporádicos saltos, viendo en cada vuelta de la hilera los mismos rostros de viajeros que trataban de superar la impaciencia, el tedio, la irritación, el cansancio y la preocupación por perder sus vuelos de conexión, leyendo libros y revistas, jugando en sus dispositivos electrónicos, sacándose los mocos, cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro, o simplemente con la mirada perdida en el vacío, como zombies en estado de vida vegetativa. Para algunos pasajeros, la espera se hacía todavía más desesperante por la necesidad de controlar a sus inquietos vástagos, y para otros, por la necesidad de refrenar su impulso de imitar a Herodes para dejar de sufrir las correrías y tropezones de los susodichos vástagos.

Aquellas dos horas y cuarto, por lo demás, fueron solo el preámbulo para el interrogatorio de la agente de migración, que celosa de su deber quiso conocer con todo detalle las razones de mi viaje. Aunque, debo reconocerlo, dulcificó bastante su adusta expresión cuando adopté una actitud de inofensivo turista, la miré embelesado como si me hubiera seducido con su (inexistente) belleza y desplegué la más seductora de mis sonrisas.

El seco golpe del sello con que finalmente autorizó mi entrada al país, sonó a mis oídos como música celestial. Pero…

Las cosas aún no terminaban. Tras buscar, encontrar y recoger el equipaje que había permanecido esperándome todo ese tiempo, me encaminé hacia lo que esperaba sería —!por fin!— la anhelada salida de ese burocrático encierro, solo para encontrarme con otra larga (aunque no tanto) fila para pasar la revisión aduanal, donde los agentes parecían interesados más en saber si llevaba yo productos animales o vegetales que ametralladoras, dinamita, cohetes antiaéreos o cultivos de ántrax.

Para entonces, ya había olvidado seguir tomando el tiempo de espera. Sólo pensaba en salir de ahí. Y para entonces también, naturalmente, ya había perdido mi vuelo de conexión y debí tomar otro más tarde.

Si relato esta pequeña odisea personal, bastante similar a las que he experimentado en países de Europa y Latinoamérica, es porque con ella comprobé que si bien —en una especie de juego relativista a la Einstein— el espacio se comprime y el mundo se hace cada vez más pequeño gracias a la rapidez de los viajes aéreos, la burocracia se encarga de hacer que el tiempo se dilate cada vez más en los aeropuertos merced a los trámites migratorios y aduaneros y las exhaustivas revisiones de seguridad.

O, para decirlo en los términos habituales: en todas partes se cuecen habas, sin que esto signifique que mal de muchos consuelo de quienes ya sabemos, sino que es injusto tachar de ineptos, indolentes, desorganizados, incapaces, torpes o desidiosos únicamente a los funcionarios mexicanos de migración y poner el grito en el cielo porque a los turistas norteamericanos se les hace esperar 15 ó 20 minutos en fila en Cancún.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 23 de julio de 2013

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