La indeleble huella de Max Vega en Cancún

ESCRUTINIO

La indeleble huella de Max Vega en Cancún[1]

Juan José Morales

Hace casi un mes, el 17 de febrero, falleció Maximiliano Vega Tato, gran impulsor del cine mexicano «”al que dio nuevo aliento y contribuyó a sacar del marasmo en que se hallaba a mediados de los años 70″”, pero sobre todo gran luchador social que en Cancún, al frente de la organización Ciudadanet, realizó una gran labor de concientización y defensa de los intereses populares. Muchos recuerdan, por ejemplo, su tenaz lucha contra las cuotas escolares «voluntarias», o contra los arbitrarios cambios de uso de suelo decididos por varios ayuntamientos, o contra los despojos de terrenos públicos, y otras muchas cuestiones por el estilo.

Max «”como le llamábamos quienes tuvimos la distinción de ser sus amigos»”, no fue desde luego muy querido por las autoridades. Pero deja entre los cancunenses una huella realmente imborrable. No sólo en el recuerdo, sino en más de un millar de placas que llevan su nombre, repartidas por todos los rumbos de la ciudad.

clip_image001Esta es una de las placas de nomenclatura que Maximiliano Vega, incansable luchador social, instaló en las calles de Cancún como un ingenioso medio de propaganda electoral que lejos de afear la ciudad, contribuía a resolver o al menos paliar el grave problema de la falta de señalización. Por supuesto, esta acción fue muy bien recibida por la ciudadanía y le granjeó simpatías que hasta hoy perduran.

Se trata de las placas de nomenclatura que hace casi una década fijó para subsanar las deficiencias de la administración municipal en ese aspecto. En aquel entonces, 2007, estaba haciendo campaña como precandidato a la presidencia municipal. «Pero «”escribí en esta columna»”, a diferencia de casi todos aquellos que buscan una candidatura o el voto de los electores, no quiso llenar la ciudad con la acostumbrada basura electoral: gallardetes, pendones, pasacalles, anuncios espectaculares, calcomanías, volantes, carteles y demás elementos por el estilo. Tampoco quiso bombardear a los ciudadanos con huecas y manidas frases publicitarias ni mostrarles su imagen repetida hasta la náusea como acostumbran los políticos tradicionales. Para darse a conocer, optó por atacar uno de los problemas más graves que afectan a los habitantes de Cancún: la falta de nomenclatura urbana.»

Así fue como Max emprendió la que llamó Campaña de Señalización Ciudadana y que consistió en la fijación de placas de nomenclatura, primero de madera contrachapada protegida con pintura y finalmente de un duradero material sintético. Para obviar los impedimentos que pudieran ponerle las autoridades, no las instalaba en postes u otros elementos del equipamiento urbano, sino en las paredes de los edificios situados en las esquinas, previa anuencia por escrito de sus propietarios.

De esa manera no se le podía acusar de estar usurpando las funciones de la autoridad municipal. Pero sí dejaba bastante mal parado al ayuntamiento al mostrar que no estaba cumpliendo sus obligaciones. Y sobra decir que en su inmensa mayoría «”podría decirse que en su casi totalidad»” los vecinos accedieron de muy buen grado a la fijación de placas.

En total, Max instaló 1 200, costeadas de su peculio y de tan buena calidad que hoy, a más de ocho años de distancia, parecen nuevas. Su campaña fue muy bien recibida y mereció elogios de la ciudadanía, ya que en Cancún «”como decíamos»” la nomenclatura es tan deficiente que, según datos oficiales, el 70% de las calles carecen de señalización y dar con una dirección resulta toda una odisea si no se cuenta con sistema de geolocalización.

Los años pasan, y ningún ayuntamiento resuelve ese problema. El argumento es siempre el mismo: falta de recursos económicos. Y siempre se escucha idéntica propuesta de solución: concesionar la nomenclatura a una empresa privada que la explote con fines publicitarios, como ya se hizo en las supermanzanas del centro de la ciudad.

Max Vega desmintió tal argumento de manera contundente con su campaña. Demostró que cada placa, ya instalada, costaba 80 pesos. Hechas las cuentas correspondientes, resultaba que para dotar de nomenclatura a toda la ciudad en aquel entonces, sólo se requerían dos millones de pesos, no los diez millones que aseguraba la autoridad. La razón de tan enorme diferencia pueden fácilmente colegirla los lectores.

Y ahí están todavía aquellas placas como un recordatorio permanente de una de las muchas cosas buenas que Maximiliano Vega Tato hizo por Cancún.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 15 de marzo de 2016

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