La creación y el Big Bang

LA CREACIÓN Y EL BIG BANG[1]

Mario Méndez Acosta

El descubrimiento más inquietante, desde el punto de vista filosófico, se basa en que el cosmos tuvo un origen bien determinado en el tiempo, el cual ha sido fijado, con alguna precisión, en un momento situado hace un poco más de trece mil millones de años, durante el cual ocurrió una especie de gran explosión a la que el cosmólogo Fred Hoyle bautizó como Big Bang.

Ante este hallazgo, algunas religiones del tronco judeocristiano han encontrado una similitud muy atractiva con sus tradiciones en torno a la creación del mundo por acción de una deidad suprema, ocurrida en un momento del pasado históricamente preciso, que en el caso de la Iglesia Anglicana, fue fijado en 1648, por el obispo de Ussher el día octubre 23 del año 4004 antes de Cristo.

Algunos jerarcas religiosos, como el primado de la Iglesia Católica en Inglaterra y el arzobispo anglicano de Canterbury, no han vacilado en sugerir que el momento en el que ocurrió el Big Bang se puede identificar con aquel en el que la deidad llevó a cabo su acto de creación de nuestro Universo. El papa Juan Pablo II consideró, en 1988, esta posibilidad, pero los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias le aconsejaron que este símil no resultaría muy viable, lo que él aceptó.

Entonces se adoptó la posición de los cosmólogos católicos de la Academia de Ciencias del Vaticano, para quienes la creación abarca todo lo existente en el cosmos y no se limita al mero acto de su aparición, por lo que no es necesario equiparar el Big Bang con la Creación descrita en La Biblia.

En el presente, el Papa Benedicto XVI ha reanudado el debate a través de unas declaraciones bien formuladas e inequívocas. Señaló, textualmente, en un sermón pronunciado el día de la Epifanía –el pasado 6 de enero– que los cristianos deben rechazar la idea de que el Universo fue creado por accidente.

Agregó que la mente de Dios es la fuerza que impulsa teorías como la del Big Bang, y remató en ese sermón que el Universo no es resultado del azar, como algunos quieren hacernos creer. «Al contemplarlo, se nos invita a ver algo profundo en el mismo, la sabiduría del creador, la creatividad inacabable de Dios».

En apariencia, estas declaraciones son la respuesta a las conclusiones expresadas por el científico británico Stephen Hawking en su libro más reciente, El gran diseño, en el cual afirma que los hallazgos científicos hacen innecesaria la hipótesis de la intervención divina en la creación del Universo.

Stephen Hawking ha sido un interlocutor permanente y amistoso del Vaticano –a pesar de su condición de no creyente–, ya que ha participado en diversos coloquios de la misma Academia Pontificia de Ciencias, en los cuales ha discutido de manera muy constructiva sobre los temas de la cosmología moderna con académicos y teólogos. Por ello, causó gran beneplácito entre esos teólogos y académicos del Vaticano la conclusión con que cerró Hawking su exitoso libro de 1988, Breve historia del tiempo, pues ahí señala que el estudio del Universo y su comprensión nos permitirán conocer «cómo funciona la mente de Dios».

Lo cierto es que esta frase, aunque no es afirmación de la religiosidad del autor, representa una expresión más acertada de la respuesta que pretende dar Hawking a esa pregunta fundamental de «por qué existe algo en lugar de nada». Es ante esta cuestión tan profunda en donde Hawking equipara la mente de Dios con el funcionamiento del Universo.

El análisis de Hawking, presentado ahora, en El gran diseño, revela cómo las leyes naturales se complementan unas a otras, sin necesidad de intervención sobrenatural, eliminando la necesidad de que intervenga una entidad sobrenatural todopoderosa, que esté al tanto de las acciones y decisiones de cada ser vivo que exista en el cosmos.

Hawking revela, a lo largo de su más reciente libro, de qué manera ha sido indispensable la intervención del azar, en especial a escala subatómica, a través de la mecánica cuántica, misma que tuvo que entrar en acción en los primeros momentos de la aparición del Universo, cuando éste tenía aún una dimensión muy reducida, lo que permitió que la mecánica cuántica manifestara sus extrañas consecuencias, como sería la aparición de partículas subatómicas a partir de la nada.


[1] Publicado originalmente como: Méndez Acosta Mario, La creación y el big bang, Ciencia y Desarrollo, Vol. , No. , México, marzo 2011. Págs. .

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