Cuando México pudo haber sido la Santa Sede

ESCRUTINIO

Cuando México pudo haber sido la Santa Sede[1]

Juan José Morales

Hace poco, en su programa sabatino semanal sobre temas históricos que transmite los sábados por las estaciones de Radio Fórmula, José Manuel Villalpando relataba algunos aspectos interesantes y muy poco o nada conocidos por la generalidad de los mexicanos respecto a las relaciones entre el papado y los gobiernos de nuestro país.

Por principio de cuentas, señalaba Villalpando que durante largo tiempo los papas se negaron a reconocer la independencia de México, e incluso ordenaron a todos los obispos del país que se trasladaran a Roma, donde permanecieron por años. Aquello provocó muchos trastornos de carácter legal a los mexicanos, pues en ese entonces no existía el registro civil y los asuntos sobre el estado de las personas «”nacimientos, bautizos, matrimonios, separación de cuerpos (equivalente al divorcio), defunciones, herencias, etc.»” se regían conforme a normas de tipo religioso, muchas de las cuales sólo podían aplicar los obispos, amén de que únicamente éstos tenían facultades para ordenar nuevos sacerdotes.

Fue sólo tras la muerte en 1833 del rey Fernando VII «”o sea más de 12 años después de la independencia»” y la ascensión al trono de Isabel II, cuando los papas reconocieron que México era una nación y no una colonia española. Pero todavía sus relaciones con las autoridades mexicanas siguieron siendo a menudo muy tensas y ásperas. Sobre todo bajo el pontificado de Pío IX.

clip_image001Pío IX rechazó la propuesta mexicana de establecer la sede del papado en nuestro país, pero la oferta «”aunque no el desaire»” impresionó tanto a los habitantes de Jamay, un pequeño poblado de Jalisco situado a orillas del lago de Chapala, que entre 1875 y 1878 le erigieron al pontífice, todavía en vida, este fastuoso monumento de 22 metros de altura.

Este papa reinó más que cualquier otro excepto San Pedro. Ocupó el trono durante 31 años, de 1840 a 1871, y se caracterizó por su feroz oposición a toda idea que no se ajustara a las del catolicismo. En su famosa encíclica Quanta cura de 1864, por ejemplo, no dejó títere con cabeza en sus 80 proposiciones condenatorias de todas y cada una de las doctrinas progresistas en boga aquel entonces: el panteísmo, el naturalismo, el nacionalismo, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, el biblismo y docenas más. La encíclica rechazaba también toda ética que no fuera la de la moral católica, condenaba el matrimonio civil y no toleraba oposición alguna al poder temporal de los papas.

Contra México lanzó Pío Nono buena parte de sus virulentos ataques. En especial para condenar la constitución liberal de 1857, a la cual anatemizó diciendo entre otras cosas que era un insulto «a nuestra santísima religión», ya que «entre otras cosas, se proscribe en esta constitución el privilegio del fuero eclesiástico»¦ se admite el libre ejercicio de todos los cultos y se concede la facultad de emitir libremente cualquier género de opiniones y pensamientos.»

«Fácilmente deduciréis, venerables hermanos «”concluía después de su diatriba»” de qué modo ha sido atacada y afligida en México nuestra santísima religión».

Curiosamente, sin embargo, años atrás, el presidente José Joaquín Herrera «”a quien los historiadores consideran un liberal moderado y no un conservador»” había invitado a Pío IX a establecer su residencia en México.

Aquello fue en 1849, después de que, como consecuencia de la unificación de Italia, la proclamación de la República y el fin de los estados papales, Pío Nono tuvo que huir de Roma y refugiarse en el castillo de Gaeta, en el reino de las dos Sicilias. Hasta ahí llegó un enviado del gobierno mexicano para pedirle que se trasladara a México y estableciera la Sede Apostólica o Santa Sede, como también se le llama. Como residencia papal, puso a su disposición el castillo de Chapultepec.

El papa rechazó el traslado, pero no le hizo el feo a los 50 millones de pesos oro «”una enorme fortuna en aquel entonces»” que el gobierno de Herrera le ofreció para ayudarlo a sus gastos en el exilio.

Poco después, Pío IX retomó el poder en Roma, apoyado por el ejército francés. Pero finalmente, en 1870, los revolucionarios italianos acabaron con el dominio que los papas habían ejercido sobre Italia por más de mil años y se proclamó definitivamente la república. El obstinado papa, empero, se negó a reconocerla y, mediante la bula Non Expedit, prohibió a los católicos hacerlo, posición que mantuvo hasta su muerte.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Viernes 12 de febrero de 2016

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