Un ignorado y desdeñado sistema agropecuario

IMPACTO AMBIENTAL

Un ignorado y desdeñado sistema agropecuario[1]

Juan José Morales

Cuando de producción agropecuaria en el sureste de México se habla, se piensa casi exclusivamente en milpas y ganadería. Pero hay un sistema agropecuario tan extendido que casi se le puede considerar omnipresente y que aporta una gran cantidad de alimentos al cual se le concede muy poca o nula importancia: el huerto familiar.

clip_image001En la atención del huerto familiar participa toda la familia. Los hombres mayores se ocupan de las faenas más pesadas y la madre de las labores ligeras, pero hasta las hijas pequeñas ayudan en el riego, el desyerbe, la alimentación de las aves de corral y otras tareas.

Como señaló el Dr. Ramón Mariaca Méndez, investigador de El Colegio de la Frontera Sur durante su intervención en el seminario sobre la milpa realizado en el pasado Festival Internacional de la Cultura Maya, el huerto familiar —ese espacio en torno a las viviendas en el cual se crían animales y se cultivan árboles frutales y maderables, así como plantas medicinales, de ornato, alimenticias, para usos rituales y de otro tipo— es el agroecosistema más común en el sureste, constituye la despensa básica de las familias, les permite sobrevivir ante riesgos ambientales y contingencias o altibajos del mercado, y abastece con importantes cantidades de productos animales y vegetales a los mercados locales y regionales. Incluso, en los mercados de pueblos y ciudades hay muchos productos que sólo provienen de los huertos familiares, como las frutas de la región, la chaya, las gallinas, los patos y otras aves.

Por otro lado —y esto es igualmente importante— la rica y variada vegetación de los huertos familiares tiene un gran valor científico ya que constituye un verdadero banco de germoplasma, del cual puede obtenerse material para investigaciones y para desarrollar nuevas y mejores variedades de diversos cultivos.

Los huertos familiares, como decíamos, son omnipresentes. Se les encuentra por todas partes, tanto en los pueblos como en las ciudades. Con base en el censo de 2010, dice el Dr. Mariaca, se estima que existen 850 mil de ellos en Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas. Si se añaden Veracruz y Oaxaca, el total se eleva a 2.2 millones. En promedio, cada uno tiene 2 500 metros cuadrados, de modo que su superficie total sería de 880 mil hectáreas. No hay otro agroecosistema que ocupe tan gran extensión de tierra, excepto la milpa, que en las siete entidades mencionadas cubre —también según datos del mismo censo— poco más de 1.9 millones de hectáreas.

Sin embargo, añade el investigador, pese a su indiscutible importancia —sobre la cual escribiremos con más detalle en otra ocasión— y a su alta productividad, el huerto familiar ha sido ignorado y desdeñado por las autoridades. “No existen estadísticas oficiales sobre su presencia, producción, rendimientos y, menos aún, sobre su aporte a la economía familiar y regional”, y tampoco recibe atención formal por parte de las diversas secretarías de estado ni de otras entidades oficiales, ni hay en la mayoría de las universidades ninguna carrera orientada a su conocimiento, manejo y mejoramiento, y por lo general en los centros de investigación no se le concede importancia.

Pese a todo, el huerto familiar, el solar, como también se le llama en español, el tankab o tankabal, como se le denomina en maya, ha persistido desde los tiempos prehispánicos hasta la actualidad, sin ceder en los últimos tiempos al embate de la globalización y el avasallador impacto de la economía de mercado y el consumismo. Y paradójicamente, tal vez la clave de su sobrevivencia y buen éxito sea precisamente —subraya el Dr. Mariaca— a que no ha recibido mayor atención por parte de las autoridades e incluso de los propios investigadores. Gracias a ello, no se han hecho intentos por “modernizarlo” que podrían haber tenido consecuencias negativas.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Viernes 8 de noviembre de 2013

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