A soñar con los angelitos

ESCRUTINIO

A soñar con los angelitos[1]

Juan José Morales

Conozco muchos biólogos. También sicólogos, geólogos, entomólogos, herpetólogos, filólogos, mastozoólogos, meteorólogos, uno que otro teólogo, y otros especialistas en diversas disciplinas. Pero hasta ahora no he tenido oportunidad de conocer en persona a un angelólogo. Por eso me llamó la atención el mal redactado anuncio que ilustra estos comentarios. Me topé con él en la zona hotelera de Cancún, en el tianguis artesanal que regularmente organiza ahí la dirección de desarrollo económico del ayuntamiento local.

Pero antes de embarcarme en un doctorado de comunicación con tan etéreos y celestes personajes, decidí indagar un poco acerca de ellos, para saber si debía tutearlos confianzudamente o hablarles respetuosamente de usted. Así encontré que “Ángeles es el nombre genérico de un grupo colectivo de seres, ciudadanos del espacio interior, cuyas responsabilidades incluyen la organización armoniosa del universo habitado. Son una especie diferente a la especie humana. Existen en una frecuencia vibratoria levemente más fina que aquella con la que nuestros sentidos físicos están afinados. Esto significa que no podemos percibirlos comúnmente con nuestros ojos y oídos, pero ellos sí pueden percibirnos a nosotros.”

imageAl leer el anuncio de doña Susy, uno piensa que en vez de estudiar angelología habría sido mejor que tomara un curso básico de ortografía y redacción para aprender a escribir correctamente o al menos a usar los acentos.

No se crea sin embargo que todos los ángeles son iguales. Los hay de muchos tipos diferentes y muy variado aspecto, algunos chiquitititititos, y otros grandotototototes. Ellos mismos se definen —por boca de los angelólogos— de esta manera. “Algunos podríamos parecernos a esferas multidimensionales; otros a rayos de luz, espirales de luz, conos de luz, y el tamaño vararía desde una mota hasta una galaxia”.

Pero, por supuesto, como ya quedó asentado líneas arriba, los mortales comunes y corrientes no podemos verlos. Para ello tenemos que desembolsar algún dinerillo y pagar un curso de angelología que nos permita desarrollar y afinar nuestros sentidos para —como dicen los propios ángeles por boca de un angelólogo— poder “vernos como seres de radiantes pulsaciones lumínicas. Nos verías así, pero también nos verías en muchos sitios diferentes al mismo tiempo. En medio de esta superposición de cuerpos veríais una intrincada trama de fibras, como filigrana, o más correctamente, como los meridianos, esas fibras de energía en flujo por el sistema de acupuntura de vuestro cuerpo. Algunas de esas fibras estarían dentro de nuestro cuerpo, pero muchas se extenderían también hacia afuera, sin tiempo ni espacio, hacia todos los rincones del universo. Son esas fibras lo que algunos han percibido como alas, así como es nuestra luz la que ha inspirado en otros la idea de que tenemos halo.”

Para comunicarse con los ángeles hay dos métodos infalibles: poner una suave y adormecedora música de fondo —de preferencia cantos gregorianos, coros de iglesia o sonatas de arpa o flauta, pues a los susodichos personajes les encanta ese tipo de música— y usar cierta fragancia especial para lograr el contacto angélico, parecida al perfume de la rosa o al del loto, pero dotado de una pureza particularmente maravillosa. ¿Dónde se consigue tan prodigiosa fragancia? Por supuesto, la venden los angelólogos.

No vamos a seguir desperdiciando espacio en transcribir esta palabrería sin sentido. Con lo expuesto basta. Es pura y simple charlatanería, un vil engaño para timar incautos y sacarles dinero.

Y uno se pregunta: ¿Qué demonios tiene que ver la angelología con los productos agrícolas y artesanales que se venden en ese tianguis? ¿Cómo es posible que las autoridades municipales fomenten la ignorancia y la superstición dando cabida en actividades oficiales a ese tipo de embaucadores y engañabobos?

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Jueves 5 de marzo de 2015

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