El cavernícola de Tulum cambia de nombre

IMPACTO AMBIENTAL

El cavernícola de Tulum cambia de nombre[1]

Juan José Morales

Reptiles venenosos, los hay «”las víboras, desde luego»”, al igual que anfibios como los sapos de cuyas glándulas obtienen veneno para sus flechas los indios sudamericanos. Hay igualmente moluscos venenosos, como el famoso pulpo de anillos azules de Australia o los caracoles marinos de la familia Conidae, de los cuales existen varias especies, incluso en aguas del Caribe. Por supuesto, tampoco faltan insectos, arácnidos, miriápodos y peces con glándulas venenosas, y hasta hay mamíferos como las musarañas, que las poseen. Pero no se conocía ningún crustáceo venenoso, hasta que hace poco investigadores del Museo Británico y del Instituto de Biología de la UNAM, encabezados por Bjorn von Reumont y Fernando Álvarez Noguera, identificaron el primero. Su nombre científico es Xibalbanus tulumensis.

clip_image001El Xibalbanus tulumensis. Los miembros del grupo de los remípedos, al que pertenece, están estrechamente emparentados pero habitan lugares del mundo muy distantes entre sí, como Australia, la península de Yucatán, las islas Azores o las costas del Mediterráneo, lo cual indica que su antigüedad se remonta a la lejana época en que la Tierra estaba cubierta por un solo océano y los continentes aún no se separaban.

Se trata de un remípedo, un tipo de animal parecido a los ciempiés o milpiés pero que no usa sus numerosas patas para caminar sino a manera de remos para nadar. Es muy pequeño, de apenas 25 a 30 milímetros de largo y posee glándulas secretoras de veneno conectadas a una especie de colmillos con los que lo inyecta a sus presas. Sólo existe en los cenotes de la península de Yucatán y de su carácter venenoso se dio cuenta recientemente en un informe publicado en la revista Molecular Biology and Evolution y en un boletín de prensa de la UNAM.

Pero no se trata de una nueva especie. En realidad, es un viejo conocido de los científicos. Fue descubierto en 1987 por la bióloga Jill Yager, que lo bautizó Speleonectes tulumensis, nombre que significa «el cavernícola de Tulum», debido a que se le encontró en un cenote cercano a esa antigua ciudad maya. Pero, al estudiarlo en detalle, los investigadores mencionados descubrieron que produce veneno y tiene mecanismos para inyectarlo. Por eso, tras un minucioso estudio de sus características, se decidió ubicarlo en un nuevo género de animales. Ahora, en el Registro Mundial de Especies Marinas (World Register of Marine Species) aparece con ese nuevo nombre: Xibalbanus tulumensis.

No se requiere ser muy avezado en cuestiones lingüísticas para percatarse de que tales vocablos se refieren a Xibalbá, el mítico reino subterráneo al cual creían los antiguos mayas que iban a parar las almas de los muertos, y a la zona arqueológica de Tulum. Pero puede parecer un poco extraño que este animalillo haya sido incluido en un registro de especies marinas, pues como decíamos, habita en cenotes.

Lo que ocurre es que los cenotes en que vive son del tipo que los científicos denominan anquihalinos, los cuales se caracterizan porque en ellos hay tanto agua dulce proveniente de los mantos acuíferos de tierra adentro como agua salada que penetra desde el mar. Una y otra, por ser de diferente densidad, se mantienen separadas por una delgada capa denominada haloclina. Los remípedos y otros pequeños organismos habitan en el agua salada, pobre en oxígeno.

Cenotes de este tipo abundan en la costa oriental de la península de Yucatán «”de hecho son característicos de la zona»”, así como en la isla de Cozumel. Varias veces nos hemos referido a ellos en esta columna, pues constantemente son objeto de importantes hallazgos científicos. Ahí se han descubierto numerosas especies muy primitivas, que están arrojando nueva luz sobre el origen de diferentes grupos de animales. Poco tiempo después de haber sido descubierto, el cavernícola de Tulum, por ejemplo, tuvo que ser situado en un nuevo grupo zoológico al que se denominó Miracrustacea «”»crustáceos sorprendentes»»” porque resultó ser algo así como el eslabón perdido entre los insectos, que poseen seis patas y antenas, y los arácnidos «”de ocho patas y carentes de antenas»” y otros grupos de artrópodos, o sea invertebrados con patas articuladas.

Como se confirma con este descubrimiento «”y como hemos señalado en diversas ocasiones»”, los animales de los cenotes anquihalinos son muy especiales y de extraordinario valor científico. De aquí la necesidad de protegerlos y conservarlos, pues esas pequeñas especies corren peligro debido al creciente uso de tales cenotes con fines turísticos, ya que a menudo se les utiliza en calidad de simples albercas para darse un refrescante chapuzón o echarse unos clavados, o bien como lugares de buceo, sin tomar medidas para evitar alteraciones ambientales que puedan afectar a la fauna que los habita.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 16 de marzo de 2015

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