Religión y ciencia, a cada una su función

QUE NO LE DIGAN, QUE NO LE CUENTEN

Religión y ciencia, a cada una su función[1]

Juan José Morales

Estamos en la época navideña, y en prensa, radio y televisión proliferan los documentales, artículos y reportajes acerca de supuestas pruebas científicas de hechos relatados en la Biblia, y concretamente relativos a Cristo. Por ejemplo, sobre la llamada estrella de Belén, de la cual se afirma que guió a los Reyes Magos —o sabios venidos de Oriente, como también suele llamárseles— hacia el sitio en que se dice nació Jesús. De acuerdo con un reportaje que me tocó ver en televisión, cada cierto tiempo Júpiter y Venus se ven muy próximos entre sí, y por su gran cercanía parecen una estrella excepcionalmente luminosa. Eso —se decía en el reportaje—, ocurrió en la época del nacimiento de Cristo, “en esa ocasión sobre Judea”.

clip_image002Independientemente de que Júpiter y Venus se encuentran a tantos millones de kilómetros de la Tierra que no pueden haberse estado “sobre Judea” sino que serían visibles desde cualquier punto de nuestro planeta y parecerían moverse junto con las estrellas, no deja de resultar extraño, e incluso paradójico y contradictorio, que la religión eche mano de la ciencia para intentar demostrar que sus afirmaciones son verdaderas. Y decimos paradójico y contradictorio porque ciencia y religión son radicalmente distintas.

Como ha escrito Martín Bofil, divulgador científico mexicano, “mientras que la religión se basa en la fe (creer en algo sin necesidad de pruebas), en ciencia el escepticismo es un valor central: para aceptar algo, se requieren necesariamente pruebas convincentes.” Eso es lo que las hace diametralmente opuestas, y hace también innecesario y hasta cierto punto absurdo, que una verdad religiosa requiera ser probada por medios científicos.

No es esta la única pretendida demostración científica de creencias o afirmaciones de índole religiosa contenidas en la Biblia. Menudean los esfuerzos por demostrar que pudo haber ocurrido algún fenómeno natural que separó las aguas del mar Rojo para permitir el paso a Moisés y sus seguidores, o que el maná que según la Biblia estuvo cayendo del cielo para alimentarlos era real, formado por material orgánico que los vientos arrastraron a las alturas y se combinó con agua. Y cuando los hechos no pueden retorcerse y adaptarse al texto religioso, no falta quien los invente. He encontrado, por ejemplo la peregrina afirmación de que al hacer ciertos cálculos sobre los movimientos del Sol, la Luna y los planetas durante los últimos miles de años, las computadoras de la NASA se detuvieron porque “faltaba un día”. Ese día perdido confirmaría que, como dice la Biblia, el Sol se detuvo para permitir a Josué prolongar una batalla crucial. Sobra decir que a la NASA jamás se le ha perdido un día en sus cálculos. Vaya, ni siquiera un minuto o un segundo.

Otro divulgador científico y exponente del pensamiento escéptico, Pepe Cervera, español, es también muy claro y preciso al señalar que “la religión es una explicación sencilla y completa de la existencia y funcionamiento del Universo que proporciona a quien de verdad tiene fe en ella la confortadora noción de comprender todo lo que ha pasado, pasa y pasará.” Esas verdades reveladas por un ser superior no deben ser analizadas ni puestas en duda. O se aceptan, o no se aceptan. No hay que exigir que sean demostradas convincentemente. De hecho eso sería poner en entredicho la propia fe. En cambio, la ciencia se basa en verdades provisionales, fundadas en el nivel de conocimientos que se tiene en ese momento, y que se irán afinando con nuevas investigaciones y teorías. Por eso ciencia y religión son como agua y aceite. No pueden mezclarse.

De modo, pues, que no le digan, que no le cuenten. La ciencia no sirve para probar las verdades o falsedades de una u otra religión, sino para conocer y comprender mejor el mundo en que vivimos.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Jueves 17 de diciembre de 2015

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