Arabia Saudita, EU y los derechos humanos

ESCRUTINIO

Arabia Saudita, EU y los derechos humanos[1]

Juan José Morales

El verdadero baño de sangre con que inició el nuevo año la monarquía reinante en Arabia Saudita al ejecutar en un solo día, el pasado primero de enero, a 45 personas «”la mayor parte por decapitación en lugares públicos»” ha servido una vez más para poner de relieve las dos pesas y las dos medidas que utiliza Estados Unidos para calificar a los países que «”de acuerdo con los criterios norteamericanos»” respetan o violan los derechos humanos. Sistemáticamente, por ejemplo, presenta a Cuba como gran violador, porque ahí «”dice»” no hay elecciones libres y se encarcela a personas que se oponen al régimen.

En Arabia Saudita tampoco hay elecciones libres. Las hay al gusto del rey y cuando a éste le da la gana. Las hubo en 1965, pero como después no se le antojó que hubiera»¦ pasaron 40 años hasta que hubo otras en 2005. Luego, otros diez años sin comicios, hasta que a fines de 2015 se repitieron, en las condiciones que es de imaginar.

A los opositores políticos, en Arabia Saudita no se les encarcela. Se les decapita. También se decapita a mujeres acusadas de adulterio, a los homosexuales, a los apóstatas «”es decir, quienes son declarados culpables de renegar de la religión o de ofender a la divinidad»”, a los acusados de brujería, a los que se considera desleales al monarca y hasta a quienes consumen algún tipo de estupefacientes. No sólo a los traficantes, subrayamos, sino a los simples consumidores.

clip_image002Así expone el gobierno saudita, en lugares concurridos, los cuerpos de los condenados a muerte tras ser decapitados. Crucifixión se denomina a esta macabra exhibición pública.

Sin embargo, que sepamos, Estados Unidos nunca ha calificado a Arabia Saudita de violador de los derechos humanos ni «”mucho menos»” ha establecido sanciones contra ella por tal razón, pese a que de las 17 convenciones internacionales al respecto, el gobierno saudita sólo ha firmado cinco.

Hasta fines del año pasado habían sido decapitadas públicamente en ese país 158 personas. Y sin contar las 45 llevadas al patíbulo el primer día de 2016, hay todavía otras muchas en espera de serlo en el momento menos esperado. Y decimos en el momento menos esperado porque a los condenados no se les informa cuándo se les dará muerte. Se les mantiene en la permanente tortura de no saber si la próxima vez que se abra la puerta de su celda serán llevados al patíbulo.

Lo de patíbulo, por lo demás, es un decir. A las víctimas simplemente se les hace arrodillarse en cualquier lugar abierto, sea una plaza pública o un estacionamiento de automóviles, y el verdugo le cercena la cabeza de un tajo. Luego, viene la crucifixión.

En Arabia Saudita, ese término, crucifixión, no se aplica a la muerte atado o clavado en una cruz, sino a la práctica de exhibir durante días, colgados en lugares públicos muy concurridos, los cuerpos y las cabezas de los decapitados. Los cuerpos atados por debajo de los hombros «”ya que obviamente no pueden serlo del cuello»” y las cabezas en bolsas de tela, no sabemos si por un mínimo de decoro o porque resulta más fácil y práctico que intentar sujetarlas de otra manera.

De las 158 personas «”hombres y mujeres»” decapitadas durante 2015, casi la mitad fueron extranjeros, principalmente trabajadores pobres e incultos de países africanos o asiáticos, a quienes se somete a juicio sin traductor y sin adecuada asesoría legal, según han constatado repetidas veces organismos internacionales de juristas y defensores de los derechos humanos. Igualmente, las autoridades sauditas han sido acusadas repetidamente de basar las condenas a muerte únicamente en confesiones arrancadas bajo tortura, que sin embargo los jueces consideran prueba suficiente.

Algunos casos han provocado conmoción internacional. Por ejemplo, en 2013, el de Rizana Nafik, una jovencita de 17 años originaria de Sri Lanka contratada para trabajar como sirvienta por una familia adinerada de Riad, la capital del reino. Se le encargó el cuidado de un niño de cuatro meses, y cuando le daba leche en un biberón, el bebé murió. Nunca se le practicó la autopsia para determinar las causas de su muerte, pero la madre acusó a Rizana de haberlo asfixiado deliberadamente y se le sentenció a muerte. Pese a la oleada internacional de protestas, fue decapitada.

Casos más recientes son los del poeta Ashraf Fayad, condenado a muerte y en espera de que se cumpla la sentencia, acusado de apóstata por abandonar la religión musulmana y difundir «ideas negativas para la sociedad saudita», el de Ali Mohammed al-Nimr, joven de 17 años arrestado por participar en una manifestación antigubernamental durante la llamada Primavera Árabe, y sentenciado por ello a decapitación y crucifixión, y el de Raif Badawi, que por el «delito» de difundir por Internet críticas al gobierno de su país, fue sentenciado a diez años de cárcel y mil latigazos, bárbaro castigo que ningún ser humano podría resistir sin morir.

Estos son sólo ejemplos. En Arabia Saudita uno puede ser condenado a muerte por muchos delitos que en otros países no merecerían más que unos cuantos años en la cárcel o ni siquiera se consideran delitos. Uno puede terminar bajo el sable del verdugo por robo, brujería, hechicería, espionaje, posesión o consumo de drogas, violación, adulterio, relaciones homosexuales entre adultos y homicidio imprudencial. Y los jueces no acostumbran ser muy benignos. Su criterio es que la ley debe aplicarse con el máximo rigor, para que ver rodar cabezas «”literalmente hablando»” haga pensar dos veces a cualquier posible delincuente.

Pero nada de lo anterior ha hecho que Estados Unidos coloque al gobierno saudita en la lista de violadores de los derechos humanos. Es más, en septiembre pasado apoyó a su embajador ante la ONU para que fuera nombrado presidente de un comité de la propia ONU que selecciona a los expertos encargados de investigar»¦ ¡violaciones a los derechos humanos!

Mayor desvergüenza no es posible.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Miércoles 6 de enero de 2016

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