Ya hay una, pero debiera haber más obispas

ESCRUTINIO

Ya hay una, pero debiera haber más obispas

Juan José Morales

Allá por 1954, el dramaturgo Rafael Solana escribió una obra teatral titulada Debiera haber obispas. Era una sátira sobre la vida sexual de los curas y el poder que la amante de una de ellas llega a tener gracias a las revelaciones que en la cama le hacía el sacerdote acerca de las confesiones de sus feligreses.

Pues bien, ya hay una obispa. Se llama Libby Lane y será ordenada formalmente el 26 de enero en la catedral de York, en la Gran Bretaña. Pero pertenece a la Iglesia Católica, sino a la Anglicana, donde desde hace más de 20 años se permite a las mujeres ejercer el sacerdocio. Y es que si por algo se caracteriza la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, es por machista, antifeminista, excluyente y discriminatoria de la mujer.

clip_image001En 2002, Rómulo Braschi, un arzobispo argentino, ordenó a siete mujeres «”cuatro de las cuales aparecen en la foto»” como sacerdotes, o sacerdotisas si se prefiere el término, de la Iglesia Carismática Católico-Apostólica de Jesús Rey por él fundada. Ni tardo ni perezoso, Juan Pablo II ordenó excomulgarlas fulminantemente. El documento de excomunión, dicho sea de paso, fue redactado y firmado por el entonces prefecto de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe «”antes Santa Inquisición»” Joseph Ratzinger, luego convertido en papa Benedicto XVI.

Ya desde el año 325, en el Concilio de Teodicea, el sacerdocio femenino fue tajantemente prohibido, en 1227 el Papa Honorio III afirmó que «»¦las mujeres no deben hablar, porque sus labios llevan el estigma de Eva», y siete siglos y medio después, en 1994, Juan Pablo II también rechazó la participación femenina en el sacerdocio porque la Iglesia «»¦no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» de las mujeres («¦) no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia «originalidad» femenina».

En pocas palabras: la Iglesia no sólo veda el ejercicio del sacerdocio a las mujeres, sino las ubica en posición inferior a la del hombre, condenándolas a la sumisión, la obediencia ante el varón, y prácticamente a la condición de meras fabricantes de hijos.

Pero surgen «”aunque sea tímidamente voces que exigen un cambio, para que la Iglesia abra sus rangos dirigentes a las hasta ahora excluidas y marginadas mujeres. Y esas voces no solamente se escuchan fuera, sino en su interior mismo. Así, hemos encontrado en un documento de la Federación Europea de Curas Católicos Casados, una serie de interesantes reflexiones sobre la participación femenina en los asuntos eclesiásticos que bien vale la pena transcribir.

Señala el escrito que, por ser la Iglesia Católica «una estructura patriarcal, autoritaria, cerrada, machista, no cumple aquellas características que la mayoría de edad de la humanidad ha hecho imprescindibles para tener un mínimo de autoridad moral y credibilidad ante los seres humanos de hoy.» Y agrega: «Temas tan decisivos para la felicidad de los seres humanos como la sexualidad no pueden seguir siendo tratados con el lastre de la historia y al margen o en contra de los avances de la modernidad (psicología, antropología, derechos de la persona…)»

Remarcan los miembros de la federación de curas casados que «la masculinización del ministerio presbiteral y de los puestos de responsabilidad en la Iglesia Católica es uno de los rasgos que van contracorriente de la historia y hacen de nuestra iglesia un raro ejemplar entre las sociedades actuales. Media humanidad queda excluida de tareas directivas, de reflexión y de decisión. La incorporación de la mujer a la reflexión teológica se encuentra con unas dificultades especiales y una no fácil acogida. Una estructura que margina la perspectiva y la presencia femenina de los niveles en que se analiza, evalúa y se decide el rumbo de la comunidad de creyentes, carece de autoridad moral para dirigirse hoy a la humanidad.»

En el mismo tenor, continúan diciendo que «una iglesia que excluye a la mujer de la animación y presidencia de las celebraciones se está perdiendo la riqueza de una de las dos perspectivas básicas de la vida humana.»

Y concluye con estas palabras: «Inevitable y responsablemente, todo lo que antecede debería encaminar a la Iglesia Católica en bloque por la senda que ya muchos pequeños grupos y comunidades luchan por hacer realidad en su día a día, sin grandes pretensiones aunque buscando la fidelidad en las cosas sencillas: una reforma profunda y sencilla a la vez», pues «”creyentes y fervorosos católicos como son»” los curas autores del documento estiman que se requiere una iglesia que se replantee en profundidad su actitud ante el sexo y ante la mujer, y en consecuencia, acabe con la discriminación femenina, incorpore a todas las tareas de dirección a mujeres y acabe con toda imposición del celibato a sus dirigentes. «Todo lo demás «”remacha el texto»” no es sino ignorar los signos de los tiempos y no afrontar los cambios urgentes que la iglesia necesita.»

Pero no se advierte en la cúspide de la jerarquía eclesiástica el menor indicio de que pudieran darse esos dos cambios fundamentales, o sea el fin del celibato sacerdotal y la incorporación de la mujer al sacerdocio. Como ya hemos comentado en alguna ocasión, y contra lo que muchos creen, esas rígidas e inmutables normas no obedecen a principios morales, éticos o religiosos ni tampoco provienen de los primeros tiempos del cristianismo, sino fueron establecidas muchos siglos después por vulgares razones económicas: para proteger, conservar y acrecentar las riquezas de la Iglesia.

Así, que hay que recordar aquel viejo chiste sobre la conversación entre dos curas en la sacristía, de los cuales uno dice: «Tal vez pronto se permita a los sacerdotes casarnos», y el otro responde: «No, eso va para largo. Si acaso, lo verán nuestros nietos».

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