Mis recuerdos de Reies López Tijerina

ESCRUTINIO

Mis recuerdos de Reies López Tijerina[1]

Juan José Morales

Ayer leí en POR ESTO la noticia de la muerte a los 88 años de edad de Reies López Tijerina, uno de los más tenaces defensores de los derechos de la población de origen mexicano en Estados Unidos. Lo conocí hace muchos años, cuando «”en uno de mis primeros trabajos periodísticos»” lo entrevisté para la ya extinta revista Rototemas. Había venido a México en busca de apoyo para su lucha de casi toda su vida por recuperar las tierras arrebatadas a los mexicanos que quedaron del otro lado de la frontera tras la invasión norteamericana de 1848.

imageAlgunos pintan a Reies López Tijerina como hombre violento partidario del uso de la fuerza, porque en 1967 encabezó una incursión armada en el tribunal del condado de Rio Arriba, Arizona, en represalia porque el fiscal de distrito había ordenado el arresto de once campesinos que reclamaban casi 300 mil hectáreas de tierras de que habían sido despojados. En realidad, salvo tal incidente, la lucha de este líder chicano siempre fue pacífica, lo cual no obstó para que fuera hostigado, perseguido y encarcelado. En la foto, al ser llevado a prisión tras la incursión en la corte.

A esa misión dedicó López Tijerina más de medio siglo, y ello le ganó un lugar en la historia al lado de otros afamados líderes chicanos como César Chávez, el dirigente de los sindicatos de peones agrícolas en California, Rodolfo «Corky» González, poeta y boxeador que en Arizona encabezó la resistencia contra el racismo y la brutalidad policíaca, y José Ángel Gutiérrez, cofundador del Partido La Raza Unida en Texas.

Consciente de que las diversas minorías étnicas no debían luchar aisladamente sino unir sus esfuerzos para defender sus derechos, mantuvo también López Tijerina estrechos vínculos con los líderes de movimientos defensores de los derechos de la minoría negra, como Martin Luther King y Elijah Muhammad.

De ideología un tanto confusa, en la que se mezclaban ideas religiosas «”incluso fue pastor de la iglesia pentecostal»” y hasta algunos puntos de vista que podrían considerarse antisemitas, López Tijerina centró sus esfuerzos en la defensa de los derechos sobre la tierra de los habitantes de ascendencia mexicana del suroeste de Estados Unidos.

De acuerdo con el Tratado de Guadalupe Hidalgo entre los gobiernos de México y Estados Unidos, que puso fin a la guerra «”me explicó en aquella entrevista»”, los derechos de propiedad de los mexicanos en los territorios arrebatados a México debían quedar garantizados por las autoridades norteamericanas. Pero no fue así. Muchos documentos desaparecieron convenientemente de los archivos norteamericanos, y el gobierno de Washington recurrió a una sucia triquiñuela legal: a los habitantes de los territorios que después serían Nuevo México, Texas, Arizona, California y demás estados que nos fueron arrebatados por Estados Unidos, el gobierno español les había otorgado las llamadas mercedes reales. Es decir, concesiones de tierras de propiedad comunal. Eran en gran medida tierras de pastoreo, en las cuales los lugareños podían introducir libremente su ganado. Pero como en las leyes norteamericanas no existe el concepto de propiedad comunal de la tierra, muchos ganaderos estadounidenses, tras usar esos pastizales por un tiempo, reclamaron la propiedad de los mismos, alegando que habían estado en posesión pacífica de ellos sin que nadie se opusiera. Y los tribunales los reconocieron como dueños.

De esa y otras formas, los habitantes de origen mexicano fueron despojados de millones de hectáreas de tierras que legalmente les correspondían conforme a las mercedes reales y que pasaron a manos de rancheros norteamericanos o de las compañías ferroviarias.

Por años, López Tijerina y sus seguidores trataron en vano de recobrar esas tierras. Sufrieron persecución y cárcel, y en vano pidieron apoyo del gobierno mexicano, que debió respaldar sus demandas dado que estaba en juego el cumplimiento de un tratado internacional.

Los últimos años de su vida los pasó Reies López Tijerina, débil, enfermo e injustamente olvidado, en una modesta vivienda de El Paso, Texas, en una digna pobreza, prueba de «”que contra lo que sus enemigos aseguraban»” jamás lucró con la lucha que mantuvo férreamente todos esos años.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Miércoles 21 de enero de 2015

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