Destruirlos o no destruirlos, he ahí el dilema

IMPACTO AMBIENTAL

Destruirlos o no destruirlos, he ahí el dilema[1]

Juan José Morales

¿Conoce a usted a alguno entre sus contemporáneos que haya padecido viruela? Lo más probable es que no. El último caso documentado de esta enfermedad se registró hace más de un tercio de siglo, en 1977, en la remota Somalia, un país africano. Esta enfermedad —que en tiempos no muy lejanos mataba dos millones de personas por año y todavía en los primeros tres cuartos del siglo XX cobró 300 millones de vidas— fue combatida mediante a una vigorosa campaña mundial de vacunación realizada a iniciativa de la entonces Unión Soviética y en 1980 la Organización Mundial de la Salud pudo declararla totalmente erradicada.

clip_image002Actualmente, la viruela es ya sólo un recuerdo y carteles este —que las autoridades sanitarias colocaban para tratar de contener las epidemias— son una curiosidad médica. Pero todavía durante la primera mitad del siglo XX cobró millones de vidas.

Hoy, a un tercio de siglo de distancia, las autoridades sanitarias se enfrentan a una decisión: eliminar o no las dos últimas colecciones de muestras del virus de la viruela, que se conservan en Estados Unidos y Rusia.

Pero, paradójicamente, aunque en plena Guerra Fría ambos países pudieron ponerse de acuerdo para acabar con el padecimiento, ahora hay discrepancias e incluso suspicacias que dificultan un acuerdo para acabar con esos últimos vestigios que restan de él.

Fue en 1983 —cuando aún existía la Unión Soviética— que por acuerdo internacional se decidió destruir las existencias de virus variola que se usaban para fabricar vacunas, y conservar sólo dos grupos de cepas: uno en el Centro Estatal de Investigaciones sobre Virología y Biotecnología en Siberia, y el otro en el Centro de Control y Prevención de Enfermedades Infecciosas de Atlanta, Estados Unidos. Aquellas muestras se mantuvieron ante la eventualidad de que el mal pudiera resurgir y fuera necesario comenzar nuevamente a producir vacunas.

Al correr del tiempo, sin embargo, se hizo patente que la viruela ha sido eliminada del todo, y son extremadamente remotas las posibilidades de que ocurra un brote, pues el contagio es sólo por contacto directo y prolongado de persona a persona, o a través de fluidos corporales infectados o con objetos contaminados, tales como sábanas, fundas o ropa. Al no haber ya enfermos, no puede haber contagio, pues la viruela sólo ocurre en humanos. El virus no se mantiene en animales, de los cuales pudiera saltar al hombre, como ocurre con los de la gripe y otras enfermedades, y no hay personas sanas que sean portadoras del virus. Es decir, personas infectadas que pudieran transmitirla aun cuando no desarrollen la enfermedad.

Por eso, la Organización Mundial de la Salud recomienda destruir esas últimas muestras. Pero no ha podido llegarse a un acuerdo porque algunos expertos opinan que es mejor ser muy cautos y no eliminarlas hasta tener absoluta seguridad de que el mal no resurgirá.

A ello, otros expertos responden que no hace falta mantener esas reservas de virus vivos, ya que hay otras vacunas eficaces contra la viruela —de las cuales se cuenta con existencias suficientes— y gracias a los avances de la ingeniería genética se tiene la secuencia completa de más de 50 cepas del virus, a partir de las cuales se podría fabricar vacunas.

Otro argumento de quienes se oponen a incinerar las muestras de virus, es que si bien ya no hay riesgo de un resurgimiento natural de la viruela, existe el peligro de que quede por allá alguna muestra no controlada que pudiera ser empleada por algún grupo terrorista para lanzar un ataque biológico. Pero el argumento es bastante débil, pues para trabajar con este virus se requieren laboratorios e instalaciones muy sofisticados, que no existen en aquellos países donde existen organizaciones extremistas ni —mucho menos— pueden ser escondidos en alguna bodega.

Más bien —dicen algunos— la resistencia a destruir las últimas muestras de ese virus se debe a que, como en los tiempos de la guerra fría, tanto Estados Unidos como Rusia temen que el otro haya ocultado sus propias muestras para usarlas como armas biológicas.

Y mientras tanto, la OMS no logra llegar a un acuerdo definitivo.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Viernes 4 de julio de 2014

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