Objeciones a los alimentos orgánicos

OBJECIONES A LOS ALIMENTOS ORGÁNICOS[1]

Por Mario Méndez Acosta

A lo largo de los últimos dos siglos –y, sobre todo, después del surgimiento de la producción masiva e industrializada de los alimentos en el mundo occidental–, ha surgido una reacción crítica muy persistente en contra de esta visión y a favor del retorno a prácticas agrícolas y ganaderas del pasado con alimentos que se denominan orgánicos.

Esta propuesta se basa en la convicción de que los alimentos producidos de una forma considerada más natural –u orgánica– son más saludables y presentan menos peligros para el ser humano.

Desde esta visión, se critica, en especial, el empleo generalizado de fertilizantes químicos manufacturados industrialmente; la aplicación de plaguicidas; la manipulación genética de los productos agrícolas y el empleo de hormonas en la crianza de los animales destinados al consumo humano; así como su alimentación industrializada con nutrimentos de fábrica.

Pero, el hecho es que gracias a estas acciones ha sido posible, hasta la fecha, mantener un nivel de producción alimentaria que permite dar de comer a más de siete mil millones de seres humanos en todo el mundo, y las evidencias, tanto clínicas como demográficas, de que tales prácticas causen problemas generalizados de salud, de desarrollo físico o desarreglos importantes entre la población beneficiada, son escasas.

Por ello, es de gran interés el extenso estudio de la doctora Dena Bravata y de otros investigadores, publicado en la revista Annals of Internal Medicine, donde se revela que no existe mucha diferencia para los adultos entre la comida denominada orgánica y la convencional. El equipo del Stanford’s Center for Health Policy, junto con la investigadora Crystal Smith-Spangler, del Palo Alto Health Care System, llevó a cabo un metaanálisis (estudio en el que se valoran en conjunto los resultados de múltiples estudios científicos anteriores, relacionados con el tema) con corolarios impactantes.

No se encontró evidencia convincente de que los alimentos denominados orgánicos sean más nutritivos u ofrezcan menos riesgos para la salud que los convencionales. La única diferencia parece ser que la comida orgánica reduce la posible exposición del consumidor a los pesticidas, aunque, por otro lado, no se ha demostrado que éstos representen algún riesgo para la salud en las concentraciones consumidas al comer verduras y frutas consideradas productos no orgánicos. De hecho, se determinó que en ambos tipos de alimentos los niveles de pesticidas están dentro de los límites de seguridad establecidos en EUA.

La diferencia fundamental entre la comida orgánica y la no orgánica parece ser el costo para el consumidor, de tal manera, vemos que las ventas en EUA pasaron de 3,600 millones de dólares, en 1997, a 24,000 millones en 2011. La fama de ser más saludables ha hecho que los consumidores de estos productos estén dispuestos a pagar precios sustancialmente más altos, los cuales alcanzan hasta el doble de sus versiones convencionales, y uno de los factores que incrementa este costo es su menor duración de vida en el mostrador.

No obstante, existen algunos riesgos para la salud derivados de consumir los alimentos llamados orgánicos, entre ellos está el hecho de que la salud de los animales orgánicos no siempre es muy buena. Así por ejemplo, mediante investigaciones efectuadas en granjas de pollos orgánicos en Holanda, Dinamarca y Austria, se detectó: a) altos porcentajes de infección por parásitos, debido a la presencia de Campylobacter y de Salmonella en la totalidad de la población; mientras que esa contaminación sólo se encontró en un tercio de las aves no orgánicas. Del mismo modo, los puercos orgánicos muestran mayores niveles de neumonías que los de criaderos indutrializados.

El problema de fondo parece ser que, en cualquier caso, la información confiable para el consumidor resulta ser, en casi todos los países, muy escasa.


[1] Publicado originalmente como: Méndez Acosta Mario, Objeciones a los alimentos orgánicos, Ciencia y Desarrollo, Vol. , No. 262, México, noviembre diciembre 2013. Págs. .

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