La leyenda del Jefe Seattle

LA LEYENDA DEL JEFE SEATTLE[1]

Mario Méndez Acosta

Una de las leyendas contemporáneas más conmovedoras y estimadas por quienes integran los movimientos ecologistas es aquella del jefe indígena Seattle y su carta al presidente de los Estados Unidos o bien de su discurso a los blancos, aconsejándolos sobre cómo tratar el mundo silvestre.

JefeSiahlEl jefe indígena, cuyo verdadero nombre era Siahl, era el cacique de las tribus swamish y duwamish de la costa del Pacífico de EUA, cerca del actual estado de Washington; nació en 1780 y falleció en 1866, convertido al catolicismo.

Se asevera que hubo una carta suya, escrita en 1855, supuestamente dirigida al presidente de EUA, Franklin Pierce, en respuesta a la petición de su gobierno para que los indígenas vendieran buena parte de las tierras bajo su dominio histórico. El jefe Seattle expresa ahí profundos pensamientos sobre cómo convivir armónicamente con el medio ambiente.

Dice, por ejemplo, en la famosa carta: «¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja«.

Aquí es donde surge una primera duda: el término piel roja es como llamaban los colonizadores europeos a los miembros de las tribus indígenas de Norteamérica, y constituye una denominación denigrante que despierta desprecio y temor. Jamás los indígenas de los Estados Unidos han aceptado llamarse pieles rojas, sobre todo porque no tienen la piel roja, sino de un tono café claro; llamarse de esa manera sería como si los mexicano-estadounidenses se refirieran a sí mismos como grasientos o dagos (término vulgar y racista para designar a latinos y a italianos).

Es imposible que Seattle haya dicho: «Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar», por la sencilla razón de que el cacique jamás había visto un ferrocarril ni un búfalo, ya sea vivo o muerto y, sobre todo porque en 1855 aún no se construía el ferrocarril que cruzaría el continente; de hecho, el ferrocarril transcontinental que uniría la costa de California con la del Atlántico no se concluiría sino hasta 1869, momento en el que se abrió la era del llamado lejano Oeste. Por otro lado, la matanza del bisonte americano –mal llamado búfalo– no se llevó a cabo sino hasta los años ochenta del siglo XIX, a manos de cazadores, como el legendario Buffalo Bill.

La verdad es que nunca hubo tal carta; en 1854, el jefe Seattle escuchó un discurso y, a continuación, pronunció el suyo ante el gobernador territorial, Isaac Stevens –quien tenía la misión de comprar a los indios swamish las tierras de la Sonda de Puget, en el noroeste de los Estados Unidos–, y uno de los traductores del encuentro fue el pionero doctor Henry A. Smith. La fecha del discurso es motivo de discusión, pero la versión más aceptada es que ocurrió el 11 de marzo de 1854, y ciertamente, nadie puede asegurar hoy lo que dijo el jefe entonces, ya que habló en el lenguaje lushutsid, a alguien que hizo la traducción al chinuk –lengua un poco más conocida–, y de ahí se tradujo al inglés. Treinta años después, el Seattle Sunday Star publicó la versión de Smith, basada en notas que tomó en aquellos días, en la cual Siahl agradecía a la gente blanca su generosidad, y exigía que cualquier tratado permitiera a la tribu el acceso a sus cementerios, y contrastaba al dios de su pueblo con el de la gente blanca… al parecer nada extraordinario se agregaba.

Los ecologistas adoptaron el supuesto discurso, a partir de 1974, cuando una estatua del jefe Seattle con «voz propia» enunció la versión actual en la Feria Mundial de Spokane. El discurso había sido mejorado por Ted Perry, un productor de documentales, que introdujo lo relativo al ferrocarril y los bisontes, para la ocasión. La respuesta de algunos expertos fue la manifestación de su indignación: en 1975, Janice Krenmayr publicó un artículo en el Seattle Times, en el cual afirmaba que el cacique se revolvería en su tumba si supiera de aquel engaño; Bill Holm, conservador del Museo Burke, rogó a los ecologistas que se detuvieran y admitieran que ellos mismos habían escrito el discurso; hubo otras protestas, pero a ninguna hicieron caso


[1] Publicado originalmente como: Méndez Acosta Mario, La leyenda del jefe Seattle, Ciencia y Desarrollo, Vol. , No. , México, noviembre-diciembre 2011. Págs. .

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