La comercialización del espíritu navideño

ESCRUTINIO

La comercialización del espíritu navideño[1]

Juan José Morales

Seguramente usted pensará que la fotografía que ilustra estos comentarios fue tomada a fines del año pasado. Así lo hace suponer la clásica decoración navideña con sus típicos abetos cubiertos de nieve, imágenes de un rechoncho, bonachón y sonriente Santa Claus, los renos que se encargan de transportarlo en su trineo por los aires, las holgadas medias de lana en que depositará los regalos que distribuye, los paquetes de envoltura rojiblancos, y en general toda la parafernalia habitual en la temporada de fin de año, que todavía está muy lejos en el calendario.

clip_image001Una gran tienda mexicana con la clásica decoración navideña al estilo norteamericano, con su profusión de rostros santaclosinos, renos, paquetes de regalo envueltos en papel rojiblanco, abetos, nieve y demás elementos usuales en Estados Unidos y los países nórdicos.

Pero no. Si así lo pensó usted, se equivoca. La fotografía fue tomada en una gran tienda de Cancún en pleno verano, a fines del mes de agosto que acaba de concluir, casi cuatro meses antes de la venidera navidad. Y lo mismo, en igual o menor grado, se observa en otros establecimientos comerciales de esa ciudad y de otras del país, donde ya están a la venta los acostumbrados foquitos de navidad, las guirnaldas y los colgajos para adornar el árbol navideño, las figurillas alusivas, y demás cosas por el estilo y se estimula a la clientela a adquirir con toda antelación todo lo necesario para esas fiestas.

Es que, como se diría en el lenguaje coloquial, los comerciantes no se miden en su afán por estimular el consumismo, un consumismo que «”por supuesto»” hace timbrar sus cajas registradoras. Las costumbres y tradiciones no importan. El aspecto religioso de la Navidad, mucho menos. Lo que cuenta son las ganancias.

Y ya que de costumbres y tradiciones hablamos, si usted examina con cierta atención la fotografía, advertirá de inmediato la total ausencia de lo que podríamos llamar los elementos nacionales, mexicanos, latinoamericanos o autóctonos de las fiestas navideñas. Es decir, detalles alusivos a las posadas, las piñatas, el nacimiento, la gruta de Belén, María y José, el pesebre en que según la leyenda fue colocado Cristo después de nacer, los pastores congregados para adorarlo, los reyes venidos de oriente en su caballo, su camello y su elefante para ofrendarle oro, incienso y mirra, etc. Todo eso, la tradición mexicana, lo nuestro, ha sido borrado de un plumazo desde hace años por los comerciantes, que imponen a su clientela una navidad al estilo norteamericano. Una navidad en la que ni Jesús ni la estrella de Belén existen, sino sólo Santa Claus con su trineo y su recua de renos voladores.

Realmente, por si alguien dudara que esa festividad supuestamente religiosa, ha sido objeto de una total y absoluta comercialización, este ejemplo debería ser más que suficiente.

Pero es que, después de todo, utilizar la Navidad en beneficio propio no es exclusivo de los mercaderes, sino también de la propia Iglesia.

En efecto, hay que recordar que en los primeros tiempos del cristianismo la fecha del nacimiento de Cristo no se había fijado con precisión, existían muchas y muy grandes discrepancias al respecto y persistía una gran ambigüedad. Pero en prácticamente todos los pueblos se festejaba el solsticio de invierno, que ocurre alrededor del 21 de diciembre de cada año. Ese, el solsticio, es, el momento en que el Sol, después de su aparente alejamiento hacia el sur «”por efecto de la inclinación del eje de rotación de la Tierra y el movimiento de ésta sobre su órbita»”, parece detenerse e iniciar su retorno hacia el norte. La gente de aquellos tiempos «”temerosa de que el astro se fuera para siempre»” respiraba aliviada y festejaba que los días dejaran de ser progresivamente más cortos y fríos y comenzara nuevamente a haber condiciones propicias para la siembra y la cosecha.

La Iglesia se oponía a esas festividades del solsticio de invierno, por considerarlas paganas. Intentó acabar con ellas, pero estaban tan arraigadas que le resultó imposible. Decidió, entonces, usarlas en beneficio propio: decretó que Cristo había nacido un 24 de diciembre. Al coincidir la fecha con la época del solsticio, se podía dar a las antiguas festividades paganas una nueva apariencia. El festejado ya no era el Sol, sino Cristo.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 2 de septiembre de 2014

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