Y ahora, ¿qué hacemos con las plantaciones de sikil’té?

IMPACTO AMBIENTAL

Y ahora, ¿qué hacemos con las plantaciones de sikil’té?[1]

Juan José Morales

Esta es la tercera ocasión que en esta columna nos ocupamos del sikil’té, Jatropha curcas para los botánicos, piñón, piñoncillo o coquito en otras regiones del país. La primera fue hace casi ocho años, en julio de 2008, cuando se anunció que la Comisión Nacional Forestal (Conafor) y el Fideicomiso de Riesgo Compartido (Ficor) de la Secretaría de Agricultura subsidiarían la siembra de ese árbol en Yucatán sobre una superficie de más de cinco mil hectáreas. El subsidio se daría a tres grandes empresas de capital extranjero y tenía por objeto fomentar la producción de semillas de ese arbolillo para obtener biocombustibles.

clip_image001Frutos del árbol de sikil-té, Jatropha curcas. Cada uno contiene tres semillas muy ricas en aceite que es tóxico pero puede usarse con fines industriales, incluso para producir biodiesel. Este árbol se adapta a muy diversas condiciones naturales, incluso a condiciones semiáridas. Por eso se le ha usado en programas de reforestación en varios lugares del mundo.

Comentamos en aquel entonces, que se corría el riesgo “de sustituir enormes extensiones de vegetación natural y variada con monocultivos de esta planta… y ya sabemos que en el trópico las plantaciones de una sola especie acarrean muchísimos problemas.” Volvimos a mencionar a la jatropha —como también se le llama— hace cuatro años, a propósito de un estudio científico según el cual al destruir la selva para establecer plantaciones destinadas a la producción de biocombustibles, se agrava el problema del calentamiento global en vez de atenuarlo.

Pues bien, hoy, en esta tercera ocasión hablamos del sikil’té porque, según noticia de nuestro periódico publicada el pasado sábado 18, las plantaciones en Yucatán resultaron inviables y el gobierno absorbió como pérdida los más de 40 millones de pesos gastados en subsidiarlas. La explicación oficial fue que, al bajar los precios del petróleo, los biocombustibles dejaron de ser competitivos y que además a la Sagarpa ahora le interesa impulsar la producción de madera.

Así se esfumaron más de 40 millones de pesos que pudieron haberse destinado a investigaciones para elevar los rendimientos de la milpa o para subsidiar a campesinos productores de alimentos. Y tenemos más de cinco mil hectáreas sembradas de jatropha sin que se sepa si existen planes alternativos para aprovecharlas.

Como decíamos, el objetivo original de las plantaciones era producir combustible diesel con el aceite extraído de las semillas. En ese entonces, cuando los precios del petróleo andaban por las nubes, aquello resultaba atractivo económicamente. Ahora no. Y ante el fracaso del proyecto queda el problema de decidir qué hacer con la producción de semillas, que ascendería a unas 25 mil toneladas anuales considerando un rendimiento de cinco toneladas por hectárea.

Debidamente procesado, el aceite puede servir para elaborar barnices y lubricantes especiales. Además, la pasta que queda como desperdicio después de extraer el aceite, es rico en proteínas y adecuado como alimento para animales. Aunque no para consumirse directamente, sino previa detoxificación, ya que contiene sustancias venenosas. De hecho, toda la planta debe manejarse con cuidado, pues corteza, fruto, hojas, raíces y madera contienen cianuro, y las semillas un alcaloide, curcina, que es en extremo tóxico. Precisamente por su elevado contenido de sustancias tóxicas, el sikil’té es ampliamente usado como cerca viva, ya que el ganado no come las hojas ni los frutos.

En fin, ahí están esas cinco mil hectáreas de sikil’té para ver qué se hace con ellas.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 20 de junio de 2016

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